Hijas de la Sierpe Capítulo 22
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Capítulo 22

I onwen se quedó atrás y fue dejando caer paquetitos envueltos en papel de seda. Cada cierta distancia hacía lo propio, como si durante la invasión de la Espina hubiese calculado las distancias. Hasta que llegaron a la salida.

La alquimista dejó caer el último regalo.

Este tenía una mecha demasiado corta, como siempre.

Antes de dejarlo en el suelo, lo despidió con un tierno beso como quien abandona a un hijo a las puertas de un templo.

Justo cuando Ion atravesó el umbral de piedra, comenzó lo que era música para sus oídos.

Las explosiones se sucedieron al ritmo de la percusión de un tamborilero experimentado.

Bum… Bum… Bum, bum… Bum… Ella se giró a poca distancia y movió los brazos como el director de una orquesta, los ojos cerrados, sintiendo el ritmo de la piedra desmoronándose hasta que empezó la lluvia de escombros.

Una vez terminado el espectáculo, corrieron hasta que alcanzaron una zona boscosa que las mantendría ocultas.

Banon se dejó caer en el suelo, los últimos pasos habían sido un suplicio al tener que arrastrar la pierna herida.

—Tenemos que seguir —dijo Noma, que también había acabado sentada en el suelo de barro—, dijo que vendrían a la Espina y no creo que esa explosión haya pasado desapercibida.

—Fallo mío —añadió Ion con una sonrisa que nada tenía que ver con el arrepentimiento.

Banon intentó ponerse en pie, pero cayó como un peso muerto.

—No creo que sea buena idea, Noma. Está muy mal. —Ion la señaló con el mentón.

—Tú también. Por su culpa, de hecho.

—No ha sido nada. —Movió el brazo de arriba a abajo—. Noma, tienes que curarla.

—No se lo merece. —Se cruzó de brazos.

—Pero alguien tiene que hacerlo. —Se acercó y la acarició como si fuera un cachorro—, y no hay nadie mejor que tú.

La respuesta de la sacerdotisa fue una sucesión de refunfuños y maldiciones.

La mercenaria tenía mal aspecto. Los vendajes improvisados que le habían hecho para cortar la hemorragia estaban cubiertos de sangre oscura y suciedad.

Banon sabía que Noma tenía ciertas habilidades especiales, y una de ellas era detectar la infección a primera vista.

—Tráeme la mochila y prepara una hoguera, Ion.

La alquimista fue obedeciendo todas las órdenes que le daba su compañera. Preparó cataplasmas con hierbas trituradas, recortó vendas limpias de ropajes, e incluso la ayudó a cortar trozos de Banon.

—¿Qué haremos para desayunar? ¿Solomillo de Banon a la plancha? —le soltó entre risas al ver como la sanadora cortaba una buena rodaja de carne quemada.

—Chuletas de alquimista idiota —contestó esta sin quitar la vista del trabajo.

Banon se revolvía y se quejaba de vez en cuando, pero a pesar de ello los vendajes quedaron limpios y sanos.

—Gracias. —Se apoyó en el tronco del árbol que tenía detrás y se incorporó—. ¿Y la herida de Ion? ¿Está bien?

La alquimista jugueteaba con un palito con las llamas de la hoguera.

—No fue nada, quedará una cicatriz genial y podré decir que me la hizo la Degolladora de Ormea en combate ¡y sobreviví! —Hizo aspavientos levantando chispas—. ¿Puedo decir que gané yo?

—Claro. —Banon sonrió.

—¿Y puedo decir que te dejé tan hecha polvo que suplicaste por tu vida mientras me chupabas un pie?

Esta vez la miró ceñuda.

—Había que intentarlo —dijo mientras volvía a juguetear con el fuego—. Oye, ¿vamos a hablar de lo que está pasando o seguiremos como si nada? Porque a mí me encanta eso de escurrir el bulto, pero no sé si estamos en situación de hacerlo.

—Aquí nadie va a escurrir nada. ¿Verdad, Banon?

La mercenaria se revolvió y trató de acomodarse contra el tronco.

—¿Verdad, Banon? —repitió Noma acercándole un frasco verde—. Es un analgésico, te ayudará con el dolor. Confía en mí, al menos yo no te he ocultado nada nunca.

Banon le quitó el frasco de mala gana y se lo tomó de un trago.

—Buena chica —soltó Noma dándole golpecitos en la rodilla—. Ahora cuéntanos tus planes.

¿Qué planes? Lo suyo siempre había sido sobrevivir y esconderse. Ahora además tenía la carga del sello de Asgio. ¡Ah! Y el futuro de toda la humanidad. Qué fácil sería mandarlo todo a la mierda y seguir con su tranquila vida en la granja…

—Lo único que puedo deciros es que seguiré sola —contestó.

—YA ESTAMOS OTRA VEZ CON ESA MIERDA.

—Ion. —Noma le señaló la campanita.

—Ah. —Se la ajustó—. Ya estamos otra vez con esa mierda. ¿Mejor?

—Perfecto, querida. —Miró a Banon—. Déjate de gilipolleces, ya hemos decidido que estamos contigo.

—Pero las cosas han cambiado. Ya no somos nosotras contra unos antiguos rivales. Estamos hablando del Cónclave. —Banon se llevó la mano a las sienes—. Ni yo misma sé cómo voy a enfrentarme a esto.

—Bueno, entonces ya tienes algo claro: no puedes hacerlo sola.

Banon se descubrió los ojos y vio las miradas tiernas de sus antiguas amigas.

En momentos así era cuando realmente veía el tiempo que había pasado por ellas; cuando estaban en la batalla eran las mismas de siempre, pero ahora, allí sentadas junto al fuego, malheridas y con la sangre y la suciedad de la lucha encima… sabía que no podían seguir así.

—Además, el sello te está cambiando, Banon. Ya no eres la misma. —Noma se sentó justo delante de ella e hizo señas a Ion para que la acompañara—. Lo que hiciste en la cueva… todo —suspiró—. Tú no eras así.

—Ya, lo que te hice, Ion, fue…

—Eso es lo de menos —le cortó la alquimista—. Todas nos hemos peleado y herido alguna vez. No me dio miedo tu cuchillo, me asustó la forma en que me mirabas. Desapareciste, Banon. Solo había sangre, ira… Esa mierda de sello te está cambiando. No, te está consumiendo.

No había réplica posible, ella también lo notaba. Perdía el control de su mente con más frecuencia y, por primera vez, había empezado a perder el de su propio cuerpo. Había matado a mucha gente a lo largo de su vida, pero nunca de aquella manera.

—No tengo otra opción —fue lo único que pudo decir.

—¡Tiene que haberla! No puedes dejarte ir sin más —dijo Noma—. No lo voy a permitir, aunque tengamos que turnarnos para proteger el sello.

—No podéis, Noma. No funciona así.

—¡Pues explícamelo, joder!

—¿Y si se lo entregamos a Nisa? —consultó Ion, provocando que las otras mercenarias la miraran boquiabiertas—: ella siempre sabe qué hacer. Además, odia al Cónclave.

—No —contestó Banon—. Ella es maga y no sabemos lo que pasaría si el sello entrara en contacto con alguien tan poderoso. Ya visteis lo que le pasó cuando entramos en el templo.

—Y se largó —continuó Noma—. Como siempre, se preocupa más de su ombligo que de nosotras. Olvídate de ella, Ion.

—No puedo, es nuestra hermana.

Joder, cuánta razón tenía, pensaba Banon.

Ella tampoco podía olvidar a Nis. ¿Estaría bien?

Esos pensamientos la atormentaban a cada instante.

No solo ahora, sino también durante los diez años que pasaron separadas.

Pero no podía seguir dependiendo de ella, tenía demasiadas cosas encima como para estar preocupada de una puñetera bruja egocéntrica, egoísta, infantil y rencorosa.

«Vaya… Eso llevaba ahí mucho tiempo».

De pronto, sintió un aguijonazo en el cuello, como una picadura de insecto. Se dio una palmada para quitárselo de encima, pero no había insecto sino un dardo con plumas azules y negras.

Y, de nuevo, oscuridad.