Capítulo 21
U n hombre colgaba cabeza abajo del techo.
Apenas entraba luz en la habitación y las antorchas creaban sombras en las paredes que se movían como si hubiese más cuerpos.
Banon se arrastró por el suelo hasta que pudo apoyar la espalda contra la piedra y sentarse.
Estaba débil y dolorida; tenía la cabeza a punto de estallar.
La habitación era un hervidero de cadáveres y vísceras.
Miró a su derecha y unos ojos muertos le acribillaron con la mirada, unos ojos inyectados en sangre que le decían: «Has sido tú, asesina».
Noma e Ion estaban todo lo lejos de ella que les permitía la habitación.
La sacerdotisa estaba aplicando una cataplasma al antebrazo de su compañera.
Esta sufría con cada roce y miraba a Banon con miedo.
Imágenes fugaces empezaron a perforarle la sien. Lo último que vio fue que había herido a su amiga. Se miró las manos, entumecidas y cubiertas de sangre seca.
—Tómate esto —escuchó que decía Noma—. Mañana estarás como nueva. Te lo prometo.
La sacerdotisa le dio un beso en la frente a su paciente, como si fuera parte del proceso de curación.
—En cuanto a ti. —Noma se acercó a Banon con el dedo índice apuntándole como una lanza en ristre—. ¿Eres consciente de lo que estuviste a punto de hacer?
—Os avisé de que debía estar sola. ¡Pero vosotras os empeñasteis en acompañarme! —dijo, mientras se levantaba poco a poco apoyándose en la pared, lista para defenderse de una nueva agresión.
—¡Para eso están las amigas, Banon!
—¡Y una mierda! Este era mi camino, no el vuestro. Teníais que haberos marchado con Nis.
—¿Así que eres tú la que se indigna? —Noma la empujó haciéndole perder el equilibrio de nuevo—. Eres tú la que ha herido a Ion, imbécil.
—Estoy bien —susurró Ion acariciándose el vendaje—. Ha sido un accidente.
—¡Tú calla! —gritaron las dos a la vez.
El hombre colgante empezó a reírse, lo que provocó que se bamboleara. Banon no recordaba nada después del mazazo, pero supuso que habría sido Noma la que había montado un sistema de polea para colgar al hombre como si fuera un jamón en una carnicería.
—¿Y estas son las poderosas Hijas de la Sierpe? —dijo este entre risas. Tenía las manos atadas a la espalda y todo el cuerpo cubierto de cuerdas. La sacerdotisa se había asegurado bien de que no tuviera ni una oportunidad de escapatoria.
Banon agarró la pata de una mesa que encontró en el suelo. Primero, la utilizó como apoyo para mantenerse en pie, luego se acercó a jugar a las piñatas con el mercenario cuya cabeza quedaba a la altura perfecta para ella.
—¿A dónde crees que vas? —Noma la sujetó. En otra ocasión y con más sangre en el cuerpo, no habría sido rival para Banon, pero estaba demasiado débil. La sacerdotisa le quitó el madero y la dejó sentada en el suelo—. Ya has ocasionado demasiados problemas.
Se acercó al mercenario y le propinó un buen golpe en la boca del estómago. Ionwen se encogió como si ella misma lo hubiera recibido.
—Ahora solo contestarás a mis preguntas —dijo Noma apoyándose con mucha elegancia la pata de la mesa en el hombro—. ¿Por qué teníais que traer a Banon?
—Esa es fácil —dijo con la respiración entrecortada—. Porque vendrían a buscarla.
—¿Quiénes?
—Púdrete, zorra.
—Respuesta incorrecta.
Noma empezó a golpear una y otra vez, como si no sintiera el peso de la madera gruesa con la que cargaba.
El cuerpo se movía de lado a lado y, cada vez que intentaba volver a su posición, otro golpe lo enviaba en la dirección opuesta.
Cuando la cuerda de la que colgaba ya estaba a punto de ceder, el Caníbal del Norte volvió a reírse como un loco.
—Tú no lo entiendes… —sollozaba—. Da igual lo que me hagas. Ellos serán peores.
—¿Ellos? —preguntó Noma recuperando la compostura. Sujetó el cuerpo hasta que se quedó a la altura de su cara. El hombre lloraba y reía a la vez—. ¿Quiénes?
Banon se levantó para poder escucharlo y se colocó junto a Noma e Ion.
—Vamos, dinos de quién hablas —gruñó Noma, sujetándolo con firmeza para que parara de balancearse.
—Ellos… El Cónclave de Magos… de Oradea. Quieren a la Degolladora y moverán cielo y tierra. Nosotros… no tuvimos opción. Ella dijo que lo quemaría todo si no la traíamos a la Espina. Su líder. —Clavó los ojos sanguinolentos en Banon—: vendrá a buscarte.
El hombre volvió a reírse con tanta fuerza que el cuerpo convulsionó. Banon se alejó dando traspiés. ¿El Cónclave? ¿Cómo coño sabían que ella tenía el sello?
Banon rugió como un animal enfurecido. Se acercó al hombre que seguía riéndose y, esta vez, la fuerza de Noma fue insuficiente y la apartó como si estuviera hecha de papel. Agarró al mercenario por el cráneo y la mandíbula y tiró con tanta fuerza que ambas partes se separaron la una de la otra.