Capítulo 20
U n tipo estaba apoyado en la pared de la montaña mientras fumaba en pipa. Hacía círculos de humo cada vez más grandes que lanzaba al aire con parsimonia. Por un momento, Banon se quedó hipnotizada hasta que Noma a Ion le hicieron señas para que avanzara.
Solo era un hombre, pero debía abatirlo con rapidez para que no diera la alarma.
Tenía que ser un golpe certero y sigiloso; hubiera sido un buen momento para tener una ballesta, aunque Banon nunca había sido buena con las armas a distancia.
De repente, un objeto volador no identificado salió disparado desde su espalda y se incrustó entre los ojos del fumador.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Banon, girándose.
Noma se encogió de hombros.
—Pensé que te vendría bien ayuda. No te decidías.
Por fin salieron del escondite, todavía en cuclillas, y se acercaron al cadáver. Tenía un zapato clavado en la frente.
—Espera —preguntó Banon al ver que Noma se guardaba el zapato en la mochila—. ¿Desde cuándo llevas tacón?
—Me los regaló Nisa y pensé que nunca les daría uso. —Se rio—. Decía que todas debíamos tener un zapato de salón por si necesitábamos infiltrarnos como parte de alguna misión. Mira tú por donde, tenía razón.
Atravesar el hueco de la montaña fue como penetrar en otro mundo.
La entrada era tan estrecha que Banon tuvo que pasar de lado.
Una vez dentro, las paredes se abrían a una sala rectangular trabajada en la piedra.
Colgando de las paredes, unas antorchas iluminaban un camino que se introducía más y más en el interior de la montaña.
Un grupo de trabajadores caminaban de aquí para allá, cargando cajas y discutiendo entre ellos.
—Hace semanas que no sabemos nada del grupo de Friere. ¿Crees que les habrá pasado algo? —preguntó uno que llevaba un parche en el ojo.
—No lo creo, ya sabes cómo es. —Se encogió de hombros otro que, curiosamente, también llevaba parche en el ojo. Banon empezó a pensar que estaba de moda como cuando pasó con las patas de palo, pero con menos amputaciones—. En nada estará dando por culo en la base.
Se atrincheraron en la primera pila de cajas que encontraron. El hombre con parche número uno se rascó el ojo que tenía debajo del trozo de tela y dijo: —No sé por qué se arma tanto follón por esas tías.
—¿Hablas en serio? ¿No conoces la leyenda de las Hijas de la Sierpe? —le soltó el mercenario con parche número dos.
—Dicen que se cargaron a un pueblo entero porque se les acabó la priva.
—¡Eso es mentira! —susurró Noma indignada—. Fue porque se les acabaron los pinchitos picantes.
—No somos unas borrachas sucias —añadió Ion asintiendo. Era la única que estaba cómoda, casi no tenía que agacharse para ocultarse tras las cajas.
—Yo oí que quemaron vivos a unos Carroñeros Azules después de sacarles toda la información —dijo el del parche número cuatro. Este parecía haberse unido a la moda recientemente, porque el suyo era bastante cutre, como de tela de calzón mal cortada.
Banon abrió la boca indignada. ¿Cómo era posible que se hubiera estropeado tanto la imagen de las Hijas de la Sierpe?
Hablaban de ellas como si fueran brutales asesinas sin piedad.
Y sí, eran brutales asesinas sin piedad, pero todo lo que habían hecho había sido por un buen motivo.
Bueno, en la mayoría de las ocasiones era por dinero, pero ¿quién dijo que ese no fuera un buen motivo?
Según salieron del escondite, las rodillas de Banon comenzaron a crujir como si estuvieran hechas de piedra.
—Y entonces la bruja le dijo que le cocinaría el escroto si…
Se hizo el silencio cuando el crujido fue tan escandaloso que sobrepasó las voces de los hombres. Todos los parches se dirigieron hacia la esquina por la que avanzaban las tres Hijas de la Sierpe en cuclillas.
—Oh, mierda —soltó Banon.
El hombre con parche número uno fue el que reaccionó más rápido y desenfundó la espada que llevaba a la cadera. A Banon le costó recuperar la postura erguida; tuvo que apoyarse en las cajas que tenía al lado y lanzarse hacia adelante con la fuerza de sus brazos.
—¡Intrusos! —gritaron varios a la vez.
Noma lanzó la maza, que cayó sobre la cabeza del hombre con parche número dos. Ella siguió la trayectoria del arma, la recogió justo tras rebotar en el cráneo de su enemigo, y continuó bloqueando al siguiente que se le apareció en la trayectoria.
Banon se había olvidado de sacar un arma y se dedicaba a dar puñetazos a todo lo que se le ponía por delante. El del parche cutre le lanzó una daga que se le clavó en el muslo. Se miró la pierna y se enfureció aún más.
—¡La Degolladora está aquí! —gritó mientras corría hacia la puerta que daba al interior de la montaña.
Banon le enganchó la pierna y le hizo caer con tanta fuerza que se mordió la lengua.
— ¡Zuétame! —gritaba con la boca cubierta de sangre.
La mercenaria seguía tirando de él con fuerza, mientras su enemigo se aferraba a los pantalones más preocupado por no enseñar las vergüenzas que por su propia vida.
Banon extrajo el cuchillo que todavía tenía clavado en el muslo y consiguió trepar por el cuerpo de su rival hasta sujetarlo por el cuello.
Este se revolvió, pero ella tenía demasiada fuerza.
Le sujetó y le insertó su propio cuchillo en el ojo varias veces.
—¡A CUBIERTO! —gritó Ion asomando la cabeza desde detrás de una montaña de sacos.
Banon rodó por el suelo hasta quedar detrás de una columna.
Noma seguía combatiendo contra dos mercenarios que parecían estar ganándole terreno, pero consiguió soltarse del abrazo de uno de ellos a tiempo, y se lanzó al suelo para reptar bajo las piernas de otro.
En ese momento, la alquimista dejó caer una botella de cristal.
Se formó una nube de color rosa con destellos que ocupó toda la habitación. Era un espectáculo muy bonito, digno de un mundo de unicornios, pero no parecía provocar ningún efecto más allá de la incertidumbre de sus enemigos, que se miraban la piel pintada de rosa chillón.
—¿De qué coño va eso? —le preguntó Banon, todavía escondida detrás de la columna. Debajo de su pierna había empezado a formarse un charco de sangre preocupante.
—Espera —contestó Ion riéndose a carcajadas.
De pronto, el polvo desapareció y todo pareció volver a la normalidad, salvo porque los afectados se movían de forma compulsiva de un lado para otro, como si se les hubiera ido la cabeza.
Ion salió de su escondite a paso lento, con las manos detrás de la nuca y dando saltitos.
Se dejó caer al lado de Banon y empezó a hacerle presión en el corte de la pierna.
—¿Qué les has hecho?
La alquimista levantó la vista y contestó con su sonrisa más inocente: —Sarna.
Noma aprovechó la confusión provocada por la «bomba sarna» —como habían decidido llamarla— para jugar a su juego favorito: el batea-cabezas. Se dio el gustazo de dejar fuera de combate a todos los mercenarios que continuaban en pie. En cuanto no quedó nadie se reunió con sus compañeras.
—¿Puedes seguir? —preguntó preocupada al ver el rastro de sangre que había dejado Banon tras de sí.
—Ha estado cerca de joderla bien jodida, pero sobrevivirá —contestó Ion.
—No sé qué cojones has hecho, pequeña loca, pero me ha encantado. —Señaló los restos de enemigos que había dejado amontonados.
Desde el pasillo se oían voces y pasos apresurados seguidos de golpes contundentes.
—Se acabó el sigilo —dijo Banon, intentando ponerse en pie. Cuando apoyó el peso del cuerpo sobre la pierna izquierda, el dolor le recorrió el cuerpo como un millar de agujas. Respiró hondo y caminó hacia el corredor.
Se trataba de un túnel recto que acababa en un portón de madera.
Las tres mercenarias caminaron en silencio, cada una con su arma en mano: Banon con sus dos cuchillos largos, Noma con su maza e Ion con…
con una sartén que giraba de forma espectacular.
Al otro lado, varias voces daban órdenes de apuntalar la puerta.
—Esperad. —Ion se sentó en el suelo y empezó a rebuscar en el petate. Mientras buscaba, de la bolsa salieron volando calcetines de varios colores, ropa interior y bolsitas con sustancias no identificadas—. Juraría que… ¡Ajá! —Sacó un paquetito redondo con una mecha demasiado corta.
—Ion, cariño, no sé si sería lo más inteligente usar una bomba en un túnel que está dentro de una montaña y con nosotras en él —dijo Noma con mucha delicadeza.
—Yo me encargo.
Banon empezó a retroceder.
—¿Banon? —preguntó Ion recogiendo la ropa del suelo a toda prisa.
Como un rayo pelirrojo pasó al lado del resto y se estampó contra la puerta, llevándosela por delante y también a todos los mercenarios que trataban de mantenerla en pie desde el otro lado.
Noma e Ion la siguieron. La alquimista se libró de varios rivales a sartenazos, y Noma recogió a Banon del suelo, que estaba aturdida por el golpe y cubierta de polvo y astillas.
—¿Estás bien? —le preguntó la sacerdotisa, zarandeándola sin ningún cuidado.
Apenas pudo responder cuando ya tenían un hacha cayéndoles encima. Banon empujó a Noma lejos de la trayectoria y desenfundó los filos. Consiguió meterse debajo del propietario del hacha para rasgarle el abdomen de lado a lado.
Todavía estaba conmocionada. No se veía nada más allá de una nube de polvo blanco, pero escuchaba gritos y sentía que el peligro se acercaba de todas direcciones.
Comenzó a dar golpes al aire sin distinguir qué era real y qué no.
Un enemigo se le apareció por la derecha y atinó a clavarle el cuchillo en el cuello, pero entonces desapareció.
Se frotó los ojos, se tambaleó, parecía que la pérdida de sangre le estaba finalmente afectando.
Entonces apareció otra sombra delante suyo, pero esta sí era real.
No se dio cuenta hasta que una espada se le hincó en el flanco derecho.
Gritó, pero consiguió golpearle la mandíbula con la empuñadura del arma que llevaba en la mano derecha y le cortó el cuello con la izquierda.
Las piernas se le aflojaron y cayó sujetándose el costado.
Perdió uno de los cuchillos y la vista se le nubló.
—¡BANON!
Las voces le resultaron familiares, pero lejanas. Como un recuerdo.
—¡BANON, ME CAGO EN TUS MUERTOS! ¡MUÉVETE!
Abrió los ojos. Un mercenario con parche —cómo no— venía hacia ella.
Recogió las armas a tiempo para detener la espada que le caía desde arriba.
Apoyó la pierna sana y se impulsó hacia adelante con un grito.
Recuperó la fuerza y despedazó a su rival, dejando caer restos de carne a su alrededor.
La sangre salía disparada a chorros, como si la propia Banon se hubiera convertido en una máquina de tortura cubierta de cuchillas.
Seguía gritando, pero ella no se oía y tampoco podía parar. Algo había tomado el control de su cuerpo y había hecho desaparecer el dolor y cualquier resquicio de piedad que le quedase.
El polvo se había asentado y ya no quedaba nadie en pie.
Banon estaba cubierta de sangre y tierra, apenas se le veía la piel.
Un cuerpo se movía a pocos pasos, sollozando y blasfemando, pero la mercenaria no podía oírlo.
Avanzó a paso lento, con los filos ensangrentados a ambos lados del cuerpo.
Pisoteaba los restos de sus enemigos, los huesos crujían bajo el peso de sus botas como si fueran de papel.
—¿Banon…? —gritó Noma—. ¡Para, lo necesitamos con vida!
Ionwen lanzó la sartén al suelo y la agarró por el brazo izquierdo.
—¡No! —gritó Noma.
La líder de las Hijas de la Sierpe se giró y empuñó el arma contra la alquimista.
Con un movimiento rápido, Noma sujetó a Banon, pero el arma se hincó en el antebrazo de Ion.
Esta saltó hacia atrás y el corte se desvió de forma que no llegó a clavarse, solo dibujó una línea desde el codo hasta la muñeca.
Fue como si el gritó de dolor de la alquimista la devolviera a la realidad. Banon sacudió la cabeza y dejó caer los cuchillos. Se miraba las manos boquiabierta y temblorosa. Lo último que vio la mercenaria fue el ceño fruncido de Noma y cómo una maza de tamaño considerable se acercaba a su cara.
Clonc.