Capítulo 19
L a cabeza se le desplomó hacia adelante y pudo ver los grilletes.
Eran un trabajo muy delicado en oro y piedras preciosas que podían parecer unos brazaletes enormes, pero resultaban ser un método de tortura muy eficaz que anulaba cualquier resquicio del don que hubiera en el portador.
Otro regalo más que había dejado como legado el queridísimo amigo de Banon: Remigius el Maldito.
Se encontraba en el Cónclave de Magos. Unas puertas contra las que Nisadra había luchado media vida para no tener que volver a atravesar.
Sabía que una vez estuviera dentro no podría escapar.
Siempre le habían dicho que pertenecía a ese lugar, que era parte de la grandeza de los magos, cuando en realidad querían decir que era un engranaje más en el plan de una loca.
La líder del Cónclave quería tener a todos los magos a su merced. Nisadra había sido su mascota favorita, pero ella no estaba hecha para obedecer a nadie.
La arrastraron escaleras abajo. La luz fue desapareciendo con cada escalón y un aire irrespirable con aroma a descomposición se le metió en la boca.
Cuando llegaron a su destino, una caverna labrada en la piedra con forma ovalada se abrió ante sus ojos.
Estaba iluminada por antorchas que dibujaban sombras extrañas con dedos alargados.
Y esos dedos eran filos de metal que anhelaban nuevas víctimas.
Nisadra había estado allí muchas veces. La habitación de los gritos, la llamaban los aprendices. Aquellos que nunca habían estado la imaginaban de mil formas, y ninguna era tan terrorífica como la realidad.
—¿Dónde la dejamos? —preguntó uno de sus captores.
—Cuélgala por ahí.
Como si de un fardo se tratara, la dejaron caer sobre dos ganchos que le atravesaron los hombros.
—¡Eh, Timmy! ¿Cuándo sales de vacaciones? —preguntó el otro que la había arrastrado durante el trayecto.
—El octavo día de Kastán es mi último turno —contestó Timmy , que era el que había indicado dónde colgarla.
—Madre mía, no sé cómo lo aguantas.
—¿Y qué quieres que le haga? He pedido traslado tres veces, pero nadie quiere mi puesto.
—Claro, limpiar la sangre y las vísceras no es fácil. Y los nuevos no quieren trabajar. —Negó con la cabeza.
—Calla, calla. No me hagas hablar, que vienen con unos aires de superioridad. ¡Ni siquiera quieren quitar los restos de la desmembradora!
—¡A dónde iremos a parar! ¿Y estos son los torturadores del futuro…?
La conversación continuó como un eco en la distancia hasta que Nisadra perdió la conciencia.
Volvió en sí cuando un cubo de un líquido helado le impactó contra la cara. Escupió todo lo que pudo y rezó a todos los dioses en los que nunca había creído para que solo fuera agua.
—¡Despierta, apóstata! —le gritó el hombre que tenía delante.
Estaba encajado dentro de unos pantalones de cuero y por camisa tenía una especie de redecilla negra. Quizás alguien pensaría que era una ropa terrorífica, pero en aquel hombre menudo resultaba bastante ridícula.
Nisadra se revolvió, pero entonces el dolor le recordó que estaba colgando de unos ganchos. Se sentía como un cerdo en el matadero.
—¿Eres consciente de dónde estás, mujer?
Ahora reconoció la voz. Era Timmy, al que le faltaban todavía muchos días para irse de vacaciones.
—Créeme que soy consciente de dónde estoy, Timmy —asintió, con cuidado para no clavarse más los anzuelos.
—¿Cómo sabes mi nombre? —Retrocedió algunos pasos y se llevó la mano al rostro que llevaba tapado por una capucha negra a juego con la redecilla.
—Porque yo lo sé todo —le sonrió—. ¿Acaso no sabes ante quién estás?
—Nisadra —dijo una voz proveniente de la oscuridad—. La apóstata más grande de la historia del Cónclave. La persona que más daño ha hecho al don desde Remigius el Maldito.
Una mujer surgió de la oscuridad, aunque esta parecía acompañarla y perfilar su silueta allá a donde fuera.
Llevaba un vestido rojo tan largo que dejaba una estela tras de sí.
El pelo era un laberinto de rizos de color cobre a juego con el vestido.
Nisadra sabía que todo en ella eran ilusiones, pocos habían visto su apariencia real.
Algunos decían que era un demonio, otros eran más creativos y decían que era un ser de otro plano muy superior.
Nisadra solo pensaba que era una hija de...
—Drakta, vieja amiga —dijo, recalcando la palabra «vieja»—. Te haría una reverencia, pero… estoy algo liada. —Señaló los ganchos y se encogió de hombros. El movimiento hizo que un chorro de sangre saliera a presión hacia la maga, pero mereció la pena.
—Tú siempre tan encantadora, Nisadra. Es un gusto que te hayas dejado caer por aquí.
—Digamos que no he tenido otra opción. Tus hombres han sido encantadores y el viaje, delicioso.
—Por fin, la hija pródiga ha vuelto. ¿Te gustan las joyas que te he enviado?
Con un movimiento de cabeza señaló a los brazaletes dorados que llevaba Nisadra. Se notaban pesados y fríos al tacto, una frialdad que no era cosa del metal.
—Siempre me ha gustado más la plata, creo que le favorece a mi tono de piel.
Drakta sonrió. Nisadra era de las pocas personas en el mundo capaz de plantarle cara.
Ella era la líder del Cónclave de Magos, la figura más poderosa de Oradea.
Los jefes de todas las naciones soñaban con que acabara en sus camas, cosa muy poco probable porque, en el tiempo que habían pasado juntas, jamás la había visto mostrar deseo sexual hacia nadie que no fuera ella misma.
—Estoy de acuerdo, siempre te han quedado bien las baratijas. Estas maravillas son una fórmula mejorada del regalo de nuestro querido Remigius. Las he hecho exclusivamente para ti.
—Oh, me siento tan especial. Lloraría, pero no me quedan suficientes fluidos corporales.
Drakta hizo un movimiento con el dedo meñique y las heridas dejaron de sangrar.
—Es mejor así, no quiero que pierdas la conciencia demasiado pronto.
Timmy carraspeó, seguía firme y con los puños apretados. La redecilla de la camisa se le ajustaba tanto en el abdomen que se le salían cuadraditos de barriga por ella.
—Mi señora. —Hizo una reverencia—. ¿Desea que empecemos con el protocolo de tortura estándar o prefiere algún cambio especial?
—No, no. La tortura estándar estará bien.
—Sus deseos son órdenes.
—Nos veremos pronto. —Se acercó a Nisadra. Esta trató de huir, pero una fuerza enorme se lo impidió. Bueno, dos fuerzas: una en cada hombro—. Hazme un favor, ¿quieres? Demuéstrame que merece la pena el sueldo que le pagamos a Tim.
Le plantó un beso en la boca. Un beso tan amargo como el de un borracho en medio de un callejón.
Cuando despertó, ya no estaba colgada del techo. La bruja se exploró en busca de heridas, pero no parecía que ninguna fuera vital más allá de las grandes cantidades de sangre que había perdido. Timmy podía estar cansado de su trabajo, pero seguía siendo muy bueno en el oficio.
Los brazaletes dorados seguían ahí, minando cualquier resquicio del don que pudiera quedar. Trató de provocar una pequeña chispa con el dedo índice, pero no ocurrió nada.
—Maldita sea —gruñó mientras escupía los restos de sangre que le quedaban en la boca.
Noma habría estado orgullosa de ella, escupiendo como un mercenario en la taberna más cutre de la ciudad.
Resopló y se dejó caer sobre la pared que tenía detrás.
Estaba en una celda de piedra fría como el hielo.
El tacto de la roca le reconfortó el dolor de espalda.
Le habían quitado su precioso vestido dotado de magia y le habían puesto lo que parecía … ¡Un saco de arpillera!
Se miró el pecho y vio escrito: «Patatas 25 kilogramos».
De todas las heridas que le habían provocado, verse con ese trozo de esparto era su peor pesadilla.
Sin duda había sido cosa de Drakta, sabía cómo hacerle daño.
Además, el saco dejaba a la vista las piernas y los pies descalzos.
Nisadra se miró a sí misma y trató de ocultarse dentro de la tela.
Sus piernas eran la prueba de todos sus delitos a la magia.
Palabras en idiomas perdidos le recorrían la piel.
Eran los sellos mágicos que se había impuesto a sí misma cuando había cometido errores que podían provocar la destrucción del mundo.
Y sí, eran demasiados, porque Nisadra había jugado con todo tipo de magia y, en muchas ocasiones, había convertido su cuerpo en un portal a otros mundos por el que podían escaparse criaturas peligrosas.
Una vez, estornudó y le salió por la nariz un señor muy pequeñito que decía ser un dios primigenio.
Y, sin embargo, la marca que más odiaba era la que llevaba en el cuello: la marca de los apóstatas.
El símbolo de su traición al Cónclave le impedía entrar en muchos pueblos, ya que la gente de a pie que la veía siempre terminaba echándola a patadas.
Y no hablemos de los magos, que podían sentir esa marca a mucha distancia.
—Pobre Nisadra, me duele tanto verte así.
Drakta se asomó a los barrotes y dejó que la poca luz que había incidiera sobre su vestido iridiscente.
—Tú, que siempre has sido tan divina —continuó mientras atravesaba los barrotes como si estuviera hecha de humo—. Siempre fuiste un ejemplo a seguir en cuanto a estilo y mírate ahora…
—Que te follen, Drakta —contestó mientras le lanzaba un escupitajo sanguinolento que cayó justo en la punta afilada de su bota derecha.
La líder del Cónclave suspiró y negó con la cabeza.
—Tú y yo estábamos hechas para cosas muy grandes. Habríamos sido las reinas del mundo, pero esa estúpida idea tuya de la libertad… —Decoró la última palabra con unas comillas.
—Perdóname por no querer ser un homúnculo pegado a tu trasero.
—Las dos sabemos que las cosas no fueron así.
La maga se apoyó en la pared contraria de la celda y cruzó los brazos.
—Esa mercenaria de pacotilla te manipuló. Tú eras feliz aquí, Nisadra. Eras feliz hasta que apareció ella y te llenó la cabeza de pajaritos.
Iba a responderle, pero las palabras se le enrollaron en la garganta.
¿Tenía razón? Hasta donde ella recordaba había vivido bien en el Cónclave.
Se había convertido en una maga respetada, incluso temida.
¿Acaso no era eso lo que había perseguido durante toda su vida?
¿Era suya esa necesidad de libertad o era algo que le habían metido en la cabeza?
Dentro del gremio, siempre había sido el bicho raro, la que no estaba hecha para la vida de mercenaria.
Noma se lo había dicho en muchas ocasiones: cuando no paraba de quejarse por tener que dormir al raso, cuando decía que le dolían los pies de tanto caminar, cuando acababa cubierta de vísceras por alguna explosión de Ion.
No había nada que a la vieja Nisadra le gustara y, sin embargo, había vivido así durante media vida. ¿Por qué?
«Por Banon», le susurró una vocecita en la cabeza. Había aguantado toda esa mierda por Banon y, ¿para qué? Para que desconfiara de ella y la traicionara a la primera de cambio. Los hombros se le aflojaron. ¿Se había equivocado? ¿Realmente quería vivir así?
—Sé cómo te sientes, Nisadra. —Drakta se agachó a su lado. Puso la mano sobre el saco de patatas y le acarició el hombro—. Llevas años traicionándote a ti misma y a los tuyos, pero nosotros no te hemos abandonado.
La bruja la miró con los ojos vidriosos y encontró la misma mirada de vuelta.
—Todavía estás a tiempo de volver con tu familia —dijo, y le sonrió con la calidez que solo una madre es capaz de dar—. Yo puedo borrar esa horrible marca que has cargado durante tanto tiempo.
Le acarició el cuello, donde la palabra apóstata estaba grabada en un rojo intenso. El contacto hizo que despertaran todos los poros de su piel y volviera a arder como el día que la marcaron.