Hijas de la Sierpe Capítulo 18
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Capítulo 18

A sí que no había sido una alucinación. Por un lado, Banon se sentía tranquila, porque Noma e Ion también habían visto cómo su vómito se marchaba con mucha elegancia.

—No me suele pasar —soltó Banon rascándose la coronilla.

—Es bueno saberlo, sí —asintió Noma—. No me gustaría ver un zurullo tuyo despidiéndose de nosotros con un beso volado.

Banon se recolocó el pelo dentro de la capucha y respiró. Rebuscó entre su ropa para ver si todos los cuchillos estaban en su sitio.

—¿No esperarás que sigamos como si no hubiera pasado nada?

—Habrá sido cosa de la diosa Phi’Ri, Noma. Yo qué sé.

—Eh… No, ya te digo yo que no.

La sacerdotisa se levantó y se plantó delante con los brazos en jarras. Ionwen, sin embargo, seguía tirada en el suelo con las piernas cruzadas y parecía hipnotizada por la visión del vómito.

—¿Vas a explicarnos qué coño te pasa o tendremos que sacártelo a golpes?

—Yo tampoco lo entiendo, ¿vale? —Banon miraba al suelo y tartamudeaba—. Me pasan cosas raras y veo cosas raras. ¿Contentas?

—¿Cómo que ves cosas raras? —Ion se levantó del suelo acompañada del crujido de sus huesos.

—Sí, joder —resopló—. Tengo alucinaciones desde que encontré el sello y muchas veces no sé lo que es real y lo que no.

Banon comenzó a caminar en círculos. No levantaba la vista y se rascaba continuamente la cabeza. Cuando alguna piedra se le cruzaba en el camino, la pateaba con fuerza.

—La única forma de mantenerme cuerda es estando borracha.

Noma e Ion se miraron con gesto triste.

—Nunca te gustó beber —añadió la alquimista.

—¡Y sigue sin gustarme! —gritó Banon mirándolas por primera vez—. Es un asco, sabe mal y huele peor. Y hace que te arda hasta el culo. ¿A quién coño le puede gustar eso? Pero no me queda otro remedio.

La sacerdotisa se le acercó y le acarició la espalda.

—¿Por qué no habías dicho nada? Puede que haya otros métodos.

—¿Como llenarme el céclun ? —Le dedicó una media sonrisa.

—Es cáclum , y a la que le estás llenando las pelotas es a mí. —Le dio una palmada en la espalda—. Estarás loca, pero no has perdido el sentido del humor. Podría intentar darte algo para ayudarte.

—Preferiría que no, gracias. Todavía tengo lagunas de la última vez que probé algo tuyo.

—Tú no te acuerdas, pero estabas muy simpática. —Se encogió de hombros—. Nisa y yo nos lo pasamos en grande con la Banon colocada.

—¡Yo quiero conocer a la Banon colocada! —soltó Ion mientras daba saltitos.

—¿Qué tal si descansamos un poco? —preguntó Noma—. Banon, no tienes buen aspecto.

Antes de que la mercenaria pudiera quejarse ya habían empezado a montar el campamento. En un pestañeo, estaba sentada en un tronco delante del fuego y tenía un plato de comida caliente en las manos.

La noche se había quedado fría tras el diluvio. Ahora parecía en calma, pero se respiraba un olor extraño en el aire. Era como si el tiempo se estuviera preparando para algo.

—¿Qué? —preguntó Banon mirando a las dos mujeres que tenía delante y que parecían esperar algo.

—Tienes que contarnos más de ese sello —contestó Ion—. ¿Te ha dado poderes? Claro, por eso estás tan fuerte.

—No creo que tenga que ver…

—¿Y si el sello te está enseñando el futuro? —la interrumpió la sacerdotisa—. A lo mejor ahora puedes ser adivina.

—¿Te imaginas? Podríamos montar un negocio.

—No veo el futuro.

—No lo sabes, Banon. Puede que estés desaprovechando todo ese potencial. —Ion se le acercó y le puso la palma de la mano en la cara—. ¿Puedes leerme la mano? ¿Crees que encontraré el amor de verdad?

—No sé leer la mano, Ion. ¡Quita! —La apartó—. ¿Queréis escucharme? El sello no me da ningún poder, solo me está volviendo loca.

—Menuda mierda de poderes. —La sacerdotisa se cruzó de brazos—. Quizás podríamos turnarnos para llevar el sello y que no te afectara tanto.

Banon se puso tensa.

—No —dijo con voz tajante. Cuando vio las caras de sus amigas añadió—: Es mi carga.

Ion se quitó la alpargata que llevaba y se la lanzó. Banon consiguió esquivarla y el calzado se metió entre los arbustos.

—Queremos ayudarte, ¿sabes? —Se cruzó de brazos—. Ahora ve a buscarme el zapato.

—Ni de coña. Haber apuntado mejor.

—Tráeme el zapato —insistió Ion, marcando cada sílaba.

—Oblígame.

La alquimista se levantó cojeando y se abalanzó sobre Banon.

El cuerpo era tan menudo que apenas consiguió desequilibrarla.

La mercenaria decidió dramatizar el momento y dejarse caer lanzando el bol de comida que tenía en las manos, pero no podía parar de reírse a carcajadas.

Lo máximo que había conseguido su compañera era provocarle unas cosquillas terribles en la axila.

—Parad ya. Ya voy yo a por la jodida alpargata. —Noma se levantó negando con la cabeza.

Justo cuando levantó el primer pie para dirigirse a los arbustos, Banon la sujetó por el tobillo y se desplomó sobre la hierba.

—¡Serás hija de…!

Banon ya la estaba arrastrando con la otra mano contra su cuerpo y la abrazó por el cuello. Apenas hacía presión, pero ese brazo era suficiente peso como para que la pobre Noma no pudiera moverse.

En el pasado, se peleaban con más frecuencia de la que les gustaría reconocer a ninguna.

Una vez, recordó Banon, Noma y ella llegaron a las manos tan en serio que tuvieron que recurrir a un sanador profesional para que les recompusiera los huesos rotos.

Por suerte, la mayoría de las veces acababan riéndose y jugueteando de esa manera.

Incluso Nisadra se unía a esas peleas, aunque siempre acababa usando la magia y dejando a alguna colgada de un árbol semidesnuda.

Seguían revolcándose en el suelo cuando una luz cegadora recorrió el cielo seguida del impacto de una corriente de aire.

—¿Qué ha sido eso?

Se levantaron todavía cegadas por la luz. A lo lejos, una columna inmensa de humo ascendía hasta el cielo.

—¿Banon? —preguntó Noma al ver que la mercenaria se caía al suelo de nuevo y se sujetaba el pecho.

La misma sensación. Como si algo quisiera salirse de su cuerpo y dejarla seca.

—Magia —contestó esta entre respiraciones entrecortadas.

—¿Puedes sentirla?

Banon asintió.

—No la siento —levantó la cabeza—, la sufro.

—¡TENEMOS QUE VOLVER! —gritó Ion—. Es Nion. Tenemos que…

—No podemos —interrumpió la sacerdotisa.

—¿Por qué? Tenemos que ayudar.

Negó con la cabeza.

—Eso era para nosotros, Ion. No podemos volver.

—Pero…

Noma la acurrucó entre sus brazos y le acarició las rastas.

—Lo sé —la consoló con voz dulce—. Tenemos que seguir adelante para evitar que esto vuelva a pasar. ¿Lo entiendes?

—¿Y Nisa? Puede que todavía esté allí.

Banon respiró hondo para recuperar las fuerzas. Sabía que esa magia procedía de Nisadra.

—Está bien —asintió mirando a Noma—. Lo sé.