Hijas de la Sierpe Capítulo 17
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Capítulo 17

N o volvió a por su magnífico caballo. «Ellas lo necesitan más que yo», pensó como una idiota. En el fondo lo hacía por Noma e Ionwen. Sí, lo hacía por ellas.

Su primera reacción fue correr, correr tan rápido como le permitían sus piernas.

Con un gesto de la mano, el vestido se transformó en algo maleable y oscuro que se adhirió a su piel como si fuera un traje de cuero.

Cubrió del todo sus piernas y su torso sin dejar apenas piel a la vista, salvo sus manos y algo de muñeca.

Siempre había tapado su cuerpo para que nadie viera las marcas.

No todo el mundo las comprendía. Ella era tan diferente a los demás, pero hubo un tiempo en que pensó que Banon llegaría a entenderla.

Cuando se marchó todo se vino abajo y volvió a estar sola con sus demonios.

Luego regresó y esto solo hizo que una pequeña ilusión se le metiera en la cabeza.

Luchó contra ella, pero no pudo evitar que creciera hasta que Banon volvió a estropearlo todo.

Las lágrimas presionaban por salir, le ardían los ojos, pero ella no iba a derramar ni una más por ella. Se lo había prometido hacía diez años. Bastante se avergonzaba ya de sí misma por haber dudado, aunque solo hubiera sido por un instante.

Debía volver a Myrenias como si nada de esto hubiera sucedido jamás.

¿Qué más daba lo que les pasara en la guarida de los Caníbales?

No era asunto suyo. Pero Noma era muy despistada e Ion hacía explotar todo a su alrededor con demasiada frecuencia.

Y Banon… Banon era una imbécil, una cabeza hueca que no hacía más que cagarla.

Sus planes más ingeniosos consistían en entrar gritando a los sitios.

Se miró las manos. La piel blanca perfecta que pronto estaría manchada por la sangre de sus únicas amigas. Aquellas que la sacaron del escondite del sello cuando estaba a punto de morir.

Entonces lo sintió. Algo se movía a su alrededor, una energía tan perturbadora como la suya propia.

Magia.

No sabía cuántos eran, pero la estaban rodeando. Miró de reojo, pero lo hizo con ese sentido que poseen aquellos que dominan las energías del mundo. Los percibió y se preparó.

El cielo se cubrió de oscuridad en el mismo instante en que unas chispas acudieron a las puntas de sus dedos.

Los agitó para desentumecerse, hacía mucho que no usaba el don y estaba desentrenada.

Para ella estar cerca de Banon era como perder la visión, anulaba por completo su capacidad de percibir el mundo.

Por eso sabía que llevaba el sello encima.

Un haz de luz salió de entre los matorrales y fue directo hacia ella. Lo desvío con un movimiento sutil de la mano.

—¿Es esto todo lo que podéis hacer? —dijo sonriendo.

Varios haces de luz la atacaron de nuevo, todos desviados con elegancia salvo uno que la golpeó en el hombro haciéndola retroceder.

—Ahora es mi turno —susurró.

De sus manos salieron llamaradas con forma de serpiente. Reptaron hacia el interior del bosque y buscaron como cazadoras hambrientas. Los gritos de las presas no tardaron en llegar.

Nisadra miró a los cielos e invocó más poder. Comenzó a llover y los truenos acompañaron a la lluvia. Invocar una tormenta no servía de mucho, pero le daba cierto dramatismo a la situación y a ella le encantaba el espectáculo.

—¡Volved a mí!

Las lenguas de fuego acudieron a su llamamiento sin quemar ni una sola hoja o arbusto a su paso. Se enrollaron alrededor de la bruja haciéndole sentir algo parecido al placer sexual.

Recibió más ataques desde varios puntos, pero las llamas respondieron alimentándose de ellos. Tantos años de entrenamiento la habían convertido en una especie de catalizador de poder; lo malo era que podía excederse y su cuerpo era incapaz de controlar tanta magia.

Tenía que liberarlo lo antes posible. Lanzó de nuevo a sus siervas hacia los enemigos que habían dado la cara.

Varios magos salieron de la espesura, todos vestidos con túnicas púrpuras caladas hasta los ojos.

Cargaban con tantas joyas que sus movimientos sonaban como si entrechocaran metales pesados.

La batalla continuó. Ella enviaba embates mágicos y los recibía. Trató de desviar todos los que pudo, pero sus llamas querían alimentarse y luchaban por desobedecer sus órdenes.

Nisadra sentía que se le iba de las manos.

Hacía tanto tiempo que no se alimentaba que se sentía abrumada.

Luchaba consigo misma, con una voz interior que le decía que siguiera, que destruyera; y otra que le decía que debía tomar el control, que no permitiera que fuera el don quien gobernara su cuerpo.

«No soy tu esclava, eres tú quién me sirve a mí».

Respiró hondo y trató de disipar las llamas, pero esto las desencadenó.

Una explosión de luz salió de su interior y sintió como si el cuerpo se le despedazara.

La bruja cayó al suelo, temblorosa. Apoyó las manos para ponerse en pie.

Con los dedos se quitó el pelo de la cara y observó a su alrededor: había un cráter enorme y ella era su centro.

Tuvo que trepar para poder salir de él. Le sangraban los dedos de las manos, pero se agarró a la piedra con todas sus fuerzas hasta que llegó a la superficie.

El territorio alrededor había sido alcanzado por la onda expansiva de su poder y la ciudad de Nion no había sido una excepción.

Quedaban algunos muros en pie, el resto se había convertido en ceniza.

La lluvia había formado una masa gris que se apelotonaba en los tejados y muros que quedaban.

El suelo crujía bajo los pies de la bruja.

Era consciente de lo que estaba pisando, pero temía mirar hacia abajo y que unas cuencas vacías le devolvieran la mirada.

Sin darse cuenta, había vuelto a la casa de Ionwen. El cartel con forma de herradura colgaba de un gozne y se balanceaba chirriando. Era lo único que quedaba de la forja. Se dejó caer frente a él y formó una nube de polvo a su alrededor.

—Ya se habían marchado —dijo una voz a su espalda.

—¿Estás seguro?

—Las vi con mis propios ojos. —Un hombre bajito vestido con una larga capa morada y un sombrero ridículo caminaba entre la ceniza.

Era como un brochazo de color en medio de un cuadro negro y gris—.

Has matado a mucha gente, y a muchos de los nuestros, Nisadra.

—Se le acercó y puso una mano sobre el hombro—.

Tengo que llevarte conmigo. Podemos hacerlo por las buenas y que nadie salga herido, o por las malas y que tú salgas muy perjudicada.

Nisadra bufó y le dedicó una de sus sonrisas.

—Sabes que nunca me han gustado las cosas por las buenas.

Trató de levantarse a toda prisa y salir corriendo, pero la tenían rodeada. Varios magos habían salido de sus escondites y le bloqueaban las salidas. Cayeron sobre ella tras la orden del líder y lo último que alcanzó a ver fue cómo le ponían los grilletes.