Hijas de la Sierpe Capítulo 16
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Capítulo 16

B anon encabezaba la marcha y, tras ella, Noma a Ionwen tiraban de las riendas de Binn. La mercenaria decidió dejarle la otra montura a la bruja. Al fin y al cabo, le había costado mucho elegirla. Eso se decía a sí misma, pero en realidad quería darle la oportunidad de alcanzarlas.

Binn se mantenía en silencio desde que había rellenado la petaca en casa de Ion. «Bendita abuela Ruperta», pensaba cada vez que el fuego le bajaba por la garganta.

—Oye, necesito confesar algo. —Ion se paró en seco y levantó la mano como si estuviera en la escuela.

—A ver, sorpréndenos —dijo Noma—. No serán más fantasías sexuales de esas tuyas, ¿no?

Ion se limitó a mirarla mal.

—En fin —continuó—. ¿Soy a la única a la que le duelen hasta las pestañas? Joder, es como si me hubiera pasado por encima un… Pues es como si Banon se me hubiera caído encima.

—¡Eh! —gritó la susodicha.

—A ver, Banon. No te ofendas, pero ¡estás gigante! ¿Qué has estado haciendo en esa granja?

—Pues… Labrar la tierra. —Se encogió de hombros.

—Pues te ha sentado de lujo —asintió Noma—. Yo, sin embargo, cada día estoy más fofa. ¡Mira estos brazos!

Noma zarandeó las masas que tenía bajo los bíceps.

—Supongo que la vida en la secta no exigía tanto trabajo —le contestó Banon, aunque para ella Noma seguía igual que siempre. Tenía la maraña de pelo algo más blanca, pero su cuerpo se mantenía en forma.

—La verdad es que no, engañar a tontos para que bebieran pis de gato no requería ningún esfuerzo.

Banon le clavó la mirada mientras contraía la mandíbula.

—¿Pis de gato? —preguntó Ion riéndose— ¿En serio la gente caía en eso?

—Uy, sí. Y algunos hasta repetían.

—¿Podemos cambiar de tema? Gracias.

La mercenaria se dio la vuelta y siguió caminando, mientras maldecía el puñetero cáclum .

—Volviendo a tu pregunta —dijo Noma—, a mí también me duele todo. Después de la pelea me quedé de puta madre. ¡Era como si hubiera rejuvenecido veinte años por lo menos!

—Sí, sí. Eso es —Ion asintió con rapidez—. Pero es que ahora no puedo ni levantar los brazos más de esto.

La alquimista los subió hasta que estuvieron a la altura del pecho y un sonido como de arena crepitando salió de sus hombros.

—Será de tanto trabajar en la forja —dijo e hizo círculos con la articulación haciendo todavía más ruido—. Aunque eso me ha ayudado a mantenerme en forma.

—¿Y lo del oído? —preguntó Banon.

—Ah, ¿esta maravilla de aquí? —Señaló la campana que le salía del hélix—. La hice yo misma cuando me di cuenta de que no oía bien.

—¿No puedes oír sin el aparato? —preguntó Noma mientras le acariciaba el hombro.

—No, ¡pero no pasa nada! —sonrió enseñando las paletas separadas—. ¡Gajes del oficio!

—¿Sin ese aparato no oyes nada de nada? —volvió a preguntar Banon.

—Nada de nada, por eso no me enteré cuando entrasteis en casa.

—Vaya… —La mercenaria bajó la vista. Quería preguntarle muchas cosas, pero le daba vergüenza—. Y, ¿te duele?

Ion y Noma la miraron.

—Joder, cómo has cambiado —soltó Noma.

Ambas se quedaron mirando a Banon con una extraña sonrisa, como si ella fuera un animalillo adorable pidiendo caricias.

—Vosotras sí que habéis cambiado. ¡Estáis más idiotas todavía!

—¡Venga, Banon! No te pases, que solo era una broma. ¡Que no me duele!

Salieron corriendo detrás de la líder de las Hijas de la Sierpe, que huía para ocultar que se había sonrojado tanto que le ardían las orejas. Banon se paró en seco de repente. Notó como un cosquilleo le subía desde la punta de los pies hasta el pelo.

—¿Pasa algo? —preguntó Ion. Se había puesto a su lado sin que ella se diera cuenta.

Le posó la mano en el hombro y se oyó un estallido que la hizo separarse de un salto.

Ella seguía con la vista en el suelo. Apoyó las manos en las rodillas y dejó caer el cuerpo hacia adelante buscando aire de forma desesperada.

Sobre ellas, el cielo se cubrió de gris y no dejó pasar ni un ápice de luz.

—Oh, oh. Creo que la diosa Phi’Ri está furiosa. Deberíamos hacer un sacrificio o algo. —Noma miró en todas direcciones—. Seguro que en el bosque encontramos algún cazador perdido.

—¿De qué estás hablando? Esto es cosa de la Tejedora —le discutió Ion—. ¿Estará enfadada con nosotras? Lo mismo es una señal para que no vayamos a por los Caníbales del Norte.

—¿Qué coño dices de la Tejedora? ¿Y desde cuándo te has vuelto tú tan religiosa?

—La Tejedora es la diosa primigenia que dio vida al mundo tal y como lo conocemos —dijo con voz solemne—. ¡Y yo siempre he tenido fe!

—¡Pero si hasta ayer te estabas cagando en las tetas de esa diosa tuya!

—Blasfemar también es parte de tener fe, Noma —afirmó levantando el dedo índice.

—Venga ya, si tú eras la más atea de todas. Después de Banon, claro. —Señaló a la mercenaria que seguía dando bocanadas de aire como un pez fuera del agua—. Ay, nos olvidamos de ti. Banon, di algo. ¿Verdad que Phi’Ri es la única diosa que existe?

La mercenaria no podía respirar y mucho menos hablar. No sabía qué estaba pasando. El cuerpo le temblaba, no paraba de sudar, parecía que el aire no le llegara a los pulmones y… Una fuerza, había una fuerza que la estaba consumiendo por dentro.

—Banon, ¿estás bien? ¿Qué hacemos? ¿Quieres un caramelo o algo? —preguntaba una Ion difuminada, que se agachaba delante de su cabeza. La apartó de un manotazo.

Los largos rizos pelirrojos ocupaban la poca visión que le quedaba, estaba cada vez más inclinada hacia adelante.

Quería arrancarse la piel, quería sacarse el estómago y los intestinos por la boca, quería abandonar su cuerpo.

De pronto, la abuela Ruperta salió propulsada de su boca con tanta fuerza que la obligó a levantar la cabeza y lanzar el vómito a varios metros de distancia.

Aunque lo mismo no era vómito, porque se movía.

Lo que había salido de Banon comenzó a sacudirse hasta que cogió forma. Una que consistía en una montaña de restos de comida verde con sombrero y dos tentáculos por brazos.

—Señoras —dijo el señor Vómito quitándose el sombrero. Se marchó reptando y dejando tras de sí un rastro tan viscoso como él mismo.

Banon empezó a sentirse más aliviada, el ardor y el dolor habían desaparecido junto con el señor Vómito. Siempre que pasaban estas cosas se preguntaba por qué sus alucinaciones eran tan educadas.

Se echó la melena hacia atrás empapada de sudor y se incorporó. Menos mal que solo las veía ella, sería complicado explicarle a alguien por qué tu vómito tiene vida propia y parece ser de alta alcurnia.

Entonces se giró. Ionwen estaba tumbada en el suelo después de que Banon la lanzara a bastante distancia y Noma estaba arrodillada a su lado. Lo más importante era que las dos tenían la mandíbula desencajada y no pestañeaban.

—Perdona, Ion —habló Banon con voz cavernosa, mientras se limpiaba la comisura de la boca—. No quería hacerte daño.

—QUÉ DAÑO NI QUÉ MIERDA, ¿QUÉ COJONES ERA ESO? —gritó señalando el punto justo donde había caído el vómito.

Oh.