Hijas de la Sierpe Capítulo 15
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Capítulo 15

D ebía agasajarla, según Noma. Pero Banon sabía que eso no funcionaría.

Nisadra la odiaba más que nunca ahora que era consciente de lo que le había hecho.

Y ¡qué coño! Era la verdad. Banon no confiaba en ella, porque había estado media vida persiguiendo objetos y grimorios malditos para su colección.

Nisadra la había usado como carne de cañón en la mayoría de las misiones, lanzándola a trampas mortales solo para probar si el camino era seguro.

Una vez, mientras buscaban un amuleto para aumentar la potencia de sus hechizos, habían llegado a un manantial precioso. La bruja le había explicado que formaba parte de una prueba, que no debía fiarse de nada. Luego le había pedido que se bebiera el agua.

Obedeció y, una vez que la probó, no pudo parar.

Estaba encantada y te hacía tomar hasta la última gota, hasta vaciar el manantial.

Estuvieron allí hasta que quedó seco y apareció un amuleto que Nisadra se colgó al cuello.

La mercenaria estuvo meando a presión durante días y más de una vez perdió el conocimiento.

Salió de Nion, porque sabía que la bruja buscaría un lugar para darle dramatismo a la escena de su marcha.

Llegó a un claro, justo a las afueras del pueblo, donde se abría la entrada al bosque.

Nisadra la esperaba allí, a la sombra de un árbol, con los brazos cruzados debajo del pecho y dejando que el viento le enredara la larga melena negra.

Ella iba dispuesta a lamerle el culo. Sí, señor. Casi llevaba la lengua fuera, pero fue ver esa imagen y se le apretó el esfínter. Allí estaba ella, tan segura de sí misma como siempre, con la ceja alzada y todo el peso en una pierna.

—¿Y bien? —preguntó la bruja dando golpecitos con el pie derecho.

Banon no podía hablar. Sabía que si abría la boca vomitaría una serie de reproches que solo empeorarían las cosas.

—¿Por qué me has seguido? ¿Vas a pedirme perdón? No te…

—No. —La detuvo—. He venido a decirte que nos marchamos.

—¿Qué?

—Nos marchamos. Las tres —continuó la mercenaria conteniendo una sonrisa de satisfacción—. Nos vamos al paso de la Espina a por los Caníbales del Norte.

—¿Y vas a llevártelas?

—Ellas han decidido acompañarme y no pienso cometer el mismo error dos veces.

Banon hinchó el pecho, orgullosa de su discurso. Aunque había una vocecita muy parecida a la de Noma que le susurraba: «La estás cagando, gilipollas».

—Ellas querrían que nos acompañaras. —Decidió intentarlo, aunque solo fuera un poquito y sin bajarse mucho los pantalones. Quizás enseñar un poco la raja del culo, nada más—. Y yo también.

—Vaya, ahora no piensas que los magos y las brujas seamos tan malvados. —Sonrió con satisfacción.

—Creía que, después de todo lo que hice por ti en el pasado, podrías perdonarme este detalle.

—¿Detalle? ¿Tú te estás oyendo, Banon? —sonrió, nerviosa—. Remigius el Maldito nos condenó. Nos puso grilletes, Banon. ¿No lo entiendes? Éramos inmortales, superiores y él nos condenó a una existencia fútil, insulsa, como la…

—¿Como la mía? —gruñó Banon—. ¿Como la del resto de personas de Oradea? ¿Como la de Ion y Noma?

—Sí. —Descruzó los brazos.

Banon bufó. Ahora sí que tenía claro que no iba a suplicar, aunque tuviera que matar a los Caníbales ella sola. Iba a subirse los pantalones bien arriba y dejar que la bruja jodiera a otra.

—Ándate con ojo de ahora en adelante, Nisadra. Puede que haya mercenarios que sigan buscándote.

—Sé cuidarme sola.

—No lo dudo, pero siempre has sido muy descuidada. ¿Recuerdas las veces que tuve que mantener al Cónclave alejado de ti?

—Eso fue en el pasado. Está claro que ninguna de las dos sigue siendo la misma.

—No, no lo somos.

Banon se giró para marcharse, pero la voz de Nisadra la detuvo.

—Nunca pensé que acabarías convirtiéndote en una heroína. —Se carcajeó—. Banon, la protectora del sello. Escribirán leyendas sobre ti, ¿sabes? Tendrás que firmar autógrafos e ir por las calles besando bebés.

—Adiós, Nisa —dijo sin girarse—. Ya nos veremos.

—¡Sí, nos veremos en el infierno! —le gritó.

Se echó a caminar mientras la perseguía la voz de la bruja, que seguía diciéndole cosas tan bonitas como la anterior. No le importaba, en parte se lo merecía. Lo último que oyó fue algo relacionado con su culo y la punta de una bota.