Capítulo 14 #2
—Solo Ion la Derretidora de caras es capaz de lanzarse en una catapulta a la guarida del enemigo —soltó Nisadra con su media sonrisa—. ¡Por la Derretidora de caras!
Alzó la copa y las cuatro mujeres se acercaron a la mesa para entrechocarlas. Después de eso, se quedaron en silencio y se sirvieron varias rondas más.
Banon necesitaba fuerzas para asimilar lo que había dicho Ion y continuar.
Nunca pensó en que ninguna de sus amigas no había vuelto en su busca, dio por hecho que habían obedecido una orden y ya está, pero…
Ion tenía parte de razón. ¿Por qué nadie volvió?
Ella también tenía miedo y se había quedado sola.
Puede que, estando Banon en el otro lado, tampoco hubiese vuelto a por sus amigas.
—Cuando os fuisteis —continuó—, la cosa no mejoró. Pero conseguí llegar hasta el final.
Ahora estaban sentadas las cuatro alrededor de la mesa. Era la primera vez que estaban tan cerca. Le resultaba extraño sentir el aliento de Nisadra a su izquierda, cuando todo el viaje se había mantenido distante.
—Había una sala vacía con un pedestal. Entré y cerré un portón enorme. Llegué allí a duras penas… —Banon recordó el dolor y la desesperación—. Las trampas mágicas eran cada vez peores.
Todas en silencio y las cabezas cada vez más cerca las unas de las otras. Noma e Ion seguían cogidas de la mano.
—Nuestro cliente tenía razón en que había una joya, pero no era lo que había dicho. Cuando entré en la habitación… —Banon empezó a susurrar sin darse cuenta—, se me apareció un fantasma.
—LOS FANTASMAS NO EXISTEN, BANON.
—¡Me cago en…! ¡Ion, para de gritar! —dijo Noma mientras le soltaba la mano para llevarse la suya al pecho.
Todas pegaron un buen salto con el grito de la herrera, pero ninguna lo quiso reconocer.
—Yo pensaba lo mismo, hasta que lo vi —siguió Banon, aclarándose la voz—. Era un anciano y me dijo que se llamaba Remigius III, o algo así, y que era el protector de esa cueva.
—No puede ser —interrumpió la bruja—. ¿Se te apareció Remigius III, el creador de las teorías de la magia tal y como la conocemos hoy?
—Supongo.
—¿Y qué pasó? ¿Qué te dijo? —soltó Ion, que se había apoyado en la mesa con ambos codos y la miraba con los ojos haciendo chiribitas. Parecía que lo del fantasma no le había gustado, pero ahora que había resultado ser un fantasma bueno había vuelto a mostrar interés.
Ella les explicó que la joya familiar que les habían enviado a buscar no era otra cosa que el sello de Asgio, un amuleto mágico que servía para mantener a raya la magia del mundo.
Remigius lo había creado al descubrir el precio que íbamos a pagar si seguíamos usándola sin control.
Les dijo que le había mostrado visiones de cómo acabaría la tierra si el sello cayera en manos equivocadas.
Banon todavía recordaba las visiones. Los parajes se habían vuelto yermos, los demonios campaban a sus anchas consumiendo todo a su paso.
Lo peor fue cuando vio lo que quedaba de la raza humana: una especie de cascarones sin vida, marchitos, como un cadáver dejado varios días al sol.
Y, sin embargo, los ojos se movían frenéticos, demostrando que aún había vida dentro de esa cáscara seca.
—Si los magos destruyen el sello no habrá límite para su poder —le susurró Remigius al oído—. Romperán las barreras entre planos y todo aquello que alguna vez amaste será destruido.
—También me contó que él había creado ese lugar para ocultarlo, pero que había sido descubierto y ahora corría peligro —concluyó—. Así que me maldijo y encadenó mi vida al sello de tal forma que los dos compartimos destino.
—¿Quieres decir que, si el sello es destruido, tú también? —preguntó Ion.
Banon asintió. El fantasma había sido listo y, en cuanto ella soltó un sonoro «qué te jodan, pirado» e hizo ademán de mandarlo a la mierda, le lanzó la maldición.
—Por eso me marché, porque no quería meteros en todo esto.
—Menudo montón de chorradas —soltó Noma—. ¿Y por eso te largaste? Eres una imbécil. ¿De verdad no pensaste en que te habríamos ayudado?
—Ya, pero…
—Pero, ¿qué? —interrumpió Ion—. Decidiste cargarte con todo tú sola, como cuando dijiste que nos largáramos de la cueva. ¡Podíamos haberte ayudado, pedazo de trol!
—Lo sé, pero…
—No confiaba en mí —replicó Nisadra—. Yo soy una bruja y Remigius te pidió que lo protegieras de gente como yo. ¿No es cierto? Yo soy esas manos equivocadas. Pensaste que, de haberlo sabido, habría destruido el sello sin importarme tu vida.
—Yo no he dicho eso.
—No hace falta que lo digas. ¿Se te ocurrió acaso pensar que yo podría haberte ayudado con la maldición, que podría haberte salvado?
—Nisa…
—No me llames así.
La bruja se levantó de la mesa y se marchó.
—Sabía que esto iba a pasar —gruñó Banon—. No es que no confíe en ella, es que en ese momento no podía confiar en nadie.
—Te entiendo —asintió Noma—. Nis siempre ha sido... A mí también me habría costado fiarme de ella con algo tan poderoso y más si estaba en juego mi pellejo. ¿Dónde está el sello ahora? ¿Está a salvo?
—Sí. Puedes estar segura.
—¿Y qué vamos a hacer ahora? —preguntó Ion—. Me refiero a todo esto de los Caníbales.
Por eso sabía que podía confiar en Noma e Ion. Ninguna de las dos se había interesado lo más mínimo por el sello, no habían seguido con el interrogatorio. Sin embargo, Nisadra…
—Yo voy a ir al paso de la Espina. —Banon se levantó.
—No puedes ir sola.
—Y tampoco os puedo meter en más problemas de los que ya os he dado, Noma.
—¡Eso no es justo! Somos tus amigas. ¿Ya no te acuerdas del lema de las Hijas de la Sierpe?
La herrera sacó de nuevo el colgante de la serpiente alada. Noma la imitó y Banon no tuvo más remedio que enseñar también el suyo.
—«La sangre de mis hermanas es mi sangre, y nunca será derramada por mi filo…» —recitó la mercenaria de forma solemne.
—¿Y cómo sigue? —se burló Ion.
—«La sangre de mis hermanas es mi sangre, y nunca será abandonada por mi espada».
—¡Brindo por eso! —chilló Noma alzando la copa —. Y ahora ve y arrastra a ese culo de bruja escuálido hasta aquí.