Hijas de la Sierpe Capítulo 14
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Capítulo 14

E mpezaba a preocuparse por haber perdido el conocimiento tantas veces en los últimos días. No paraban de dormirla, drogarla, envenenarla… Ah, no. Que también había sido cosa de la borrachera. Se rascó la nuca y consiguió sentarse en los escalones de la entrada.

—¿Todas bien? —preguntó con una voz tan rasposa que le lesionó la garganta.

—Sí —contestó Nisadra—. ¿Tú?

—Sobreviviré.

Se levantó algo mareada, pero mantuvo el equilibrio.

La habitación era un desastre. Había cadáveres por todos lados, charcos de sangre y otros de un color extraño que parecía ser la mezcla de los ácidos de Ion con restos de carne derretida.

En el centro de la habitación, uno de sus atacantes estaba amarrado a una silla.

—Menuda hemos montado —soltó Banon.

—¡Y que lo digas! —contestó Ion, que sacó el colgante que llevaba al cuello: el símbolo del gremio. Todas parecían eufóricas tras la batalla.

—¿No os olvidáis de algo? —preguntó Nisadra y señaló hacia la silla.

—Ah, sí —contestó Banon—. ¿Hacemos lo de siempre?

—¿Mercenaria buena y mercenaria mala? —preguntó Noma.

—¿Qué tal bruja mala y mercenaria mala?

—Me gusta más la idea de Nis —contestó Banon crujiendo los nudillos.

—Esperad. —Ion corrió hacia la puerta y apartó los cadáveres a patadas para poder cerrarla—. Vamos a darle un poco de ambiente.

La sacerdotisa hizo lo propio con las ventanas y encendieron un par de velas que daban una luz tétrica. Banon y Nisadra se colocaron delante de su víctima.

—Despiértalo —dijo la bruja, asintiendo.

Noma le devolvió el gesto y se colocó al lado del hombre. Se metió un dedo en la boca y se lo relamió para luego introducirlo en la oreja izquierda del mercenario. Este se despertó de un salto.

—¿¡Pero qué coño…!?

Noma se escondió detrás de él con una risita.

—No diré nada. ¡Mis labios están sellados!

El hombre miró en todas direcciones, pero tanto Ion como Noma se ocultaban en su punto ciego y se reían de forma maliciosa. Las velas, dispuestas alrededor de la silla, impedían que pudiera ver más allá de sus propios pies.

—Eso dicen todos… al principio —habló Banon tratando que su voz pareciera de ultratumba.

—Puedes colaborar y conservar todas tus falanges o puedes no hacerlo y dejar que mi amiga se ponga creativa —dijo Nisadra.

Ella aprovechó para desenfundar uno de sus cuchillos, el que tenía el filo aserrado, y dejó que la luz de las velas lo iluminara. El hombre tragó saliva de forma sonora.

—¿Qué es lo que queréis?

—Información. Si nos la das puede que te dejemos marchar de una sola pieza. —Nisadra se colocó delante de él con los brazos cruzados—. ¿Cómo nos encontrasteis?

—Nos dijeron dónde buscar —sonrió, dejando ver unos dientes manchados de sangre—. Y tú fuiste la más fácil, puta apóstata.

A Banon le hirvió la sangre. Se lanzó sobre el prisionero y le sujetó la rodilla.

—Deberías hablarle con más respeto.

El crujido que emitió la articulación fue tan fuerte como el grito que lo acompañó.

—¡Joder, Banon! Qué repelús —soltó Noma mientras sacudía el cuerpo.

El Caníbal sollozó cuando Banon le soltó la pierna.

—¿Quién? —continuó Nisadra.

—A-alguien con mucho dinero. —Negó con la cabeza—. Nos pagó a varios grupos de mercenarios y el que consiguiera el botín recibiría el resto del pago.

—¿Cuántos clanes hay? —Banon acercó el cuchillo a la mano derecha que tenía amarrada al reposabrazos de la silla.

—¡N-no lo sé! Yo solo trabajo para los Caníbales —sollozó—. Por favor…

Nisadra le hizo una señal para que detuviera el cuchillo.

—¿Y cuál era exactamente el botín?

El mercenario levantó la vista y la clavó en Banon.

—Ella —sentenció—. Debíamos encontrarla y llevarla a… a un sitio. Si no lo conseguíamos teníamos que recurrir a vosotras. Decía que, si capturábamos a las Hijas de la Sierpe, la Degolladora vendría. Por favor, no me matéis… ¡Tengo familia!

Todos estos años manteniéndose alejada de sus amigas no habían servido para nada. Había querido protegerlas y lo único que había conseguido era meterlas de cabeza en el problema. Ahora no había vuelta atrás.

El prisionero seguía hablando sobre sus hijas, que si una estaba estudiando pintura; que si la otra era el ojito derecho de su papá…

Cuanto más oía la voz, más le pitaban los oídos.

Era como si toda la sangre se le estuviera acumulando en la garganta y no pudiera respirar.

Notaba un fuego que le consumía la cara, las orejas, las manos…

—¿A dónde debíais llevarme? —preguntó tratando de controlarse.

—Por favor, no puedo. No puedo decirlo…

Banon no necesitó moverse apenas, solo se giró lo justo y necesario para lanzar el cuchillo y que se hincara en el hombro derecho del mercenario. Gritó cuando se le clavó con tal fuerza que hasta la empuñadura se le introdujo en la piel.

—¡La Espina, a la Espina! —sollozó.

Banon se acercó a él y extrajo el filo. El hombre había perdido el conocimiento.

—¿La Espina? —preguntó Nisadra.

—El paso de la Espina —contestó Noma—. Es una cueva larguísima que ocupa el centro del continente.

—Vas a cargártelo, ¿verdad? —preguntó Ion al ver como Banon se colocaba detrás del mercenario con el cuchillo todavía en la mano.

—Tengo que hacerlo, sabe demasiado.

—Lo sé. —La herrera agachó la cabeza—. Es solo que… dijo que tenía dos hijas pequeñas.

Noma cogió a Ion de la mano y se marcharon de la herrería cerrando la puerta tras de sí.

—Tú lo entiendes, ¿verdad? —preguntó Banon mirando a la bruja.

Antes de que ella pudiera reaccionar, Nisadra le quitó el cuchillo y atravesó el pecho del hombre. La vida se le escapó como lo hacía la sangre de los dos agujeros de su cuerpo. En silencio y a borbotones.

—Creo que ha llegado el momento de que empieces a hablar.

La sacó de su ensimismamiento el carraspeo de Nisadra. Estaba apoyada en la mesa justo delante de ella con cara de pocos amigos. Tras la batalla, se habían refugiado en casa de Ion para recuperarse.

—Yo… —La cabeza de Banon era un desastre mayor que el que habían dejado en el taller.

—Ahora no valen las excusas —añadió Noma—. Estamos metidas en esto hasta el cuello y, según ha dicho nuestro amigo, es por tu culpa. Así que más vale que empieces a soltar la lengua.

Ionwen estaba acostada sobre la mesa con la cabeza hacia ella y la miraba.

—Creo que vamos a necesitar una copa —se resignó.

—Espero que no pienses fingir un desmayo. —Nisadra la observaba con la ceja tan arriba que se le unía a la línea del pelo—. Te hemos visto beber, sabemos que podrías acabar con las existencias del Tiburón Tuerto y seguirías en pie.

—No voy a escaquearme.

Ion sacó una botella de hidromiel que tenía escondida detrás de las especias.

Era de la marca «La Abuela Ruperta», una de las mejores de todo el continente.

En la etiqueta salía una señora adorable de cabello ensortijado sujetando la misma botella que etiquetaba.

En realidad, Ruperta era un señor de mediana edad, calvo y que había tenido la suerte de dar con la mejor receta del mundo cuando dejó por accidente la bodega abierta y una plaga de grándulas decidió darse un baño dentro del tanque.

Buscó cuatro copas y sirvió una a cada una. Banon cogió la suya y la inclinó hacia sus compañeras, pero nadie le acompañó en el brindis y se lo bebió de un trago.

—¿Recordáis nuestro último trabajo?

—¿El de la cueva y la joya? —preguntó Nisadra.

—Fue una mierda, Nis casi no la cuenta. —Ion jugueteaba con la bebida sin probarla.

—Había trampas hechas expresamente para que nadie como yo pudiera sobrevivir. Nos dijiste que nos marcháramos.

—Sí —afirmó Banon. Se sirvió una segunda copa para poder continuar—. Tú estabas fatal y Noma intentaba curarte, pero parecía que todo lo que hacíamos te empeoraba.

—Cuando usaba mis poderes curativos, algo que vivía allí dentro se enfurecía conmigo. —Noma palideció—. Por eso cuando nos dijiste que nos marcháramos, acepté. Y yo sola no podía cargar con Nis, así que Ion me ayudó.

La herrera giraba la copa con la mano derecha y parecía hipnotizada con las gotas que caían del borde.

—Siempre me he arrepentido de haberte dejado sola —añadió sin quitar la vista de la bebida—. Luego nos traicionaste y una parte de mí se culpó por ello. Nosotras te habíamos dejado en el infierno, no teníamos derecho a enfadarnos contigo.

—¿De qué estás hablando, Ion? Ella fue la que nos abandonó. —Noma dio un golpe en la mesa al dejar caer la copa.

—Sí, pero… No teníamos ni puta idea de lo que había allí y la dejamos. Tampoco lo hicimos bien.

—¡Pero Nis se estaba muriendo y Banon nos pidió que la salváramos!

Noma se levantó tan rápido que tiró la silla al suelo con un estruendo.

—Noma tiene razón —dijo Banon—. No tienes que sentirte culpable de nada, Ion. Fue decisión mía.

—¿Por qué nunca lo dijiste? —preguntó Nisadra.

—¿Para qué? Tú ya estabas lo suficientemente jodida como para cargar con mi culpa.

—Tomó el primer trago—. Yo… Banon, siento haberte dejado sola y siento no haber vuelto a buscarte.

Tenía… miedo, ¿vale? Estaba acojonada y fui una egoísta.

Ver a Nisa en ese estado, a Noma incapaz de hacer nada, tú malherida y yo…

Yo era la más inútil de las cuatro y sentí que no servía para nada.

—¡No digas eso, Ion! Tú siempre fuiste de gran ayuda. —Noma le cogió la mano y la apretó con fuerza—. Las Hijas de la Sierpe habríamos muerto mil veces sin ti.

Ambas sonrieron e Ion luchó por contener las lágrimas.

—No tienes que pedir disculpas —añadió Banon—. Cumpliste las órdenes de la líder de tu gremio, nada más. Y me alegro de que pusierais a salvo a Nisadra. Y, en cuanto a lo de que no servías para nada… ¿Quién fue la que perfumó la guarida de los Caníbales con sus bombas especiales?

La herrera comenzó a sonreír entre lágrimas.

—Esa fue muy buena.

—¿Y cuándo se te ocurrió lanzarte en aquella extraña catapulta humana que diseñaste? —recordó la sacerdotisa—. Te colaste en la guarida de los Dragones Carmesíes y nos abriste la puerta principal como si fueras su mayordomo. Con reverencia y todo.

—Y me rompí un brazo y seis costillas.