Capítulo 13
N ion había cerrado sus puertas y hasta el borracho del pueblo se había recogido dentro de su casa de cartón. Nada indicaba que una banda de mercenarios avanzaba con buen paso hacia la herrería. En el interior, las Hijas de la Sierpe observaban desde sus escondites.
El primero en entrar salió despedido hacia el techo amarrado por el tobillo. Los que le siguieron fueron más cautos y miraron hacia el suelo antes de pisar. Y fue por esto que no vieron lo que literalmente se les venía encima.
Banon se abalanzó sobre los dos enemigos que quedaban en la puerta desde una escalera que había colocado en la esquina.
Le gustaban las grandes entradas, las que carecían de elegancia.
Mientras tanto, los que eligieron acceder a través de la primera ventana se encontraron con una serie de ballestas que apuntaban justo hacia sus caras.
—¡TOMA YA, EN TODA LA JETA! —gritó Ion desde el otro lado de la habitación.
Nisadra negaba con la cabeza. Las tres mercenarias se habían sentado en el colchón que tenía la herrera a ver el espectáculo, pero la cantidad de enemigos dentro de la casa estaba aumentando y estaba claro que Banon necesitaba ayuda.
Ionwen se levantó con rapidez y se dirigió a la segunda ventana cargada con una sartén.
Al llegar a su objetivo, lanzó todo el contenido de la misma sobre los que trataban de entrar.
Olía a carne quemada. Ion no paraba de reírse mientras veía como se le salía el ojo de una cuenca derretida al hombre que tenía delante.
Banon contenía a los que trataban de entrar por la puerta.
Eran muchos, pero no tan hábiles como para hacerle frente.
Había desenvainado sus dos mayores cuchillos, que devoraban la carne sin resistencia, entraban y salían de abdómenes, brazos, piernas…
Lo único que le costaba algo de esfuerzo era hincarlos en la cabeza, por aquello de atravesar el cráneo y que muchas veces se quedaba enganchado y había que serrar y todo eso.
Nisadra observaba desde su asiento.
—¿Estás cómoda, princesa? —soltó Banon mientras sacudía la sangre de sus cuchillos.
—Preferiría tener mejores vistas —contestó ella con voz serena mientras se alisaba el vestido con las manos.
Eran demasiados si los habían enviado solo a matar a Ionwen, pensó Banon.
Estaba claro que los Caníbales del Norte ya sabían que la herrera no estaría sola, pero había algo más.
Los que se enfrentaban a ella no intentaban acabar con su vida, solo trataban de herirla.
Por eso le estaba resultando tan fácil derrotarlos.
¿Por qué si los Caníbales buscaban venganza no estaban yendo a por todas?
La última enemiga que quedaba en pie sacó una especie de cerbatana y apuntó.
—¡Banon, cuidado!
La bruja se levantó todo lo rápido que pudo y cogió el primer objeto arrojadizo que encontró: una plancha.
La lanzó cogiendo carrerilla y le dio en la nuca a la Caníbal, haciendo que cayera hacia adelante, pero no antes de que esta lanzara el dardo, que se clavó en la nalga derecha de Banon.
La mercenaria, sin embargo, continuó limpiando los cuchillos empapados en sangre antes de enfundarlos.
Nadie se paró a contar los cuerpos, pero la cantidad de bultos a su alrededor era digna de admiración.
Habría sido una imagen perfecta si no hubiese sido por el dardo.
—Eh, Banon… Tienes algo en el… —Noma señaló como pudo.
—¿En el qué?
—EN EL CULO. TIENES UN DARDO EN EL CULO, TÍA.
La mujer trató de alcanzarlo sin éxito. Daba vueltas sobre sí misma como un perro persiguiéndose la cola. Nisadra se acercó y lo extrajo de un tirón. Banon soltó un grito agudo nada propio de ella. Ionwen se lo quitó a la bruja y lo olisqueó.
—Sangre de grándula, saliva de serpiente de Námar y… lavanda.
—¿Lavanda? —preguntó la bruja.
—Sí, a veces lo usamos para despistar a las narices inexpertas. —Se señaló la suya—. Esta es infalible.
—¿Y para qué es? —preguntó Banon con la voz rara y pastosa.
—Se suele usar para dormir a bestias grandes…
Antes de que terminara la frase, Banon se desplomó.