Capítulo 12
—Y a he dicho que lo siento, joder.
El supuesto asesino estaba sentado mientras Noma trataba de curarle lo que había sido su cara. Ahora era un amasijo de cortes, protuberancias y ausencia de dientes.
— Mo faza mada. Eftoy miem —dijo él. La saliva se le escapaba por el hueco donde antes estaban las paletas.
—PODÍAS HABER PREGUNTADO.
—Ion, estás gritando. —La bruja se llevó una mano al oído.
La herrera corrió hacia la mesilla que tenía al lado de la cama y sacó un cachivache del cajón. Se lo encajó de tal forma que quedaba una parte en el interior del oído y la otra alrededor de la oreja. En la parte superior había una corneta dorada.
—Ahora sí —soltó tras acomodarse el aparatejo y sonrío—. Tantos años trabajando con explosivos me han dejado un poco tocada.
—¿Nos vas a explicar por qué entran hombres encapuchados en tu casa por las noches, Ion? —preguntó Nisadra, que estaba sentada apartada de la mesa principal. Tenía las piernas cruzadas y balanceaba un pie con rapidez.
—Ah, eso. —Se sonrojó—. Es un jueguecito sexual que tenemos.
Pirn es un bandido que quiere robarme y yo soy una damisela en apuros que está dispuesta a hacer cualquier cosa para que no se lleve las joyas que heredó de su abuela.
Es el único recuerdo que le queda de su familia que fueron de la nobleza, pero acabaron hundidos en la pobreza porque su abuelo invirtió todo el dinero en un viaje al nuevo continente que los iba a convertir en colonizadores, pero encontraron unos demonios o algo así, entonces los barcos nunca regresaron y…
—¡Vale, vale! —gritó Nisadra—. Suficiente.
—¿No está demasiado currado para echar un polvo? —preguntó Noma, que seguía limpiando las heridas.
—Si no le echas imaginación te acaba jodiendo la rutina.
—¿Y cuánto lleváis juntos?
— Um mef mafaviyofo —contestó el amante con una sonrisa desdentada.
Silencio.
—¿Y qué hacéis vosotras aquí? Y, sobre todo, ¿qué hacéis con esa? —Ion se cruzó de brazos y le dio la espalda a Banon.
—Los Caníbales del Norte van a por nosotras. Atacaron a Banon y Noma, y casi me encuentran a mí, pero ella vino a avisarme. —Señaló a Banon.
—¿Qué? ¿Los Caníbales, ahora?
—Ya, nosotras pensamos lo mismo. Creemos que hay algo más. —La bruja miró a la mercenaria, que no se inmutó.
—¿Y aparece esta y os olvidáis de todo lo que nos hizo?
—Nadie ha olvidado nada, Ion. Te lo aseguro. —Nisadra se levantó para ponerse frente a la herrera. Le sacaba dos cabezas y eso que no era la más alta del grupo—. Pero tenemos que enfrentarnos a ellos y por separado no conseguiremos nada.
—Así que se trata de algo provisional.
—Totalmente —asintió—. Tómatelo como un último trabajo de las Hijas de la Sierpe.
Ionwen miró a Banon y la escudriñó de arriba a abajo mientras se mordisqueaba el labio inferior.
—Me apunto. Estoy hasta los cojones de herrar caballos. ¿Sabéis lo mal agradecidos que son? No sé cuántas coces me habré llevado en los últimos años. ¿Sabéis lo que supone eso para alguien de mi tamaño? Yo os lo diré: salir volando a tomar por culo y tener que volver caminando medio coja…
—Ion, céntrate —suplicó Nisadra llevándose la mano al entrecejo.
—Que sí, que me apunto.
La herrera le acercó el puño a Nisadra con una sonrisa en la que se le veían las paletas separadas. Incluso ahora que tenía diez años más y alguna cana se le asomaba entre las rastas seguía pareciendo una niña, pensaba Banon.
La bruja le chocó el puño y, antes de que pudiera retirar la mano, la otra se la sujetó.
—Pero con una condición: seguiremos mi plan.
—¿Qué plan? —preguntó Banon levantando la cabeza.
—Juguemos a mi juego favorito.
—¿Los juegos de rol erótico? —preguntó Noma.
—No, imbécil. —Se frotó las manos como si fuera una mosca—. Tendamos una trampa.
La cocina de Ion bullía con vapores de colores y un olor nauseabundo había ocupado toda la habitación.
—¿Qué cojones estás cocinando? —preguntó Noma mientras se hacía una pinza con la mano.
—Ácidos. Es la nueva especialidad de los alquimistas —contestó Ion con orgullo—. Se acabaron los viejos tiempos y las bombas. ¡Ha llegado la era de derretir caras!
Banon sonrió. Estaba sentada al otro lado de la habitación colocando ballestas alineadas hacia la ventana.
—Oye, chicas, ¿qué habéis estado haciendo todo este tiempo? —preguntó Ionwen mientras trataba de revolver el ácido con un cucharón de cocina. Cuando lo sacó del mejunje solo le quedaba el mango.
—Ya sabes, estuve por aquí y por allá hasta que acabé en el templo de Phi’Ri.
A Noma le habían encargado montar una trampa en la entrada con cuerdas que no parecía ir muy bien. La sacerdotisa estaba haciendo nudos donde le parecía.
—Sí, me contaste todo ese rollo de la secta y tus visiones.
—¡Que no es una secta!
—Eso díselo a quien diseñó esos gorros brillantes tan monos que llevabais —añadió Nis con un carraspeo.
—¿Y tú qué, bruja del demonio? ¿Qué has estado haciendo todo este tiempo? Seguro que vendiste tu alma a alguna criatura de otro plano.
Ion y Noma siempre se habían defendido la una a la otra. Banon recordó aquellos tiempos en los que habían sido como una alianza contra Nisadra, siempre gastándole bromas pesadas. Por desgracia para ellas, la bruja tenía mil sentidos y tan agudos como su ingenio.
—Nisadra ha estado ayudando a la gente —dijo Banon.
—¡Ni de coña! ¿ESTÁ AYUDANDO A ALGUIEN QUE NO SEA A SÍ MISMA? —Ion señaló a la bruja a la vez que subía el tono.
—Estás gritando, Ion —añadió Noma.
Se llevó las manos a la oreja y trató de ajustar el mecanismo de su oído.
—Pues sí —contestó Nis por fin—. Me mudé a Myrenias y me dediqué a ayudar a la gente.
—¿Y…? —Noma movía las manos para que continuara.
—Y curé todas las enfermedades que pude. —La bruja se sentó en el sillón orejero y cruzó las piernas haciendo volar la enorme falda—. ¿Por qué no hablamos de tus andanzas en la secta? ¿Sacrificaste muchos niños?
—Sí, pero no es tan interesante como lo tuyo, amiga. —Noma se situó delante del sillón con los brazos en jarras—. Me estás intentando vender que te dedicaste a curar herpes y pústulas en un pueblo de mala muerte.
—Así fue.
—¿En serio esperas que me lo crea? ¿Tú, que lo más cerca que has estado de hacer una buena obra fue cuando me mordió una grándula no venenosa y tú primera opción fue amputarme la pierna?
—Exacto —asintió—. Y eso te habría ahorrado muchos problemas a posteriori .
—Solo se me inflamó el dedo gordo.
—Y te dolió mucho, creo recordar.
—Pero conservé la pierna.
—¿Y valió la pena?
Ion dejó los fuegos sin supervisión para unirse al interrogatorio.
—Tiene que haber algo más, vieja bruja.
—Tenía una casa muy bonita, no parecía barata —añadió Banon, que disfrutaba enormemente de la conversación.
—¡Ajá! Ahí está. —La sacerdotisa le clavó el dedo índice en el pecho—. Sacaste una buena tajada.
—A ver, la magia siempre tiene un precio y yo debía pagarlo. ¿Por qué no hacer que ellos me compensaran de alguna manera? —Apartó de un manotazo el dedo de la sacerdotisa.
—Siempre has sido como una urraca, te encantan las cosas brillantes —añadió Ion riéndose.
—Pero salvé muchas vidas y muchos matrimonios. —Se encogió de hombros—. Me merecía todo ese oro.
—¿Matrimonios?
—Sí, Noma. Mis mayores ingresos eran con brebajes para conservar el amor o para crearlo.
—¡VENGA YA, ESO NO EXISTE! ¿O SÍ?
—Vuelves a estar gritando, Ion. Y sí, hacer que alguien se enamore es muy sencillo.
—Pero en las leyes de la magia siempre se ha dicho que no se puede resucitar a los muertos y que no se puede hacer que alguien se enamore de ti… Está en todos los libros.
—En los libros de fantasía, querrás decir. —Nisadra sonrío con una mueca perversa.
Noma e Ion retrocedieron varios pasos a la vez como si lo hubieran ensayado.
Al fondo, los ácidos de Ion entraron en erupción y comenzaron a derretir gran parte de la cocina.
—¡JODER! —gritó esta. Corrió hacia el fuego y trató de apartar el caldero entre quejidos de dolor.
—¿Y tú qué, Banon? —preguntó Noma, alejándose todavía más de la bruja—. ¿Has ido traicionando a más gente por ahí? ¿Te has dedicado a matar cachorritos? ¿Qué ha sido de la Degolladora de Ormea?
—Tengo una granja —susurró.
—¿Qué? —preguntó Ion, que había conseguido salvar el ácido, pero no la cocina.
Nisadra bufó como un gato.
—Tengo una granja, ¿vale? Me he dedicado a cultivar y vender verduras. ¿ Contentas?
—Joder… Y pensaba que lo más loco era lo de mi secta.
—¿No decías que no era una secta, Noma?
—Bueno, ya me entendéis. —Sacudió la cabeza—. Pero, ¿una granja, en serio?
—Banon, la agricultora —dijo Nisadra—. Si tus antiguos enemigos se enteraran de esto vendrían a matarte todos a la vez.
—A lo mejor por eso han venido —añadió Ion—. Se han enterado de que la Degolladora de Ormea ahora se dedica a cultivar florecitas.
—Banon, la reina de las flores. ¡Ahora lo entiendo todo!
—¿De qué cojones hablas, Noma? Y no cultivaba flores, ¡he dicho verduras!
—¿Y tenías algún corderito? —preguntó Ion sin poder aguantar la risa—. ¿No había una canción sobre eso?
—¡Sí! Se llamaba «Banon tenía un corderito».
—En cuanto acabe con los Caníbales del Norte sois las próximas en mi lista. ¡Os lo juro!
Continuaron riéndose a costa de Banon un buen rato, incluso Ion empezó a cantar a gritos una versión obscena de «Banon tenía un corderito». La mercenaria se giró para continuar colocando las ballestas y para que ellas no pudieran ver cómo sonreía.