Capítulo 11
E l viaje astral, como quería llamarlo Banon, provocado por el mejunje de Noma, le había dado la energía que necesitaba y las alucinaciones habían mermado. Gracias a esto, llegaron a Nion antes de lo que esperaban.
Tenía algo más de ciudad que Myrenias, pero también estaba plagada de ese ambiente costero.
Contaba con caminos adoquinados y, por el número de construcciones, se podía intuir que estaba bastante poblada.
Las casas, blancas con las ventanas y puertas de color azul, estaban colocadas haciendo paralelas perfectas y tenían parterres de flores a la entrada.
—Jamás me habría imaginado a Ion en un sitio como este —soltó Nisadra al bajarse de su yegua blanca de un saltito—. Incluso me la esperaba antes en una secta como tú, Noma.
—Que no era una secta, joder —contestó la sacerdotisa—. Era un templo.
—Ya, claro. —Banon le guiñó un ojo a Nisadra.
Avanzaron por la calle principal, pero dejaron a los caballos sujetos a los postes en la entrada de la ciudad. Preparados para salir huyendo si algo iba mal.
—Todo está muy tranquilo —susurró Banon. Lo único que rompía la calma era el entrechocar de los múltiples cuchillos que esta llevaba.
Nisadra se paró en seco. A unos cuantos pasos de distancia vio a un hombre vestido de negro que se movía con sigilo y parecía espiar en el interior de una casa.
La bruja agarró a sus compañeras y las empujó hasta la primera esquina que encontró.
El hombre estaba tratando de entrar en la casa que tenía el cartel de herrería.
—¿No habías dicho que Ion era la herrera del pueblo? —preguntó Banon. Cuando volvió la vista a la casa, el hombre ya se había colado por una de las ventanas—. ¡Mierda!
Fue la primera en salir corriendo. Solo podía pensar en que Ionwen siempre había sido la encargada de las emboscadas, de proteger la retaguardia con sus bombas de calidad cuestionable.
Sabía que estaba indefensa ante un ataque directo de un enemigo.
Durante la carrera se le venían imágenes horribles de esos malditos mercenarios haciéndole daño. No lo iba a permitir. Nunca más.
Se abalanzó contra la puerta y esta explotó en mil pedazos. El hombre se encontraba en medio de la habitación. Llevaba un antifaz de tela negra mal recortado y un cuchillo en la mano derecha. A pocos pasos de él, en un camastro pequeño, Ion roncaba hecha un ovillo.
El atacante soltó un gritito de lo más ridículo cuando vio venir a Banon y huyó. La mercenaria era como un ariete que arrasaba con todo lo que había en la habitación.
—Solo hay uno —dijo Nisadra, apoyada en el umbral destrozado.
—¿No es un poco… raro? —añadió Noma, colocándose al otro lado y observando a Banon, que se había convertido en un toro desbocado.
—Fíjate bien. Parece…
—Cutre. —Se rio la sacerdotisa.
Mientras tanto, el hombre continuaba gritando y corriendo alrededor de la mesa.
—¿Le decimos algo, Nis?
—Espera a ver qué pasa. —La bruja se cruzó de brazos con su sonrisa maquiavélica.
Cuando la mercenaria consiguió alcanzarlo, le cayó encima con todo el peso. El hombre intentaba hablar desesperado, pero no podía articular palabras mientras los puños le llovían a gran velocidad.
—I-I-Ion… —susurró con el poco aire que le quedaba.
—¿Qué? —preguntó la mercenaria con el puño en el aire.
—¿Qué cojones está pasando aquí?
Ionwen se había despertado. Estaba sentada sobre la cama, con los pies colgando en el borde y se frotaba los ojos. Las rastas rubias estaban hechas un nudo tan grande que parecía que tenía una segunda cabeza pegada a la coronilla.
—Me cago en las tetas de la Tejedora… ¿Banon, eres tú?