Capítulo 10
CAPÍTULO DIEZ
A la mañana siguiente, retomaron el camino del que se habían desviado. Nisadra hacía de guía. Noma y Banon se turnaban para ir a caballo.
Las alucinaciones de Banon habían vuelto. Apenas había bebido desde la última borrachera en el Ganso Manso. La petaca estaba seca y, a pesar de ello, bebía de vez en cuando con nerviosismo.
—Prueba esto —dijo Noma acercándole su propia petaca.
—¿Qué es?
—Un remedio que nos enseñaron a preparar en el templo. Es relajante.
La mercenaria se encogió de hombros y bebió un buen trago. Estaba tan desesperada que no se lo pensó. Tenía un sabor amargo y fuerte.
—Es… intenso —la voz de Banon sonaba rasgada, como si llevara años sin usarla.
—Te acostumbrarás. —Le guiñó un ojo.
Banon no sabía si sería verdad, pero de repente empezó a sentirse como si flotara.
A esa sensación tan placentera sí que podía acostumbrarse.
Podía notar el viento en cada uno de los poros de su piel, el sol parecía que la estuviera acariciando y los sonidos de la naturaleza eran música para sus oídos.
—¡Eh, Nis, no te lo pierdas! He drogado a Banon —gritó Noma.
La bruja se giró y se encontró con una mercenaria gigante tumbada en el suelo, dibujando un ángel en la tierra. Tenía una sonrisa bobalicona y la mirada perdida en el cielo.
—Pero, ¿qué le has hecho? —preguntó Nisadra llevándose la mano a la boca para disimular su propia risa.
—No sé, se estaba comportando de manera extraña y pensé que sería una buena idea darle un relajante de los míos. —Le dedicó una mirada a la mercenaria, que ahora buscaba flores entre los matorrales para ponerse en la melena pelirroja—. Creo que me he pasado con la dosis…
—¿Estás loca?
—Pero mírala. —La señaló—. Está feliz.
—Y colocada. Banon se acercó y les entregó flores.
—Soy la reina de las flores —dijo y se marchó dando saltitos—. ¡Seguidme, tenemos que encontrar a Ion para llevarle las suyas! ¡Le haré la corona más bonita de todas!
La imagen era tan grotesca que ninguna de las dos pudo contener las carcajadas.
Llegó la noche y la mercenaria seguía siendo la reina de las flores, pero ahora parecía algo menos intensa. Estaba pasando por la fase de tristeza, según decía Noma. Se había sentado al lado del fuego y lo miraba con ojos llorosos.
—¿Nunca habéis pensado en acabar con todo? —soltó de repente haciendo pucheros.
—Creo que hemos tocado fondo, amiga —dijo Noma mirando a Nisadra—. ¿Quieres que le de otra dosis?
—¡Ni se te ocurra! —La sujetó antes de que sacara de nuevo la petaca.
—No digas eso, Banon —le contestó Noma sentándose a su lado—. ¿Dónde ha quedado todo ese rollo de las flores y el bosque?
—¡Pero lo estamos destruyendo! —gritó Banon y empezó a llorar como un bebé—. Los humanos somos la mayor plaga de este mundo. ¡Solo servimos para matar!
Levantó las manos y se las puso en la cara a Noma.
—Tú también lo ves, ¿verdad? ¡Están llenas de sangre! ¡Llenas! Y yo me las lavo y me las lavo, pero nunca se va —sollozó.
—Venga, mujer. —Noma le puso el brazo por encima y dejó que se le acurrucara en el hombro—. Hicimos lo que había que hacer. Teníamos que ganarnos la vida.
—Y los magos son lo peor. —Banon negó con la cabeza—. Por su culpa, todo es por su culpa. ¡Os jodí a todas por su culpa!
—¿Qué?
—Ha dicho algo de que la culpa es de los magos, Nisa —respondió la sacerdotisa.
—No, ha dicho que por culpa de los magos nos jodió a todas. —Nisadra corrió hasta ponerse de rodillas delante de Banon—. ¿Qué has querido decir con eso?
—Siempre igual —dijo, cada vez más zumbada—. Queriendo saberlo todo y destruirlo todo. Pues esta vez no. No, señora.
—¿A qué te refieres, Banon? —la bruja le habló con tono dulce.
—Yo no lo voy a permitir. —Sujetó la cara de Nisadra con ambas manos y se acercó a ella hasta que apoyó la frente en la suya—: yo voy a cuidar de vosotras. Siempre.
Dicho esto, Banon se desplomó hacia atrás y empezó a roncar como un animal.
La bruja se quedó de rodillas en el suelo. El contacto de las manos y el rostro de Banon había sido como una descarga eléctrica que le recorrió todo el cuerpo.
—¿Qué ha significado toda esa mierda? —soltó Noma—. ¿Nis?
No contestó. Tampoco habría podido si hubiera querido. No había respuesta, todavía no.
¿Había estado Banon metida en algo relacionado con los magos? Y de ser así, ¿de qué se trataba? ¿Tenía algo que ver con ella? A fin de cuentas, Banon había sido quien la había sacado del Cónclave, cosa que era ilegal y se penaba con la muerte. ¿Había hecho algo para evitar que la castigaran?
—Joder, ¿por qué la boca me sabe a fuego?
Banon se levantó del suelo sujetándose la cabeza. Tenía el pelo enmarañado y las flores aplastadas y perdidas entre la melena leonina.
—Creo que me empiezo a acordar de… —Miró a Noma con los ojos entrecerrados—. ¿Qué demonios tenías en la petaca? Me dijiste que era un relajante.
—Y lo era, pero puede que tu cuerpo no esté acostumbrado a estas cosas.
—Desde luego relajada estabas —soltó Nisadra a media lengua.
—Vale —dijo alargando las vocales—. Sea lo que sea lo que haya pasado, quiero que lo borréis. ¿Entendido?
—Lo intentaremos, ¿verdad, Nis? Si es una orden de su majestad, la acataremos.
La sacerdotisa hizo una reverencia como si llevara un vestido imaginario.
—No sé qué significa eso —contestó Banon—, pero me da igual. ¿Qué tal si hablamos de los que te atacaron, Noma?
La sacerdotisa se sentó al lado del fuego, junto a Banon, y le ofreció un plato de comida. Nisadra estaba al otro lado, manteniendo las distancias como siempre.
—Eran un grupo de diez —empezó la sacerdotisa—. Todos muy jóvenes, pero bien entrenados.
—¿Pudiste sacarles algo de información?
—No —siguió hablando con la boca llena—.
Se supone que cuando entras en el templo de Phi’Ri dejas atrás tu vida.
Intenté convencer a las compañeras, los iban a torturar igualmente, ¿por qué no sacarles algo de información?
Pero no me dejaron. Lo único que pude ver fue esa mierda de rosa de los vientos.
—Sigo sin entender por qué nos atacan después de tantos años —interrumpió Nisadra—. Tienes que saber algo, Banon.
—Me traicionaron —soltó esta—. Hice negocios con un tipo y me vendió.
—Pero, ¿cómo dieron con nosotras? Tú no tenías ni idea de dónde estábamos.
—Puede que lo averiguaran por otro lado —dijo Banon, metiéndose un mendrugo de pan en la boca.
—Yo tampoco hice gran cosa por ocultarme. Llevaba años en Myrenias trabajando. —Negó con la cabeza—. Siempre pensé que los primeros en venir a por mí serían los del Cónclave. A fin de cuentas, soy una apóstata.
Nisadra mencionó a los magos y se fijó en si Banon mostraba alguna reacción. Nada. Era como si la conversación anterior no hubiese existido.
—Es normal que los Caníbales no se hayan olvidado de nosotras —añadió Noma—. ¿Os acordáis de aquella vez que Ion les dejó la base llena de sus bombas especiales? Estuvieron apestando meses, ni siquiera los dejaban entrar en las tabernas.
—Las había fabricado con huevos podridos, orina que guardó durante semanas,…
—Y canela —añadió Nisadra—. Decía que la canela le daba un toque exótico.
Las tres miraban al vacío, perdidas en los recuerdos de una época más feliz.
—Ahora es la herrera del pueblo —dijo la sacerdotisa—. Ha dejado el asunto de las bombas y se dedica a herrar caballos, hacer cuchillos de cocina…
—¿En serio? —soltó Banon.
Ionwen era la reina de la destrucción, pero alguna que otra vez había intentado crear algo. La mercenaria acarició el cuchillo que llevaba oculto en la bota derecha, el que tenía las siglas talladas en el mango. «B.I.N.N».
Banon. Ionwen. Noma. Nisadra.
—En la fragua hay fuego —dijo la bruja—. Siempre le atrajo.
Banon sabía que Ion quería crear cosas de la nada, pero no se creía capaz. Siempre se burlaban de ella por su torpeza y su cabeza loca. Para ella, hacer un cuchillo o una herradura significaba que no solo era capaz de destruir.
—Parece feliz.
La voz de Noma se entristeció con la última frase.
Esta se llevó la mano al cuello acariciando con delicadeza el colgante con forma de serpiente.
Miró a Banon, que hizo el mismo gesto y esta miró a Nisadra con cara de súplica.
La bruja suspiró y le apartó la mirada, pero Banon vio perfectamente la forma del colgante bajo su vestido.