Capítulo 9
—O h, dioses. ¡Cómo me duele todo! —gruñó Banon llevándose la mano a la cabeza.
—¡Buenos días, princesa! Espero que el paseo haya sido de su agrado —dijo Noma riéndose—. ¿O debería decir «buenas tardes»?
—Me da igual, pero déjame bajar de aquí. No tiene un olor muy agradable. —Arrugó la nariz mirando el culo del caballo.
—Me temo que el olor no viene de nuestro buen amigo, el señor caballo. Eres tú, Banon. —Sacudió la mano frente a la nariz—. ¡Alguien necesita un baño urgente!
—Pero, ¿qué…? —Banon se acercó la nariz a la ropa y, si no llega a estar sujeta al caballo, se habría caído—. ¿Por qué huelo a podrido?
—Porque te emborrachaste —soltó Noma enfadada—, y tuvimos que cargarte por dos tramos de escaleras. ¡Dos tramos de escaleras! ¿Sabes lo que supone eso? Por la diosa, pensé que se me iban a salir los intestinos por…
—¿Y luego que hice? ¿Bañarme en un lago de huevos podridos?
—Es que nos atacaron y tuvimos que huir de la posada en plena noche y…
—No… —le cortó—. Huisteis por el callejón de los meados, ¿verdad?
—No había otra salida. Era eso o la muerte —gritó Nisadra—. Da gracias a que te sacamos de allí.
—Pero, ¿me lanzasteis al río de pis? ¡Podíais haberme despertado!
—¿De verdad crees que no lo intentamos?
—Nisadra podía haberme hecho levitar.
—Eso sí que es verdad. Ella ni se mojó el bajo del vestido, ¿te lo puedes creer? Yo caí como tú, con la única diferencia de que yo estaba consciente, claro.
Nisadra detuvo el caballo y se bajó de un salto.
Caminó hacia ellas con los labios fruncidos y los puños apretados.
Noma soltó la cuerda que mantenía a Banon sujeta y esta se cayó y se quedó sentada en el suelo al borde del camino.
Nisadra se plantó delante de ella, con todas las facciones de la cara contraídas.
—Tenemos que llegar a Nion lo antes posible —dijo resoplando—. Dejaros de tonterías.
La bruja se giró y siguió su camino hasta sujetar las riendas del caballo. ¿Qué había pasado? Banon esperaba la sacudiera en el aire como si fuera una muñeca de trapo o que le hiciera desaparecer la ropa interior como había hecho en otras ocasiones, pero no había pasado nada.
—Nisadra, por favor —dijo Banon un poco aterrada todavía—. ¿Habría posibilidad de encontrar algún río donde pudiera lavarme? Será rápido, lo prometo.
—Si, Nis —la apoyó Noma—. Tanto el caballo como yo lo agradeceríamos.
Banon miró a Binn, que relinchó como dándole la razón a su jinete.
—Hay un río hacia el este. Tendremos que adentrarnos en el bosque, pero no nos desviará mucho de nuestro destino.
La bruja tiró de las riendas de su caballo blanco y entró en la espesura.
Los árboles eran de hojas oscuras y tan frondosos que cubrían el cielo en su totalidad. Fue como pasar de estar a primera hora de la mañana en el camino y de noche en el bosque. Además, la ruta consistía en una serie de raíces que se enlazaban unas con otras e imposibilitaban el avance.
—¿Estáis seguras de que es por aquí? No querría romperme la crisma por nada —preguntó Noma. Se había bajado del caballo y tiraba de las riendas luchando por no matarse en cada paso.
—¿No lo escuchas? —le contestó Banon—. Se puede oír el agua.
—Oh, menos mal. Ahora mi muerte tendrá sentido.
—Rézale a tu diosa —contestó Nisadra—, lo mismo te lleva levitando hasta el río.
—Muy graciosa, pero las cosas no funcionan así. Ella nunca se entrometería en mi destino.
—¿En serio te crees todo eso? —Banon se detuvo para mirarla y, de paso, sujetarla por el brazo antes de que se volviera a caer—. Lo del cáclum y todas esas tonterías.
—Ah, no. —Negó con la cabeza sin dejar de mirar al suelo—.
Eso es parte del teatrillo que se han montado las hermanas para vender.
Con algo se tienen que ganar el pan, ¿no?
Es como lo de los sombreros raros y los vestidos plateados.
Todo es una interpretación para acabar vendiéndole a la gente cosas diluidas en pis de gato.
—¿En pis de gato? —gritó Banon.
—¡No me jodas! ¿Os bebisteis el pis?
Banon le soltó la mano y siguió avanzando hacia adelante.
—Era la única manera de que nos dejaran entrar, Noma —contestó Nisadra —. Tuvimos que hacerlo.
—¡Joder! —Noma no podía parar de reírse—. ¡Eh, Banon! No te preocupes, ahora tendrás el cáclum bien lleno para toda la vida.
—¡Que te den! —gritó la mercenaria mientras le enseñaba un dedo muy característico.
El bosque se abrió y los árboles oscuros desaparecieron para dar paso a un inmenso río que lo partía por la mitad. El agua era tan clara que se podían ver los peces nadando en ella y el reflejo de la luz del sol como pequeños destellos dorados.
Banon se emocionó al ver el agua. Sentía la ropa pegada a la piel y pegajosa, y el olor… Se quitó las botas dando saltos a la pata coja y las lanzó de un puntapié. Se arrancó la ropa y se hundió en el agua.
Era liberador sentir el frío en todo el cuerpo. Se hundió por completo, quedándose acostada en el lecho del río. Sentía cómo el agua quería arrastrarla y no podía.
—Deberías tener un poco más de pudor.
Fue lo primero que oyó al sacar la cabeza. La bruja estaba sentada sobre una piedra con mucha elegancia, siempre parecía que su abrigo de plumas tuviera vida propia y se posaba sobre cualquier asiento de forma coreografiada.
La imagen de Banon no era demasiado estética. No solo estaba desnuda y despatarrada en el agua, sino que la larga melena pelirroja se había desbocado y le caía por toda la cara como si fuera un alga marina.
—¡Al agua! —gritó Noma corriendo desnuda al lado de Nisadra. Esta soltó un bufido.
La sacerdotisa se lanzó con la fuerza de la carrerilla y cayó en plancha con un sonido que solo podía significar una cosa: dolor.
—Y tú deberías calcular las profundidades del agua antes de hacer esa locura, Noma.
—Tranquila, Nis —contestó Banon que se había sentado en el agua de una forma más correcta—. Es un castigo de su diosa por hacernos beber pis de gato.
—Phi’Ri nunca me impondría un castigo físico —dijo la sacerdotisa incorporándose y mostrando el torso enrojecido—. Soy su sierva.
—¿Y cómo te castigaría tu diosa entonces? —preguntó la bruja.
—Pues haciendo algo que provocara el caos o que, al menos, fuera gracioso.
—A mí me ha hecho gracia —reconoció Banon.
—Y a mí —añadió Nisadra.
Banon y Noma se miraron.
—Tú no tienes sentido del humor, lo siento.
—¿Qué? —gruñó la bruja.
—Pues que no es que sea algo… característico tuyo, Nisadra —reconoció Banon—. Tienes muchas cosas buenas, pero el sentido del humor…
—¿Sabéis algo que siempre me ha hecho gracia? —Se incorporó y les dedicó una mirada asesina—. El dolor ajeno.
Banon aprovechó para lavar la ropa y dejarla estirada en las ramas. Todo salvo las botas, a las que les dedicó mucho tiempo y mimo hasta que las dejó resplandecientes.
—¿Y ahora qué pasa? —le preguntó a la bruja al ver que no le quitaba ojo de encima.
—No sé cómo le puedes tener tanto aprecio a algo tan feo.
—Eso mismo me preguntaba yo cuando te liabas con ella, Nis —soltó Noma, que estaba tomando el sol desnuda y tumbada en la orilla del río.
La sacerdotisa no pareció ser consciente de la incomodidad que provocó su comentario. Sin embargo, Nisadra y Banon apartaron la mirada la una de la otra y fingieron que no la habían oído.
—Deberíamos encender un fuego y comer algo —carraspeó Banon, mientras se vestía y se calzaba de nuevo las botas—. Iré a buscar leña.
La mercenaria huyó hacia el interior del bosque. A veces la lengua de Noma era más peligrosa que un cuchillo bien afilado. Lo peor de todo es que solía hacerlo sin ser consciente del efecto que provocaban sus comentarios.
Desenvainó el cuchillo número uno, el más largo de todos los que tenía, el que llevaba siempre a la espalda en el lado derecho, y empezó a dar golpes a diestro y siniestro a la maleza que se le cruzaba.
Diez años llevaba alejada de sus amigas y del mundo de la violencia y, sin embargo, solo había bastado una pelea de nada para sentirse viva. ¿Qué le estaba pasando? Era como si… como si lo hubiera echado de menos.
Cuando era mercenaria siempre había soñado con retirarse a una granja alejada de todo; de hecho, había estado ahorrando toda su vida para eso. Entonces, ¿por qué se sentía tan bien ahora que estaba de vuelta a los caminos y al olor a meados?
Una imagen se cruzó en su mente: Nisadra. Hubo un tiempo en el que imaginó esa vida en el campo con ella. Desde que fundaron las Hijas de la Sierpe hubo un vínculo especial entre ellas. Banon sabía que la bruja la estaba utilizando para obtener ciertas cosas, pero el tiempo fue haciéndola cambiar.
En el templo de Phi’Ri sintió que esas charlas habían vuelto, aunque fue solo un instante. Nisadra le guardaba mucho rencor y ella sabía que era demasiado complicado ganarse el perdón de sus hermanas.
—Imbécil —murmuró, aporreando el primer tronco de árbol que se le plantó delante. El cuchillo se quedó clavado a mitad del grosor de este.
—A pesar de la edad, tu fuerza no ha menguado en absoluto. —Nisadra estaba detrás de ella con los brazos cruzados y apoyada en uno de los troncos despellejados que había dejado la mercenaria por el camino—. Lo que sí que ha empeorado es tu mal carácter.
—¿Qué quieres? —soltó Banon.
—Saber qué está pasando.
—Ya te lo he dicho, los Caníbales están buscando venganza.
—¿Y no te parece sospechoso? —Comenzó a caminar rodeándola, siempre manteniendo la misma distancia—. Después de diez años deciden buscarnos.
—A lo mejor encontraron alguna pista, ¡yo qué sé!
—Y tú ya no eres la misma.
La bruja se detuvo frente a Banon y le clavó la mirada. Esa mirada ambarina con las pupilas rasgadas, digna de un depredador.
—Todas hemos cambiado. Han pasado diez años. —Le rehuyó la mirada.
—Ya, pero no hablo de las arrugas. Hablo de algo dentro de ti.
—Y qué me dices de ti, ¿eh? —soltó Banon, que había conseguido arrancar el arma del árbol y ahora apuntaba a la bruja con ella—.
No has envejecido ni un solo día y encima tienes a un demonio a tu servicio.
¿Qué has estado haciendo, Nisadra? ¿Pactos con seres de la otra dimensión para mantenerte joven y cabrona para siempre?
La bruja arqueó las cejas.
—Me parece que no eres quién para exigir sinceridad. Cuando te decidas a hablar de lo que te ha pasado y de por qué te largaste puede que yo haga lo mismo. Hasta entonces, aléjate de mí.
Se marchó dejando tras de sí ese olor tan característico suyo: a flores y muerte. Como huelen los cementerios.