Capítulo 8
—¿C uánto pesará la muy animal? —soltó Noma.
Nisadra y ella arrastraron a Banon escaleras arriba hasta llegar a la habitación. Era un cuartucho que seguía la misma pauta que el resto de la posada: fingir ser acogedor, pero no.
Dejaron caer el cuerpo en el primer camastro que encontraron. Este rebotó y acabó en el suelo bocarriba.
—Yo creo que ahí está bien —dijo Noma.
—Sí, sí. Dormirá a pierna suelta.
Banon no pareció reaccionar ante la caída y continuó roncando.
Noma buscó la siguiente cama y se lanzó de espaldas.
Levantó una nube de polvo, pero no pareció importarle.
Nisadra abrió la única ventana que había.
Daba al callejón trasero, donde iban los borrachos a aliviarse.
El olor que subió resultó ser más asfixiante que el del interior de la habitación, así que volvió a cerrarla.
Revisó también su camastro. La capa de polvo era peor que la de la copa del bar, pero no había más remedio.
Sacudió lo que pudo con las manos entre toses y estornudos y se acostó.
—Partiremos al amanecer —afirmó—. Está claro que necesitamos descansar y tú has dicho que acabaste con algunos de esos Caníbales.
—Oye, Nis, ¿crees que Ion estará bien?
—Es una Hija de la Sierpe. No se dejará amedrentar por unos cuantos mercenarios inútiles.
—¿Amedrentar? ¿Mercenarios inútiles? ¿Qué te ha pasado, Nis?
Nisadra suspiró.
—No se dejará acojonar por unos cuantos cabrones de mierda. —Se sintió ridícula y le costó contener la risa—. ¿Mejor, maestra?
—Pensaba que te habías olvidado de nuestras clases de jerga de mercenarias.
Noma solía reírse de la forma de hablar de Nisadra.
Ella había sido criada en el Cónclave de Magos, donde la educación y el saber estar eran asignaturas que se les impartían desde niños.
Mientras que Noma nació en medio del bosque con la única compañía de su madre, una chamana más animal que persona.
Al principio se limitaban a reírse la una de la otra, pero luego acabaron intentando enseñarse mutuamente.
Instruir a Noma en buenos modales había sido un fracaso total, pero Nisadra había demostrado habilidad para los insultos escatológicos.
—Os he echado de menos. Incluso a ti —soltó Noma.
—Esto no es un reencuentro de amigas.
La sacerdotisa desvió la mirada hacia la mujer que todavía roncaba en el suelo.
—Ojalá Banon no lo hubiese jodido todo.
«Ojalá…», pensó la bruja, pero el pasado todavía dolía y la traición era algo que jamás perdonaría a nadie y mucho menos a Banon. Ella había sido la única persona en la que confiaba, se habría jugado la vida por ella. Y ese había sido el resultado.
Nisadra demostró habilidades para la magia siendo una niña cuando su madre la mandó a ordeñar una vaca para el desayuno y ella la hizo levitar y la estrujó en el aire como si fuese una naranja.
Después de esto, la entregaron al Cónclave de Magos por si acaso se le ocurriera ordeñar a alguien del pueblo.
Allí aprendió todo lo que necesitaba saber: cómo volverse más poderosa, y a no fiarse ni de su sombra.
Las comidas envenenadas estaban a la orden del día y por eso Nisadra se había ido inmunizando a todos los venenos existentes. Cada mañana se preparaba una buena cantidad de antídotos por si acaso, y todas las noches realizaba varios rituales de guardas para que nadie pudiera perturbar su sueño.
Así era su vida hasta que apareció Banon.
—No podemos cambiar el pasado, Noma. Solo podemos seguir adelante.
No hubo respuesta, salvo una respiración relajada. Nisadra suspiró, a ella le costaría un poco más dormirse. Siempre había sido la última en caer rendida por las terribles pesadillas que padecía.
Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, olvidó colocar las guardas de protección.
—¿Seguro que es aquí?
—Es la única posada del pueblo. ¡Tiene que ser aquí!
—¡Chist, calla! Que nos van a oír.
Tres voces discutían en el pasillo. Nisadra salió de la cama de un salto y sacudió a Noma.
—¡Despierta!
—¡Qué no quiero salsa de tomate en la tarta, joder! —gruñó Noma con los ojos medio abiertos—. Ah, que eras tú. ¿Qué pasa?
—Están en la habitación de al lado. Nos tenemos que largar. Despierta a Banon.
La bruja corrió a su esquina de la habitación. ¿Cómo había podido ser tan despistada?
—Eh… ¿Nis? Tenemos un problema por aquí. —Noma sujetaba a Banon por los hombros mientras la cabeza colgaba como si el cuello estuviera hecho de gelatina—. No me jodas, no pienso cargar con ella otra vez —afirmó Noma dejando caer de nuevo el cuerpo.
—Déjate de tonterías, tenemos que largarnos ya.
Las voces de sus enemigos se habían trasladado al pasillo; parecían discutir sobre la importancia de no apuñalar colchones vacíos y lo perjudicial que era para la alergia.
Trataron de abrir la puerta, que estaba atrancada por dentro.
Al no poder entrar con tanta facilidad, discutieron sobre quién debía intentar derribarla.
—Por el callejón de los meados —dijo Noma.
—No. Puedo intentar crear un portal, solo necesito concentración, un poco de sangre…
—Nis, al callejón de los meados —ordenó, señalando la ventana.
La bruja solo podía pensar en arrastrar el bajo de su precioso y caro vestido por litros de orina.
—De acuerdo —dijo al oír el primer impacto contra la puerta y también la primera maldición.
Arrastraron de nuevo a la mercenaria hasta la ventana. Parecía pesar el triple que anoche y esas malditas botas se iban enganchando en el suelo. Noma abrió la ventana y miró abajo.
—Podríamos lanzarla…
—¿En serio?
—¿Se te ocurre algo mejor? Además, los borrachos siempre caen de pie.
—Eso son los gatos, Noma.
—¿Seguro? —Se encogió de hombros—. Es un buen momento para averiguarlo.
Apoyó el cuerpo enorme de Banon en la ventana y empujó con todas sus fuerzas apoyándose en el culo de su compañera.
El cuerpo inconsciente dio una voltereta en el quicio de la ventana y cayó en el mayor charco de orina que había en todo el callejón.
Tal fue el impacto, que el líquido llegó hasta la ventana.
—Tenías razón —dijo Noma mirando por la ventana—, los borrachos caen a plomo en el meado.
—No pienso acercarme a Banon en años.
Los golpes en la puerta no cesaban y las bisagras estaban cediendo.
—¡Venga, nos largamos!
La sacerdotisa pegó un salto con mucha ligereza y cayó al lado de Banon, empapándola de nuevo. Nisadra miraba una y otra vez, contemplando la posibilidad de enfrentarse ella sola a los asesinos. No, tenían que mantenerse unidas y partir lo antes posible a buscar a Ion.
Saltó y, justo antes de llegar, usó un pequeño hechizo de levitación y consiguió mantener su cuerpo a un palmo del suelo.
—No me parece justo —soltó Noma justo antes de dar una patada en dirección a la bruja y empaparla de orines hasta la rodilla—. Ahora estamos igual.
Nisadra se quedó boquiabierta y petrificada.
—Te has pasado.
—Anda calla, que tú podías haber hecho levitar a Banon desde el principio y mira cómo ha acabado la pobre.
Noma tenía razón, pero no quería desmentirlo. Claro que había querido hacer levitar a la mercenaria. El problema era que no habría podido, igual que no había podido hacerla callar en el templo.
—Nos traicionó. No le viene mal un baño de orina como regalo —contestó Nisadra—. Tenemos que largarnos antes de que rodeen la posada.
—¿Qué ha pasado? —Banon se incorporó muy despacio sujetándose la cabeza—. ¿Y por qué huele tan mal?
—No hay tiempo —dijo Nisadra.
Noma ayudó a la mercenaria a incorporarse. A la sacerdotisa parecía no importarle la cantidad de orina que chorreaba de la capa de su compañera.
Salieron a la calle principal del pueblo. Por el jaleo que salía de las ventanas del Ganso Manso estaba claro que todos los mercenarios estaban dentro, probablemente bloqueando las salidas.
—Seguid vosotras —dijo Nisadra—. Ganaré tiempo.
—Nis, ¿qué vas a hacer? Hay gente inocente.
—Gente inocente que dejó entrar a unos asesinos, Noma —añadió—. Voy a hacer lo que tengo que hacer.
La sacerdotisa suspiró.
—Me gustaba el Ganso Manso —susurró.
Avanzó hacia las caballerizas cargando con su compañera. Nisadra se quedó atrás, a las puertas de la posada.
El mundo enmudeció. Le costó más que de costumbre y sabía que era por la presencia de Banon, pero a medida que se alejaba fue como si el poder volviera a brotar de su interior.
Tensó las manos y estas se transformaron en garras como hacían siempre que dejaba que los demonios de su interior tomaran el control.
El fuego apareció de la nada, como si siempre hubiera estado debajo de la posada esperando por ella.
Bailó haciendo espirales en los cimientos y fue creciendo a medida que se alimentaba de la madera del edificio.
Pronto comenzaron los gritos que se unieron al crepitar de las llamas y al estallido de los cristales.
Nisadra se dio la vuelta en busca de sus compañeras, que ya esperaban con los caballos listos. El Ganso Manso se rindió a la lucha y el edificio se derrumbó en silencio.
La bruja sonrió mientras un cosquilleo de placer le recorría la columna.