Capítulo 7
E l ambiente era lúgubre y contrarrestaba con los cuadros de costura en colores pastel y frases positivas como: «Si quieres, puedes», o «El mejor maquillaje es un buen descanso». Todo ello aderezado con una nube de humo y un papel pintado sucio.
No tuvieron que nombrar a Noma, todas las habitaciones estaban libres y preparadas. A Nisadra le pareció ver cómo la propietaria se limpiaba una lagrimilla cuando le pagó por una noche con desayuno.
Una vez tramitada la estancia, Banon se abalanzó sobre la barra y comenzó a beber como si no necesitara respirar entre buche y buche.
Nisadra se sentó en una mesa alejada y pidió una botella del mejor vino que tuvieran.
Este resultó ser una basura y la copa tenía una capa de polvo tan gruesa que se podía dibujar en ella.
La bruja deslizó el dedo por el cristal trazando líneas. Estaba agotada, como si le estuvieran drenando toda la energía.
—¿Ya estás haciéndote la interesante? —Noma tiró de la silla que tenía al lado y se sentó a horcajadas—. A nadie le gusta el vino.
—A mí sí. —Se limitó a contestar Nisadra mientras se servía una buena cantidad.
—Tendré que acompañarte. —La sacerdotisa solicitó otra copa con un silbido y se sirvió—. Menuda moña lleva nuestra amiga. No lo recuerdo bien. Ya sabes, muchos golpes en la cocorota. —Se dio unos toquecitos en la frente con el puño cerrado—. ¿Banon bebía?
—Nunca —contestó Nisadra dando un buen trago. Sabía a pies—. Y no es eso lo único que parece haber cambiado.
—Sí, le pasa algo raro. Oye, pues está de muerte este vino. ¡Camarera, otra botella por aquí!
Nisadra la miró con cara de asco, pero no le sorprendía nada. Noma siempre había tenido unos gustos muy poco refinados.
—¿Te lo ha dicho la diosa Phi’Ri?
—No hace falta, ¡mírala! Parece que quiera hacerse la misteriosa todo el tiempo. —Negó con la cabeza—. Banon siempre ha sido más simple que el mecanismo de un reloj.
—En realidad, el mecanismo de un reloj es bastante complejo —añadió la bruja.
—Ya, por eso.
—Pero… Esa expresión se usa normalmente para lo contrario, Noma. Puedes decir: «Ella es más simple que el mecanismo de… una piruleta». ¿Lo entiendes?
—Pero las piruletas no tienen mecanismo, Nis. ¿Qué clase de caramelos te dieron de niña?
—Da igual. —Respiró hondo, luchando por no ahorcar a su amiga—. Entiendo lo que quieres decir.
—Pero tú tranquila, ya se le soltará la lengua. Como siempre.
Noma siguió bebiendo y disfrutando del vino con sabor a sudor, mientras Nisadra lo removía con asco.
—¿Y tú cómo lo llevas? Lo de volver a verla después de que te…
—Después de que nos traicionara. A todas, Noma —cortó con rapidez.
—Tú ya me entiendes.
—Duele, y todavía estoy tratando de averiguar qué está pasando. —Dio un sorbo por accidente y volvió a revolvérsele el estómago—. ¿Te crees lo de los Caníbales?
—Les jodimos a base de bien. ¿Recuerdas lo de la mansión de Greentong? Casi se caen muertos cuando abrieron la puerta de la caja fuerte y se encontraron con nuestros culos de frente.
La mansión Greentong había sido un trabajo perfecto.
Espiaban a los Caníbales de forma continua y sabían siempre cuál sería su siguiente trabajo.
Este no fue diferente. Un rival de la familia Greentong les había encargado entrar en la mansión y robar su tesoro.
Las Hijas de la Sierpe se infiltraron antes que ellos y los esperaron dentro de la caja fuerte.
A Ion se le ocurrió que sería una buena idea esperarlos con los pantalones bajados para que cuando abrieran las puertas vieran «un auténtico tesoro», según sus palabras.
Como siempre, Noma y Banon se apuntaron y a Nisadra no le quedó otro remedio que seguirles el juego.
—Sí, supongo que todavía les tiene que doler —afirmó ocultando una sonrisa—. Pero hay algo más.
—¿Te refieres a esa sensación rara cuando Banon está cerca?
—¿Lo has sentido?
—Claro, desde que entrasteis en el templo. Al principio pensé que eras tú, pero cuando Banon entró en el jardín lo noté. Fue como si me diera una bofetada en toda la jeta.
—Ya, yo sentí lo mismo. Incluso ahora puedo sentirlo y está roncando.
—Acabaremos averiguándolo.
—¿Y tu diosa no te dice nada? Es un buen momento para que nos ayude. —Nisadra tuvo que contener una risita, pero su ceja izquierda cobró vida propia y se alzó como siempre.
—¿Y quitarle interés? —Noma se echó a reír—. A veces hay que dejar el tiempo fluir y las cosas se irán revelando. Además, si la diosa nos dijera todos los secretos abandonaríamos el viaje. Y, no sé tú, pero yo me muero de ganas por volver al camino con mis hermanas.
Noma sacó del interior de su camisa marrón el colgante de las Hijas de la Sierpe.
—Venga. —Le dio un codazo—. Sé que lo tienes, bruja del demonio.
Nisadra resopló y sacó el que llevaba colgado al cuello, oculto bajo el vestido negro.
—La sangre de mis hermanas… —comenzó a decir Nisadra.
—…es mi sangre —continuó Noma—. Y nunca será derramada…
—…por mi filo.