Hijas de la Sierpe Capítulo 5
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Capítulo 5

L a niebla era tan espesa que casi se podía masticar. La brisa marina hacía que la tela que cubría la choza se bamboleara con suavidad. Era de un color tan llamativo que parecía que Nisadra quisiera que la encontraran.

No tenía excusa para alargar más el momento y cruzó el umbral.

El espacio dentro era mucho más grande, producto de alguna ilusión.

Los magos siempre tendían a hacer las cosas más grandes y más dramáticas.

Todo gritaba vanidad. Las paredes estaban decoradas con tapices de hilo de oro y el suelo era la unión de varias alfombras.

Banon se arrepintió enseguida de haber entrado al ver el reguero de barro que iban dejando sus botas.

En el centro de la habitación había una mesita de café atrincherada entre cojines dorados. Cuando intentó acercarse, sufrió el ataque de cientos de campanitas de cristal que colgaban del techo.

—Bienvenido al emporio de la bruja de la niebla, donde los sueños se hacen realidad por un módico precio. No se aceptan almas.

La voz provenía de un demonio de piel violácea, con dientes afilados y unos cuernos enrollados que le salían de la frente y le llegaban hasta la coronilla.

Todo ello muy terrorífico si no midiera lo mismo que una liebre y se mantuviera flotando en el aire con unas alitas diminutas.

Además, llevaba una pajarita dorada a juego con los cojines.

—¿Qué…? —preguntó Banon con el ceño fruncido.

—He dicho: bienvenida al emporio de la bruja de la niebla…

—Sí, sí. Ya te he oído. —Banon pegó un último manotazo a las campanitas, que cayeron al suelo.

—Eso tendrá que pagarlo —señaló el demonio con una voz más propia de un enano que de una criatura de otro plano astral.

—¿Y tú quién eres?

—Me temo que no serías capaz de pronunciar mi nombre. —Entrelazó los dedos sobre su prominente panza—. He vivido miles de años y cada generación de humanos me ha bautizado con un nombre. He hundido flotas enteras, he desintegrado reinos, yo…

—¡Bizcocho! ¿Quién anda ahí?

Una mujer con un largo vestido negro salió de detrás de una cortina. Fue como una aparición y Banon no pudo evitar quedarse sin aire.

El vestido era tan ceñido que dejaba poco a la imaginación y descendía por su cuerpo desde la barbilla hasta los tobillos como una segunda piel. Una melena larga y oscura enmarcaba unos rasgos angelicales que contrastaban con una mueca en su boca que le daba un aspecto despiadado.

—Nisadra —soltó Banon en un suspiro.

—Vaya, vaya… —bufó—. Si me hubieran dicho que hoy tendría ante mí a la Degolladora de Ormea en persona me habría apostado hasta mi propio pellejo. Y, sin embargo, aquí estás.

—Aquí estoy.

Parecía que Banon estaba compitiendo consigo misma a ver cómo podía parecer más idiota de lo que era. Demonios, hacía diez años que no la veía y solo era capaz de decir tonterías. Pero es que… ¿Cómo era posible que estuviera igual? Incluso más hermosa que la última vez que la vio…

Una imagen de Nisadra cubierta de sangre y malherida le vino a la mente como un fogonazo.

—¿Es real? —alcanzó a preguntarle señalando al intento de demonio. Le costaba distinguir la realidad de las alucinaciones y Bizcocho encajaba perfectamente en una de sus visiones, pero era demasiado maleducado para ser una de ellas.

—Es mi ayudante. —Nisadra tenía una voz profunda, más parecida a la de un demonio que la del propio Bizcocho.

—Nunca pensé que te meterías en tratos con demonios, decías que eso era caer demasiado bajo. —Banon sonrió recordando a la vieja Nisadra.

La bruja se quedó mirando a su ayudante y este le respondió con un encogimiento de hombros.

—Fue un accidente —se aclaró la voz—. Un día en el baño me puse a cantar en lo que yo creía que era lenguaje jaurí, pero resultó ser una invocación del plano astral. Imagina mi sorpresa cuando salí del baño y me lo encontré.

Nisadra le acarició la cabeza entre los cuernos.

—De todas formas —continuó—, los tiempos cambian, las amigas te traicionan…

Ya sabes. Cosas de la vida. —Nisadra se dejó caer sobre los cojines dorados.

Parecía la imagen de un cuadro famoso, seguro que cualquier artista habría matado por convertirla en su musa—.

¿A qué has venido, Banon? No tengo tiempo para esto.

—Ya, estás muy liada curando forúnculos.

—Seguro que tú has estado haciendo cosas mucho más interesantes. He tenido que ganarme la vida. ¿Recuerdas aquella vez que te largaste con mi dinero?

—Las cosas no fueron como tú crees.

—Si me lo contaras a lo mejor lo entendería.

—No puedo. —Bajó la mirada.

—Qué conveniente, ¿verdad? —soltó mientras subía la ceja izquierda. Un gesto que hacía cuando se enfadaba. Banon lo conocía muy bien.

—Necesito tu ayuda.

—A ver qué te inventas esta vez. —Se levantó con elegancia—. No tengo ganas de oír más mentiras.

—¿La saco, mi señora? —El demonio en miniatura se remangó unas mangas imaginarias y se colocó la pajarita.

No esperó una respuesta y se lanzó a por Banon.

—Los Caníbales del Norte vienen a por nosotras —soltó esta mientras sujetaba con una mano a Bizcocho, que hacía un molinillo con los brazos—. Tú eres su siguiente objetivo.

Sacó el trozo de piel con la marca de los Caníbales de su bolsillo y se lo enseñó.

Nisadra se le acercó pero, cuando se dio cuenta de su cercanía, se alejó tambaleándose.

—¿Estás bien, Nis?

La bruja se llevó una mano a la frente y dio unos pasos más hacia atrás.

—No vuelvas a llamarme así.

Cuando Nisadra la miró, Banon se fijó en que las pupilas se le habían afilado y parecían cortar sus ojos dorados en dos. No recordaba esos ojos, ni esa mirada asustada en ella.

—Tenemos que sacarte de aquí antes de que lleguen los Caníbales. Están buscando venganza por lo que les hicimos. —Banon aprovechó el momento de debilidad para seguir hablando—: y tenemos que encontrar a Ion y a Noma antes que ellos. ¿Sabes dónde están?

—Claro que lo sé, ¿crees que las iba a abandonar como hiciste tú?

—Vale, lo entiendo. Soy una mierda, pero… ¿Me ayudarás a ponerlas a salvo?

Nisadra la miró fijamente como si estuviera buscando algo, escrutando con la mirada cada resquicio de su mente.

—Iré —dijo la bruja—, pero que te quede claro que lo hago por ellas y solo por ellas. Tú no te mereces segundas oportunidades.

Banon asintió y se dispuso a salir de la choza.

—Lo sé.