Capítulo 4
E l corazón se le salía por la boca y los pulmones emitían un extraño silbido cuando conseguía que le entrara algo de aire. Seguía corriendo, sujetándose el costado.
«¿Por dónde coño se va a Myrenias?».
Entró en la casa casi derribando la puerta y se arrodilló en el suelo. Usó una de sus dagas para hacer palanca y extraer los tablones.
¿Por qué demonios se quitó la capucha en el Tuerto? Se había dejado llevar por la emoción de la batalla y ahora sabían que estaba viva y ¡que había vuelto!
—¡Joder! —Golpeó el suelo y los tablones se desmigajaron.
Apartó los restos y encontró su mayor tesoro.
Hacía tanto tiempo que no sentía ese tacto que se había olvidado de lo importante que era para ella.
Una cota de malla abollada envolvía un collar de metal burdo.
La cadena era larga, a la altura del pecho, y el colgante tenía la forma de una serpiente alada con la boca abierta y una piedra rojiza en su interior.
El símbolo de las Hijas de la Sierpe.
Banon se lo colgó del cuello. Tener de nuevo el metal frío y el peso del colgante la hizo sentir en paz, como si durante todo este tiempo le hubiera faltado una parte. Recordaba el último día que lo había llevado como si fuera ayer. Habían pasado diez largos años desde entonces.
Fue su último trabajo como parte de las Sierpes. El trabajo que le había jodido la vida.
Parecía un contrato como otro cualquiera. Un tipo esmirriado y taciturno en una taberna le había pedido que recuperara una vieja reliquia familiar. Un anillo de oro muy sencillo, con un grabado sin sentido.
Nada fuera de lo común, Banon estaba acostumbrada a hacer el trabajo sucio de los ricos.
Muchas veces los mercenarios eran contratados para matar a un primo segundo con ínfulas de heredero al trono, o para darle una lección a algún vecino.
Así era la nobleza: un hatajo de imbéciles capaces de pagar por cualquier cosa.
Sacó el resto de cosas: cuatro cuchillos que se sumaban a los quince que ya llevaba.
El último tenía un aspecto cutre porque había sido forjado por una aprendiz de herrera. En las muescas de la empuñadura podían leer las siglas «B.I.N.N.».
Sonrío como un acto reflejo.
Dos días a caballo le habían dejado la entrepierna para el arrastre. Los botes tampoco ayudaban a la espalda y Banon empezaba a acordarse de toda la ascendencia de quien inventó las sillas de montar. Además, había bebido bastante y se terminó cayendo más veces de las que le gustaría reconocer.
Dolorida y magullada consiguió llegar a Myrenias.
Era un pueblito costero de no más de treinta casuchas, todas ellas adornadas por líneas blanquecinas de salitre.
Parecía sacado de un cuadro, la típica estampa idílica.
Los pueblerinos saludaban a Banon alzando el sombrero de paja a ritmo de: «¡Buen día, señora! ».
«¿Señora?», pensaba ella al mirar sus pintas. La capa se le había roto y había pasado del negro al marrón gracias a los restregones en el barro. Las botas habían vivido tiempos mejores y los pantalones dejaban entrever las rodillas ensangrentadas.
Llegó a los establos. No eran muy grandes, pero tenían un hueco libre para su montura. Lo acercó al abrevadero y le dio unas buenas palmadas en el cuello. Era un buen caballo, había esperado con cortesía mientras ella maldecía a los dioses desde el suelo.
—Buen trabajo, esto… No te he puesto nombre, ¿verdad?
—Lo cierto es que no —contestó el caballo.
Banon miró en todas direcciones, pero nadie más pareció percatarse de la elocuencia del animal.
—Ya estamos otra vez. —Banon se llevó la mano al rostro y suspiró—. ¿Qué nombre te gustaría? A todas estas, ¿eres hembra o macho?
—Mi género no tiene por qué determinar mi nombre, señora.
—Tienes razón. —Negó con la cabeza—. ¿Qué tal Tormenta? Por aquello de que eres negro con toques blancos…
—Por favor —relinchó y esto sí que lo oyó el resto del mundo. Unos granjeros la miraron con el ceño fruncido—, menudo nombre más elaborado. Eres una lumbreras.
—No sabía que los caballos pudieseis ser tan pasivo-agresivos —susurró y miró hacia otro lado mientras fingía acariciar al animal.
—Eso es porque nadie se para a escucharnos.
—¿Y qué tal… Binn?
—Podría acostumbrarme.
—Pues… Buen trabajo, Binn. —Volvió a darle unas buenas palmadas.
Binn le guiñó un ojo, o no. Muchas veces no sabía cuánto de realidad había en sus alucinaciones. ¿Era el caballo tan inmensamente imbécil en realidad o solo un reflejo de lo que pensaba Banon sobre ellos?
Buscó a la propietaria del establo, que estaba apoyada en una cerca hurgándose los dientes con un palillo mientras hablaba con otro lugareño.
—…y te juro que el dolor del culo desapareció como si nada —soltó el lugareño.
—¡Venga ya! Los remedios mágicos son un timo —dijo la del palillo.
—Que no, te juro que esta bruja hace milagros —bajó la voz—. A Jun le curó aquel forúnculo raro que tenía en el cuello.
—¿A Jun el Dos Cabezas?
—¡El mismo! Es milagrosa. Eso sí, cobra bastante caro. La primera vez no tenía para pagarle y me echó de una patada. —Se rascó la nalga como si todavía le doliera.
—¿Alguno es el dueño de los establos? —dijo Banon.
La mujer se giró y escupió el palillo al suelo.
—Soy yo. No solemos tener muchos forasteros. ¿Qué te trae a Myrenias?
—Forúnculos. —Le salió sin pensar.
—Oh… —soltó el otro lugareño.
—He oído que hay una bruja que cura… cosas —tartamudeó Banon.
—Sí, sí. ¡De eso estábamos hablando! Es milagrosa.
—Calla, simplón. —Se volvió hacia Banon—. ¿Puedes pagar el descanso de tu caballo?
Banon le lanzó una bolsa de monedas.
—¿Bastará?
A la mujer le brillaron los ojos como si fueran un reflejo de las monedas que había dentro de la bolsa.
—¡Por supuesto! Sacaré mi mejor heno y hasta te lo dejaremos cepillado.
—Estupendo —asintió Banon—. Háblame de la bruja. ¿Dónde está?
—Se ha instalado en las afueras del pueblo, oculta en una chabola en la costa. La zona siempre está rodeada de una niebla extraña, hay quien dice que es cosa de ella. Yo creo que es una timadora y que se está aprovechando del pueblo.
—¡No hables mal de ella! —El simplón se dirigió a Banon—. Ha salvado a mucha gente de enfermedades incurables, ¡le debemos la vida!
Cuando Banon oyó la palabra bruja enseguida pensó en Nisadra, su antigua compañera. En los dos últimos años había oído rumores de que estaba en Myrenias. Conforme hablaban de salvar vidas y de curar enfermedades… No, era imposible que fuera ella.
Conoció a Nisadra cuando era una joven aprendiz del Cónclave de Magos, la organización más importante de todo el continente. Eran quienes dirigían el cotarro. Estaban los reyes y los nobles, pero todo el mundo sabía que eran simples marionetas de los magos.
Nisadra había contactado con los Caníbales del Norte para que la ayudaran en un trabajo y estos enviaron a Banon. Necesitaba que recuperara un libro de hechizos para ellos. Nisadra era la representante del Cónclave, aunque en realidad tenía otros planes.
Cuando Banon consiguió el libro no se lo entregó a los magos, sino a Nisadra, que se fugó para vivir como una de las magas más buscadas después de haber cometido el mayor de los delitos: la traición a la magia. Al mismo tiempo, Banon abandonó a los Caníbales y fundó las Hijas de la Sierpe con ella.
Nisadra era una bruja muy poderosa, una a la que lo único que le importaba era aumentar su poder a cualquier precio. Que ahora se dedicara a curar dolores anales le resultaba bastante inverosímil.