Capítulo 3
L o observaba todo desde el otro lado, oculta en la sombra de la pared del callejón.
La capucha calada hasta los ojos y los cuchillos disponibles.
Se oía el jaleo del interior, el Tiburón Tuerto estaba en su apogeo.
Banon sabía que no era buena idea, que la reconocerían enseguida, pero no tenía otra opción.
Había acudido a la tienda de Reen y estaba vacía.
Era muy probable que también estuviera dentro, contando batallas. Todas inventadas, por supuesto.
El edificio se situaba justo enfrente del cuartel de la guardia.
Era como si los mercenarios retaran al sistema.
La realidad era que la guardia era tan corrupta que resultaba más fácil encontrarlos borrachos en el Tuerto que en sus puestos.
Banon estaba acostumbrada a tomarse la justicia por su mano, no era una novedad que el sistema no funcionara.
Probablemente encontrarían en breve el cadáver de su visitante y acabarían lanzándolo a alguna zanja sin más miramientos.
Se armó de valor, tomó un trago de la petaca y se encaminó hacia la taberna.
Atravesó el umbral y se hizo el silencio. Fue apenas un instante y el mundo volvió a la normalidad. Banon soltó el aire, nadie parecía interesarse por ella. Se acercó a la barra con la cabeza gacha y sujetándose la capucha.
La taberna era una sala cuadrada abarrotada de mesas con taburetes que solían usarse como armas arrojadizas. La barra se ubicaba al fondo y, sobre esta, había una cabeza colosal de tiburón. Y sí, estaba tuerto. Olía a aceite refrito, a alcohol y a sangre.
Se sentó en la barra y esperó. Varios paisanos a su alrededor siguieron con las cabezas dentro de las jarras.
—¿Qué te sirvo, amiga? —preguntó el tabernero. Un hombre corpulento y con bigote. Unos cercos de sudor que le iban desde las axilas hasta las caderas.
—Información. —Ella dejó caer una bolsa para que el tintineo de las monedas le soltara la lengua—. Caníbales del Norte.
—Esa es información muy valiosa. —Miró hacia los lados y bajó la voz—. Y muy peligrosa.
—¿Han aceptado algún trabajo?
Cuando Banon se dedicaba al negocio solía parar en todas las tabernas posibles y solicitar los encargos a los propietarios. Llevaban una especie de registro oficial de qué clan de mercenarios se estaba encargando de cada trabajo.
—Ahora mismo están todos centrados en un negocio. Uno gordo —susurró y fingió servirle una copa.
—¿Cuál?
Esta vez puso sobre la barra un anillo de oro con una piedra preciosa. El tabernero guardó el pago con un movimiento imperceptible para el ojo inexperto.
—Hay una recompensa muy jugosa por un trabajo que tiene que ver con las Hijas de la Sierpe. Hay un grupo en el reservado, quizá te interesaría otro para ti…
El hombre hizo un gesto con la cabeza indicando la parte de detrás de la barra. Banon asintió y se levantó.
El reservado consistía en un largo pasillo oculto tras una cortina de patitos e iluminado por una vela cutre para disimular las manchas de sangre de las paredes.
—Vamos allá —susurró mientras estiraba los hombros y el cuello.
—¿Hablas conmigo?
—Ya estamos —soltó Banon al darse cuenta de la visión que tenía delante.
De la nada apareció un hombre con la parte superior del cuerpo rebanada por la mitad en un tajo vertical. Estaba cómodamente apoyado en la pared y jugueteaba con un reloj de bolsillo con los pocos dedos que le quedaban.
—¡Puedes verme! —gritó, llevándose las manos a la boca—. ¡Por fin, llevo un siglo intentando que alguien me escuche!
—Mira, ahora no puedo. Estoy intentando que no me pillen. —Banon le hizo señas para que bajara la voz.
—En realidad yo sí puedo hablar, porque ellos no pueden oírme. Eres tú la que se tiene que callar… ¡y puedes escucharme!
Comenzó a bailar dando saltitos y poniendo en riesgo la integridad de su cuerpo.
—¡Vale, vale! Te escucho.
—Como habrás podido observar, estoy algo perjudicado. —Señaló el terrible corte que dejaba ver el fondo del pasillo a través de él—. Y no entiendo qué me pasó.
—Y esperas que lo averigüe.
—Exacto.
—¿Quién eres?
—Mi nombre es Wilbur.
—¿Wilbur el Noble?
—El mismo. —Hinchó el pecho.
Había sido un mercenario muy popular. Debía su nombre a la elegancia que lo caracterizaba, algo poco común en alguien de su calaña.
Banon oía sus aventuras cuando era una esclava y soñaba con ser como él.
Fundó su propio gremio, los Cazadores de Quimeras, y conquistaron medio mundo.
Wilbur consiguió unir a mucha gente poderosa bajo su bandera, pero su amor por las apuestas y los hombres ajenos lo llevaron a la perdición.
—¿Sabes qué me ocurrió? —preguntó con ojos expectantes.
—Tu marido te dio un hachazo mientras cagabas.
Hubo un silencio incómodo.
—Eso explica muchas cosas. —Se encogió de hombros—. Pero, ¿y los dedos?
—Se vendieron como amuletos para tus seguidores.
Banon se sonrojó al recordar el dedo índice que tenía como centro de mesa, el único adorno que se había permitido tener.
—¿Y el miembro también? —gritó el mercenario.
—Eso fue cosa del rencor.
—Oh…
El hombre agachó la cabeza y volvió a apoyarse en la pared.
—Lo siento por tu miembro. —Fue lo único que se le ocurrió decir.
—Nah, no te preocupes. Tampoco es que ahora lo use mucho. Oye, ¿y tú por qué puedes verme?
—Creo que estoy loca o algo así —soltó Banon—. Oye, tengo que irme.
—¡Eh, espera! A lo mejor puedo ayudarte. ¿Vienes a por los tipos del reservado?
La verdad era que el sigilo no era lo suyo. En los trabajos de infiltración que hizo siempre acababa haciendo que las pillaran. Una antigua amiga le decía que era por esa manía suya de llevar las botas más bestias que había en el mercado.
—¿Podrías echar un ojo?
—Ya lo he hecho. La vida de fantasma es muy aburrida, por eso me vine al Tuerto. —Se rio—. Al menos aquí siempre hay espectáculos: alguna pelea, gente muriendo, traiciones… Lo típico de un lunes a media tarde.
—¿Y?
—Hay un par de tipos de poca monta. Lo único que me ha extrañado es que hablaban de la Degolladora de Ormea y las Hijas de la Sierpe. Tenía entendido que ya no estaban en el negocio.
Banon lo dejó con la palabra en la boca y siguió adelante a pesar de sus gritos de advertencia.
—Joder —susurró al encontrarse con tres puertas.
—¡Derecha! —gritó Wilbur.
Cuando Banon se giró, él le hizo un gesto con el pulgar hacia arriba, aunque no había pulgar. Ella asintió mientras pensaba que se desharía de ese centro de mesa en cuanto volviera a la granja.
¿Qué debía hacer? Podía entrar derribando la puerta de un golpe, pero eso haría que mañana le doliera horrores esa antigua lesión en el hombro. Era mejor entrar y... decir alguna frase ingeniosa, por ejemplo.
Giró el pomo.
—¡Me cago en la puta! ¿Reen? —soltó Banon.
Eso fue lo más ingenioso que pudo decir cuando vio al tendero sentado a la mesa con otros dos hombretones de aspecto siniestro.
—¿Banon? Te lo puedo explicar…
El hombre se levantó con una rapidez impropia de él y volcó la mesa empujándola a su vez hacia la puerta.
Banon solo tuvo que apoyar una pierna en ella para detener su avance.
Y, aprovechando la pierna que tenía encima, se impulsó y pasó al otro lado, cayendo sobre la rodilla derecha con un ¡crac!
que sabía que iba a doler muchísimo mañana.
Sus enemigos habían desenfundado las espadas y se lanzaron contra Banon. Eran tres contra una y mucho más jóvenes que ella.
Banon esquivó los golpes como pudo, pero acabó arrastrándose por el suelo con muy poca elegancia.
Aprovechó el desconcierto para sacar dos cuchillos que tenía a mano.
Uno lo lanzó con tal precisión que se clavó en el entrecejo de uno de sus rivales.
El otro se giró para ver cómo su amigo caía y Banon aprovechó para placarlo y tirarlo al suelo.
Sin embargo, se estampó contra un muro de músculos que ni siquiera se tambaleó.
—¿Y esta es la poderosa Banon? —dijo el bruto entre risas.
Ella lo acompañó con una risa loca y lo apuñaló a la altura de las lumbares en repetidas ocasiones.
El hombre gritaba, pero no podía deshacerse del abrazo de su rival.
«Tú caes de una manera o de otra», pensaba la exmercenaria con los brazos cubiertos de sangre.
El hombre paró de convulsionar y se derrumbó como un árbol cortado a hachazos.
Banon se sacudió las manos y caminó hacia el fondo de la sala dejando tras de sí una línea de huellas rojas. Reen se había acuclillado en la esquina y se ocultaba tras los brazos.
—Reen, Reen, Reen. —Banon negaba con la cabeza—. ¿Qué cojones te pasa? ¿Cómo se te ocurre meterte en esto?
—Tuve que hacerlo. ¡Me chantajearon!
—Pues yo te he visto muy cómodo y… ¡Me has lanzado una mesa!
—¿Y-yo? —tartamudeaba.
La exmercenaria estaba perdiendo la paciencia. Se quedó de pie delante de él, con sus enormes botas negras empapadas de sangre haciendo de tope en los pies del tendero. Demostrándole que no era más que una rata y ella era un gato… ¿Qué cojones un gato? Ella era un león enorme.
—Dejemos el tema de la mesa y vamos a lo importante. —Banon se agachó y posó su mano sobre la rodilla de Reen—. ¿Qué está pasando?
El crujido del hueso cediendo ante la presión se oyó casi por encima de los gritos de la víctima.
—Ellos… Ellos te están buscando— alcanzó a decir entre sollozos.
—¿Quiénes?
—Banon, por favor…
—¿Quiénes? —Volvió a apretarle la rodilla, pero esta vez con más fuerza.
—Los Caníbales… Los Caníbales…
—¿Por qué?
El hombre no paraba de llorar y un poco de orina le empapó la entrepierna. Banon arrugó la nariz, odiaba esa parte.
—No me lo dijeron, solo querían información de tu paradero y del resto de tu gente. Querían encontrar a las Hijas de la Sierpe.
—Y tú no dudaste en venderme a mis peores enemigos.
—¡Era mucho dinero! Además, intenté advertirte. —Sollozaba, pero esta vez la miró a los ojos—. Te dije que vinieras al Tuerto. Ellos estaban aquí, podías haberlos visto y…
—¡Y haberles puesto mi cabeza en una bandeja con una manzana en la boca! —gritó—. Eres un hijo de perra, Reen, siempre lo has sido.
Banon cogió el cuchillo que aún estaba empapado de la sangre del hombretón y se lo acercó al cuello.
—¡Espera, espera! —suplicó—. Todavía tengo más información… Sé a dónde se dirigen.
—Suéltalo.
—Van a Myrenias.
Banon había pensado perdonarle la vida, pero aquellas palabras lo condenaron. Con un movimiento de muñeca le rebanó el cuello. La cabeza se deslizó del cuerpo y rodó por el suelo.
La mujer aprovechó para limpiar el filo con la ropa de Reen y salió por la puerta.
—Wilbur. —Saludó con la cabeza cuando pasó al lado del fantasma. Este se lo devolvió.
Apartó la cortina de patitos y salió a la taberna, pero esta vez se quitó la capucha y dejó ver la mitad de su cabeza rapada llena de tatuajes y la espesa melena pelirroja que le caía sobre el hombro izquierdo.
Lanzó otra bolsa de monedas a la barra.
—Limpieza en el reservado de la derecha.
Siguió caminando. La taberna había parado su actividad para centrarse en ella. En ella y en el rastro de sangre que dejaba tras de sí. Todo el mundo la miraba y algunos susurraban con miedo, otros hablaban alto y claro.
«La Degolladora de Ormea ha vuelto».