Hijas de la Sierpe Capítulo 2
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Capítulo 2

L anzó el saco al primer mueble que encontró y se desprendió de la capa. La cabaña era pequeña: una sola habitación en la que convivían cocina, dormitorio y letrina. Banon no necesitaba nada más. Paredes de madera y suelo de madera, sin adornos.

Se dejó caer sobre la cama. ¿Qué había querido decir Reen con lo del Tiburón Tuerto?

Aquello era un tugurio a donde iba lo peor de lo peor.

El nido de los mercenarios. La taberna a la que debías ir si buscabas una buena pelea o algo de trabajo.

Banon solía frecuentarla cuando era parte de la escoria de la ciudad.

Los cuchillos fueron cayendo a su alrededor. Los quince que solía llevar estos últimos años. A pesar de dedicarse a la vida en la granja había costumbres que no se perdían. Siempre decía: «Una mujer no es nada sin un buen cuchillo a mano».

Acarició el número quince, su favorito. Uno con empuñadura blanca y adornos en plata. Había sido un regalo de alguien importante. Alguien a quien había traicionado.

La habitación se oscureció de pronto.

—Joder —resopló Banon dejando caer la cabeza hacia atrás—. ¿No me vais a dar un respiro?

Los tablones del suelo salieron volando, la mujer los esquivó de forma mecánica.

Una especie de demonio viscoso salió de los cimientos de su casa.

Se movía como una serpiente y luchaba por incorporarse y, cuando consiguió mantener el cuerpo erguido, agitó una manita enana como si estuviera saludando. Ella le devolvió el saludo.

—Se acabó.

Banon se levantó y cogió su añorada petaca de hidromiel. No la había llevado a la ciudad para probarse a sí misma, para sentir que no dependía de ella. Pero, joder, cómo la necesitaba.

Dio un sorbo y observó de reojo a su nuevo amigo, que seguía siendo real. Negó con la cabeza y siguió bebiendo hasta que perdió el equilibrio y cayó al suelo.

—Putas alucinaciones.

El efecto del alcohol inundó su cuerpo. Casi lo podía sentir haciéndola totalmente dependiente de él.

Cayó en un sueño ligero acompañado de pesadillas en las que siempre aparecían criaturas que la saludaban. Abrió los ojos poco a poco con miedo de despertarse cegada por la luz de la mañana, pero no fue así. Seguía siendo de noche.

Se incorporó con lentitud. No era la primera vez que se despertaba en el suelo de la cocina y sospechaba que tampoco sería la última.

La bilis le subió por el gaznate seguida de un eructo.

Fue entonces cuando se percató de que había algo raro en su casa.

Había ropa tirada en el suelo y un señor con pinta sospechosa.

Le recordó a un gato pillado con las manos en la masa.

«Otra visión, y bastante cutre».

—¿No piensas saludar?

Fue lo que alcanzó a decir antes de que el sospechoso se abalanzara con la espada en ristre.

Con el mismo empuje que traía su agresor, Banon lo lanzó por encima de ella con un simple movimiento de pierna.

El hombre quedó estampado en la pared de su cocina y luego cayó sobre la mesa.

Tardó el tiempo suficiente en reaccionar para que Banon se pusiera en pie y lo agarrara por la cabeza para arrastrarlo por toda la encimera, aprovechando para que probara el sabor de todos sus utensilios de cocina.

Cayó al suelo y se levantó tambaleándose.

—¿Quieres esto, chaval? —Banon tenía la espada en la mano y se la lanzó. Ella se encogió de hombros al ver su expresión de desconcierto—. No me gustan las peleas cortas.

La mujer fue a por él con las manos desnudas. Pilló a su rival sorprendido y lo placó en el centro del pecho para luego tirarlo contra el suelo. Ella le sacaba muchas cabezas y otros tantos cuerpos; no iba a ser una batalla justa se mirara por donde se mirara.

Banon le cayó encima armada con su codo, al que le dio un sonoro beso antes de depositarlo sobre el escroto de su rival. El sonido que esto produjo fue similar a un canto operístico. O eso pensaba ella, nunca había estado en la ópera.

—Eso no ha sido muy limpio, pero no podrás negar que es bastante efectivo —dijo mientras se levantaba sujetándose las lumbares—. ¿Chaval?

El «chaval» miraba con ojos en blanco el techo de la cabaña.

—Ja, la vieja Degolladora de Ormea sigue en forma, ¿eh?

Se rio a la vez que se sorprendió por haber usado el mote que tanto odiaba.

Había olvidado cuánto le gustaba la batalla, el sudor, el dolor propio y el ajeno…

Esa sensación de que podría recorrer medio mundo y que no tendría ni que parar a descansar.

Lástima que los años no pasaran en balde y ahora le costara hasta respirar.

Poco a poco fue bajando la intensidad y la mente de Banon volvió a funcionar. ¿Quién cojones era este tipo y que hacía en su casa? Un ladrón, pero… ¿aquí, en una granja perdida?

Banon se decidió a investigar a su rival. Tenía un cuerpo bien entrenado y lleno de cicatrices. Le recordaba a ella de joven. Levantó la manga derecha y vio un tatuaje con forma de dientes afilados devorando una rosa de los vientos.

—Me cago en la…

El símbolo de los Caníbales del Norte.

Banon había desaparecido del mapa hacía diez años y se había encargado de cubrir sus huellas. ¿Cómo la habían encontrado?

Durante su juventud formó parte de un grupo de mercenarias con bastante popularidad y uno de los trabajos con el que más había disfrutado era el de joder a los Caníbales del Norte. Su rivalidad se había hecho mítica y estos se habían convertido en una burla por culpa de Banon y sus hermanas.

Estaba petrificada, los ojos fijos en ese maldito tatuaje. Sin darse cuenta se estaba acariciando su propio hombro derecho. En otra época, ella misma había llevado esa marca.

De niña fue vendida por dos cabras. Según su madre, había sido una oferta buenísima.

«Nadie vale más de una cabra y media», fueron las últimas palabras que le dirigió.

Banon se escabulló en cuanto pudo y se enroló en un barco que ponía rumbo a Aniveos.

Fue allí donde la reclutaron los Caníbales.

Nunca olvidaría el día que le hicieron la marca del gremio.

Hoy esa marca había sido borrada a base de cortes y quemaduras, y tan solo era una cicatriz más entre las tantas que tenía.

Aun así, volver a verla le había revuelto las tripas.

Recogió su cuchillo favorito y se dispuso a arrancarle el trozo de piel donde estaba el tatuaje. Se limpió la sangre y lo guardó a buen recaudo.

No quedaba otro remedio, debía deshacerse del cadáver. Cargó con él a hombros y salió de la cabaña.

Vivía en las faldas de una montaña. Era muy escarpada y fría, por eso había decidido instalarse allí. Oculta, pero cerca de la ciudad para hacer negocios y enterarse de lo que se estaba cociendo. Y por eso había mantenido el contacto con el imbécil de Reen.

Llegó a lo que ella consideró suficiente altura y tiró el cuerpo del mercenario colina abajo. Para cuando llegara a la base de la montaña sería un amasijo de carne irreconocible.

Banon se sacudió las manos y puso rumbo a la ciudad.