Hijas de la Sierpe
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Capítulo 1
L a ciudad de Aniveos era como una trampa para moscas: llena de mierda y luz. Banon atravesó el portalón que daba la bienvenida con un: «Aniveos, capital del reino y ciudad de las luces». Un poco más abajo había otro cartel que gritaba: «Cuidado con los carteristas».
«Ciudad de las luces… Claro que sí», pensaba la mujer.
«Capital de la peor escoria del continente».
Aun así, era el mejor lugar para pasar desapercibida.
Siempre estaba abarrotada, era como esconderse a plena vista.
Además, las luces de las calles eran tan intensas que podían cegar a quien no estaba acostumbrado.
Decían que era para iluminar la gran belleza de la ciudad, pero todos sabían que era para evitar que el mundo se fijara en su decadencia.
Las calles principales descendían hasta los muelles. El olor a sal se camuflaba entre los orines que lanzaban desde las ventanas y los perfumes caros que disimulaban la poca higiene de los viandantes.
Banon se había olvidado de que era día de mercado; llevaba posponiendo la visita a la ciudad demasiado tiempo y la mercancía empezaba a echarse a perder.
Día de mercado. Eso implicaba vendedores ambulantes a cada lado de las calles gritando sus eslóganes para atraer a los idiotas.
—¡Compre aquí el mejor crecepelo! ¿Es usted calvo, buen amigo? No sufra más, aquí está la solución: el crecepelo milagroso de Licántropo e hijo… Marca registrada —gritaba un comerciante desde lo alto de un cajón de madera, mientras un grupo de coronillas brillantes le rodeaba.
Banon arrugó el entrecejo, se caló la capucha y se ocultó en el primer callejón que se abrió a su paso.
Comenzó a andar con paso sereno. Se sabía el camino de memoria: dos giros a la izquierda, agacharse y atravesar de lado un umbral de madera ruinoso, otro giro a la derecha y recto.
Cuando ya casi había llegado a su destino el callejón empezó a arder.
El fuego consumía las paredes de piedra y las llamas se alzaban tan alto que parecían fundirse con el cielo.
Ella sacudió la cabeza tres veces y cerró con fuerza los ojos.
Los abrió de nuevo y el callejón volvió a la normalidad. Reanudó la marcha con un gruñido.
Abrió la puerta trasera de los almacenes de Reen el Sucio y entró.
—¡Banon, vieja gloria! ¿Cómo estás? —soltó Reen.
El almacén consistía en una habitación tan oscura como el dormitorio de un burdel. Cientos de objetos extraños adornaban las estanterías que Banon prefería no mirar. Un mostrador de madera ocupaba gran parte de la sala y un hombre con menos dientes que un recién nacido esperaba al otro lado.
—Me alegra saber que no has muerto, ¿cuánto hace que no vienes por aquí? La ciudad te echa de menos, grandullona.
Banon gruñó.
—Venga, mujer. ¿Dónde quedaron las grandes aventuras de la Degolladora de Ormea?
—No me gusta ese nombre —dijo, y dejó caer el fardo enorme sobre el mostrador.
—No te pongas así. —Le sonrió—. ¿Qué me traes?
Rebuscó en el saco y dejó caer fruta y verdura minúscula. Resopló.
—¿Qué? —preguntó Banon.
—Sabes que te compro todo porque te aprecio, ¿verdad?
«Aprecio» no era la palabra. Banon le había salvado el culo en múltiples ocasiones, cuando los dos eran jóvenes y estúpidos. Ahora solo les quedaba la estupidez.
—Supongo. —Se encogió de hombros.
—Oye, Banon… —Se acercó a la barra—. He oído que hay movimiento en el Tiburón Tuerto, tú ya me entiendes.
—No me interesa.
Vació el contenido del saco sobre el mostrador y se lo cargó al hombro. Un rizo pelirrojo se deslizó por debajo de la capucha y lo escondió con rapidez.
—Pues debería interesarte, no estás hecha para esta vida. —Señaló la cosecha—. Se te da de pena, joder. La muerte es tu negocio.
—Ya no me dedico a eso.
—¡Venga ya! ¿Vas a decirme que debajo de esa capa no llevas una docena de cuchillos? —Le dio un puñetazo en el brazo que sonó a dedos rotos—. A mí no me engañas.
De forma automática, Banon acarició la empuñadura del filo que llevaba oculto en el muslo. El número nueve, para ser exactos.
—Los crímenes que cometimos nunca nos van a abandonar, Banon.
Unas sombras reptaron por las paredes. Banon sacudió la cabeza, pero esta vez no funcionó. Necesitaba beber, y mucho.
Le sujetó por el cuello de la camisa. Una que debió de ser blanca cuando la compró.
—Págame —dijo apretando la mandíbula.
—V-vale.
Dejó caer unas monedas, pero ella no lo soltó de forma inmediata a pesar de su aliento fétido. Se quedó a contemplar el pánico en sus ojos, a sentir el temblor del cuerpo debajo de su agarre.
El miedo. A veces echaba de menos esa sensación.
Por fin se decidió a soltarlo, cogió su dinero y se giró para marcharse.
—¡No eres mucho mejor que yo! —gritó Reen.
Lo sabía, no pretendía serlo. Solo quería que la dejaran en paz.