Hija del cielo Capítulo XXXVII #3
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Capítulo XXXVII #3

Un ruido opaco emergió del suelo. Se colaba por los talones de las monjas y atravesaba los cráneos de los curas, como si se partiera en frecuencias distintas.

Las paredes de la capilla desaparecieron por un instante, revelando un océano turbulento.

Una sombra gigante los observaba, una presencia desmesurada y sin sexo.

Fue apenas un parpadeo. Las paredes recuperaron su materialidad, pero nadie podía ignorar ya el olor a sal.

—Enséñame la cruz, curita.

Desprevenido, el padre A lén obedeció. La niña saltó como un gato, con las manos a la espalda. Pegó el rostro al metal.

Alén retiró la cruz.

—Quién eres, monstruo.

—El placebo —respondió feliz la niña—. Soy quien soy.

—¿Quién eres, te digo?

—El hombre es una realidad inescindible de cuerpo, mente y espíritu.

—Las niñas no —repuso A lén.

—Las niñas no.

El padre A lén sostenía la cruz como una espada.

—¡San M iguel A rcángel, ampáranos en la batalla, sé nuestra protección contra la perversidad y las trampas! —El cuerpo de la niña se arqueó—. ¡Pedimos suplicantes la victoria! ¡Príncipe de las M ilicias, devuelve a la grieta original a cuanto espíritu maligno vaga por el mundo!

—¡Amén! —gritó la niña, desplomándose sobre el ara.

El padre bajó el brazo.

—¿Qué voy a hacer contigo, niña?

—Puedes hacerme lo que quieras.

—Nunca —intervino sor M aite, que sabía lo que no sabía nadie—. Haga cuanto se le ocurra, padre. Pero jamás lo que quiera.

Adriana sujetó con fuerza la cabeza de la niña.

—Tranquila, criatura. Y a está.

La niña le clavó la mirada. Cerró los ojos.

La cucaracha aprovechó la confusión para abandonar el lugar.

El padre A lén suspiró. M iró a la niña. Llenó otra vez los pulmones. Retuvo el aire.

Y le clavó el cuchillo en el vientre.

—Fúnebre oscuridad brotada de la tierra como piedra triangular —recitó—, diriges tus pilares huecos a la inmensidad del cielo y lo desgarras con su vértice. —Esperó un minuto—. En este imperio de silencio sólo las más negras aves pueden cantar sin romperlo.

Y ya no dijo más.

Una orquídea roja se abrió en el centro de la niña, desplegándose como una bendición sobre la tela blanca.

La sangre cubrió el ara y se derramó sin prisa por el alabastro.

(La hermana M aite dispuso el cuenco. T amata, incapaz de esconder el entusiasmo, la ayudaba).

Los ojos de la madre A driana no abandonaban los de A lén.

El santo óleo bullía.

Un tañido sordo apagó el ruido y se abrió camino desde el techo para suspender el tiempo en Gabaón.

Cada cual enfrentó entonces su rostro deformado, sus miedos impenetrables, sus deseos indisimulados.

Maite se reconocía mortal.

Salcedo abrazaba la inanidad como una forma de trascendencia.

Adriana renunciaba al amor y abría a la vez el corazón. Su hermana Ángeles, febril, niña, seria, la miraba desde la penumbra.

Humilde era joven y bella. Se contemplaba las manos con asombro rodeada de un bosque de columnas.

Tamata buscaba su propio bosque. No veía nada.

El padre Solitude era un ser sin dimensiones que se deslizaba por las paredes buscando la salida.

Alén, aplastado al fi n por el tardío, contemplaba la herida abierta en la niña.

Todos experimentaron la simultaneidad del pasado, el presente y el futuro de Gabaón, que volvía a erigirse, flamante, desde los cimientos, y a cuyas desplomadas ruinas invadía indiferente la vegetación.

—Mirad todos —musitó sin fuerza— cómo el Señor bendice la lentitud.

La niña se vaciaba.

—Bebed esto —ordenó M aite, haciendo circular un frasco.

Todos mojaron el dedo y se lo llevaron a la lengua.

La niña exhalaba arena en vez de aire. Cada grano contenía un universo diminuto. El tiempo se doblaba. Los objetos refulgían, o tal vez los ojos veían más. T odo fl otaba o giraba o caía o permanecía quieto.

Cada movimiento de la niña era una suave blasfemia.

Alén susurró:

—¿Entiendes, hija mía, que acoges un ministerio de felicidad?

La niña asintió con dulzura.

—¿Qué sientes, niña?

—Un gran amor.

Gabaón era un punto en el espacio , tan inabarcable como el dolor de la niña.

— Puella pars caeli sit —recitó A lén, dejando caer desfondado el cuchillo en el ara. Repitió—: Forme la niña parte del cielo.

—La niña es parte del mar —le corrigió A driana.

—Cállate, A ri.

Alén miraba a la pequeña: exangüe, débil, apenas una cáscara vaciada sobre la piedra fría. Le limpió el sudor de la frente. Le cubrió el cuerpo con la sábana, que se bebió el rojo.

—Tienes que marcharte, niña. Para que vivamos todos. Y a no pecarás nunca.

Una última convulsión. Un último espasmo.

Su muerte ocurrió a la vez en Gabaón colegio y Gabaón aldea.

Sobrevino el resueno de mil tambores; los cristales temblaron con tiritar de dientes.

T odos los gabaonitas, dormidos o despiertos, se fundieron en un acorde mudo que contenía cada segundo de sus vidas.

Cada pensamiento o goce. Cada expresión de amor y duda. Cada pequeño desprecio.

Todos lo entendían todo. Lo entendían de nuevo.

El aire olía a fl ores frescas.

Solitude se acercó a la niña para cubrirle el rostro.

—No —lo retuvo A lén—. No la apures.

Todos callaron.

La niña miraba a A lén con dulzura.

Y dijo:

—Sonrío mucho.