Capítulo I
I
Cuando llega el fi n del mundo, todo vuelve a caminar.
Los amantes se aman sin delirio.
Solitude regresa al camino.
El perro calla.
Los niños estallan de vida.
Las abejas vuelven.
El cuarto recupera su ventana.
El cadáver de la niña rasga la super fi cie del mar y se curva, violento, en la sima negra. Su muerte no es un acto moral, es un acto natural, como una ola que rompe en la orilla. Un delicado desmoronamiento.
El cuerpo martirizado, horas antes organismo de sistemas interconectados, se fragmenta. Las células epiteliales, contorno exhausto, comienzan a separarse. Las proteínas de queratina se desenrollan, la estructura molecular se descompone en cadenas de aminoácidos, ingrávidas como hilos de gasa.
Los tejidos blandos son los primeros en licuarse.
Las fi bras musculares, hechas de miosina, actina, distro fi na, se disuelven para liberar compuestos nitrogenados, festín de la vida microscópica.
Las bacterias se arremolinan sobre los despojos como alquimistas famélicos; aceleran la magia enzimática, la mutación.
Una membrana traslúcida rodea la silueta de la niña, deshecha en verdes pálidos de algas que nacen y en los azules profundos de las corrientes, en los destellos argentinos de la vida nanoscópica, en vaivén perpetuo.
Un pequeño pez iridiscente se aproxima cortando el agua. A rranca con sus dentículos coniformes un fragmento de tejido muscular, tal vez un recuerdo infantil cristalizado en materia orgánica.
Dentro del tracto digestivo, la partícula se descompone aún más, las enzimas convierten las proteínas en aminoácidos. La energía se trans fi ere de tejido a molécula, de organismo a ecosistema.
Quien una vez fue la niña es ahora provisión.
El fósforo de los huesos alimenta el fi toplancton; el carbonato de calcio de la dentadura se integra en complejas estructuras de coral.
Las partículas de zinc, hierro, cobre, selenio, yodo, manganeso, presentes de forma in fi nitesimal en su yo orgánico, son ahora catalizadores para los procesos metabólicos de las algas.
Una diatomea microscópica absorbe los millones de moléculas que una vez formaron parte de su red neural. Se inmolan en su cáscara de sílice, milagro fotosintético que convierte el sol en metabolitos y los metabolitos en azúcares y ácidos grasos.
Crustáceos diminutos descomponen los restos en nutrientes esenciales, absorbidos por las mismas algas que hace un millón de años, tal vez un segundo, insu fl aron vida al mundo.
Los recuerdos se desperdigan y ascienden y se convierten en luz. Crecimiento. Sucesión.
El mar no distingue entre la vida y la inteligencia sistémica del metabolismo planetario. La conciencia de la niña, liberada del peso de la carne, se ensancha y disgrega sin límite.
Su espíritu no se pierde en el mar, se convierte en el mar mismo, vasto e indiferente.
Cada gota es un fragmento de percepción, un estado informacional so fi sticado de señales químicas, gradientes de energía, interacciones moleculares que se comunican a escalas inefables hasta albergar una parte del ser original, que observa, mide y transforma a cuantos lo tocan.
La niña no encuentra en el agua paz ni tormento, sólo existencia.
El colegio sobrevive un tiempo como testimonio de la fragilidad del hombre frente a lo desconocido.
Gabaón es un pergamino de experiencia colectiva, un libro mil veces borrado y mil veces reescrito, monumento a la humana convicción, organismo inmutable de memoria colectiva e inercia institucional.
Paredes empapadas de susurros, historias repetidas.
Pupitres, marcas de tiza, carteles desvanecidos, una muesca en la existencia, la metástasis del recuerdo y la transformación del conocimiento en ente formal y respirante.
Las monjas, alegres y despojadas de ilusiones, pululan por los pasillos como inspectoras de un mundo sin escala en el que la compasión y la crueldad coexisten en armonía; unidades administrativas de una entidad más grande que ellas: información transferida, integrada; un complejo sistema adaptativo de tiza, conocimiento, piedra y moho.
Un limbo psicológico donde identidad y huella, cuestionamiento y revelación, se entrelazan y confunden, y las paredes gotean tiempo.
Alén pasa el invierno mirando el mar. T rata de obtener del horizonte signi fi cado, ya que no redención, a la espera de una primavera cada vez menos posible.
El cielo, gris y cercano, reaviva todas las ofensas.
A lén recuerda aquella aldea que una vez quiso ser Roma y ya no. Cuando todo fue posible.
Adriana lo observa desde los juncos, determinada a cuidarlo por siempre.
Solitude, Humilde, M aite, Salcedo, M aría T amata, guardan sin saberlo añicos de un espejo roto, piezas aisladas de un rompecabezas que ya es parte de su ser.
La belleza prevalece en cada pensamiento. Siempre hay luz.
Atrás las olas. A trás.
Sólo el lago subterráneo vive. A l otro lado del tiempo.
Inalterable.
Constante.
Mudo.
Perpetuo.
La musa ha muerto.
Alba. A lba…