Hija del cielo Capítulo XXXVII #2
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Capítulo XXXVII #2

El padre A lén cerró los ojos, alzó las manos, las extendió.

M usitó unas palabras inaudibles que se perdieron en el aire de la capilla.

V olvió a bajar los brazos. Lentamente. Tocó con el dedo índice el agua del cuenco y lo dejó allí unos segundos.

Contuvo las ganas de removerlo. Se lo chupó.

Se secó en el humeral, que le cubría los hombros.

A bordó las oraciones acostumbradas: las letanías de santos —una lista interminable que empezaba en san Pedro y llegaba a santa Rita de Casia—, los salmos de protección —pastores, abrigos, montes—, hizo la señal de la cruz sobre el rostro de la niña, que seguía curiosa cada gesto, y se encomendó al favor de santa Filomena de Roma, dando así por concluidos los exordios, que claramente lo aburrían.

Después se dirigió a Solitude, A driana, M aite, Salcedo, T amata, Humilde. En los siguientes términos:

—Os he dado poder para aplastar serpientes y escorpiones.

Para que vuestros nombres se escriban en el cielo.

—El cortejo lo miraba atento—. Frente a la experiencia del mal, la obediencia.

Dios no quiere ni tolera ideas originales, ni actos originales.

Dios concibe la constancia, no la iniciativa.

Recitamos fórmulas, no interpretamos. —Con cadencia de inventario, fue diciendo—: A gua sagrada, regeneradora, bautismal, liberadora por sus dones del pecado original.

Sal bendita. —El grupo repasaba cada objeto—.

Santo óleo. Un cuchillo. Sangre hervida.

Alén le reclamó a Salcedo el pie. Salcedo dio un paso torpe:

—E-en los del monte senos escondidos.

—En los del monte senos escondidos —retomó A lén—, cóncavos de peñascos mal formados, de su aspereza menos defendidos que de su oscuridad asegurados.

—Cuya mansión —lo ayudaba Salcedo.

—Cuya mansión sombría ser puede noche en la mitad del día —Alén volvió a chasquear los dedos.

—Incógnita aún al acierto.

—Incógnita aún al acierto montaraz pie del cazador experto, depuesta la fi ereza de unos, y de otros el temor depuesto, yacía el vulgo bruto, a la naturaleza el de su potestad pagando impuesto, universal tributo.

—Y el rey.

—Y el rey, que vigilancias afectaba…

—Aun con.

—Aun con abiertos ojos no velaba. ¡Basta!

—El de sus mismos perros acosado.

—¡Basta, he dicho! Sujetadla. Debo orar.

El padre Solitude y sor M aite se acercaron a la niña. Le ataron las manos a la espalda con un nudo de ciervo, para evitar que huyera a los sueños. La niña quedó de lado con la clavícula forzada. Apretó los dientes.

Alén susurraba cualquier cosa con las manos entrelazadas, la frente gacha, perdida la mirada en el mármol, quizá más allá del suelo. La primera luz del día se colaba por los vitrales pintando de colores rotos los muros de piedra.

Alén volvió a alzar las manos.

—¿Qué hacemos, padre Solitude?

—Resigni fi camos la belleza.

—¿Qué hacemos, hermana A driana?

—Alejamos del mal la gracia. La puri fi camos.

—¿Qué hacemos, hermana M aite?

—Cortamos manos.

—¿Qué más?

—Interpretamos gestos.

—¿Qué más?

—Soplamos rostros.

—¿Qué le pedimos al emboscado, hermana T amata?

—Le pedimos que se incorpore.

—¿Hacemos preguntas, hermana T amata? ¿Dialogamos?

—No.

—¿Qué hacemos?

—Sacamos a la gente de la gente.

—Así sea. ¡Amordazadla!

La niña respiraba nerviosa. Solitude le sujetó la cabeza. La hermana A driana le metió un paño en la boca. La niña se revolvía. Un dolor voraz y nuevo le nacía del rostro y le recorría el cuerpo hasta los dedos de los pies, adueñándose de su entendimiento.

El aire dejó de correr.

La niña estaba inmóvil; su mirada era confusa, encrespada; resoplaba por la nariz. Parecía un cervatillo.

—El servidor de Dios no debe escuchar ni interactuar ni debatir —dijo A lén—. El servidor invoca.

Flaca como un junco, la niña lo miraba.

—En el nombre de Jesucristo, quien deba manifestarse, que lo haga.

El primer temblor fue imperceptible. Un ligero espasmo en el pecho de la niña que apenas pareció alterar nada, aunque el silencio de la capilla se abombó por un segundo. En el centro del latido, la niña recelaba.

—¿Cómo debe ser el servidor de Dios, hermana A driana?

—Paciente, pero no más de lo necesario.

—¿Cómo debe ser el servidor de Dios, hermana M aite?

—Descon fi ado y altivo.

—¿Cómo debe ser el servidor de Dios, hermana T amata?

—No lo sé.

—El servidor de Dios no debe ser mediocre en la oración. No debe caminar desarmado. ¿Cómo debe ser el servidor de Dios, hermana T amata?

—No debe ser mediocre en la oración. No debe caminar desarmado.

—¿Cómo debe ser el servidor de Dios, padre Salcedo?

—Pulcro.

—El servidor no es guía. Con fí a y sostiene. No sana, sólo Dios sana. No se involucra, no teme. ¿Se involucra el servidor de Dios, madre Humilde?

—No.

A la niña, a pesar del atontamiento, le sorprendió la voz de Humilde.

—El servidor de Dios no debe recibir compensación, está al servicio de la razón sólo. ¡Todos!

—El servidor de Dios no debe recibir compensación —repitió el grupo—. Está al servicio de la razón solamente.

—De la razón sólo —los corrigió A lén.

Los demás lo repitieron.

El padre Solitude apartó el cuchillo para que A lén alcanzara el aceite. La niña forzó aún más los hombros cuando A lén la tomó de la cara y le dibujó en la mejilla un triángulo, que al instante se abrió en carne.

—Desprecio a lo sagrado —señaló A lén con neutralidad.

Todos se acercaron a mirar.

—Tan sólo la comunión en el sufrimiento de Cristo sirve para liberar las almas.

—Dudó un instante—. Aliquae animae . —Contempló a la niña con compasión.

Sobre su blanquísimo pómulo palpitaban las tres puntas.

A lén la tocó en la frente—. Discernimiento —dijo—.

Escucha atenta. Certeza moral. Son las armas del servidor de Dios. ¡Dejad que hable!

Maite y Solitude desembozaron a la niña y el mudo empezó a hablar:

—No es aversión por lo sagrado, curita. A petito sólo. T e tentaré y haré caer.

—¿Quién eres?

—Uno de tantos.

—¿Cuántos nombres tienes?

—Francisco, T eresa, V icente, T omás, Clara, M artín, Roque.

—¿Quién de ellos eres?

La niña tardó en responder. A plastada boca abajo, estiró cuanto pudo el cuello sin alcanzar el ángulo que le habría permitido ver a A lén.

—¿Ahora quieres que tenga nombre? —La niña rio con amargura.

—No tan cerca, padre —le advirtió Solitude, que volcaba el peso sobre la niña para inmovilizarla.

—¿A quién perteneces?

—A Dios.

—Dios no te ama, niña.

—¡ MENTIRA !

La pequeña se crispó como una liebre y proyectó la mandíbula hacia A lén. El doble lazo de las muñecas salvó al cura, retirado justo a tiempo.

—No dialogamos, padre —le recordó Solitude—. Ni interpretamos.

Alén volvió a acercarse.

—¿Dónde estás?

—En un hueco.

—¿Qué ves?

—Un gran sol. Devuélvele el nombre, curita.

—¿Qué oyes?

—Un eco fi ero. M írala, curita, está muerta, suda agua helada.

—Padre… —imploró Solitude.

Alén volvía a rezar en voz baja. La niña sonrió, encantada.

—¿Con quién hablas, curita? ¿Te has hecho un tablero de letras? —Sonrió otra vez—. Ojo, curita, lo que nos divierte nos daña. Los pecados son semillas y tú eres suelo fértil.

Alén alzó la voz:

—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, te ordeno que te mani fi estes por completo.

—¡Y su nombre sonó diferente! —gritó la niña, entusiasmada—. ¡Bautismal sacramento cuando una nueva voz te nombra!

—En el nombre de Cristo, yo te expulso.

—No ocupo ningún lugar, curita.

—Di tu nombre.

—Soy el fi nal por medio de la súplica del dominio perecedero de la razón. Devolvedle el nombre, he dicho. Devolvedle el nombre. ¡Devolvedle el nombre! ¡ DEVOLVEDLE EL NOMbrE !

Sacudida de espasmos, la niña comenzó a aullar. No hubo transformación fí sica, sólo súbito desbordamiento de los límites de la cordura.

—Alén, es su fi ciente.

Salcedo ayudaba a Solitude como podía. Las monjas, mucho más sabias, se quedaron donde estaban.

—¡El auxiliar no guía —gritó A lén—, el auxiliar auxilia! ¡Dios libera, no nosotros! —Se volvió iracundo a Solitude—. El servidor de Dios no piensa ni improvisa. ¡Obedece!

Una cucaracha azul miraba a sor Humilde y sor Humilde a ella. T amata susurró:

—Mátela, madre, aplástela. Es una espía.

—Quietas las dos —ordenó M aite.

La niña se dobló por la mitad, pegando las rodillas a las entrañas. Se sacudía en arcadas. Comenzó a expulsar por la garganta una docena de objetos metálicos: anillos, monedas, llaves, que le llenaron de sangre la sonrisa y se la desarticularon. Su voz reptaba como un ciempiés.

—¿Sabes qué hay que hacer para escupir un clavo, curita? —Alén la miraba sin expresión—. T ragarse un clavo. —La niña volvió a reír.