Hija del cielo Capítulo XXXVII
93%

Capítulo XXXVII

XXXVII

Estoy muy débil muy débil muy débil, qué gusto, qué débil soy. Qué bien, me sacan del cuarto, todo es igual que en los sueños. Qué bien. Qué bien, muy bien llego, bien me canso. Bien me canso.

Me han llevado a la capilla, muy pronto, casi de noche, y estaba muy limpio todo, entre la madre A driana y el padre Salcedo me han llevado, pero luego la hermana A driana no podía conmigo o no podía cargarme o no podía llevarme bien, y eso que me cogían entre dos, en silla de ruedas, digo, uno delante y otra atrás, o al revés, no sé, porque resulta que, aunque me sentaban en la silla, pues me caía de la silla, pum, y entonces ha salido el padre Solitude, que qué guapo el padre Solitude, de la capilla, digo, que estaba justo delante, y ha salido a por mí, que no sé cómo se habrá enterado de que me caía, y me ha llevado en brazos así, como a lo fuerte, como si sería pequeña, y el padre Salcedo llevaba la silla él y luego se daba cuenta que era tonto y la dejó tirada en el pasillo y ya, que no sé quién la recogería luego, a lo mejor nadie.

Me cansé.

Pero han pasado cosas antes.

Porque antes, en la habitación, que también puede decirse cuarto, me había lavado la madre A driana, del todo, digo, muy bien lavada, pero que muy bien me había lavado, que me lavó por todas partes como si sería un conejo, ella y T amata y sor Humilde, porque también estaba la vieja, que no es la madre superiora ni nada, aunque a veces parece que sí porque es muy vieja, no sé si lo he dicho ya.

Y la hermana T amata estaba como nerviosa, pero no nerviosa mal, nerviosa bien, como si la haría ilusión estar, como si no quería perdérselo, como si sería jueves o sábado y la dejaban salir a dar un paseo.

Y luego fue un poco raro, porque en la puerta del cuarto estaba Félix, que hacía mucho que no venía y estaba como por fuera, por fuera de la habitación, digo, porque Félix se asoma a veces, por si acaso, cucú, y me han quitado el camisón, que estaba lleno de ronchas y entonces ya no me miraba, llenito de ronchas estaba, para lavarme del todo, que, según la madre A driana, no es lo mismo lavar que limpiar, lavar no es limpiar, me dice, limpiar es otra cosa, criatura, ya verá qué bien se queda.

Y luego estaba Lacruá, que es el perro del guardés, bien sujeto a la correa para que no se me echaría encima, que yo creo que, si le dejaban suelto, va y se me tira a las piernas, para morderme y eso, o a lo mejor para dejar las llagas limpias ahora que ya no me sangran, que a buenas horas mangas verdes, que ya se han quedado quietas y por eso te lo digo. Por si es importante.

Y luego me han lavado con la esponja y todo, y la madre A driana la mojaba en el cuenco bien, que al fi nal resulta que es jofaina, como apretando y soltando, apretando y soltando.

Y entonces ha entrado Salcedo, cuando ya Félix no estaba casi y ya ha dejado de asomarse, o igual es que le dijeron que mejor se iría, no sé, que saldría del cuarto o algo, y la hermana T amata, que también puede decirse M aría T amata y es más fuerte que sor Humilde porque es joven y fuma a lo loco, me estaba como agarrando por debajo de los brazos, para que no me caería, que no me aguantaba sola, que no sé si he dicho ya que no tengo fuerzas casi.

Y sor Humilde me subía así los brazos y la madre A driana frota que te frota, y entre las piernas y todo, y a mí qué, y, cuando metía la esponja en la jofaina, que ya sé perfectamente que se puede decir de más maneras pero ahora me gusta jofaina, pues salía sangre y todo y era sangre del medio de las piernas, y así estaba la esponja, primero seca y luego no, que se la soltaba la sangre como si sería un río y era más negra que roja, aunque me costaba torcerme para mirar, no te creas, y no era jarra ni nada, que era un cuenco o también jofaina, y había que cambiar el agua porque se ponía roja y entonces T amata iba y venía, por lo menos tres veces, yendo y viniendo, yendo y viniendo.

Y luego salió sor Humilde, pero de la habitación, digo, que es muy vieja sor Humilde, y ya no volvió nunca más.

Y me secaban muy bien con una toalla muy blanca antes de que venía Salcedo, que, no sé si lo he dicho ya, pero vino, que a veces mezclo las cosas porque pasan todas juntas o porque van a pasar.

Y entre la madre A driana y sor T amata, que también puede decirse M aría T amata, me metieron en el camisón como si me había muerto, por arriba, digo, pero un camisón muy nuevo, blanco y precioso, que ya sé perfectamente que no se dice camisón, que es más como una túnica, que me acabo de acordar ahora, pero una túnica también es camisón, si te fi jas.

Y entonces vino Salcedo, que entonces ya sí que vino, a ver si lo cuento bien, cuando estaba toda seca y ya llevaba la bata, y, por la cara que puso, estaba, me parece a mí, muerto de miedo, y me sujetaba la cabeza así, como de lejos, y entre la madre A driana y él me ponían en la silla, que era una silla de ruedas, que a saber de dónde era, de alguna monja muerta, seguro, que a saber qué estará haciendo ahora, y no sé muy bien por qué no estaba Félix, para ayudar, digo, aunque al perro se le oía lejos y a lo mejor es por eso que se le había llevado Félix, para que no ladraría.

Y el padre Salcedo empujaba y la madre me agarraba por delante, para que no me caería, porque, como estoy muy débil, pues me caía a lo loco, y, como sor Humilde no está, pues quedaba sor T amata sola, que iba andando por delante, por el pasillo, digo, mirándome como detrás, como para mirar si tenía piernas.

Y me dio por pensar que me caía, que me caía del todo, y casi me entra la risa, yo creo que por imaginación, y era todo un remolino de los que hay en los rincones, cuando se pone a volar todo y se llena todo de polvo.

Y entremos en la capilla, que es como una iglesia pequeña, y al padre Salcedo le costaba mucho, y menos mal que Solitude me agarró, qué guapo, que creo que lo he dicho ya, que estaba esperando dentro, que, si por mí sería, mejor no me soltaba nunca.

Y voy a contar lo nuevo.

Porque estaban todos esperando, todos serios, que me daban ganas de decirles: ¡alegría, alegría!

, pero, como estaba débil, pues no me salía.

Y el padre Solitude me tiró donde la mesa que tienen todas las iglesias, pero despacio, y también en las capillas, que no es una mesa mesa, que no me sale la palabra, y estaba allí sor Humilde, que para eso se había ido antes, te lo digo yo, para coger sitio, que yo de tonta no tengo un pelo.

Y luego estaba el padre A lén, que parecía el jefe de todos, así con la bufanda puesta, que le tocaba morada y ya sé que es un adorno, que no es porque hacía frío.

Y he dicho que estaban todos pero en el colegio viven muchos y además era pronto, de noche casi, que no había salido el sol ni nada, pero estaban todos los importantes, eso seguro, así que, si lo piensas bien, estábamos: el padre Salcedo, la madre A driana, sor Humilde, sor M aite, que no sé si lo he dicho ya pero también estaba, quemando un humo gris, que menuda peste, sonriendo y todo, rara como ella sola, justo donde el padre A lén .

Y luego estaba Solitude, que es el que me puso en la mesa, y me dio mucha alegría cuando me tiró con cuidado, que a mí no me tiran con cuidado nunca, qué gusto cuando te ponen así.

Y luego estaba el padre A lén, que ya lo había dicho de antes, poniendo la jofaina y todo, que no sé si cuando es hierro se puede decir jofaina, y estaba sor M aría T amata, que también se puede decir T amata.

Y el padre A lén abrió un libro muy grande, que era, yo creo, la Biblia, aunque era fi no y muy bonito.

Y entonces cogió la madre A driana y me tiró de los pies, pumba, de los tobillos, digo, porque los tobillos, si te fi jas, también están en los pies, y me tiró despacio, como para no romperme, con cuidado cuidadísimo, para que me estiraría bien, para que estaría bien recta.

Y luego la hermana T amata me puso una sábana doblada, por debajo de los pies, digo, yo creo que por el frío, porque menuda fría la mesa, aunque yo tenía frío de antes, yo creo que por la fi ebre, que me quemaba la cabeza y todo, y a buenas horas mangas verdes, porque me quemaba el cuerpo y a lo mejor es por eso que me costaba tener ideas, que me iban todas en círculo y se me iban y venían.

Y entonces el padre Solitude le preguntó al padre A lén que si no estaba el médico, y por lo visto no.

Y luego que si el obispo sabía algo y por lo visto tampoco, aunque le noté en la cara que no le gustaba que se lo preguntarían, porque por lo visto el obispo tiene que darle permiso, que hay cosas que no se hacen si no te las manda él, aunque ya me dirás tú para qué le necesita el padre si es el jefe del colegio.

Y entonces el padre A lén le contestó que sí, que tenía los papeles, pero se le notaba mucho que se lo estaba inventando.

Y entonces la hermana M aite puso cara de reírse, que igual era por el humo, porque igual le hacía cosquillas, o igual era que había comido sopas, porque hay sopas que, si te las comes, te ríes.

Y entonces el padre A lén se puso a rezar así, como de tapadillo.

Y justo entonces, pum, empezó a dolerme todo. Pum.

Y entonces se pusieron a andar todos, pero como despacio, para donde yo, digo, o a lo mejor a fl otar, no sé, no sé si tenían pies, y daban un poco de miedo, la verdad, pero enseguida se pararon y hasta a mí me daban ganas de rezar, por el dolor sería, o por las velas, que hasta respirar me duele, y ojalá un día la madre A driana me dejaría ser monja y un día me lo aprendo todo y sé contemplar muy bien y voy y apruebo el examen y puedo decir los rezos.

Porque las palabras de las monjas son, si te fi jas bien, las mejores de todas.

Y luego me puse a mirar.