Capítulo XXXIII
XXXIII
Hay lugares —hay días— que convierten las leyes de la fí sica en simples sugerencias. Gabaón nació al margen del mundo y así moriría, tal vez dentro de mucho, tal vez hacía mucho ya.
En aquellos días malhadados, la gravedad cambiaba de dirección sin llegar a alterar las rutinas del lugar; en Gabaón nada lo conseguía del todo; había que limpiar un poco cuando las ollas vacías rebosaban sin explicación o cuando el fl ujo de las letrinas variaba el curso, o cuando los cantos rodados y las cáscaras del maíz, saltamontes en la distancia, se desparramaban desde el cielo como una lluvia fi na.
(Que al fi nal no fueran insectos tranquilizaba a la mayoría, pero luego estaban las piedras, a las que el padre A lén —que sabía por Solitude que eran aportes— llamaba aportaciones, como si fueran ideas amables o contribuciones de la providencia).
De un suave plumazo, la realidad en Gabaón se hizo líquida.
Los pasillos parecían alargarse o se alargaban y ya está. Las habitaciones cambiaban de lugar, con las inevitables confusiones, algunas de orden moral, casi todas prácticas.
Los objetos se transformaban en otros al ser nombrados.
El silencio tenía forma y peso.
La harina del maíz recogido en la tormenta (en Gabaón nada se tira) se tomó por sagrada y como tal era tratada. Las monjas se embadurnaban con ella y espolvoreaban los muebles, que acababan cargados de símbolos.
El padre A lén perdía en esas fechas la noción del tiempo. Sus pensamientos y recuerdos tejían una bruma de autocuestionamiento que aburría a todo el mundo, empezando por él mismo, que ya no se prestaba atención.
La hermana A driana desarrolló una obsesión enfermiza por las llagas de la niña (con las niñas anteriores no había pasado) y dedicaba horas a contemplarlas.
Cuando se recluía en la celda, las dibujaba una a una; para agotarse, decía, y por si escondían mensajes.
Luego se abandonaba al letargo e imaginaba que empezaba a perder partes del cuerpo: primero, un dedo, que se esfumaba sin dolor; luego, la oreja izquierda (las monjas que la frecuentaban no notaban nada, para ellas era normal verla deshacerse, al menos en los sueños, y hasta A driana lo habría aceptado de haber sucedido de verdad: es propio de la gente del norte tomar las cosas como vienen, poco hay que discutir de lo que simplemente es, parezca o no posible).
También el padre Salcedo se agitaba en su cama de célibe, o en el suelo de la capilla, donde, martirizado de insigni fi cancia, buscaba consuelo.
Los deseos reprimidos ya no lo espantaban.
El frescor del mármol le recolocaba los órganos, a los que de buena gana habría renunciado para asegurarse una desaparición pronta. La idea de la muerte lo aliviaba.
La hermana M aite descubrió que las hierbas crecían con furia inexplicable.
Cuando trataba de arrancarlas, volvían a crecer.
M aite descon fi aba de sí; recordaba el año en que un hongo microscópico llamado Illusio mycelium escapó por error de uno de los frascos y, ¡plop!
, cayó en el depósito del agua, liberando esporas que provocaron, según registró con gozo, alucinaciones fecundas (si bien ella misma evitaba los saltos en el espacio-tiempo, tal vez para conservar la cordura, tal vez para mejor disfrutarlos cuando se producían solos; con culpa, pero sin restricciones).
Una mañana descubrió una planta que crecía del revés y se hundía más y más en la tierra.
T rató de perseguir las raíces, pero, pasados los diez metros, comenzó a sentir miedo.
¿Por qué bajaste?, le preguntó sor A driana.
Porque sí.
¿Cómo bajaste?
No lo sé.
¿Por qué volviste?
Había alguien allí. En la oscuridad. Me miraba. Sentí miedo.
¿Cómo bajaste?
Saliéndome del cuerpo, tonta.
Los remedios de sor M aite eran ahora venenos útiles que revelaban verdades a través del sufrimiento.
Alén, A driana y Salcedo descubrieron que sus sombras cobraban independencia. M uchos las vieron reunirse en la capilla, aunque nadie osaba interrumpirlas, tampoco sus dueños legítimos.
La atmósfera en Gabaón, raramente hostil, se volvió opresiva.
Las paredes sudaban limo.
El aire tornó denso y salado.
Los niños del colegio compartían pesadillas, fantasías de ahogamientos; soñaban con seres mucilaginosos que se revolvían en la negrura.
¿Criaturas marinas?, preguntaba A driana, que nunca había sido tan curiosa.
No hay tales criaturas, zanjó A lén. No existen; se llaman peces.
Los niños desarrollaron habilidades raras: podían cambiar el lugar fí sico donde guardaban las ideas, o alterar la función de los sentidos, ver con los oídos, oír con la piel.
Se volvieron indiferentes. Sus pasos eran bramidos; sus voces, un roce distante; pasaban por esencias puras que, varias semanas después, recobraban la sensualidad y, con ella, el cuerpo (expuestos al in fl ujo de la niña, comenzaron a actuar sin restricciones).
Sus juegos eran rituales que horrorizaban a los adultos.
Todos en el colegio sentían la presencia de la niña; en la piel, en el ánimo, en el intento; también Solitude; una presión contumaz que erosionaba el pensamiento de cualquiera.
Es un agujero negro, decía de la niña Solitude, que permanecía inmune a las alteraciones del lugar, al menos en apariencia. Aunque sólo pensaba en marcharse.
Gabaón devino lugar soñado, o soñado en gran medida, con existencia en la suma de inconscientes, más que de almas. Un microcosmos aislado del mundo. Un barco varado en la niebla espesa.
Fueron semanas estériles de ocho días, con dos agujeros que se supiera: uno en el calendario y otro en la memoria.
Nadie quiso recordarlas cuando todo acabó, cuando cada cual logró —también A lén y A driana— recuperar sus vivencias, o la mayor parte de ellas, y hasta encontrar el modo de recoserlas.
La madre A driana y el padre A lén contemplaban en pie el mar, quieto aquel día, desde una de las terrazas del colegio, vacía de cuanto no fueran restos de líquenes, lambrijas, hojas secas, tierra.
Un banco opalino más propio de un jardín galés esperaba en balde que alguien lo ocupara.
El sol se las arreglaba para atravesar la nube in fi nita, moteada aquí y allá de oscuridades, que tamizaba la luz y hacía que la pareja pareciera más joven. La brisa les mecía los hábitos.
—Esa criatura, A lén…
El padre A lén le rozó el brazo.
—Ari.
Ella se apartó sin brusquedad.
—Debes llamarme A driana. —La monja dirigió la vista al cruceiro de la entrada, piedra y liquen. Luego añadió—: La niña me pregunta. No sé qué decirle.
—¿Podré bajar al lago, A ri? ¿Podré verlo algún día?
Adriana lo ignoró, como él parecía hacer con ella. Le contó que la niña quería saber si todo seguiría igual.
—¿Igual que qué?
—Igual que ahora.
—¿Qué le has dicho?
—¿Qué debo decirle?
Alén miraba el hombro de A driana, pulcro, limpio. T an cercano. Se imaginó apoyado en él.
—Seguirá siendo así —le dijo—. Si nada cambia.
—¿Va a cambiar algo?
—No.
La madre apretó los labios, resucitando surcos antiguos.
—Me pregunta desde cuándo es así.
—¿Qué le has dicho?
—No le he dicho nada.
—Ya nadie lo recuerda. —Volvió a extraviarse en el hombro de A driana—. Un pecado engendra otro, que engendra otro, que engendra otro. ¿Me enseñarás el lago, A ri?
—¿Son mejores las niñas ahora?
—¿Te lo ha preguntado ella?
—No.
—No lo son. O lo son sólo para algunas cosas. Son distintas. Ella es distinta.
—¿Debo decirle eso?
—No.
—Me pregunta por qué a ella la atamos y a los niños no; por qué a ellos no los encerramos en cuartos ciegos.
—Al fi nal siempre preguntan. —La madre no necesitó asentir—. ¿Qué le has dicho?
—Que sí lo hacemos.
—¿Se lo ha creído?
—No.
—Niña lista. ¿Qué le has dicho después?
—Nada.
—Ari.
—Le he dicho que con ellos no funciona.
—¿Se lo has dicho así?
—Claro que no, no le he dicho nada. Pero habría querido decírselo. T ambién habría querido conocer la razón yo.
Adriana le preguntó a A lén por qué los niños no valían.
—La respuesta a eso se ha perdido. —Alén re fl exionó un instante—. No tienen su fi ciente verdad dentro, o tienen menos verdad. Su luz es otra. Los niños conservan los valores, el aspecto moral de las cosas. No es poco.
—¿Le explico eso?
—No lo entendería.
—Tampoco lo entiendo yo.
—No le digas nada, entonces.
—Le diré la verdad.
El padre A lén le preguntó qué verdad era esa.
—Que a ellos no podemos cambiarlos por lo que necesita el mundo.
El padre A lén le dijo que él mismo no sabía qué necesitaba el mundo. La madre A driana contestó:
—Simetría.
Alén la tomó de la mano. Ella volvió a liberarse. A lén miró el pretil.
—Nadie sabe nada, A ri, ni siquiera esa niña alunada. Y a nadie le importa. Llévame al lago.
—No.
—Quiero verlo. Querría. M e gustaría.
—No existe.
—La niña lo ha visto, A ri.
—Miente.
—¿Me lo dirías si existiera?
La madre lo pensó un segundo.
—Sí.
—No te creo.
—No importa.
Alén escarbaba en las palabras.
—Si te hago una pregunta, ¿serás sincera?
—Sí.
—¿Me lo juras?
—Te lo juro. —Adriana se preparó para mentir.
—¿Por qué crees que hay hojas aquí, en la terraza, hojas mustias, hojas ajadas y secas, espantosas? ¿Cómo han llegado tan arriba?
—No lo sé. —Y no lo sabía—. La muerte trepa y lo alcanza todo. —Volvió a vacilar—. T al vez lo sepas tú.
—Yo no sé nada, te lo he dicho. T ú eres quien lo alcanza todo.
Adriana le hizo saber que no alcanzaba nada. Y luego le recordó:
—Debes llamarme A driana.
La monja se quitó las gafas, las alejó de sí, se las colocó de nuevo (los ojos recuperaron el tamaño). Luego le preguntó a A lén por qué estaba tan enfadado.
—Siempre estoy enfadado.
—Nadie te hará caso así.
—Todos me hacen caso, A ri. Contamino con mi enfado el mundo, por eso me escuchan todos. Por eso me canso tanto.
—Tú no te cansas.
—Hoy sí.
—Sabes que no puedes cansarte.
—Y, sin embargo, me canso. —Miró los pies de ambos.
Paralelos. Próximos. Quiso imaginarlos punta con punta—.
Demasiado tiempo, A ri. M uchas veces sucede que…
—Alén decidió callar. Contuvo el deseo de abrazarla—.
Nada tiene ya sentido. Nos repetimos, A ri.
Hacemos una y otra vez lo mismo. Y a no nos preguntamos nada.
Alén le explicó que la música era también así. Repetición con propósito. A driana no lo entendía, pero buscó dentro de sí y descubrió que le gustaba. Se imaginó cantándole.
—¿Todo es así? —le preguntó.
—¿Repetición? Sí. A unque no sólo. La insistencia le da a la melodía vida nueva; aclara el manantial, su fl ujo; lo ancla para que todo marche.
Pero ha de ser más que contorno. Hay… —El padre A lén buscaba el término—.
Cuando todo es ostinato, ya no hay música, es sólo trance.
Pulso y desintegración, desintegración de la conciencia. —Sacudió la cabeza—. No sé qué digo.
—¿Qué es ostinato?
—Lo has mencionado tú.
—Claro que no.
—Da igual.
Adriana estuvo de acuerdo en que daba igual. Luego añadió:
—Nunca me has hablado de la música.
—Has sido tú.
Adriana lo ignoró de nuevo.
—Nunca lo haces.
—Hoy sí.
—Háblame de la música, A lén. M e gusta oírte. —Luego repitió—: Nunca lo haces.
—La música da igual, Ari, aunque sólo lo que no importa sirve. —Volvió a agachar la cabeza—. La música es para ignorantes o para cientí fi cos. No para ti, tu alma es distinta. T u alma es de otra condición. Otra sustancia. —Alén no se atrevía a mirarla—. Pienso en cómo suena todo. Estos días.
—¿Por qué te importa la música?
—No lo sé. No sé por qué. —Alén parecía irritado—. Encuentro explicación en ella. A veces.
—Sigue.
Alén arrugó la frente.
—Puedo verte el cerebro, A driana. A cabo de parar el viento, ¿no lo ves? Lo he parado yo. V eo todas las preguntas del mundo detrás de esas gafas tuyas. ¿Con fí as en mí, A driana?
—Me gusta cuando me llamas A driana. T e quiero más.
—¿Más que al mundo?
—Más que a mí.
—¿Más que a Dios?
—No puedo quererte más que a Dios.
—Yo sí puedo. ¿Con fí as en mí?
—Te con fi aría la vida.
—¿Por qué?
—No sé por qué. Da igual por qué.
—Cuando me equivoco, ¿también?
Adriana sonrió.
—Sobre todo cuando te equivocas.
—Yo sólo quiero hacer suelos.
—Yo sólo quiero hacer pan.
—Te he fallado muchas veces.
—Y qué.
—Te he traicionado.
—Nunca.
—No deberías tener fe en mí. Deberías perdonarme menos. ¿Por qué sigues conmigo, A driana?
—No entiendes a las mujeres. Entre la con fi anza y la muerte no hay nada. No puede haber nada. Una con fí a o se va. Y , hasta que se va, con fí a.
—No te merezco.
—No. A unque ni siquiera me conoces.
—Te conozco más que a mí mismo.
—Eso no es mucho.
—Háblame de ti.
—No.
—Hazlo, A ri. Una vez más. Una sólo.
Adriana sonrió maternal. Le dijo:
—Vivo una lucha incesante entre el anhelo de ser y esta repulsión que me consume. M e cuesta evitar los actos de humillación. Hacerme daño. A ceptaría con gusto toda penitencia, toda degradación. T engo el cuerpo falto y espantado.
En los ojos de ambos ardía un fuego hambriento.
—¿Por qué no lo haces? —le preguntó él—. ¿Por qué no te rindes, como yo?
—Porque tú no te rindes, A lén. —Se lo pensó un instante—. Y porque hay luz. Siempre hay luz.