Capítulo XXXII
XXXII
Hoy he hablado mucho con el padre A lén, pero porque el padre A lén ha querido; estaba muy parlanchín el padre A lén, pero no parlanchín como padre, que le daba a la lengua de lo lindo, por el jarro, estaba parlanchín, no sé, como asustado, me parece, o no asustado, a lo mejor no es eso, a lo mejor es como cuando notas que hay tantas cosas por dentro que no sabes dónde ponerlas y las pones todas juntas, pero en cualquier sitio.
O como cuando te pasan caballos por encima. No sé cómo explicarlo.
Y entonces hablemos mucho yo y el padre A lén, pero del padre Solitude, porque al padre A lén le dio la gana, te lo digo yo, que es como si le molestaría cualquier cosa, y yo le notaba, no sé, como que no quería que Solitude sería más guapo que él, aunque la ropa le queda mejor al padre A lén, eso también te lo digo, que no sé si la llevaba puesta cuando hacía las casas, igual no, para no mancharla, que yo creía que la ropa es más bonita en los guapos y en los ricos pero al padre A lén le queda como si la llevaría puesta de siempre, como si sería suya de antes, de antes del mundo, digo, como si sólo puede llevarla él, o como si antes de nacer ya le fueran dicho que va a tener esa ropa siempre.
Y luego me dijo muchas cosas, porque a veces el padre A lén se explica y a veces no, y esta vez era que sí, y me explicó que faltaba ya muy poco, ya falta poco, me dijo, justo así, a saber para qué sería, y lo lamento mucho, dijo, porque le daba pena por mí, aunque yo notaba mucho que le daba más por él, y me dijo que yo era cualquiera y que no era cualquiera a la vez, y que a veces, cuando habla con el padre Solitude, le cuenta lo que le he contado yo porque es importante, me dijo, y me lo decía muy serio, como si yo sería distinto, aunque yo distinto no soy, que por eso no me quejo ni nada cuando me duelen los huesos, que un día se me van a romper y ya verás tú la que se lía, que se me van a salir de golpe, te lo digo yo, que las llagas cada día sangran más y un día se me va a salir el mar por las heridas y patapum, y luego por la ventana, aunque no haiga ventana, patapum, ya lo verás, y se va a liar pero muy grande, muy grande se va a liar, te lo digo yo, que cada vez olemos más a mar todos.
Y a veces cuando le pregunto cosas va y cambia de conversación, o a lo mejor es que no entiende bien, porque eso pasa mucho, que a lo mejor sueltas algo y unos te entienden y otros no, o entienden lo que ellos quieren, como si no te oirían, o como si no estarías haciendo fuerza para que te entenderían, no sé si me estoy explicando, yo creo que no. Pero esas cosas pasan.
Y entonces le pregunté por las niñas, así de golpe, las niñas, dije, patapum, sin saber por qué ni por qué no, las niñas, las niñas, las niñas, como si sabía perfectamente lo que decía, y se llevó un susto morrocotudo y se me quedó mirando fi jo como si me conocía de antes, o como si se daba cuenta de que, si preguntaba eso, pues por algo sería, como con don A nselmo, que, cuando le preguntas algo y a lo mejor es de otro curso, pues te lo explica igual, porque, si se lo has preguntado, pues por algo será. Don A nselmo hace eso.
Y el padre A lén me dijo que las niñas son un desastre, un desastre son, me dijo, no me sale ni una buena, dijo, más que harto estoy de las niñas, tú incluida, aunque yo le notaba que no estaba harto ni nada, y me dijo que las niñas son igual que los su fl és, me dijo, su fl és, su fl és, su fl és, que a saber lo que es eso, imagínate un cuoco, me dijo, que está preparando un su fl é, y yo le pregunté qué es un cuoco y él me dijo que igual que un cocinero pero en Roma, y yo le dije que por qué no decía cocinero entonces y él me miró como si sería tonta, pero a lo mejor el tonto es él, que a ver si el bacalao es oveja.
Y ya no me atreví a preguntar qué era un su fl é.
Y me dijo que me imaginaría un cuoco que prepara un su fl é cada año y que imagínate, niña, que cada vez que le hornea el su fl é crece y crece y tiene una pinta perfecta, pero perfecta, dijo, perfectísima, me dijo, yo creo que para hacerme burlas, pero que dura muy poco, dijo, porque enseguida se pincha, y menuda faena, pensé, que a saber qué es un su fl é, pero, si se desin fl a, seguro que es un bizcocho.
Y que me imaginaría, dijo, imagínate, me dijo, que un día al cuoco le queda el su fl é de rechupete porque le queda hinchado para siempre, ¿te imaginas, niña?
No sé si dijo de rechupete. Y yo me lo imaginaba, pero a mi manera, porque a saber lo que es un su fl é, pero no quise decírselo, que yo tonta no soy.
Y suponte, niña, dijo, que ese logro crucial, dijo, como si hablaría por la radio, se convierte en un misterio porque el cuoco no sabe qué hizo ese día de distinto, y a mí entonces me dio mucha pena el cuoco porque tiene que ser un desespero que las cosas te salen bien y no sabes por qué.
Un desespero. A sí que, si sucede eso, cada intento de su fl é será como una fl or marchita, que a veces al padre A lén le da por hablar fi no, hasta que al fi nal, me dijo, hay una que dura y dura y logra revelar, me dijo, su auténtica belleza.
A sí me lo contó, como lo estoy diciendo ahora, que yo tonta no soy, que me acuerdo de todo si quiero y, si no, de lo que me conviene.
Y entonces le pregunté, porque ya no podía aguantarme las ganas, que qué es un su fl é, y se puso hecho una furia y a echar espumarajos por la boca, porque a veces al padre A lén se le va a cabeza, te lo digo yo, y me dijo que a él no le había salido un su fl é bien en la vida, pero en la vida, dijo, que el hombre es un animal simbólico, niña, así, sin venir a cuento, y empezó a llamarme de todo, de cucaracha para arriba, como si le habían abierto un grifo, y empezó a explicarme, por ejemplo, que una niña se le había quedado tonta por no vigilarla bien, pero que era por culpa de sor M aite.
Y que a otra se la habían caído las piernas, pero eso no lo entendí muy bien.
Y que otra se le había vuelto turulata. Y que la guardaron el brazo a la más buena, pero después de muerta ya, para ver si se pudría o no. Y sí que se pudría.
Y luego me contó una historia de cuando era chico él, de cuando tenía ocho hermanos en V alceña, que es el pueblo del padre A lén, que está cerca de Ojácar, igual que el mío es Orate, que, si lo piensas, se parecen, Ojácar, Orate, y ahí la lio una abeja que fue y la picó a la más chica, que se llama Águeda, me dijo, y allí se quedó la hermana, bien quietecita, sentada junto a la fuente, A guedita la llamó, con la cara bien hinchada, esperando a morirse, dijo, porque en aquella época no se hacía caso a la gente ni se iba al médico ni nada, y menos aún en los pueblos, y, si se moría la niña, pues ya está, se llevaban el disgusto todos pero había cosas que hacer y el campo es muy di fí cil.
Y a veces el padre A lén iba donde A guedita un rato, aunque era muy pequeño, para ver si se moría o no, y le pasaba el brazo por encima y ella, como notaba que se moría, pues le miraba como blanca, y él seguía a lo suyo, porque, como era la cosecha, pues no se podía parar ni nada.
Y no sé qué pasó al fi nal pero resulta que la niña se desin fl ó, igual que el bizcocho, y, mira tú por dónde, pues al fi nal habían tenido razón todos y ya está, pues a otra cosa.
Y no sé por qué me contó eso, la verdad, ni por qué me acuerdo yo, porque no se le entendía casi, y empezó a repetir: el hombre es un animal simbólico, el hombre es un animal simbólico, como si estaría majara, que yo creo que es lo que estaba, y a mí qué, le dije yo, como siguiendo un pronto, sólo que de verdad no se lo dije, porque yo tonta no soy.
No me atreví. Y al fi nal sí que me atreví y menudo sopapo me llevé. Para mí que merecido.