Capítulo XXIX
XXIX
La gente, si lo piensas bien, es como las piedras de los bolsillos: a veces no valen para nada, sobre todo si quieres correr, que menuda tontería, pero a veces le tiras una a alguien y entonces, patapum, ya has ganado.
Y yo creo que para eso hay gente, para que por lo menos haiga una para cuando hace falta, que la gente sirve para muchas cosas, te lo digo yo, alrededor y fuera y donde sea, y en el colegio y en todo, y en Orate, y, como estoy llena de voces, que ya no tengo vacíos hasta que un día, pumba, llegue el gordo, catapum, que así lo ha dicho el padre A lén, el vacío gordo ha dicho, qué risa, que seguro que luego no es tan gordo, y a lo mejor se le ha escapado porque, si te fi jas bien, me lo ha dicho sin querer y ¿qué estaba diciendo?
, ah, sí, que tengo como gente discutiendo, como si tendría gente en los bolsillos y en la tripa, y donde sea, y entonces estoy contenta y muy contenta y muy triste, aunque no sé si tengo gente o es sólo que hay muchas voces, porque es distinto, así que muchos días me callo y YA ESTÁ AQUÍ Y A ESTÁ AQUÍ no es que estaría nerviosa, no es eso, que ya sé perfectamente que hay otra palabra para eso, es más como tener la cabeza para fuera, no sé cómo decirlo, como tenerla donde está pero también en otros sitios, no sé si para eso hay palabra, yo creo que no, yo creo que para eso tienen que ser muchas palabras a la fuerza, y claro, como se me nota todo, pues ahora me están encima todo el rato, ahora no me dejan sola, por si acaso, que es lo que acabo de decir, y estoy siempre en el cuarto aunque no me limpian, y las monjas que vienen me miran quietísimas desde la silla, no sé si es quietísimas o quietecísimas, y ya sé que no es silla, que lo sé perfectamente, y me miran y me miran como si me pasaría algo pero también como normal.
T odo junto. Y sor Humilde también, que ahora viene más que antes, que no es la madre superiora aunque es vieja vieja vieja vieja y tiene la cara así.
Y luego está M aría T amata, que es amiguísima mía y se pone muy contenta y a veces es amiga de más gente y oye cosas.
Y luego está la madre A driana. Y luego está sor M aite, que también me cuida mucho, aunque ella dice vigilar y luego se toca el ojo con la sonrisa esa.
Y luego está el padre Salcedo, que se inventa los refranes y los repite y los repite, que antes me gustaba más y ya no, dime tú por qué.
Pues a saber. No me lo digas. Y luego está más gente, que creo que ya lo he dicho.
Y a veces me duelen las heridas y me duelen tanto tanto que a veces me echo hasta a reír, que me pasa desde chiquituja, que me duelen los huesos desde siempre, no sé si lo he dicho ya, o cuando le hago algo a alguien, que a veces me da por reírme, a saber por qué, venga a reír, venga a reír, como una loca me río, y a veces también estoy con pena y es cuando más me río y cuando más me sangran las heridas, que ahora son heridas llagas y ya no se me ponen secas.
Y a las monjas las gustan las heridas, te lo digo yo, aunque a veces sólo quieren saber si estoy atada, por mi bien, y se agachan por eso, seguro, y me las curan lo mismo, que menuda se queda luego la jofaina, no sé si es jofaina, yo creo que no, yo creo que es jarra pero me sale jofaina, a saber por qué, la próxima vez me fi jo, porque los nombres son importantes, no sé si lo he dicho ya, y los de las cosas también, que todos tenemos nombre y las jofainas igual, y, si no llamas a las cosas como son pues es como si no existirían.
Y un día me dijo sor M aite que qué llagas más lindas, dijo, que qué llagas primorosas, como si serían todas buenas o por lo menos estarían bien puestas, que a veces la dan chaladuras.
Y el padre A lén me dijo que son mapas de dolor, mapas de dolor, me dijo, vaya cosa, que menudo serio se puso y yo eso ya lo sabía, que a veces el padre A lén hace como si se inventa el mundo y por eso me río.
Y un día vino el médico, que no es ni cura ni es nada, y no estaba preocupado, que estaba como si fuera visto muchas cosas y ponía la cara así y me miraba las manos y las rodillas y me lo miraba todo y, como se puso cerca, pues el padre A lén no le quitaba ojo, que me fi jé muy bien, y el médico ni oste ni moste, ni mu dijo, ni pío, sólo que sí con la cabeza, y les dije a los dos en alto, porque me atrevía con los dos, que por qué estaban callados, así, como si sería un secreto, y ellos ni mu, que si quieres arroz, Catalina, y entonces se dieron la mano como si serían futbolistas y, el médico, pues chimpún, pues a otra cosa, mariposa, como cuando parirías un cordero, no tú, vamos, quien sea, que también se puede decir borrego, y sale atravesado a veces y a veces sacas el cordero y a veces no, o le saca alguien que ha venido a casa de noche para sacarle y luego, zas, sale el cordero y el hombre le da la mano al dueño y ya está, sin limpiarse ni nada, que no sé si las mujeres pueden parir corderos, yo creo que sí, pero porque lo he soñado. Cosas más raras se han visto.
Y una vez, como estaba muy nerviosa, empecé a hablarle al padre A lén de las gallinas nuestras, no sé por qué, porque en Orate tenemos, que cualquiera se compra un borrego con las cosas como están, aunque en el pueblo hay dos, borregos, digo, y muchas veces entonces me acuerdo de las gallinas.
Y le conté que un día, allí en la casa, en Orate, digo, había una gallina que no sé cómo sería pero las demás gallinas la tenían una manía tremenda y la hacían la vida imposible, ¿por qué?
, no se sabe, ¿por qué?, pues a saber, pero eso es una cosa que pasa, que a veces las gallinas la cogen manía a una gallina y a por la gallina todas.
Y una vez la gallina, no me digas cómo, amaneció como enganchada al alambre, que estaba como temblando, como muerta de miedo estaba, y fui y la solté y ya está.
Para ver qué hacía. Y al día siguiente, patapam, pues ya estaba colgada otra vez, con las patas rotas y todo, que qué listas las gallinas, como de la pared o así, vamos, de la pared no, del alambre, y llamaba mucho la atención así colgada y no me esperaba yo que eran tan listas las gallinas, que cómo lo habrán hecho, pensé, qué listas las gallinas estas.
Y eso es lo que le conté al padre para que se reiría o algo, y el padre A lén ni mu, no sé si lo he dicho ya, sólo callar y oír, y luego me preguntó que qué me parecía a mí la historia, que si sacas algo en claro, niña, como si las historias signi fi carían cosas, y entonces me acordé del gallo, que era un chulo, aunque era un gallo normal porque son un poco chulos todos, si te fi jas, para que no se les revolverían las gallinas, y, como no quería meterme en cosas suyas, que para eso soy muy mirada, ni en cosas de gallos ni nada, que a saber quién tiene razón, pues le dije que muy hartas tenían que estar las gallinas para hacerla esas cosas a la gallina, que ni se imaginaba, le dije, lo bien colgada que estaba.
Y me preguntó otra vez que qué pensaba de todo, como para saber con quién iba, y me volvió a pedir, porque se acordó de golpe, que le llamaría padre, que llevaba un rato sin decirlo, y yo, por más que pensaba, por más que pensaba, por más que pensaba, que hasta me dolía la cabeza y todo de pensarlo, pues no me salía nada.
Y lo que de verdad pensé, que eso sí que me acordaba, es que esa noche cenemos gallina, con sopa de primero y todo, más rica que las de sor M aite, que ya sé que son distinto, que yo tonta no soy, pero me las bebo igual.
Y entonces le dije al padre A lén que si había llegado Solitude, al colegio, digo, que si ha llegado ya, le dije, y me dijo que le llamaría padre, porque volvía a acordarse ya siempre, y ¿está ya en el colegio?
, le dije muy seguido, para que no se olvidaría, ¿está ya en el colegio?
, ¿está ya en el colegio?, ¿está ya en el colegio?
, y el padre me preguntó que cómo sabía que venía y, claro, pues me extrañó, porque el padre sabe que sé cosas, así que le miré y ya está, contentos todos, que para qué voy a decirle nada si aquí no es tonto nadie, y qué guapo el padre Solitude, le dije, y al padre A lén le dio igual, pero se lo dije lo mismo porque me apetecía. Que qué ganas de verle, le dije.
Y un día la madre A driana, porque el padre A lén se fue muy pronto y ahora los días pasan rápido y lo sé perfectamente porque a veces cierro los ojos y yo también paso rápido, un día me dijo que si oía el mar ya y yo le dije que sí, que había vuelto bastante, y que también el lago, que a veces le oigo también, y la madre puso cara de asustada, o como si estaría asustada, vamos, como si no quería que la diría…
, o como si no quería que…, no sé cómo se dice, hay frases que, si no son de cosas que pasan ahora, son muy di fí cil de decir…
, como si la da la preocupación o algo que la diría lo que la decía, o que me pasaría eso, como si se preocuparía por culpa de tanta agua o algo.
Es muy di fí cil. Y entonces noté de repente que me quería un poco.
Y entonces la dije que me soltaría ya si quería, a saber por qué se lo dije, porque estaba perfecta.
Y entonces me puse a llorar, pero a llorar sin decir, como si me dolerían las correas, como para engañarla, porque en verdad no me dolía, me dolían más las llagas, no sé si lo…
¡Ah!, y un día me salieron heridas llagas en las manos por donde la parte de lo blando, por los dos lados, vamos, y menuda se montó, que me las vio sor Humilde, que tiene la cara colgando, aunque ella no dijo llagas porque ella no dice nada, y salió al pasillo pitando, pero que pitando salió, menuda escandalera, que hablar no hablará la vieja, pero bien que corre.
Y entonces llegó el padre A lén sin hacer ruido ni nada, que a él sí que no se le oye nunca, con el padre Salcedo bien pegado, y a Salcedo sí que se le oye porque va dándose con la sotana, paf, paf, y el padre A lén fue derecho a la pared y puso recto el cruci fi jo.
Y , cuando me vio los brazos, pues se calló el mundo de golpe, no sé cómo decirlo, patapum.
Se calló todo. Porque el padre A lén hace eso si quiere.
Y le dio a Salcedo el maletín, que venía con el maletín, no sé si lo he dicho ya, que a veces viene con él y a veces viene sin él, y me dijo que con quién soñaba, así de golpe, y el padre Salcedo, que estaba justo detrás, no sé si lo he dicho ya, lo apuntó en un cuaderno todo y se puso el maletín en el sobaco para escribir mejor y le costaba bastante.
Y entonces le dije al padre A lén que soñar soñaba con mucha gente pero que ya se lo había dicho, y el padre A lén me miraba pero se le notaba mucho que Salcedo estaba ahí, porque no decía según qué, y me preguntó otra vez con quién sueñas, niña, porque si al padre Alén se le mete algo en la cabeza no suelta ni a la de tres, y, como no sabía qué más hablarle, pues le conté lo de la monja antigua que venía a verme a veces, que no sé si es monja o es la V irgen, la grande grande, la que nunca dice nada.
Y me dijo que si venía alguien más, como si sabía que había más gente seguro, que qué listo el padre, y le dije que estaban los curas de siempre, los que no eran del colegio, y que me seguían mirando, unos días mucho y otros menos, y le dije que había un cura viejo que tenía ojos de perro y que tenía la cara así, como de haber tenido muchos dueños, pero no la que ponen las personas justo antes de que las claves algo, la de luego, la de cuando se llevan la sorpresa.
Y me preguntó también que si no me molestaba que me mirarían tanto y yo le dije que a mí plim, que me mirarían si querían.
Y entonces le pregunté que si iban a venir muy pronto y que por dónde se iban ya, y que por dónde iban a entrar si aquí no hay ventana ni nada.
Y que si cabían todos. Y el padre me dijo que no, que iba a intentar que no vendrían, y, cuando le pregunté por qué, me dijo que no hablaría tanto y que le llamaría padre, así que le pregunté lo mismo como cien veces seguidas, una vez y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra, como para volverle loco, como para ponerle de los nervios, aunque el padre A lén no se pone de los nervios nunca porque le da igual todo.
Y entonces se puso a hablar él aunque no se le entendía ni jota, porque al padre A lén a veces no se le entiende ni jota, y me dijo que no me preocuparía, que los tiene a todos vigilados, y yo le dije que vale, pero que se les notaba igual, como si les llevaría en el bolsillo, y él me dijo que para eso era Solitude, para que se estarían quietos, para que no se acercarían, como si no le importaría ya que sé que está en el colegio.
Y le pregunté otra vez que para qué es Solitude, pero por volverle turulato sólo, que a veces me gusta pincharlo, y él nada, a lo suyo, que si Solitude ha venido para que no vendrían ellos, y vuelta la mula al trigo, así un buen rato los dos, como si seríamos tontos.
Hasta que nos cansemos. Y entonces le dije que por mí que vendrían, que, cuantos más, mejor.
Y él me dijo que vale, que lo que yo diga. Pero que, si vienen, me matan.