Capítulo XXVIII
XXVIII
En Gabaón nadie decía otoño, sólo a veces el padre A lén, que al fi n y al cabo era de V alceña (en el sur las cosas son distintas), los demás lo llamaban el tardío.
El tardío no avisa con cometas; si el cielo es de la primavera, en el otoño sólo importa el suelo; apagado el destello que sólo A lén vio, el tardío arrancaba desde el abismo.
Los cimientos del Colegio de la Estricta Observancia de Gabaón vibraron con el primer escalofrío del curso y el segundo del año. T ambién el penúltimo.
Bajo la super fi cie detenida, escribía el padre A lén acorralado por la luz del fl exo, el universo real se agita en un baile incestuoso de descomposición y renacimiento.
En la radio multibanda sonaba Bruckner. Después, Sibelius. Luego, Brahms. T odos bajito y mal, en inaudible resaca eléctrica (al padre A lén le gustaba que sonara cualquier cosa).
Lo que escribía A lén no era diario ni bitácora, ni usaba libros o agendas especiales para hacerlo: una libreta cualquiera, un cuaderno azul de tapas de cartón, normal, con espiral de acero y papel cuadriculado; un Enri Serie Clásica de siempre, de los que usan los niños, también en el colegio, tan comunes y vulgares —al contrario que su estilográ fi ca romana— como los que arrojaba al fuego tras cada decepción anual.
Los nudos de los árboles centenarios, continuó, hinchados de humedad, estrangulan los cimientos. Las raíces descubiertas, los frutos caídos, se unen al rito de la corrupción, incapaces de evitar que los rizomas les arrebaten los mejores nutrientes.
El padre A lén creyó oír un ruido a la espalda. Se giró como en un mal sueño. Sacudió la cabeza.
Las hormigas arrastran los despojos a sus nidos inmundos.
Las madrigueras que los roedores abandonaron se ahogan de condensación y culpa y sirven de cuartel a una hueste de organismos carroñeros.
Los charcos de agua turbia re fl ejan el cielo en las depresiones, a punto de abatirse sobre el mundo.
Las larvas de los mosquitos se excitan y revuelven y regodean y enmarañan en los espejos.
Alén era incapaz de parar. La aprensión, náusea ya, le avivaba la pluma y le dejaba el papel perdido de adjetivos.
El agua empapa cada rincón en busca de minerales, comida de monstruos sin ojos que atraviesa el suelo capa a capa.
Formas de vida aberrante prosperan en las pozas y propician el desmoronamiento de la luz.
Un ecosistema entero bulle de diligencia.
Lombrices, ciempiés, escarabajos, escarban túneles interminables que se desploman al poco liberando su naturaleza pútrida, alimento de nuevas generaciones.
El padre A lén hizo una pausa y el colegio cayó sobre sus hombros. Rechazaba pensar, quería escribir sólo; sacudirse toda noción de encima.
El humus condensa y proclama la inanidad de lo fugaz, de cuanto renuncia al cambio. La cólera. A lén apretó los ojos. La inconsecuencia.
La pluma le temblaba en la mano. A placó el deseo de arrojarla contra la pared.
Allí donde la luz no llega.
Abrió el cajón y dejó en él la estilográ fi ca, junto a las gafas de sol, inútiles después de todo.
Despacio. Como si quisiera que algo comprendiera que era inofensivo.
T omó un bolígrafo corriente, casi gastado.
Movió el dial del transistor hasta dar con una emisora alemana. Lo dejó así. Prefería no entender nada.
El patio regresa al bullicio y al golpeteo del agua contra los cristales. Los niños saltan eufóricos en las literas, ignorantes del abismo que los salva, del que un día serán causa. El olor a tierra húmeda ahoga el de las fl ores y se mezcla con el moho.
La furia del padre A lén no estaba lejos de la poesía, aunque fuera de segunda clase. A lén padecía el mal del escritor circunstancial, que se esfuerza en hacerlo bien en lugar de en hacerlo (el estilo raramente sobrevive a la autoconciencia).
Las paredes inventan continentes que acorralan al colegio como una enfermedad.
Las losas del suelo, un día fi rmes, bailan bajo los pies de las nuevas vestales: el triunfo de los himenópteros.
En los armarios entornados de las estancias sombrías las polillas rasgan sus capullos y baten las alas hacia el sol, que atraviesa letal las telarañas.
Las arañas, guardianas ciegas, se alimentan del pavor de los insectos.
Alén volvió a girarse, aunque esta vez no había oído nada.
Las musarañas y ratas cruzan las cañerías. En lo más profundo de los sótanos, hongos inmundos embadurnan las paredes grises con su micelio, venas fosforescentes de un organismo colosal y cósmico.
Más barroco a cada frase, A lén cerró los ojos. T rataba de mantenerse cuerdo. Es tarde, pensó. Estoy cansado. V olvió a respirar. Sin juzgarse.
En los estrechos jardines, las hojas forman montañas que, vistas de lejos, parecen tumbas. Los muros rezuman sangre y riegan el manto verde que mulle el escudo y sofoca las caras de las estatuas, procurándoles una segunda muerte.
Hacía mucho que el padre no escribía así. Había llegado el tardío.
El viento del norte, cargado de sal y advertencias, azota los con fi nes de la playa y cubre de hojarasca la arena, fragmentos arrancados de los árboles, brazos y manos marchitas que arañan el aire en vano.
¿Debería romperlo todo, volver a empezar, hacerlo bien? La tinta iba perdiendo fuerza.
Restos de exoesqueletos, cortezas, piel yerta, se mezclan con las hojas y fundan un universo microscópico.
Los colores del verano se evaporan. El marrón y el gris lo barren todo, el otoño ya no es transición, es metamorfosis obligada, tiempo de mudanza interior en que extinción y vida se confunden y los secretos que el blanco acuchilló se arrastran a la super fi cie para atormentar al mundo.
Un falso fi nal. Una condición del ánimo.
La revelación de las verdades que los hábitos tapan.
El padre A lén se sentía incapaz de continuar. Sin embargo:
Bajo los pies de sus moradores, invisibles, secretos, el colegio se retuerce.
Las palabras eran un temblor de tinta casi gris sobre el papel gastado.
Se retuerce, volvió a escribir. Se retuerce. Se retuerce.
Después, con circunspección:
Solitude ha vuelto. A lgo ha cambiado. Sus ojos son pozos sin fondo.
Detiene el arrastrar de la punta. Con un giro de rueda, apaga la radio. Clic.
Inspira profundamente.
Desliza los dedos sobre el papel, que tantas veces encontrara reconfortante.
El fragor de las hojas secas, escribe con el último hilo de tinta.
Y luego la noche.
Y luego nada.