Capítulo XXX
XXX
El padre Solitude aguardaba en la silla parapetado detrás de su rostro escultórico mientras A lén lo circundaba en asedio paciente.
Solitude mantenía las piernas ligeramente separadas.
A unque fumaba con parsimonia, la severidad de sus ojeras delataba más profundas tormentas.
El animal que formaban silla y Solitude lucía incongruente en el centro del vestíbulo, enorme y poco dado a con fi dencias.
Frente a él descansaba huérfana la silla de A lén.
El padre Solitude se incorporó un centímetro, tal vez dos; arrojó la colilla al suelo y se encendió otro pitillo. El respaldo alto y cruzado de varillas lo sostuvo de nuevo.
—Alén —se atrevió a susurrar.
El padre A lén se detuvo. Cada sonido, hasta el más tenue, reverberaba en los techos, altos como árboles, y en las paredes cóncavas.
—Espera —gruñó A lén.
Alén era tiempo detenido.
—Está bien —concedió enseguida—. ¿Qué quieres?
—Dame pan.
—¿De A driana?
—Sí.
—Ya no hace pan.
—¿Ya no? ¿Por qué?
—¿Qué me has traído esta vez, Solitude? —inquirió A lén impaciente.
—Un telescopio.
—¿Por qué un telescopio? No lo quiero. Llévatelo.
—Tú me lo pediste.
—Me equivoqué.
El padre Solitude estudiaba a A lén mientras daba otra calada. No dejó que el crepitar de hebras lo distrajera.
—¿Qué más te da, A lén? —preguntó—. ¿Qué más te da equivocarte?
—He estado pensando. Nadie necesita un telescopio.
—Por qué.
—Porque no hay que descubrir planetas. No es bueno. No hay que descubrir nada.
—Por qué.
—Cuando descubres algo, te unes a ese algo para siempre; cuando observas una galaxia, tiendes con ella un puente. Pasa lo mismo con las estrellas, con los cometas. Con todo . Lo sé por la niña.
—Hay muchas niñas. —La escucha del viajero era templada.
—La niña es un planeta, Solitude. Cuando la miras, abres un paso. Envías cosas, te traes cosas, y nunca sabes quién hay al otro lado. Es mejor un microscopio: todo cuanto importa es pequeño y pasa cerca. Cada cambio.
—¿De qué estás hablando, A lén?
—Cada alteración, Solitude. Consígueme un microscopio. La hermana M aite sabrá usarlo.
—La hermana M aite es botánica.
—La hermana M aite es bruja.
El padre Solitude no replicó, no deseaba llevar ninguna clase de iniciativa. A lén arrugó la frente.
—Este tiempo del in fi erno…
—El tardío es así.
—Lo detesto. T odo se pudre y consume, todo crepita y restalla. No lo aguanto.
—Exageras.
—No puedo soportarlo. Es como andar sobre cristales.
—No te quedan tantos por vivir.
—Te detesto, Solitude, tómalo como un cumplido. T ambién detesto este sitio. Ojalá pudiera echarlo abajo.
—Pronto te relevarán.
—¿Lo harás tú? —Al padre A lén le brillaban los ojos.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque no.
—Esa no es una razón. Querría que fueras tú.
—No sé hacer lo que tú haces. Y , si supiera, no lo haría.
—Aprenderás.
—No quiero aprender nada.
—Un día tendrás que detenerte, Solitude. T e lo pedirán. Lo sabes.
—Si tú no dices nada, no.
—No hará falta. T e lo pedirán de todos modos.
—Les diré que no y ya está. No puedo hacer lo que haces tú.
—Pues haz otra cosa; hazlo a tu modo. O diles que no lo harás y hazlo igualmente. ¿Quieres que hable con ellos? Puedo hablar con ellos si quieres, puedo hacerlo ahora. Puedo rezar.
—No quiero.
—Puedo llamarles, escribirles.
—No lo hagas.
—Puedo ponerme debajo del campanario. Si saco las gafas de sol, puedo mirar hacia arriba. Puedo hablar con ellos.
—Preferiría que no lo hicieras.
—Es inútil, Solitude. No tienes opción.
—Siempre hay opciones.
Su voz sonaba fi rme, pero se bebía el cigarrillo. De nada le valía ocultarse detrás de gestos suaves.
—¿Te incomoda hablar de esto?
—No.
El padre Solitude se reacomodó. La base de la silla replicaba la curvatura del cuerpo. A gotó el pitillo.
—Hay razones para que no sea yo.
—Qué razones.
—Razones. Algunas de esas razones son secretas—. Las patas crujieron bajo su peso al encajarse en las juntas—. Debemos hablar de lo que toca.
—Esto es lo que toca.
—Hablemos de lo que corresponde.
—Corresponde esto —insistió A lén—. Este año es diferente.
—Este año es cualquier año.
—La niña es distinta.
—La niña es la misma niña. Haz lo que haces siempre, A lén.
—Esta vez hay que vaciarla, vaciarla de verdad. Hay que limpiarla del todo.
—Hay que hacerlo como siempre.
—Entonces lo entiendes, ¿no? Lo entiendes, Solitude, lo entiendes.
—No le des tantas vueltas, ¿quieres? ¿Por qué hablas tanto? Es el tardío. Hay que acallar a esa criatura. —Alén no le aguantó la mirada—. T enemos que hacer las paces de una vez por todas.
El padre A lén caía en su propio abismo. Intentaba resistirse. Como cada otoño.
—Una vez, Solitude, tras uno de tus viajes, volviste a Gabaón.
—Siempre vuelvo.
—Siempre. —Alén se perdió en el susurro del humo—. Una de tantas veces, hace mucho, me hablaste de la naturaleza de la realidad y el poder de la mente sobre la materia. ¿Lo recuerdas?
—No.
—Yo sí.
—Era joven.
—Nunca has sido joven. Sólo guapo.
El padre A lén llevó la mirada al exterior, al estrecho rectángulo que enmarcaba el patio. Una foto vacía.
Solitude dudó antes de hablar.
—Sabes que en el camino veo cosas.
—Para eso es.
—Para eso es. ¿Quieres? —le preguntó, ofreciéndole el paquete de tabaco. El padre A lén asintió. Solitude se lo lanzó y se quitó una fi bra de la lengua—. Pues bien —volvió a empezar—. Una vez…
Le costaba encontrar el surco. Contempló la hebra una vez más, como si no le importara y como si nunca hubiera visto nada igual. La deshizo con las yemas.
Alén se había encendido el cigarrillo y le devolvía el paquete. V acío. Solitude lo aceptó. Entrecerró los ojos.
—Una vez —continuó— conocí a alguien. A un hombre.
T endría, no sé, ¿treinta años? ¿Veinte?
T al vez no llegaba a los veinte, pero era un hombre hecho y derecho, aunque también era un muchacho.
—Alén a fi ló los ojos—. Fue hace mucho.
T enía… la extraña capacidad de conocer los efectos, los efectos exactos, de cualquier decisión que tomara.
A ntes de tomarla, ¿entiendes? No sé si puedes concebir algo así, seguro que no.
—Las palabras traicionaban su ansiedad más de lo que lo hacía el tono—.
Podía valorar el coste de cualquier acción.
En el acto. Y determinar cuál de ellas le produciría al mundo el menor daño.
T al era su poder. T e parecerá una locura.
—El padre A lén no se pronunciaba—. T al vez cierta decisión tuviera como efecto un mal concreto; muchos, incluso; y aun así fuera la mejor posible.
A veces sólo queda el mal menor. —Solitude se palpó la frente—.
Cuando tal sucedía, nadie agradecía su elección; nadie la apreciaba ni podía hacerlo; nadie salvo él comprendía las consecuencias que cualquier otra habría tenido; nadie podía ver más allá del daño inmediato.
A sí somos. —Alén permanecía mudo—. A sí somos, A lén, así eres tú, así soy yo.
Prestamos atención a quien anuncia el fi n del mundo, no a quien lo evita, ¿lo entiendes?
—No.
—Está bien. —Cambió de postura—: Una vez, no importa dónde…
—¿Dónde?
—No importa dónde.
—¿Cuándo?
—No importa cuándo. A hora mismo, da igual.
Es un dilema, A lén, un ejemplo. Imagina esto.
—Alén lo miraba imperturbable—. Un ingeniero insiste en hacer una presa para evitar, qué sé yo, una posible inundación en un lugar donde se producen ¿cada doscientos años?
Seis generaciones, ocho. Imagina. No ha pasada nada en mucho tiempo, por mucho que haya llovido, apenas hay memoria de la última vez.
Pero la autoridad local lo rechaza. De momento, nadie tiene razón, ¿me sigues?
—No.
—Si se construye la presa y un día llueve mucho y no se inunda nada, el gasto parecerá super fl uo porque, al fi n y al cabo, nada habrá pasado. Como tantas veces. Pocos dirán que es por la presa. ¿Sigo?
—Por mí no.
—Si no se construye, sin embargo, y la inundación lo arrasa todo, entonces el ingeniero tendrá razón.
Y todos se la darán. Pero será demasiado tarde.
La lucidez es invisible, A lén. Por eso atendemos a quien presagia o niega, nunca a quien evita.
V emos lo que vemos, lo que queremos ver.
Pero el hecho es que aquel hombre tomaba la mejor decisión posible.
Siempre. Estoy diciendo lo mismo de muchas formas distintas.
—¿Esa persona existe? —preguntó A lén.
—Sí.
—¿La has visto tú?
—Con mis propios ojos.
—Unos ojos preciosos —con fi rmó A lén, oblicuo.
—Y eso no es todo, nada es tan simple. Había un precio. Consecuencias.
—¿Cuáles?
—Consecuencias, A lén. Leyes cientí fi cas. Causa y efecto.
—Gabaón no es Benarés, Solitude. T ú y yo no creemos en eso.
—Sí que creemos.
—Yo no.
—No he dicho dónde vi a aquel hombre. Tal vez todo sucediera aquí, en una calle del pueblo. O en la ensenada. Qué más da. Y claro que creemos, A lén. A tracción. Sincronía. Responsabilidad.
—Providencia.
—Re fl ejo…
El padre Solitude se sacudió la ceniza del pantalón.
—Ese hombre —continuó— no sólo conocía, sino que asumía las consecuencias exactas de cuanto lograba evitar. En su propia carne. Los efectos de cuanto decidiera, de cuanto determinara. Consecuencias que habían de serle cobradas pasados veintisiete años.
—¿Por qué veintisiete?
—Qué sé yo.
—¿Por qué no treinta?
—El veintisiete es un buen número.
—¿Por qué no diez?
—La vida, A lén. No lo sé. Eran veintisiete.
—¿Le quedan, entonces, veintisiete años?
Solitude negó con la cabeza.
—Aquello fue hace mucho. Debe de faltarle poco.
—¿Es una parábola?
Solitude volvió a negar.
—Lo he visto con mis propios ojos.
—¿Quién querría asumir algo así?
—Esa persona.
—¿Por qué?
—Nadie lo sabe. A veces no hay porqués. —Solitude intentó un ademán, pero se arrepintió en el acto—.
A unque, como supondrás, he estado dándole vueltas.
Durante mucho tiempo no pude sacármelo de la cabeza.
—Solitude apuró la colilla, que sujetaba apenas con las yemas—.
No debes imaginar un santo —tiró el pitillo al suelo—, no cometas ese error, aquel hombre no lo era, nunca he visto nada igual.
Y son años de tumbos. —Solitude comprobó y descartó el paquete—.
A quel hombre —desprecintó uno nuevo— no era egoísta ni generoso; no estaba comprometido con Dios ni era un mártir de ninguna especie.
No era, A lén, nada en absoluto. Nadie puede aceptar un compromiso así sin un grado equivalente de inconsciencia, ¿no te parece?
—Solitude pulsó el mechero, nacarado, rectangular, liso—.
A quel joven tomaba las mejores decisiones cada vez, aunque se procurara con ello la condena eterna, con la misma ausencia de miedo con que un adolescente despechado se arrojaría heroico al fuego, por su irresponsable indiferencia a la vida.
M uchos se han salvado así de un naufragio, rescatados por gente sin esperanza.
Es la peor clase de inercia, A lén. La más ciega.
Nadie puede soportar el peso de tanta consecuencia junta por mucho bien que haga.
El padre A lén no se entregaba a lo que oía, aunque tampoco lo rechazaba.
—Tienes razón —dijo—. Nadie aceptaría algo así.
—Aquel hombre lo hacía. M ejoró la vida de muchos.
—Nadie pagaría ese precio.
Solitude se encogió de hombros.
—Aquel hombre.
Alén redujo la mirada a un trazo, tal vez por el humo. Sus ojos eran metálicos.
—¿Eres tú ese hombre?
—¿Lo eres tú?
Alén succionó el pitillo. A lerta.
—Una persona así —continuó Solitude— puede asumir tal clase de daño por varias razones.
Una, porque está vacía. A sí de simple. T an exhausta y cansada, apática y falta de alma, que simplemente no le importa.
Esa gente está sola, Alén. A aquel joven, tal vez niño, nada le importaba de verdad.
—La colilla describió un arco perfecto y se deshizo en pavesas contra el suelo.
La belleza espléndida de Solitude se levantó de la silla—.
La segunda es que es incapaz de concebir lo que de verdad va a pasarle.
No puede imaginar qué signi fi ca someterse a tanto daño.
Durante toda la eternidad. Por siempre. —Alén sintió un escalofrío—. Cree que lo sabe. Pero no lo sabe.
Tembloroso, A lén ahogó la colilla con los dedos y se la guardó en el bolsillo. Se puso también en pie, frotándose mecánicamente las yemas.
Solitude alcanzaba la escalera.
Alén alzó la voz.
—¿Cuándo conociste a ese hombre?
Solitude se detuvo sin girarse.
—¿Acaso importa? —Miraba el suelo sin ver nada—. Intento olvidarlo, ya te lo he dicho. Y a ti te pasará lo mismo. —Subió el primer escalón y añadió—: Necesito echarme un rato.
Solitude ascendió bellísimo la escalera de mármol, perdiéndose en la sombra como un sueño.
El polvo del exterior recuperó el movimiento.
Los pájaros regresaron a su canto.
Las monjas, a sus llamadas.
Los niños, a sus gritos.
El padre A lén se agachó cuando se quedó solo. De rodillas y con ambas manos, recogió las colillas de Solitude, como si así expiara algún pecado.
A su espalda quedaban las dos sillas. Cada detalle de su fabricación, desde las barras al pulido de las patas, del barniz a las juntas de mortaja, invocaba un pasado en que utilidad y belleza eran aún sinónimos y cualquier armario o escabel, por modesta que fuera su factura, podía formar parte del patrimonio más noble.