Capítulo XXV
XXV
El pelo recién cortado del padre A lén brillaba como el acero.
Una raya abierta a bisturí le dividía la cabeza en dos, de la sien a la coronilla, haciendo caer el peinado a un lado con suavidad geométrica.
Los fl ancos, degradados a navaja, se fundían con la nuca; la parte de arriba, más larga, se pegaba al cráneo sin necesidad de gomina, como si cada cabello fuera un soldado en formación colocado allí con pinzas.
No había la menor concesión a la entropía en aquel pelo, ni un solo mechón fuera de sitio. Pulcritud y masculinidad sólo.
La niña parecía una serpiente recién salida del letargo.
El maletín de cuero de Alén reposaba a los pies de la butaca.
—¿Estás mejor? —preguntó A lén.
—Yo creo que sí.
—Yo creo que sí, padre.
—Yo creo que sí, padre.
—No hace falta decir siempre yo, niña. Y a sabemos que eres tú. Es feo.
El padre A lén había tenido que atarla, o había encontrado prudente hacerlo.
La estudiaba desde la butaca con un libro al lado, comprobándose el peinado por inercia más que presunción (una de las monjas, A urora, tan hábil en la poda como sor M aite, se lo había dejado al gusto).
Cortarse el pelo es siempre empezar de cero.
Alén se pasó la uña, impecable también, por los dientes, como un arpa de boca. No se fi aba de la niña.
Se frotó las yemas y dijo:
—Aún me río un poco, niña, ¿lo notas? A ún me dura.
Alén no se reía en absoluto. La niña lo escuchaba con los ojos, abotargada y neutra.
—¿Lo ves? ¿Lo notas? —insistía A lén.
—No —respondió ella.
—No, padre.
—No, padre.
—Eso es porque me río por dentro.
El padre A lén llevaba varios días preparando la visita, una de las últimas antes de la caída de las hojas. No se hacía ilusiones. No especulaba. No contaba con sacar nada en claro.
—Las paredes son gruesas —dijo, como si así resolviera algo—. Buenas paredes. A quí dentro hace fresco, niña. —Miró de nuevo el muro—. A hí fuera, en cambio, cae un sol de justicia. T ú no lo ves, claro. No importa. No importa lo que tú veas.
La niña estudiaba el revoco.
—Ahí fuera hace tanto sol que todo es nieve, niña.
A hí fuera está la vida. La que importa.
Lo demás acaba… —hizo un gesto horizontal— frito.
—El padre A lén sabía ser llano—. A hí fuera hay una sartén, por eso sonrío tanto, aunque tú no puedas verlo.
—La niña dejó que la gravedad le posara la atención en las sábanas—.
Pero tú no te mueres, ¿verdad? T ú no te mueres nunca. Tú estás, niña, llena de estrépitos.
La niña, en efecto, no se moría; se perdía en el chafarrinón de orín que empapaba el colchón, como si tratara de adivinar qué país era.
—Hace poco sonreía, niña. Bailaba. Dentro de unos días me pondré a golpearlo todo, a romperlo todo, sin saber por qué. ¿Eso te complace, niña?
—Sí.
—Sí, padre. —Alén le hundió la mirada en la frente.
—Sí, padre.
—Muy bien. Pronto aullaré. —Alén parecía satisfecho—. A ullaré, niña. En cuanto me quede solo. Gritos salvajes. Sin consuelo.
La niña sonrió débilmente, tal vez por simple re fl ejo.
—No te preocupes, niña. V olverás a ser la misma. Recuperarás la cabeza. —Alén escrutaba sin emoción los muslos desnudos de la niña—. A lgo quedará. —Hizo repiquetear los dedos en el libro que había dejado en el asiento, Muratore , de Pisani el V iejo—. M írate. Y a estás volviendo.
La niña contemplaba al padre sin reconocerlo del todo. Esta vez no había duda de que sonreía.
—Hablemos, niña. ¿Quieres? Si no quieres, levanta la mano.
La niña trató de obedecer, pero la correa que la sujetaba se lo impidió. Fue un aborto gentil. La niña empezó a revolverse.
—Quieres. —Esta vez A lén a fi rmaba.
Extrajo una petaca del maletín y se incorporó un poco. Se acercó a la niña. La sujetó del cráneo. Le dio de beber sin preguntarle nada ni advertirla. El aire se impregnó de olor a ajo.
—Sin miedo, niña. No es nada que no debas beber ni nada que te apetezca, sor M aite no tiene ningún interés en que seamos felices.
—La niña no opuso resistencia. El bebedizo le resbalaba por el cuello y se le colaba bajo el camisón hasta mezclarse con el orín, a la altura del sexo.
La garganta le subía y le bajaba como si tuviera nuez; en ella vivía un sapo.
—Ya está, niña. Y a está. —El padre sacó el pañuelo y le limpió la barbilla—. Ahora espera.
El padre dobló la tela en cuatro. Guardó el pañuelo. Rescató el libro del asiento y lo acomodó en el regazo. Retiró de una de las páginas una estampa gastada de san Benito de Nursia.
—En diez o doce minutos —añadió— estarás donde debes; donde tienes que estar, niña. Y yo, lo mismo. —Dio un largo trago a la petaca.
Se recostó de nuevo en el butacón, posó una pierna sobre la otra, se sacó de la pechera unas gafas estrechas.
Por lo bajo y bien a fi nado, comenzó a canturrear una tonada de vago aire napolitano.
Siguió leyendo.
Veinte minutos más tarde, cerraba el libro. Se guardaba las gafas con dos toques. Descruzaba las piernas.
No se mostraba impaciente, aunque lo estaba.
—¿Sabes quién soy, niña?
—Sí, padre.
—¿Quién?
—El rey de aquí.
—El rey de aquí, padre.
—El rey de aquí, padre.
—¿Sabes qué hay debajo del colegio?
—Un lago, padre.
—Muy bien. Un lago ¿cómo?
—Un lago grande.
—¿Cómo de grande?
—Más que el colegio, padre. ¿Ha estado allí, padre?
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque soy un hombre, niña. No es para mí. ¿Te gustaría ir?
—Sí, padre. ¿Podré un día?
—Aún no lo sé, tal vez tú puedas.
El padre A lén y la niña compartían el más apacible estado, como si el tiempo no existiera para ellos. T ampoco los sonidos del colegio, más tranquilo en verano, parecían llegar allí.
—Normalmente disfruto cuando hablas mejor de lo que deberías. Hoy no. T ampoco me has gustado estos días.
—Estos días no era yo.
—Estos días no era yo, padre.
—Estos días no era yo, padre.
—Estos días eras tú. Es ahora cuando no eres tú, o no del todo. A saber lo que eres tú. Estos días podría haberte aplastado como a un bicho.
—Estaba muy lejos, padre.
—Estabas atontada, niña, pero estabas. ¿Sabes quién soy?
—El rey del mundo, padre.
—Muy bien.
Alén se puso en pie y se acercó a la puerta. Extendió la mano hacia el ventanuco. Se dio la vuelta.
—¿Quién hay ahí fuera, niña?
—Nadie, padre.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque no me limpian.
—Nadie volverá a limpiarte. ¿Te importa?
—Creo que no. —La niña se corrigió sola—. Creo que no, padre. M e parece que no, padre.
—A partir de ahora, una monja se ocupará de ti.
—¿Una monja muy joven, padre?
—¿Cómo lo sabes?
—¿María T amata, padre?
—Lo sabes, niña. No me hagas perder el tiempo.
—Fuma mucho.
—Ya lo sé.
—Sabía que era de verdad, sabía que la monja tenía cara. —La niña estaba contenta.
—Ya sé que lo sabías, niña.
—Hablo mucho con ella en los sueños.
—Hablo mucho con ella en los sueños, padre.
Lo sé, lo sé todo. M e lo ha contado. Pronto la conocerás.
V endrá una vez al día para darte de comer y para cambiar las sábanas.
V endrá tres veces al día para colocar y llevarse el orinal, y para traer agua, si se lo pides.
V endrá una vez cada dos días para desenredarte el pelo.
V endrá una vez a la semana para enjugarte las axilas y los muslos, para asearte los huecos, todo.
No te obligará a hacer nada, ni yo a ella, ni tú a mí.
Si quieres estar limpia, estarás limpia; si quieres estar sucia, no será asunto de nadie.
T u dignidad personal, niña, dependerá enteramente de ti. ¿Lo entiendes?
—Lo entiendo, padre.
—Cada año traemos una niña. El año pasado no, por eso tú eres dos niñas.
—¿Dos niñas, padre?
—Si vuelven las manchas, se lo dices. Si se forman llagas, se lo dices. Si las llagas se colocan en algún lugar extraño, sobre las palmas de las manos o en el empeine, se lo dices. Si te molestan las correas, se lo dices. V endrá una vez cada dos semanas para cambiarte el camisón.
—Me gusta este.
—Me gusta este, padre.
—Me gusta este, padre.
—Pues entonces no vendrá.
El padre se acercó a la pared, enderezó el cruci fi jo, regresó a la butaca, se agachó, alzó el libro. Lo agitó.
—¿Echas de menos leer? —preguntó.
—No, padre. Sí, padre. —La niña hizo una pausa—. No, padre.
—Explícate, niña.
—Me gusta leer. A veces. Pero es todo mentira, padre. M e gusta más, padre, cuando leo y no lo entiendo. Si no lo entiendo, a lo mejor es verdad.
—Yo escribo un poco. ¿Lo sabías?
—No, padre.
—A veces.
—Qué bien, padre.
—¿Quieres que te traiga un libro? ¿Un último libro?
—¿De usted, padre?
—Claro que no, no escribo libros, escribo… tonterías. Un libro de otro. —Mostró de nuevo el que llevaba.
—¿Para qué?
—Para qué, padre.
—¿Para qué, padre?
—Para leer, ¿para qué va a ser, niña?
—No, padre.
—¿Estás segura?
—Sí, padre,
—Un libro largo, uno que dure —insistió, agitándolo de nuevo.
—No, padre.
—¿Seguro?
—Seguro, padre. —La niña doblaba los dedos, los crispaba, los retorcía.
—Elígelo largo, niña. Hazme caso.
—No, padre. No quiero nada.
El padre A lén asintió. V olvió a dejar el libro donde estaba. Se sentó.
—Háblame del lago, niña. —El padre cerró los ojos.
—Es un lago enorme, padre. Está en una gruta enorme. Es un lago profundísimo y no se sabe bien qué hace ahí. A bajo no hay luz, padre.
—¿Nada de luz?
—Nada, padre.
—¿El agua viene del mar?
—No, padre. Es agua normal. ¿Podré ver el mar un día?
—No.
—Ya no oigo nada. A ntes podía.
—Volverá, niña. Continúa.
—Es más grande que el colegio. M ás grande que dos colegios. Dentro vive mucha gente. Hay peces grandes y ciegos.
—¿Dan miedo, niña?
—No. Sí.
El padre parecía conforme.
—Sigue.
—A veces bajan las monjas.
—Lo sé, niña. ¿Con antorchas?
—No, padre. Con linternas normales.
—Muy bien, sigue.
—¿Usted cree que son personas, padre?
—¿Las monjas?
—Sí.
—Sí, padre.
—Sí, padre. ¿Las monjas son personas, padre?
—No. Son insectos, niña. Llevan vidas de insecto. Siguen ciclos de insecto. Son muy organizadas. Sigue.
—La madre A driana es la que más brilla. Cuando baja la madre A driana, hay luz. —El padre se deshizo en la más dulce sonrisa—. Cuando la madre A driana baja, las sombras se mueven más, se mueven solas. Se mueven por las paredes y todo cambia de sitio. Los peces se la acercan.
—¿A la madre A driana?
—Sí.
—¿Hablan con ella?
—No la dicen nada, padre.
—Mejor.
La niña cambió de expresión.
—¿Podré ser monja un día, padre?
—¿Tú? —El padre A lén entreabrió los ojos—. T ú eres un peligro, niña. Se lo he dicho a la madre A driana: si esta niña quiere, se acaba el mundo. Ni se inmutó.
—No sé qué es eso.
—No sé qué es eso, padre.
—No sé qué es eso, padre.
—Conmigo no te hagas la tonta. Ni se inmutó, se asustó sólo, como hace siempre. Siempre está asustada. Menos mal.
—¿Por qué?
—Por qué, padre.
—¿Por qué, padre?
—Porque, si ella quiere, también se acaba el mundo. Y el mundo no se puede acabar.
La niña parecía entender. Se la veía seria y dócil.
El padre se había hundido tanto en la butaca que no le hacía falta el cuello.
—Padre…
—Estoy cansado, niña.
—¿Quiere dormir, padre?
—Sí.
—¿Quiere que me calle, padre?
—Hoy no. Hoy mejor no, niña. Sigue.
La niña quiso recolocarse el camisón. El suave restallar del cuero le recordó quién era.
—¿Qué quiere saber, padre?
Alén se acurrucó como un gato.
—Todo —dijo. Y preguntó—: ¿Las piedras del lago se acuerdan de las manos que las han tocado?
—Sí, padre.
—¿Hay luna allí?
—No, padre.
—Si el colegio estuviera vivo, ¿qué sería?
—Una oveja grande, padre.
—¿No sería un tren?
—No, padre.
—¿Tiene arrugas el aire?
—¿Abajo, padre?
—Sí.
—Abajo se alisan, padre.
—¿Qué tienes dentro, niña?
—Un fuego.
—¿Cómo es el sonido del lago?
—Allí, padre, no hay sonido.
—¿Ningún sonido?
—Sólo pasos.
—Sólo pasos, padre.
—Sólo pasos, padre. No se oye la ropa. Ni los peces. T ampoco las lagartijas suenan. No suena nada, padre.
—¿Hay lagartijas, entonces?
—No, padre. A bajo no. Es un ejemplo.
—¿Cuántas vidas caben en el agua?
—Todas, padre.
—¿Cabe la tuya, niña?
—La mía cabe en el mar.
—¿Cabe en el lago un tren entero?
—¿Le gustan los trenes, padre?
—Contesta, niña.
—Caben tres trenes.
—¿Cómo se mide la distancia allí?
—Nadie la mide, padre.
—¿Hay distancia?
—Sí.
—¿Hay horizonte?
—Sí, padre.
—¿Qué pasa si lo tocas?
—Nada.
—¿Qué pasa si no lo tocas?
—Nada.
—Nada, padre.
—Nada, padre. No pasa nada, padre. Se puede tocar sin miedo, padre. ¿Tiene sueño ya?
—Sí, niña. Gracias por preguntar. ¿Respira el lago?
—Sí, padre.
—¿Y el colegio?
—El colegio no. Si no, sería una oveja.
—¿Sueña el lago? ¿Tiene nombre? ¿Descansa alguna vez el lago? ¿Te gustaría bajar, entonces?, ¿querrías bajar allí y contarlo todo? Bajar al lago, niña. V erlo. Y o querría. Y o querría…
Y así siguieron un buen rato: sí, padre, no, padre, etcétera, hasta que cura y niña se fundieron en una siesta algodonosa, cada uno en su propio ensueño, mientras el sol fundía las piedras y los pocos niños que se habían quedado en Gabaón peleaban entre sí sin ganas o les hacían la vida imposible a los animales.
Sí, padre. No, padre.
No, padre. Sí.
Sí.
No.
Sí.
Sí…