Hija del cielo Capítulo XXIII
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Capítulo XXIII

XXIII

—Este es el verano que debería aplastarnos a todos, dicen que dijo. Y o, claro, no lo oí, no estaba, pero lo creo, ya sabe cómo es el padre A lén. Dramático.

La hermana M aite podaba los rosales dándole la espalda a Salcedo.

—Que no digo yo que no tenga motivos —continuó—, pero, si me lo pregunta, yo lo pre fi ero en el invierno, cuando se le ha pasado ya el miedo y aún no le ha llegado el entusiasmo. En invierno se le nota más que es sabio.

—El padre A lén es sabio siempre —replicó Salcedo.

—Pero en invierno se le nota más, y es cuando más caso me hace.

En primavera se pone tontísimo. Menos mal que aquí no dura.

T ambién el verano pasa rápido, no se crea, aquí lo que dura es el otoño, que se alarga diez meses o más, el otoño dura siempre.

Y el padre A lén, como es normal, se nos descuaderna.

Pero esta vez… —La hermana M aite palpaba una espina con las yemas como si fuera un tumor.

La soltó de nuevo—. Esta vez ha estado tontísimo.

—Por el polen será —respondió distraído Salcedo mientras se sacudía del hombro una manta de ámbar.

—Será. —Sor M aite se giró para mirarlo—. ¿Sabe qué es el polen, padre? —Sor M aite llevaba sobre el velo una visera de contable. Salcedo, un sombrero de paja. El padre intentó reprimir un estornudo mientras sor M aite cambiaba de tema—: ¿Se ha tomado ya las hierbas?

—Sí.

—Mejor. Que no se le olvide. La alergia dura hasta agosto, ya lo verá. A quí todo es distinto. —El padre asintió por asentir y sor M aite volvió a sus fl ores. La visera le proyectaba en el rostro una sombra verde—. ¿Usted qué diría que es el polen?

—Granos diminutos, hermana. —El padre tiró del sombrero para protegerse del sol—. Polvo amarillo y desagradable.

Sor M aite lo escrutaba.

—¿Bebe usted, padre?

Salcedo parecía sorprendido.

—A veces.

—¿Vino?

—Sí.

—¿De misa?

Salcedo tardó en admitirlo.

—No beba vino, padre, o no lo beba de la misa. Demasiada azúcar. ¿Lo sabe el padre A lén?

—No.

—Sí que lo sabe. Lo sabe y le da igual, no se preocupe.

Si lo sé yo, lo sabe él. Pero vaya dejándolo, ¿quiere?

Poco a poco. —Arrugó las cejas—. No es bueno para las rojeces.

—Sor M aite volvió a sus rosas como si no hubiera pasado nada—.

Polvo amarillo… —rezongó—. T ambién el azafrán es polvo amarillo, padre.

Y la cúrcuma. Y la mostaza en polvo. Y la harina de maíz.

Y el polvo de jengibre. Y el de maca. Y hasta el azufre, padre.

El polen es semen, ¿entiende? —El padre Salcedo abrió los ojos; asintió para devolverlos al sitio—.

¿No ve a nuestras novias, padre? Cada año hay más, Dios sabrá por qué; y, si no lo sabe él, seguro que el padre A lén se lo explica.

—La hermana estudiaba el envés de un pétalo—.

Quieren que las polinicen, padre, todo el año; la cabeza, la barriga, todo les vale, igual que les valdría cualquiera: Jesús, el obispo, usted si encontrara el impulso, una idea original, una carta, el perro.

Pero ahora, en verano, más. —Soltó el pétalo y siguió cortando—.

Se ponen como a brillar, ¿no las ha visto?

Se ponen como el padre A lén cuando se acaba el invierno; cuando está tan imposible que apetece echarle hojas por encima para que empiece a gritar de una vez, a ver si así se le a fi na esa voz de estropajo que tiene.

Hasta esa niña enredada quiere que la polinicen, esa niña muerta y viva a la que ahora le ha dado por callar y que aún diría menos si usted quisiera, padre, si la visitara usted, no diga que no lo ha pensado.

T an fresca y luminosa, padre. T an colorida.

T an suave. —Sor M aite no se giró esta vez, pero dejó de cortar.

Luego rebanó un brote—. Hasta yo lo he pensado, padre. Hasta yo. No puede evitarse.

Sor M aite dejó el arbusto y se acercó al siguiente, de rosas blancas esta vez. Salcedo la seguía con pasos de hurón.

—Su semilla, padre, y el polen son lo mismo.

Gametos masculinos. Para asegurar la multiplicación de la especie.

—A Salcedo le crispaba el paternalismo, pero no protestó—.

El viento transporta el polen sin ton ni son, a diestro y siniestro.

—Maite hizo gestitos en el aire—. Salvo que una congenie con el viento, claro; cuando se congenia con el viento, es distinto.

A unque usted no congenia con nadie, ¿verdad?

Usted no, padrecito. Pobre. —El metal mordía de nuevo—.

Congeniar es congeniar, tampoco hay que volverse locos; tampoco hay que caerle bien al viento, no crea que me pongo abismal; el viento no tiene cabeza.

Ni siquiera hace falta ser buena, ¿entiende?

Es igual que con la gente. Hace falta congeniar y punto.

Salcedo apenas la oía. Estornudó dos veces.

—O se puede congeniar con los insectos, que también sirven de carteros.

A unque eso es más di fí cil, claro, ¿lo ha intentado?

, piensan distinto. Seguro que lo ha intentado.

Eso sólo pueden hacerlo algunos, gente especial; gente como la niña, si es que la niña es gente.

—Sor M aite empezó a sudar, por el calor o el afán, no estaba claro (todo maestro se luce ante el alumno, aunque sea de condición exigua)—.

Las abejas esparcen el polen, lo llevan pegado a las patas y lo embuten en la fl or cuando entran a bebérsela.

—Sor M aite imitó el sonido de una pajita—.

A sí la polinizan y fecundan. Y ya está, padre, eso es todo: sic transit gloria mundi , consumatum est , ultima ratio , sic fiat, etcétera.

—Se encogió de hombros—. Semen, padre. ¿Qué le parece?

—Muy bien. —Salcedo se dio cuenta de que había contestado demasiado rápido.

Sor M aite valoraba el resultado de la poda con los brazos en jarras.

—A mí también me parece muy bien, padre.

El hábito de sor M aite estaba empapado en sudor. Su energía en ese instante excedía la de Salcedo en una semana buena. Se giró hacia el padre, aunque no del todo, como si quisiera cerciorarse de que seguía allí.

—Y además está muy rico —continuó—. T iene muchos nutrientes.

T iene, padre, proteínas. —Se recolocó la visera—.

V itaminas. M inerales. Está muy rico, la verdad.

—Salcedo se perdía en ensoñaciones. A l darse cuenta, se enderezó: aunque sor M aite no miraba, sabía que lo veía con la espalda—.

A ctiva el sistema inmunológico, ayuda a prevenir la gripe, detiene resfriados, tiene propiedades antioxidantes, combate el envejecimiento, reduce el riesgo de enfermedad, incluido el cáncer.

El cáncer, padre, digo bien. Porque el padre A lén debería tener cáncer. —Tampoco se giró esta vez—. ¿Lo sabía?

—N-no —contestó Salcedo.

—Pues ya lo sabe. No se entiende que no lo tenga. —Parecía desconcertada de verdad—. ¿Ha visto a la priora?

—N-no —tartamudeó de nuevo.

—Nadie la ha visto, no se preocupe. Haga como que no le he preguntado.

—¿Tenemos madre superiora?

—Nosotras sí, usted no. Está en una bodega secreta, padre, completamente loca.

—Salcedo no reaccionaba—. Por eso A lén es el prior, aunque no exactamente.

M ás o menos. La priora está en el sótano y manda él, manda él porque ella está loca, y no se la llevan del colegio para que pueda mandar él, ¿entiende?

Si no, nos meteríamos en problemas todas. Piénselo un poco. Dele vueltas.

La temperatura bajó uno o dos grados.

—El polen aumenta la fuerza —prosiguió la hermana—, da un impulso de, ¿cómo decirlo? ¿Nervio? ¿Nervio fí sico y mental? Nervio fí sico y mental. ¿Entiende?

—¿Es lo que le pasa al padre A lén? ¿Va a morirse pronto?

—Claro que no. —La hermana se acomodó los riñones—.

Si fuera eso, padre, se lo habría dicho.

Nadie sabe exactamente qué le pasa al padre A lén, ni siquiera él mismo.

El padre A lén es un misterio. —Luego añadió—: Las abejas se irán, se van siempre.

¿Se ha dado cuenta? No puede haberse dado cuenta, lleva aquí tan poco tiempo…

—¿Qué tienen que ver las…?

—No me interrumpa, padre, pierdo el hilo y al fi nal me irrito; y para irritarme ya está A lén. —Sor M aite siguió con la poda—. M ejora la salud cardiovascular, ayuda a bajar el colesterol, los triglicéridos. ¿Sabe qué son los triglicéridos? —Cuando se giró esta vez, sonreía como una estudiante.

—¿Por qué me cuenta todo esto? —El padre contenía un estornudo.

—Y yo qué sé. —Sor M aite no sabía nada—.

Porque sí, padre, porque nada tiene que ver con nada y aún menos con A lén, aunque un poco sí, supongo.

Qué galimatías, ¿eh, padre?, uno de los suyos.

Supongo que será por eso. A veces las cosas están giradas, ¿sabe?

A quí, por ejemplo, todas. —Sor M aite escogía las palabras como si fueran setas.

Se echó a reír—. Olvide lo de la priora, ¿quiere?

, aquí no hay madre superiora; la madre A driana como mucho, y no es la madre superiora, no sé por qué se lo he dicho.

A veces miento, ¿sabe? Porque sí. M e divierte.

A veces me invento cosas, me hago la mística.

Ha puesto usted una cara… —Maite le guiñó el ojo—.

¿Por qué me inventaré cosas yo, con la de mentiras que hay ya?

Es como cuando usted se inventa niños. —Salcedo la miraba atónito—.

Niños en el mármol, padre, niños transparentes.

Le quedan, padre, muy guapos. —Salcedo mascullaba algo, pero ella no se detuvo—.

Lo del padre A lén no es grave. —La hermana M aite era un torrente—.

No se encuentra mal, no es eso; lo del padre A lén es otra cosa; es más alivio, creo.

Espanto. Espanto del bueno. El miedo lo rejuvenece, ¿no cree?

A unque él lo llame empuje. El padre A lén sabe de sobra que también el verano pasa, pregúnteles, si no, a los niños.

¿Le ha hablado del tardío ya? Seguro que sí.

¿No? ¿Aún no? Las abejas deberían quedarse.

—A M aite todo le distraía—. Quedarse en sus colmenas.

Sería lo normal. Pero se marcharán, ¿entiende?

Es lo que trataba de explicarle. Nadie sabe adónde van.

—Luego añadió—: Nadie quiere estar aquí.

—La hermana se rascó la sien—. Las abejas tampoco.

—Miró al padre Salcedo con tanto afecto que lo cubrió en almíbar—.

Y luego… Y a verá luego, padre. —Los ojos le brillaban más—.

Será su primer otoño, ¿verdad? —Se rascó el pómulo—.

El primero es el que cuenta. ¿Le hace ilusión, padre?

—Luego se rascó la barbilla. El padre Salcedo no respondió—. ¿No lo encuentra fascinante?

A lo lejos se oía a Lacruá, que se escribía Lacroix; lo había bautizado Solitude. (Lacruá ladraba contento de haber encontrado un ratón). Félix lo llamaba perro.

—El primer tardío es el bueno —insistía sor M aite, que ahora se rascaba el brazo—. Y a lo verá, padre; pronto. Le tengo envidia, ¿sabe? M e cambiaría por usted ahora mismo.

—¿Lo dice de verdad?

—Claro que no, ya le he dicho que miento, lo digo para que no se asuste.

Lo que pasa, padre, es que yo también me pongo tonta a veces; sentimental, si se quiere.

Y o también me pongo dramática. —Se sacudió un escalofrío—.

A unque no está enterándose de nada, ¿verdad?

—Rompió a reír—. ¿Seguro que se ha tomado las hierbas?

—Su mirada era de nuevo adolescente—. T ómeselas, hágame caso.

Le ayudarán con la fi ebre, cuando se le despierte.

Y con los niños muertos, a los que vemos todas, no se haga ilusiones.

Una última cosa… —Se acuclilló ante un macizo de rosas negras.

El padre tardó en reaccionar; intentó mostrarse interesado—.

¿A usted no le sorprende, padre, verme justo aquí, justo ahora, podando las rosas, en junio? , ¿a principios de verano?

—No sé nada de rosas, hermana, ¿no es así como se hace? —Salcedo se sentía tan a gusto en su ignorancia como debajo del sombrero.

—¿Estamos tontos o qué? —Al padre se le alcanzaba que el plural era pura cortesía—. Una poda ligera tal vez, para eliminar las fl ores secas, los brotes indeseados. —Sor M aite arrancó uno—. Pero una poda a fondo… Claro que no. ¿Me sigue?

Salcedo no la seguía.

—En verano se podan las rudbeckias; la fl or de caña, herbácea de ojos negros, la favorita de las larvas.

Habrá oído hablar de las larvas. —Sor M aite no esperó respuesta—.

Las rudbeckias se recortan ahora, para estimular, ya sabe, nuevas fl oraciones.

Pero las rudbeckias, padre. No las rosas. ¿Voy muy rápido?

Salcedo asintió por asentir. Luego negó de inmediato. En su cerebro repetía: el ojo es a la fl or lo que el pistilo a la cara. O: tarda más el brote en apagarse que el sol en darle fama. Rumias sin objeto.

—En verano se poda la gallarda —continuó sor M aite—, que usted llamará fl or de manta.

Para preservar el brío, para asegurar que dé más fl ores.

Eso se hace con las plantas anuales y con las perennes; si tienen fl ores, se entiende.

Porque en Gabaón, padre, encerramos fl ores.

—A Salcedo lo sacudió un temblor de lo más voluptuoso—.

Son plantas que responden a la poda tras la primera fl oración, que fue hace casi tres meses.

Para asegurar una segunda. En el verano, ¿entiende?

Hay quien fl orece en el tardío. —Sonrió—.

Podamos una fl or para que nazca otra, y luego otra, y luego otra.

A sí cada año, ¿lo entiende? Sin que se nos note el aburrimiento.

¿Lo entiende o no lo entiende? —El padre resolvió que arriesgaba menos negando (fue una negación lenta)—.

T iene razón el padre A lén —refunfuñó M aite—. Usted no se entera de nada.

Un pájaro cantó sobre sus cabezas con dos gargantas. Por la forma de volar se comprendía que venía del fi n del mundo.

—¿Se ha tomado ya las hierbas? —El padre arrugó la frente—. Pues hala —zanjó sor M aite—. A ire, padre. Fuera de aquí. Y no deje que se le oxiden; si se oxidan, ya no valen.

El chasquido de las tijeras volvió a llenar la rosaleda, obligando a las mariposas a esquivarlo con bruscas correcciones.

Salcedo inició un titubeo, pero lo cambió sobre la marcha por un gesto de indiferencia.

Encadenó varios achís. V olvió a sacudirse el polen.

Se miró los dedos. Se los llevó a la boca.

Luego se ajustó el sombrero, se recogió la sotana y regresó al colegio.