Hija del cielo Capítulo XVIII
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Capítulo XVIII

XVIII

Me han dejado hablar con la hermana M aite, que creo que se dice sor M aite, que ha venido con sor Humilde, que puede decirse madre Humilde o puede decirse hermana Humilde, lo que quieras, que la ha traído primero como si sor M aite no se sabía bien el camino y había que explicarle las cosas, y luego ha venido el padre A lén, pero poco, para mirar desde la puerta, así, de lado, con el maletín y todo, pimpam ha sido.

Y la que se ha quedado conmigo ha sido la hermana M aite, que no he hablado con ella porque es más ella la que hablaba conmigo, es más que ha venido sor M aite para saber las cosas sin que se las dirían, pero, como al fi nal hablemos, pues por eso digo que hemos hablado.

Y la hermana M aite, que creo que se dice hermana M aite, ha estado amabilísima, amabilísima ha estado, y me ha dicho que qué ganas de conocerte de una vez, me ha dicho, y yo creo que a la vieja no la ha gustado un pelo y a lo mejor por eso se ha ido, o a lo mejor porque tenía que hacer cosas, porque las dos cosas pueden ser, si te fi jas.

Y sor M aite se ha puesto a mirarme las manchas muy de cerca, muy bien miradas, no te creas, como interesadísima, y no ha puesto cara de asco ni nada, y primero me ha quitado las vendas, porque ahora tengo muchas vendas, no sé si lo he dicho ya, que menuda pinta tengo, venga vendas, venga vendas, menos por la cara, así, y me iba quitando las vendas y me iba mirando así, como contando las manchas, que ya no son pecas ni nada.

Y luego me ha dicho que algunas iba a tener que vérmelas el médico, ha dicho, aunque el médico, que no es cura ni es nada, hace mucho que no viene, igual porque no es cura.

Y entonces la hermana M aite, que también puede decirse sor M aite, me ha mirado los brazos así, sin parpadear, haciendo así con la boca, que yo creía que iba a soplarme, pero me ha dicho que no, que no es bueno soplar las manchas si no estás fumando ni nada, y ojalá me habría echado el humo porque yo he fumado muchas veces, en Orate, digo, y en el hospital dos veces, y me gusta el humo lo que más, el humo, el humo, el humo, que cuando más me gusta el humo es cuando viene de dentro, como si estaría llena de humo, aunque eso no se lo he dicho, que a saber por dónde sale, y me gustan más las nueces y ojalá me darían más nueces, para pagarme, digo, no ahora, antes de antes, que nunca me han dado nueces: me han dado una pulserita, me han dado cromos, me han dado caramelos, pero ahora ya soy mayor y ahora me dan cigarrillos.

Y sor M aite se ha puesto como una loca con las manchas de la tripa, que las ha visto de cerca como si serían importantísimas, y luego las del cuello, que son más arañazos, aunque a saber, y me ha dicho que si me duelen y la he dicho que claro, como orgullosa se lo he dicho, y me ha dicho que si mucho y la he dicho que sí, que por las noches más, porque de día son más los huesos, y me ha dicho que si estoy bien y la he dicho que sí, aunque no sé qué tiene que ver que me dolería algo con si estoy bien, como si no habría muchas cosas que duelen, si no es una es otra, que sólo hay que ver a las madres, que están todo el día cansadas (aunque ahora estoy sólo yo, que mi hermano ya está muerto, que mi hermano, patapum, se quedó en el sitio un día, no sé si lo he dicho ya), como si ser madre sería eso.

Cansarse mucho. Como mi abuelo, que se murió justo después de mi hermano y era el padre de mi madre y se cansaba mucho también, aunque no se moría ni a la de tres y al fi nal se murió y ya está, que cómo gritaba, madre mía, pero bajito, porque se puede gritar bajito, no te lo pierdas, se puede perfectamente, y, como no se moría, pues había que ayudarle, que esa vez ni me llamaron la atención ni nada, total, si ya estaba viejo.

Y a mí me duelen los huesos, no sé si lo he dicho ya, muchísimo me duelen, no sé si lo tengo dicho, por dentro y por fuera y por todo, a santo de nada, digo, y eso es porque estoy creciendo, dicen, pero como me duelen de siempre pues a saber por qué será, y, claro, pues no me fí o.

Y entonces sor M aite me ha tocado como maravillada entera, las manchas, digo, y yo creo que estaba maravillada de verdad porque no paraba de decir qué maravilla, qué maravilla, como si nunca fuera visto manchas, que empezó a sacarlas parecidos.

Y luego apretó la mancha y salió una cosa asquerosa, pero asquerosa, te lo digo yo, y la metió en un frasco, así, así con el dedo chico, que ya sé perfectamente que no se dice dedo chico y sé perfectamente cómo se dice, sólo que ahora no me sale.

Y untó un poco con el dedo y se llevó la cosa a la lengua y qué maravilla, qué maravilla, y luego aplaudía con las manos, plas, plas, plas, plas, que no digo yo que aplaudiría, que no era justo aplaudir, que parecía más…

¡el meñique era!, que era más como limpiarse, y luego siguió quitando vendas y poniendo vendas y quitando vendas y poniendo vendas, y luego miró las manchas, miró las manchas, miró las manchas, así una vez y otra, y al fi nal era todo un mareo y me estoy mareando ahora, y muchísimo se tiró la hermana haciendo las mismas cosas.

Y luego se sentó en la cama como si estaría mejor ya, más relajada y eso, con una sonrisa tan grande que daban ganas de quitársela, pero, como me cortan las uñas, pues nada.

Y entonces me dijo: ¿sabes por qué estás aquí?

Y yo la dije que sí, que porque era muy mala, la dije, y ella me dijo que no, vamos, que sí, que mala era, pero que no era por eso, que había más gente mala y no la tenían aquí metida.

Y luego me dijo que no era por una cosa sola, que era porque tenía que estar, así en general, porque me había tocado, o eso es lo que la entendí, y me dijo que se alegraba mucho y que estaba muy contenta de que sería yo la que estoy para poder mirarme las manchas, porque estaba hasta las mismísimas narices, me dijo, de prepararlas a las monjas valerianas.

Y entonces empezó a contarme cosas de cómo eran las cosas antes, no sé si en el colegio o en el mundo.

Pero antes de antes, digo. Hace la intemerata.

Y me dijo que muchas cosas que ahora son normales en verdad son como secretas.

Y entonces miró la habitación, a lo mejor para saber si estaba la madre Humilde, porque en el colegio se oyen muchos ruidos, y me dijo que lo del in fi erno es verdad, que no sé a santo de qué lo dijo, como si yo pensaría que no, y me dijo que ella había visto el cielo y el in fi erno, los dos, y que no sabía con cuál quedarse.

Y me dijo que a veces pasa que la gente se muere y es como cuando se muere un conejo y luego resulta que es otro conejo nuevo, que menudo ejemplo, y me dijo que no la prestaba atención, y me dijo que a veces pasan cosas al morirse y hay gente que tiene muchas vidas, y yo pensé que como los gatos, y me dijo que hay gente que tiene por lo menos tres, primero una y luego otra y así, y a mí me daba vueltas la cabeza, la verdad, porque me parecía que estaba chalada.

Y me dijo que una vez, hacía muchísimo, cuando no había colegio ni nada y había que encender un palo si querías ver bien, el padre A lén había sido otra persona, no sé si cura igual, yo creo que no, y la madre A driana lo mismo.

Y me dijo que una vez, antes de nacer los dos, habían sido novios o algo, como si serían, no sé, moscas, moscas que ponen muchos huevos y por eso no se separan.

Y me dijo que las monjas que hay ahora en el colegio habían sido, por ejemplo, piedras, y que ella, por ejemplo, era viejísima, aunque no se la notaba casi y la brillaba mucho la piel y es verdad que la brilla.

Y entonces la pregunté a sor M aite, que también puede decirse hermana M aite, que si me dejaba cogerla del brazo y ella me dijo que no y me dijo que una vez había sido listísima, pero hace muchísimos años, cuando había más animales, cuando los primeros curas, o a lo mejor hasta antes, y que curaba a los reyes de lo listísima que era, pero cuando los reyes eran niños, que luego ya no, menuda loca.

Y yo la daba carrete porque estaba entretenidísima.

Y me dijo que yo era distinto, no sé cómo lo dijo, tú eres otro cantar, me dijo, y yo la entendí muy bien que no se refería a canciones, y me dijo que era antigua y nueva a la vez, como si sería, no sé, un armario, porque llevaba algo dentro, dijo, que tenía muchos años, dijo, y yo la dije que eso ya lo sabía yo, perfectamente lo sabía, porque a veces pasa que sé cosas que no tengo que saber.

Y entonces la hermana M aite empezó a hacerme preguntas sobre el Hombre Guapo: el Hombre Guapo esto, el Hombre Guapo lo otro, que cómo era el Hombre Guapo.

Y la tuve que decir que notar no es saber, porque saber no sabía, y la dije que me gustaba más la voz que se oía al principio, la que está lejos, y que, cuando viene él, pues yo me voy y ya está, y claro, pues entonces muchas cosas no las sé, aunque me sé otras.

Y la hermana preguntó qué notaba antes de irme, y yo, aunque me cansaba de decirlo porque se lo he contado al padre A lén mil veces, pues la dije por ejemplo que a veces se me cambian las ganas de estar bien por estar mal, así de golpe, y que estoy mal y ya está, sin que me quitarían la razón ni nada.

Y la dije que a veces soy más fuerte que un mulo, por ejemplo.

Y la dije que a veces noto tonterías en la cabeza, pero ya antes de la habitación, digo, o que noto como que me suenan golpes dentro, dentro de las orejas, digo, y pitos, y me dijo que eso es lo normal, pero como interesada me lo dijo, así que tan normal no sería.

Y la dije que nunca noto cosas metiéndose por los brazos y me dijo que por qué se lo decía entonces y la dije que porque me lo había preguntado y ella me dijo no, que no me había preguntado nada, y yo la dije que sí y ella que no y entonces es que ha sido el padre A lén y ella me dijo que vale.

Y la dije que a veces me entran ganas de contarles cosas a la gente que me sé de ellos, o de empujarles delante de un carro, como si estaría pintando un cuadro y en el cuadro sale eso.

Y la dije que a veces me pasan cosas como que a veces no hay paredes, no sé cómo decirlo, porque a veces no hay.

Y la dije que entiendo perfectamente que me tenían allí en la habitación, encerrada con llave, clac, clac, que es lo normal, que en el pueblo la lío siempre y sé perfectamente que soy incorregible, que me lo dice doña Pili siempre, eres incorregible, dice, y al fi nal la voy a liar muy buena, y en el hospital lo mismo, que menos mal que me sacó Solitude, que qué guapo Solitude, que si lo saben me echan antes, te lo digo yo.

Y luego la dije a sor M aite que las sopas sé muy bien que son de ella, que lo sé perfectamente, la dije, que ya sé que no son sopas sopas pero se me olvida la palabra, que a veces vienen con pelos, pelos invisibles, pelos que se notan luego por dentro de la barriga, porque sé perfectamente que sor M aite quiere meterme pelos dentro, pelos de otras personas, bien largos, como si serían pelucas, para que se me enredarían, porque a veces beberse la sopa es como beberse a alguien.

Y entonces la dije que las sopas cada vez me quitan menos el hambre y que va a tener que echar gallina.

Y la dije que no se me van las ganas de colarme en los cuartos de las monjas nuevas, dentro de los sueños, digo, porque las monjas se pasan el día soñando y entonces es un poco su culpa, porque así es muy fácil llegar a los sitios a la vez que ellas.

Y entonces puso cara como de espantada, a saber por qué, porque todo el tiempo tenía la cara esa, la de qué maravilla, qué maravilla, y luego me dijo que era verdad que habían llegado monjas nuevas pero que yo no tenía por qué saberlo, como si tendría que darme permiso o algo, mira tú, y que se ponían todas malas a la vez y que ahora saltaba por qué.

Que las dejaría en paz, me dijo. Y entonces la dije que, si se fi jaba bien, no tengo un pelo de tonta CUIDADO CONMIGO RATA , que mejor hablaría con ellas si quería, que yo no las obligaba a nada, y ella me dijo que pobres niñas y yo la dije que se callaría y ella no me hacía ni caso, así que la dije que se iría de allí y ella me dijo que no, o a lo mejor me lo inventé FUERA PUTA FUERA PUTA , y entonces la dije de golpe que no quería volver a verla, pero ya cuando empezaban los ruidos, cuando empezó a temblar la mesa, porque vi que tenía que ponerme seria, y entonces empezó a moverse todo y fue cuando se levantó muy rápido ¿ AHORA QUÉ ?

y sacó un frasquito del vestido, que ya sé perfectamente que no es vestido, que tenía como aceite, y me dijo que te calles y me callé.

Y me dijo que cierra los ojos y los cerré.

Pero porque me lo había dicho bien, no sé cómo decirlo, porque me lo había dicho muy bien dicho.

Y me puso un poco por la frente, que yo creo que era aceite porque olía como a fl ores, y se puso a rezar por mí con los ojos cerrados y todo, que no sé qué tiene la gente que se pasa el día rezando.

Y de repente sentí pena por dentro, mucha pena mucha pena, como si de golpe tenía sabido que, ¡pumba!

, lo de las siete vidas es verdad y que cuando sor M aite se muera va a ser sor M aite otra vez, y a lo mejor otra vez, y a lo mejor otra, así hasta siete, hasta que la dejan morirse para irse de una vez al cielo.

Y menuda faena, pensé, siete vidas gastadas a lo loco, pobre sor M aite, que menos mal que enseguida se marchó del cuarto, cuando dejó de temblar las cosas y la volvió la sonrisa del principio.

Y entonces me dio por ponerme a pensar en los niños del colegio, que cada vez alborotan menos, me parece a mí, y me di cuenta yo sola sin que me lo dirían ni nada que ellos sí son nuevos todos, nuevos de verdad, no nuevos del colegio, digo, nuevos nuevos.

Que ellos sí que no han sido antes nada, no sé cómo explicarlo, o a lo mejor animales, pero ni buenos ni malos, no como el padre A lén, que ha sido malo muchas veces, y para eso están los niños aquí, que es lo que quería decir, para que les llenarían bien, no sé cómo decirlo, para que se aprenderían las canciones.

Que para eso hacen falta las monjas, para meterles las canciones dentro, para meterles dentro fotos.

No sé cómo explicarlo. Para que luego, cuando vean que están llenos ya, salgan a trabajar y a hacer cosas normales.

Fuera del colegio, digo. En las ciudades.

Y, si te fi jas bien, es verdad que los gatos tienen muchas vidas, que padre también lo dice, y don A nselmo, y si lo dice don Anselmo es que es verdad, porque don A nselmo lo sabe todo.

Y no sé si lo he dicho ya, pero una vez colgué un gato donde el camino de santa Quiteria, a mitad del sendero, en un sauce, para que se le verían bien las vidas.

Y , cuando le desnuqué, ¡pum!, las perdió todas de golpe.