Hija del cielo Capítulo XIX
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Capítulo XIX

XIX

Gabaón pueblo vivía ensimismado en su apacibilidad, como si el tiempo fuera una dimensión a la que atender a ratos, sin verdaderas consecuencias. En aquel trozo de suelo nada cambiaba, ni la desgana ni el empeño. Sólo las generaciones.

Gabaón pueblo no cobijaba más de un centenar de almas, la mitad, echada al mar y, si no, refugiada en el bar del pueblo; para dejarse olvidada la cabeza cualquiera de los dos sitios valía.

De la otra mitad, la primera mitad eran mujeres ocupadas en mantener los fuegos —cada una el suyo—, y la segunda los futuros hombres de mar, pescadorcitos en ciernes y futuros borrachos, si no salían precoces.

Dos veces a la semana, las mujeres tendían la ropa en cuerdas que parecían unir las casas en un laberinto aéreo de sábanas, camisas, manteles, obedientes a las indicaciones del cielo.

Una vez por semana, se pasaba por allí el cartero, que llegaba pedaleando desde Fondego para dar noticia de un mundo que nadie parecía extrañar.

Eso con la brocha gorda.

Con la fi na, aparecían los vagos, más de uno, y el tonto del pueblo, que en Gabaón era también el loco, y las pescadoras, que no eran muchas pero que, por apuro y tradición, faenaban en la aldea desde antiguo; en aquel entonces había siete.

Se llamaban a sí mismas marineras, aunque fuera les decían las gabaonitas, tenaces como cualquier varón y con menos quejas; lo que debían de fuerza lo pagaban en ofuscamiento, no dejaban presa sin cobrar: antes que volver de vacío ponían patas arriba el océano entero.

(Las marineras de Gabaón han sido siempre las más por fi adas, sólo la apatía general, mal del norte, explica la poca literatura, y es seguro que en Cubarco —llamada así por tanto manantial o tanta vid, no está claro—, y hasta en Parzevo y T resgüevas, alguien habría levantado por menos mayor leyenda).

Gabaón pueblo vivía de espaldas al colegio, en lo espiritual y en lo geográ fi co, su proximidad era un accidente neutral que los vecinos salvaban como se salva cualquier contradicción: con desinterés.

Ninguno de los niños de Gabaón pueblo acababa en el colegio, o raras veces, y entre las niñas sólo A driana, que regresó a la aldea dos veces que se sepa, una a por masa para el pan (no quiso más; luego enseñó a la cocinera a hacerla) y la otra por la muerte de su madre, a cuyo entierro llegó dos horas tarde (las gafas, un poco antes).

Gabaón pueblo se entregaba a los ritos más simples: salir temprano al mar, desayunar tras la primera pesca, venderse el pescado unos a otros, restaurar a su manera las pinturas del centro social —al que algunos llamaban los Uf fi zi—, limpiar las fuentes barrocas de líquenes y rompepiedras, revisar y reparar las redes y aparejos, comer, echar la siesta, cortar la leña, preparar la cena.

Gabaón pueblo se embrollaba por el día, pero de noche se apagaba, un día y otro, en uno de esos ciclos improductivos que la naturaleza favorece tanto.

En Gabaón colegio, por su parte, el invierno declinaba para convocar los sentidos de sus habitantes.

En el colegio sí valían las estaciones, que afectaban al padre A lén de un modo casi material y, por tanto, a cuantos tuviera por debajo, que en Gabaón eran todos, monjas, niños, Salcedo.

Cada dependencia, aulas incluidas, se llenaba de fl ores resistentes al frío, narcisos, campanillas, pensamientos, brotes que el jardín trasero, carnicería prematura de color, expedía como un géiser: las aulas reventaban de impaciencia y ponían la gramática en aprietos.

Todo olía mejor a partir de marzo.

A sor A driana le daba por supervisar la preparación del pan y a las hermanas de cocina por echar queso fresco en la ensalada y por colar jamón en el lenguado, por sustituir por calabacín la carne del cachopo, para hacerlo más ligero, por servir en la cena pastel de cabracho.

T ambién se oraba distinto, con más suelo y menos cielo, con más separación entre las palmas, con más risa interior, como si en los rezos cupiera aún alguna adolescencia.

Los hábitos de las monjas eran, al fi nal del frío, más livianos, y el amarillo le ganaba sitio al gris, aunque con cautela.

Los velos de las jóvenes eran más insinuantes, las ancianas se sorprendían a sí mismas tarareando; hasta el padre A lén llevaba a veces sotana, que había encargado con mucho vuelo para poder girar a gusto si asomaba el sol, a menudo en el claustro, a veces en la biblioteca, al devolver algún libro, o en la propia celda, donde giraba más deprisa y durante más tiempo.

Después escribía un poco —a veces le daba por ahí—, un trozo de diario, un mal poema, y hasta les imaginaba música; luego arrugaba el papel, bufaba de indulgencia y seguía girando.

No era un girar afectado, tampoco extravagante, era un girar gentil y masculino, de una sobriedad a la que la edad no había robado precisión: los pies no le sonaban, sólo el golpe de ropa al cambiar de sentido, y tampoco tanto.

A quello duraba unos días. Luego regresaba al traje y racionaba como podía la energía acumulada, que, si se organizaba bien, le llegaba a septiembre, cuando de verdad la necesitaba.

Sor M aite mezclaba hierbas, con un valor secas y, recién cortadas, con otro; vigores diferentes.

No daba abasto. De día encabezaba caminatas en las que los niños recogían hojas para los herbarios; les hacía escuchar los carballos, vestidos de líquenes y hiedras, que allí lo cubrían todo o cuanto no se moviera.

Les explicaba las sombras: la del pino, caliente y seca; la del nogal, mala sombra, perjudicial para la cabeza; la mejor, la del carballo, la más ancha: tupida y fresca.

A l atardecer se subía a la colina, de cara al mar, bien abrigada, y musitaba ofrendas que el viento del noroeste repartía.

Si la noche era clara, la pasaba mirando la luna.

Si el frío era mucho, se iba. Una noche pudo ver al padre A lén bañarse desnudo en la ensenada. Se puso a pensar en novios que tuvo.

El padre Salcedo aprovechaba el último sol del invierno, más benévolo con sus rojeces, que hacían de él una fl or más, tal vez la más delicada de todas. Durante dos semanas no tuvo visiones, o sólo de las ecuánimes. A lgunas mañanas se miraba al espejo con tanta piedad que se espantaba.

También a los niños se los veía de mejor humor en el deshielo, como si lo hubieran provocado ellos; suspendían de otra manera, se inquietaban menos, la astenia les sentaba estupendamente.

Los castigos eran leves y las clases, frías aún, olían a tierra mojada, aunque pocos relacionaban el decaimiento —por lo demás optimista— con la calma de la niña, cuyas manchas habían empezado a moverse.

En la habitación tapiada reinaba la calma chicha. La niña era un estanque cansado. Si el silencio era opresivo, también musical. Según el padre A lén, el ejército se rearmaba.

La niña no sonreía. Como una monja más, entrelazaba las manos a la espera de la primavera, o se movía, sombra dócil, por el cuarto, dejando tras de sí un rastro de abandono.

Las heridas de la piel habían dejado de secretar y clareaban un poco.

M ás tarde volverían a hacerse fuertes, menos rojas, más negras, pero eso sería después, entrado ya el mes de octubre, después del armisticio, cuando el ojo del huracán hubiera pasado del todo y volviera, con toda su furia, la tormenta. Justo antes de la muerte de la niña.

La hermana A driana parecía complacida, las gafas le lucían transparentes y había vuelto a visitar a A lén, para descanso de todos.

En Gabaón se susurraba mucho, de forma alegre aquellos días, los pasillos se llenaban de esa luz que aún es de lana y que sólo cae en los monasterios, aunque el colegio no fuera propiamente uno.

Nadie estaba muy seguro de qué era el colegio.

Cuando los niños se dormían del todo, los animales se acercaban al muro; el perro los mantenía a raya. El viento esparcía semillas que prendían en cualquier rincón, retazos de canciones marineras arrancadas al pueblo.

Sor Humilde se fumaba en marzo los mejores puros (decía gracias más veces). Las lluvias ganaban en arrojo, ansiosas de primavera. Las misas duraban menos.

La dicha funciona así. V a por ratos, más que por barrios. A veces, en una tarde anubarrada, alguien se deja abierta la puerta del Edén y un soplo de aire fresco le toca la cara. La felicidad es eso.