Capítulo XVII
XVII
El padre A lén llevaba los zapatos en la mano.
La playa le acariciaba los pies mientras Salcedo lo seguía como podía, incapaz de evitar que la arena se le colara en los mocasines.
A lén hacía aspavientos al hablar, los cordones de los zapatos bailaban como lenguas de sombra.
Su traje de corte impecable contrastaba con la sotana de Salcedo, que, además de fea, era sotana de viejo.
—Debe entender, Salcedo —le explicaba A lén—, que este no es un colegio normal.
—¿Y cómo es un colegio normal, padre?
—Prosaico. —También el padre A lén sabía serlo—. El problema aquí no son los niños, son las monjas. Pero son necesarias, ¿entiende?, así que no hay solución. La di fi cultad, aquí y fuera de aquí, está en la mujer. Siempre.
—¿A qué mujer se re fi ere?
—No diga tonterías, Salcedo. —El mar intimidaba al resto del paisaje.
Un orballo fi no, casi polvo de cristal, convivía con el sol, que aguantaba por tramos—.
La mujer, Salcedo, la mujer. T odas son especiales, ¿entiende?
Ese es, en parte, el problema. T ome. —El padre A lén le entregó los zapatos, en cuyo interior, zorros dormidos, se guarecían los calcetines—.
M ire esto. —El anciano se acuclilló. T omó un puñado de arena—.
A gáchese, agáchese. —El joven cura obedecía—. ¿Qué ve aquí?
—¿Arena?
—Muy bien: arena. A hora usted. —Salcedo no se movió—. Coja algo también, no sea tímido. —Salcedo tomó otro puñado. A lén le golpeó la mano—. Pero otra cosa, hombre.
—No hay más cosas.
—¿No hay más cosas?
Salcedo negó con la cabeza. A lerta.
La luz perdió vigor de forma abrupta (las nubes se movían rápido). Salcedo se decía por dentro: no hay más ardor que el que es, no hay más cera que la que está, no hay más estar que ser cera, no hay más cera que la que arde.
—¿Ve ese cangrejo? —El padre Salcedo siguió el dedo. V olvió a negar con la cabeza—. ¿Ve las rocas?
—No veo nada.
—¿Ve la piedra rugosa? A l menos eso. La mediana.
—Sí.
—El cangrejo está debajo, cójalo.
—¿Cómo lo sabe?
Alén se encogió de hombros.
—¿Ahora? —preguntó Salcedo.
—Puede cogerlo después, pero ya no será ese cangrejo. Será cualquier cangrejo.
Salcedo pensaba despacio y se movía despacio, como si el aire estuviera hecho de velcro. Dejó los zapatos en la arena. Se acercó a las rocas.
—¡Cuidado! —le gritó A lén. Salcedo se sobresaltó—.
Es un Carcinus maenas , no se fí e. Es un cangrejo rabioso.
T ráigalo, ¿quiere? — El padre Salcedo no quería, pero levantó la piedra igual: el cangrejo estaba allí, después de todo—.
Sujételo entre el caparazón y el abdomen.
—Salcedo obedeció—. Eso es, con cuidado.
Deme, deme. —Salcedo se lo colocó en la palma—.
A sí, muy bien. Cuéntele las patas, ¿quiere? —El joven cura lo hizo.
—D-diez —balbuceó.
—Pensó que serían ocho, ¿verdad? —Salcedo se sonrojó—.
T odo el mundo piensa que son ocho. T odo el mundo piensa que las piñas vienen de las palmeras.
—Volvió a encogerse de hombros—. Son decápodos, no pueden tener ocho patas, ¿creía que era una araña?
—Salcedo se las contó otra vez—. No hay que creer cualquier cosa.
El espíritu de A lén tendía, como el de la mayoría, al horizonte, que apenas separaba el mar del cielo. La silueta de los hombres se recortaba contra el gris, junto a una escarpadura de arenisca acorralada por rocas de cuarzo.
Alén dijo:
—¿Seguro que no le gustan los hombres?
Salcedo negó con la cabeza.
—A mí me gustaron una vez. Uno, en realidad; siempre es uno. Un muchacho muy apuesto. T ambién yo era un muchacho muy apuesto, entiéndame. No pasó nada. A ciertas edades todo se confunde.
Salcedo lo sabía muy bien.
—Se llamaba Bernabé. Era de Gaiena. Estudié el bachillerato en Gaiena, ¿lo sabía?
—¿Ha vuelto a verlo? —preguntó Salcedo con brusquedad.
—Claro que no. M e olvidé de él enseguida.
Salcedo parecía interesado:
—Cómo.
Alén arrugó la mirada.
—A veces, para olvidar, hay que manchar el recuerdo. —Salcedo intentó absorber la idea—. M uy bien, entonces. —Alén cambió el tono. Dejó el cangrejo en la arena. Se sacudió las manos—. ¿Está estudiando, Salcedo? —Le reclamó los zapatos.
Salcedo no sabía a qué se refería.
—¿Está estudiándose el rito? —insistió A lén, incorporándose—. Estudiándoselo bien, digo. Estudiándoselo entero. Palabra por palabra.
—Sí —reaccionó Salcedo—. Sí, sí. Es di fí cil.
—Naturalmente que es di fí cil, pero apréndaselo igual. Recítelo siempre que pueda, de arriba abajo, de abajo arriba. Hasta memorizarlo. M i cabeza ya no es la que era, voy a necesitarlo.
—¿Cuándo? —preguntó Salcedo, incorporándose también.
—Cuando llegue el día.
—¿Cuándo es eso?
—¿Y a usted qué le importa, Salcedo?
Salcedo parpadeó dos veces.
—Entiendo.
Alén esbozó una sonrisa.
—No entiende nada, pero ya entenderá. Si no hubiera mujeres…
—Alén regresó al tema inicial—. Si todos fuéramos hombres, todo iría mejor, ¿no cree?
No habría guerras. Nos pegaríamos entre todos, ganaría quien tuviera que ganar, seríamos menos.
—Perdió la mirada en el cortado, del que asomaba un trozo de colegio—.
A l fi nal nos mataríamos y luego nos llevaríamos bien.
Después nos mataríamos de nuevo, porque sería todo mentira, y seríamos menos aún.
Y ya estaría. Se pararía todo por fi n. ¿Comprende?
—Salcedo parpadeó una vez más—. Para eso están las mujeres.
—¿Para que no nos matemos?
—Para que no nos paremos.
Salcedo se miró los pies. Flexionó las puntas.
—Las mujeres —continuó A lén— no quieren que estemos a gusto. Las mujeres no nos dejan ser felices, ese es el secreto de la vida. Se aseguran de que nos muramos de miedo. Pero esa niña… —Salcedo le prestó atención—. Esa niña… —Alén miraba alrededor; al suelo, a las rocas. Inquieto.
—¿Qué busca, padre?
—Al cangrejo. ¿Lo ha visto?
—Se ha ido. ¿Le busco otro?
—Tiene que ser ese. Es un cangrejo rabioso.
T enía que haberlo matado, ha oído cosas.
Bicho endemoniado. —Salcedo disimulaba el desconcierto—.
Da igual, es tarde; me pasa siempre. —Alén suspiró—.
Ese cangrejo, Salcedo, era un malacrostáceo; un malacrostáceo de libro; de cabeza y tórax fusionados.
A hora nos estará mirando. —Sacudió los zapatos con fuerza, los libró de la arena gruesa—.
T iene unas pinzas poderosas, fuertes como tenazas, no exagero.
Las usa para… —Colocó los zapatos en paralelo, como si los comparara—.
No lo sé, para muchas cosas. Para buscar alimento, para pelearse, para matar—.
Golpeó las suelas entre sí, ahora por la arena fi na—.
Cuando hace el cortejo, se pelea con los demás malacrostáceos.
Gana el mejor. Se mata por las hembras, ¿sabe?
Quién no. —Salcedo intentó una sonrisa débil—.
Cambia de caparazón. Cada año, como hacemos todos.
V ive en los fondos arenosos. En los limos.
En las rocas. En los estuarios. Son muchos, son más que nosotros, Salcedo.
Se reproducen como conejos. Son agresivos, voraces.
Son cangrejos rabiosos. ¿Sabe para qué los usan aquí?
—Salcedo no lo sabía—. De cebo. —Alén volvió a golpear las suelas, esta vez variando el ángulo.
Luego las frotó entre sí—. He enfrentado enemigos formidables.
Formidables, Salcedo. A dversarios terribles.
T odos aquí. —Se señaló la sien—. Todos venían de fuera.
Una gaviota viuda chilló sobre un lecho de piedras antes de remontar el vuelo en dirección a un viejo pesquero. El barco se fundía con las olas, ocupado en sus faenas. Diminuto.
—Vámonos de aquí —dijo A lén, activado de repente.
Salcedo lo seguía a la carrera, esquivando como podía los salientes, el sol apenas un esbozo tras el velo de nubes.
En Gabaón, más allá de los juncos, las campanas tocaban a vísperas.