Capítulo XIV
XIV
La mirada de A lén abría un túnel que acababa en la frente de la niña.
—No vuelvas a hacerlo —le dijo.
—¿El qué?
—El qué, padre.
—¿El qué, padre? No he hecho nada.
—No vuelvas a asustar a sor A driana.
—No estaba asustada, padre.
—Sor A driana está asustada siempre. Por eso es tan importante.
—¿Para qué?
—Para qué, padre.
—¿Para qué es importante la madre A driana, padre?
—¿Bebes lo que te dan?
—Sí, padre.
—¿También cuando está amargo, cuando no hay quien se lo beba? ¿También entonces?
—Sí, padre.
—Tienes que beber lo que te den. Hasta el fondo, ¿me oyes?
—A veces lo escupo, padre.
—No puedes escupirlo, niña.
—A veces me espero y lo escupo.
—No puedes escupirlo. Le pediré a la hermana Humilde que se quede más tiempo contigo.
—No.
—Sí.
—No.
—No, padre.
—No, padre. Puedo aguantar mucho rato.
—Puedo aguantar mucho rato, padre.
—Puedo aguantar mucho rato, padre. Puedo aguantar todo el rato que quiera, padre. Puedo aguantar el día entero, si me da la gana, y escupirlo luego, puedo aguantar un mes. Y sin beber también, padre, puedo beberme a mí misma, si quiero.
—No lo hagas.
—Vale.
El padre A lén metió la mano en el bolsillo y sacó un pañuelo con las iniciales bordadas. Se sonó con método.
El fi n de invierno era más cálido de lo normal, los pescadores traían a tierra cada vez menos rodaballo, menos lubina y merluza, menos besugo y más caballa y jurel, más dentón, más pargo. A lén prefería el calor pleno, pero se sentía igual de bien en la moderación. No tenía, pues, queja.
Algo bailaba en el aire, podía notarlo. T odos podían. Con gesto coqueto, se miró las uñas.
—¿Te gustaría que te hiciera daño? —le preguntó a la niña.
Ella lo miró con indolencia y le ofreció el antebrazo, repleto de manchas rojas. Con igual apatía lo retiró. Se lo frotó un buen rato bajo la tela.
El padre A lén escrutó el hueco para el que la niña reclamaba su ventana: una pared enlucida no hacía demasiado tiempo. V arias grietas en el estucado gris daban testimonio de la prisa. A lén frunció el ceño con disgusto.
—No tuerzas el cruci fi jo, ¿quieres?
—¿Qué cruci fi jo?
—Qué cruci fi jo, padre.
—¿Qué cruci fi jo, padre?
—¿Qué cruci fi jo va a ser, niña?
La niña miró la pared.
—No he sido yo, padre.
—¿Sabes rezar el padrenuestro?
—Sí, padre.
—Hazlo.
La niña lo recitó de cabo a rabo, del pater al amen , sin respirar.
El padre A lén asintió.
—Otra vez.
La niña repitió:
— Pater noster, qui es in caelis, sanctificetur nomen tuum; adveniat regnum tuum; fiat voluntas tua sicut in caelo et in terra.
Panem nostrum quotidianum da nobis hodie et dimitte nobis debita nostra sicut et nos dimittimus debitoribus nostris; et ne nos inducas in tentationem, sed libera nos a malo. Amen.
—Sabes que está mal, ¿verdad? —le preguntó A lén.
—¿Que está mal qué?
—Que está mal qué, padre.
—¿Que está mal qué, padre?
—¿Sabes que hay cosas que están mal?
—Sí, padre.
—¿Por qué están mal?
—Por todo.
—Por todo, padre.
—Por todo, padre.
—¿Por qué están mal?
—Por ejemplo… —La niña unía de una en una las yemas de los dedos.
Boqueaba y hacía explotar las burbujitas que se le acumulaban en la comisura de los labios.
Se tapó las rodillas con el camisón, ya muy dado de sí.
Retorcía el dobladillo—. Por ejemplo —repitió—, sanctificetur nomen tuum está mal; tendría que ser piel, no nombre. La piel es santa.
—Muy bien.
— Regnum tuum está mal. Sería mejor triumphus .
—Por qué.
—Porque lo que está diciendo es que tiene que ser así. Hay que ganar siempre, padre. Sin esperar a nadie.
—Muy bien. Sigue.
— In caelo et in terra está mal.
—¿Cómo tendría que ser?
— In caelo, in terra et in hoc loco damnato.
—Este lugar no está maldito, niña, sólo perdido. ¿Sabes cómo se llama?
—Habitación.
—Me re fi ero al colegio.
—No.
—No, padre.
—No, padre.
—Continúa.
La niña fi jó los ojos en un rincón del cuarto. V olvía a repasarlo todo, esta vez en voz baja.
— Panem nostrum quotidianum da nobis hodie está mal —dijo al cabo.
—¿Qué parte?
— Da nobis hodie. T endría que ser ya, no hoy.
—¿Por qué?
—Porque sí, porque así es como es. Y dimittimus está mal, no tiene que perdonarnos nada, tiene que cargar con todo, para eso está. Y ne nos inducas in tentationem está mal.
—Niña…
—Tiene que tentarnos. —Su rostro era puro arrebato—. T iene que tentarnos, ¿no? Si no, ¿cómo sabe cómo somos? ¿Cómo sabe si somos buenos? Y sed libera nos a malo está mal.
—Basta, niña.
—No puede salvarnos. Nunca. T iene que aplastarnos, padre, tiene que aplastarnos como a un bicho malo, igual que a los gusanos y a las ratas. ¡Tiene que pisarnos la cabeza, padre! ¡Así! ¡Como el Hombre Guapo! ¡Tiene que obligarnos, padre!
Alén sabía muy bien que no hablaba con el Hombre Guapo, pero tampoco del todo con la niña, quien ni se expresaba así ni conocía más lengua que la de Orate.
—Cálmate, ¿me oyes?
—No, padre. Sí, padre.
La niña se apaciguó. El padre A lén, por el contrario, se mantenía en guardia. La niña regresó al baile de yemas. Empezó a tararear.
—¿Qué cantas, niña?
—Nada.
—Nada, padre.
—Nada, padre.
—Algo cantarás.
—Una canción. Una canción de mi pueblo, padre.
—¿Quién te la enseñó?
—Mi padre, padre, que la aprendió en Orate. O en el pueblo de al lado de Orate, que es donde está el bar, allí la oyó. En V illafermosa de la Cuesta, que la decimos V illafermosa porque sólo hay esa.
—¿Es bonita?
—Villafermosa mis cojones, decía mi padre, ¿quién te habrá puesto ese nombre?
, alguna puta de reina. Pero porque se lo había oído al médico, de cuando se ven allí, digo, porque en Orate no hay bar y en V illafermosa sí, no sé si lo he dicho ya, y a mí me daba la risa, igual que a padre, a los dos; pero porque no somos de V illafermosa, que, si no, no sé, igual no nos daba; por eso me lo decía, padre. De Orate no decía nada.
—Y ¿qué dice la canción?
—¿Qué canción?
—Qué canción, padre.
—¿Qué canción, padre?
—La que llevas dentro, niña.
—¿Se la digo?
El padre no contestó. La niña rebuscaba en la cabeza.
Y cantó:
—Yo tuve una novia coja, coja porque cojeaba; pa lo que yo la quería la pierna no la estorbaba. —La niña rio y rio y siguió juntando las yemas: índice, medio, anular, meñique; índice, medio, anular, meñique. T odo contra el pulgar.
—Aquí no cantamos esas cosas, niña.
—Me lo ha pedido usted.
—Me lo ha pedido usted, padre.
—Me lo ha pedido usted, padre.
—Da igual. A quí no cantamos eso.
—¿Aquí en el colegio?
—Aquí en el norte.
—Es usted del norte, ¿padre?
—No.
—¿Es usted del sur?
—Ya no. ¿La cantaba tu padre?
—¿El qué?
—El qué, padre.
—¿El qué, padre?
—La canción.
—No, padre, la canto yo. Pero le pega a padre, ¿verdad? ¿Verdad, padre, que le pega a padre?
Y luego rio de nuevo, con risa a fi lada de brujita.
El padre la remiraba.
El padre A lén apenas concilió el sueño aquella noche, la cuarta vigilia involuntaria en la semana.
Habría querido que sor A driana —a quien él aún llamaba A riadna o, con más delicadeza, A ri— lo visitara en el cuarto, pero hacía casi un año que A driana se lo negaba: mucho niño en la cabeza, le decía.
Poco tiempo. Se veían en otros sitios, claro, era mucho lo que administraban juntos, aun sin la intimidad de la celda, alejada de las demás por decisión de A lén, que hacía mucho que se había asegurado el aislamiento, desde que A ri cruzara de los votos a la profesión solemne y nada debiera temer ya.
A driana nunca se protegió de habladurías: si Dios estaba al tanto de la naturaleza de su devoción, nada tenían que decir las demás hermanas, en quienes, además, con fi aba más que en sí misma.
Cuántas veces se habían tumbado los dos sin descalzarse siquiera, boca arriba, sin deshacer la cama ni tocarse, uniendo levemente los meñiques. A quel simple contacto habría podido iluminar el pueblo entero. Su amor no necesitaba para existir más que el aire. La palabra. Su ausencia.
El padre A lén dobló la ropa y la dejó sobre la silla.
El pantalón gris pizarra; la camisa sufrida, hecha a medida; el alzacuello encima.
Rescató del respaldo la chaqueta, que no recordaba haber colgado, aunque a su edad coleccionaba los desmayos; la ajustó sobre la percha ancha, forrada de fi eltro.
Contempló su desnudez en el espejo del armario, que le devolvía la imagen de un pellejo de mirada gris plata. Ojalá A ri estuviera allí, pensaba. Sus gafas gigantes lo habrían transformado todo, también la falta de clemencia con la que se observaba.
Se deslizó sin peso bajo la sábana doblada, que apenas se hinchó al paso.
A pagó la lamparita. Se abandonó a su rutina nocturna, que comenzaba con un rezo y una petición de luz, más desesperada cada curso.
M editó sobre sus palabras y acciones; el recuento lo deprimía, lo precipitaba en la zozobra y el remordimiento.
Hizo examen de conciencia, aun sin voluntad de cambio: el padre A lén se conocía y descreía de todo, empezando por sí mismo; evitaba mentirse sobre sus fl aquezas, sobre sus exaltaciones.
T omó la Biblia de la mesilla, la apretó contra el pecho, rozado aún por un resto de luna.
Cerró los ojos.
Las cosas empezaban a cambiar en Gabaón, anunciando acaso estaciones más intolerantes. Hasta los niños lo notaban.
Los sonidos se apagaban antes o se alargaban de más, los techos eran más bajos, la radio se oía peor —aunque eso no detenía los canturreos de A lén, atormentado de melodías—, las plantas se arrastraban por los muros recordando a quienes se acercaban que la naturaleza no trata allí bien a sus hijas, como Solitude sabía bien y debería haber recordado antes de permitir la entrada en Gabaón de aquella niña.
A Alén lo invadían las sombras. Pensaba en Solitude, quien fi ngía que nada iba con él aunque podía verlo todo, cuando estaba en el colegio y cuando no, tal era su función: el encargo del viajero, en palabras de sor M aite, jacobina en el hábito y sacerdotisa egipcia hemet netjer ante la fl or precisa.
Corresponde aceptar su voz, decía. Nada más eso.
El padre A lén palmeó las sábanas y se dispuso a pasar otra noche en blanco.