Capítulo XV
XV
Hoy he soñado con el padre Solitude, que qué guapo el padre Solitude, y luego he soñado con un bosque, y luego he soñado con una monja muy guapa que se llama T amata, M aría T amata dice que se llama, pero ella dice T amata sólo, igual que el Hombre Guapo me llama rata sólo, que qué nombre más bueno, T amata, y T amata es italiana y se llama sor T amata, pero habla muy bien y se la entiende todo y es hija de un obrero muy importante y el obrero hizo un convento una vez, o le hizo más grande, no sé, y le dibujó primero y T amata le vio de pequeña, el convento, digo, o se paseó por dentro y se pensó lo de hacerse monja y luego ya se hizo monja del todo, pero ya luego, y fuma mucho, dice, y dice que a veces tiene dudas pero aquí dudas tenemos todos, cada uno las suyas, digo yo, y yo no sé si existe T amata, yo creo que sí, a ver si un día tengo suerte y la veo fuera del sueño.
Y lo del bosque era muy bonito y muy raro, pero bonito también, porque salía un corzo, que yo creo que es el perro del guardés que en realidad es un corzo, no sé si lo he dicho ya, y los corzos son cosas, no sé si lo he dicho ya, y salía también la hermana Humilde, que también es un poco dueña del perro, que me miraba y me miraba y me decía con los ojos que a lo mejor me ponía buena y a lo mejor no, pero que si me ponía buena a lo mejor no se me notaba rápido, que no sé a santo de qué me tengo que poner buena yo si no estoy mala ni nada ni me duele la espalda ni nada, aunque me han salido pecas, unas pocas, vamos, donde la espalda no, por delante, y a lo mejor en la espalda también, que a ver quién es la guapa que se ve la espalda, y primero eran pecas y ahora ya son manchas manchas, que parecen antojos.
Y la madre A driana me ha dicho: criatura, ¿está usted bien?
, eso ya fuera del sueño, y yo no soy una criatura, que tengo catorce años y mancho, por eso se me acercan los perros.
Y luego el corzo se escapaba o le asustaban o algo porque se echaba a correr, aunque a lo mejor era un ciervo, que yo no he visto un corzo nunca, a saber, y me echaba a correr detrás del ciervo, que a lo mejor era un perro, venga a correr, venga a correr, a ver si le arrancaba la cabeza o algo o por lo menos una pata.
Y entonces vino lo raro, porque el bosque se puso como a arder, pero entero digo, y no digo a arder en rojo, digo en morado o así, o en azul o algo así era, como si sería un fuego azul, porque era medio fuego y medio aire, y luego me olvidaba ya del corzo porque en los sueños a veces pasa eso, que a veces estás a una cosa y luego, pam, ya estás a otra.
Y entonces vino lo raro, porque salía madre en el sueño, aunque me di cuenta enseguida que no era madre de verdad y me dijo que a ver si volvía al pueblo, riendo me lo decía, como si sabía que no iba a volver nunca.
Y luego vino lo raro, porque de repente estaba rodeada de panes, todos así, en el suelo, aunque no había suelo ni nada, que era todo oscuro alrededor, no sé cómo explicarlo, y había un redondel de panes, hogazas de las grandes, no te creas, de las que en casa ni entran, de las que en casa ni las vemos y, si las vemos, vuelan.
Y entonces no pasaba nada, me tiraba un rato así en medio de los panes, como si se irían a poner a hablar o algo, que no sé por qué pensé eso, y yo creo que eran panes de los que hace la madre A driana, que me ha dicho que a veces hace pan y que qué ganas de hacer pan, dice, así que igual es que la gusta el pan.
Y entonces empecé a acordarme de cosas, pero no eran cosas normales, no eran cosas mías, eran cosas de otra gente, como recuerdos o así, como si había gente suelta, gente de otros sueños, digo, que iba dejándose los recuerdos tirados, y yo creo que es verdad y no me lo estaba soñando, porque me acordaba de cosas que no sabía que había, como por ejemplo ciudades con gente distinta, de otros colores y eso, de otras formas, como los indios, que ya sé perfectamente que hay indios de la India y hay indios de los vaqueros.
Y una vez vi un negro en M adrid, pero eso fue en el hospital y fue durante poco rato.
Y entonces vino lo raro, porque uno de los recuerdos era el recuerdo de un barco, que ya me dirás tú a santo de qué iba a acordarme yo de un barco, y el barco estaba dentro del colegio, en un jardín grande estaba, en un jardín que no se sabe cuál es porque hay muchos y yo en ese jardín no he estado, y el barco estaba ahí parado, como de lado, quieto en mitad del jardín o como se diría quieto en barco, y dentro estaba el padre Salcedo, preocupadísimo estaba, como si sería el capitán del barco, con la cara roja y todo, con la bata esa negra que tiene que le queda corta que ya sé perfectamente que no es bata porque es negra, y entonces me acercaba al padre y empezaba como a tocarle por dentro de la bata, sin avisarle ni nada, que yo casi siempre aviso.
Para que se animaría. Y él me miraba muy fi jo con una sonrisa muy grande porque estaba asustadísimo, que ni se atrevía a quitarme la mano ni nada, así que yo le sonreía a él y creí que iba a volverse algo, por ejemplo ratón, o una planta muy seca, pero no se convertía en nada, sólo se reía y lloraba.
Y entonces empezó a nevar, pum, de golpe, catapum, aunque yo creo que también nevaba por fuera del sueño, porque a veces pasa eso, que en los sueños pasan cosas que están pasando fuera, que a veces sueñas, por ejemplo, que hace viento y te despiertas y, catapum, tienes que levantarte de golpe para cerrar la ventana porque resulta que hay viento y a veces hasta te despiertas y, pumba, resulta que ya estaba cerrada, porque la habías cerrado tú primero.
Dentro del sueño, digo. Y eso también vale.
Y luego me puse a patear vacas, pero a lo bruto, digo, en el sueño, y a patear zorros, que no sé qué harían los zorros con las vacas, comérselas con las manos, digo yo, como pasa a veces en el pueblo, que ya sé que no se dice manos y no sé si serían zorros zorros, pero grandes eran, más pequeños que las vacas, y me les comía todos y al corzo no, porque el corzo es mágico, no sé si lo he dicho ya, y no se deja.
Y entonces vino lo raro, porque me daban pena los animales, de repente, digo, pero no los animales animales, más la idea de los animales, no sé cómo decirlo, como si cada animal tenía un animal que es el jefe de todos los animales, un jefe que hay que hablar con él, pero no un animal animal, sino una idea, una idea de animal, no sé cómo explicarlo, como si sería así siempre con los animales, como si todos los pájaros del mundo, por ejemplo, o por lo menos los del mismo pueblo, tenían una idea de pájaro que les mandaba a todos que harían las mismas cosas, y les explicaba a todos por dónde tienen que volar, como si sería el jefe de todos, o como si el pájaro que digo, que es el que es una idea de pájaro, sería todos los pájaros del mundo y les decía a todos cómo pueden volar a la vez, pero en manadas, o como se diría manadas en pájaro, que ya sé perfectamente que no se dice manadas, o cruzarse en el aire a lo loco pero sin chocarse, aunque son muchos.
O como si todos los gatos del mundo tenían una idea de gato, no sé cómo explicarlo, un gato más importante que resulta que es el rey de todos los gatos, pero no un gato normal, un gato enorme, una idea de gato, y resulta que a veces hay que hablar con él para que a los gatos normales no les darían ganas de hacerse personas, por ejemplo.
Para que se queden gatos. Como negocios que se hacen con los animales.
Y entonces me miraba la cara en un charco, así de golpe, y entonces tenía un lado más caído, como si sería sor Humilde, que también puede decirse madre Humilde, más caído aún que ella.
Y entonces fue lo raro, porque de la boca empezaban a salirme bichos, no como los grillos, que son bichos normales, bichos nuevos, bichos que no hay, bichos que no sé cómo se dicen, que no tienen bicho jefe, bichos sin pensamiento, y a mí no me parecía mal que me salían los bichos del cuerpo porque sé perfectamente que es un sueño.
Y entonces se acabó el sueño porque estaba la madre Humilde dándome bofetadas, pimba, pimba, y yo estaba normal, pero dentro del sueño, digo, porque, lo que es fuera del sueño, estaba por lo visto gritando (o estaba gritando seguro, que me lo dijeron luego, aunque la madre Humilde no, la madre Humilde no dice nada).
Y entonces, cuando la madre Humilde, que creo que no es la madre superiora, veía que ya no gritaba o por lo menos gritaba menos o que estaba ya gritando porque quería, dejó de pegarme y ya, porque se me notaba perfectamente que ya era para entretenerme, que la madre no tiene un pelo de tonta y lo que la pasa es que, si te fi jas, no habla porque no la da la gana o porque la han dicho que no hable o que me pegue cuando toca y ya está, que así se saben muchas cosas, pegando.
Y luego la madre Humilde me acercó la taza grande, la que me da a veces, digo, que ya sé perfectamente que no es taza y que las prepara sor M aite, que creo que lo estoy diciendo mal todo, que creo que estoy haciéndome un lío, que es más grande que una taza y no tiene rabo ni nada, no tiene lo de coger, no sé cómo se dice, y estaba todo malísimo, malísimo estaba, malísimo malísimo malísimo, y la madre Humilde me obligó a beberlo por lo de las pecas, dijo, para que se me borrarían, y a ella se lo había dicho sor M aite, te lo digo yo, que es la que sabe.
A sí que, por si era verdad, la enseñé las pecas bien, que ahora ya eran manchas manchas, no sé si lo he dicho ya.
Y puso una cara así como de guardarse el asco para dentro, que yo a veces también la pongo, porque una de las manchas sacaba un agua asquerosa, un agua asquerosísima sacaba, de rascármela sería, que a veces las manchas pican y voy y me las rasco, y a ver quién no se rasca cuando le pica.
Y entonces la hermana Humilde, que también se puede decir sor Humilde, me echó un poco de sopa por encima, mira tú, un poco que quedaba, por encima de la herida, digo, porque resulta que la mancha era ya herida, así que la echó como así, como torciendo la taza, que ya sé perfectamente que no es taza, y entonces resulta que, pum, nada.
Porque resulta que nada. Resulta que no pasó nada.
A sí que la madre Humilde se quedó parada, como sorprendida y eso, como si la daba pena que no pasaría nada, como cuando quieres mucho algo y te hace mucha ilusión y de repente no pasa.
Esa cara digo. Y la hermana Humilde me vendó el brazo bien vendado, que me le apretó bien fuerte porque la mancha estaba en el brazo, no sé si lo he dicho ya, y entonces me dijo que ni se me ocurriría andarme, ni con la uña ni con nada, aunque no lo dijo dijo, que ella no dice ni pío, pero puso esa cara que se te nota todo y no apagó la luz ni nada y por eso sabía perfectamente lo que me decía y que era de día y no de noche.
Y cuando me quedé en el cuarto sola me puse a pensar en la sopa, que es una sopa que es distinto, que tiene como raíces dentro y a veces, aunque te tomarías mucha, notas los vacíos cerca, como si estarían por el cuarto, digo, como si estarían viniendo.
Como si vendría el pulpo negro. Y no me quité la venda ni nada para que no me atarían, que si me quito la venda me atan por mi bien, te lo digo yo, igual que en la enfermería; me la chupé un poco y ya está, la venda, digo, para ver a qué sabía. Pero resulta que no sabía a nada.