Hija del cielo Capítulo XII
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Capítulo XII

XII

La hermana M aite, como sus predecesoras —la estirpe invisible de custodias que hundía sus raíces en el nacer de la cristiandad, cuando todas eran diaconisas y no necesitaban esconderse—, sabía una o dos cosas sobre jardines, que pueden resumirse en…

Hay siete plantas sagradas en el mundo. La fl or de loto, que representa la vida y la fertilidad —en ocasiones, la pureza—.

El muérdago, que atrapa la esencia del sol.

El tulsí, que unos llaman Ocimum sanctum y otros albahaca sagrada, tiene un olor embriagador y sirve para hacer aceites esenciales y jabones.

La marihuana, la única de las siete sin lugar en Gabaón, que no confunde la intuición con el razonamiento, el razonamiento con el agrado ni el agrado con la sabiduría.

El tejo, asociado al renacer y la longevidad, para cubrir todos los fl ancos.

La albahaca común u Ocimum basilicum , que brotara una tarde de viernes bajo la Santa Cruz, donde cayó la primera gota de sangre redentora, y que queda muy bien en la pizza. Y el peyote, que no sirve para nada.

Hay siete hierbas sanadoras: la salvia, el tomillo, el romero, la lavanda, el laurel, la ruda y, de nuevo, la albahaca, proverbial en todas las salsas.

Después están el abrojo, la zarzamora, la arroyuela o relicaria, el abrepuño amarillo, el jazmín, la retama negra, el cardo cundidor, la hiedra —muy importante en Gabaón—, el cártamo silvestre o alazor, y la corona de Cristo.

Y, por fi n, la catuaba —e fi cacísimo afrodisíaco—, el Ginkbo biloba —al que las monjas llaman ginco—, la undlela ziimhlophe o Synaptolepis kirkii —de tallos negros y raíces blancas, inductora de sueños lúcidos—, el mulungu o fl or de coral, y la bobinsana.

El resto son combinaciones.

Por ejemplo, cuando una novicia daba a luz —a veces pasa—, sor M aite le preparaba un baño de hierbas dulces: jazmín, lavanda, albahaca, manzanilla, menta, hierbabuena y canela, ideal para atraer la prosperidad y entregar al niño a la bene fi cencia con mejor aspecto.

Para repeler lo negativo, se sumergen los codos en un aguamanil de hierbas amargas: salvia, eucalipto, ruda, ajo, mirra, enebro y parietaria, siempre siete.

Para dormir, la pasionaria, que algunos llaman pasi fl ora y genera mareos y confusión, que es lo buscado.

La lengua de suegra cuando hay que callar o hacer callar.

Para ver el futuro, una infusión de espinacas, poco nutritivas (para bien) y, masticadas despacio, muy buenas para el vientre.

La hermana M aite, además, lo sabía todo sobre el árbol del té —y, por tanto, sobre los tigres—, con cuyo aceite espantaba las infecciones más comunes y, si no se andaba con ojo, podía quemarse la cara; sobre la magnolia negra, parásito de algunos árboles, con la que se hacen las cremas más caras de París; sobre las semillas de la fl or de loto y del arroz, que sostienen civilizaciones enteras; sobre la manzanilla, que M aite prefería en infusión —como casi todo el mundo—, con una rodajita de limón en el borde de la taza, por la dureza del agua, decía, rica de más en magnesio, y por el frescor.

Lo que no sabía sor M aite era cómo hacer que el padre Solitude se aviniera a pasar más tiempo en el colegio.

O cómo aligerar el ánimo de la madre A driana.

O cómo devolverle la paz al padre A lén.

O cómo hacer que sor Humilde dijera algo más que gracias.

O cómo conseguir que aquella niña que a veces parecía normal dejara de decir lo que decía, de estropear la ropa, y abandonara la manía de meterse en la cabeza de los demás, sobre todo en la del padre Salcedo.

El padre Salcedo, de nombre Carlos —aunque nadie, ni su propia madre, lo llamara así—, recorría con la sotana relavada el ala norte de Gabaón, junto al gimnasio, con un andar ligero que ni re fl ejaba ni favorecía su humor, pensando, como tantas veces, en cómo había acabado allí, y por qué.

No siempre es por razones que pasan las cosas, se decía, y es verdad que no siempre las hay: a veces no hay más motor que la fatalidad, a veces te arrancan de un sitio y acabas sin saber por qué en otro y te haces sacerdote.

Y luego: la inercia es el empuje luminoso que impulsa a los temerarios y a los indecisos los aplasta.

Salcedo tenía la cabeza llena de libélulas; tendía a la circularidad y, dentro de ella, a la rumia, y, aún más dentro, al juego de palabras sin objeto; todo era mecánico en él, desde el rascarse al tormento.

Nada importa más que lo que nada importa, se repetía en lo más alborotado del cerebro, sin encontrarlo un hallazgo, un hábito como mucho.

O: lo mejor y lo peor de todo es siempre la misma cosa.

Luego pensaba en si cualquier cosa no habría sido mejor que todo, o en si lo bueno y lo malo no sería mejor inicio.

¿Nada importa más que lo que nada importa o nada importa más que lo que no?

Cambiaba después de canción: la madera as fi xia y, como del amor, sólo las cenizas quedan.

¿Y enardece (pensaba)? M ejor. ¿La madera enardece, entonces?

La madera enardece y, como del amor, sólo las cenizas quedan.

¿O es el amor el que as fi xia, si enrocamos objeto y sujeto?

Pero entonces la madera, ¿qué? La verdad es a la mentira lo que la sombra al objeto; le salían las tonterías solas; podía pasarse horas así, nada signi fi caba nada ni le procuraba alivio, el padre Salcedo no era un rapsoda, más bien un cuerpo abrumado incapaz de mantener a raya el pensamiento.

Salcedo se obligó a entrar en la capilla, rozando una vez más con la rodilla el quicio de la puerta, su gruñido diario.

A falta de sacristán, era el primero en llegar y el último en irse; habría aceptado ayuda, pero, recién llegado, no se atrevía a pedirla —y Félix, borracho agreste, valía para los animales y las tapias, para recortar las enredaderas y podar en invierno los carballos, y para retirarles las ramas muertas todo el año, pero no para la misa—.

Salcedo encendía las velas y quitaba y ponía los fl oreros, preparaba en la credencia el misal, en el ambón el leccionario, en el atril la hojita de peticiones, disponía las vestiduras según color, uno para cada tiempo, generalmente el verde.

Luego llegaban los niños, que le tenían un afecto inexplicable pero ningún respeto, y los recibía con paciencia, equivocaba los nombres, deshacía alguna escaramuza y esperaba a que el más obediente entonara el canto de entrada, para que él mismo pudiera desaparecer por el lateral, nunca del todo, y reaparecer casi a la vez con el rostro ofuscado, siempre a un milímetro del tropiezo.

Los niños ya ni se reían. El padre Salcedo no confundía el destino con los deseos, ni con su misión siquiera, como esos toros mansos que se imaginan bravos y un día se ven en la arena despojados de toda fantasía.

Cuando acabó la misa —con las nuevas oraciones que el padre A lén le había hecho memorizar—, echó a los niños, devolvió a la sacristía cuanto de ella había tomado, incensario incluido, y la dejó lista para el día siguiente.

Sofocó la llama de las velas, que a veces soplaba y a veces apagaba con los dedos, limpió los vasos sagrados, que a menudo se le caían al suelo, cerró bien las ventanas, aseguró los postigos, se cercioró de que no hubiera nadie en la puerta y echó un último vistazo para asegurarse de que todo quedara en orden.

Sólo entonces se humilló, primero con la rodilla sana, con la hinchada luego.

M uy despacio. Como si le hubiera caído otra vida encima.

Agachó la cabeza y se dejó temblar.

Apretó los dientes.

Y dijo:

Quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién, quién.

Un hilo de saliva le colgaba de los labios.

Quién, quién, quién, quién, quién, repitió, sin aclarar ni aclararse con quién hablaba.

Se secó la espuma y el sudor, que le manaba a raudales de la frente. Inspiró más hondo aún. Juntó las manos. Se rehízo.

A fl ojó los ojos.

Si uno o varios animales, declamó, están enfermos y necesitan protección o cura, podemos pasar directamente al segundo estadio.

Su voz era aún temblorosa, pero ya no débil.

Sólo el obispo, prosiguió, o en su ausencia el presbítero, puede hacer la bendición del aceite curativo, que ha de ser de oliva.

Siempre. Sin excepción. Si se tratara de un diácono o de cualquier otro clérigo, será preceptivo que el aceite haya sido bendecido antes por el presbítero o el obispo, y sólo podrá aplicarse a animales, no a seres humanos.

No se sabía bien si recitaba o ensayaba, o si recitaba para ensayar. V olvió a secarse el sudor, más copioso a cada instante. A pretó más los párpados, hundiendo algo invisible muy dentro.

Agua sagrada, regeneradora, declamó luego, bautismal, liberadora por sus dones del pecado original.

Sal bendita. Santo óleo. Un cuchillo. Sangre hervida.

Y luego: ¡basta! Y , justo después: ¡por favor!

Y luego, casi con dulzura: señor Dios, rey todopoderoso, ante quien se postra el ejército de los ángeles, amados dadores de tu favor espiritual, dígnate mirar, bendecir, santi fi car a esta criatura de aceite nacida de la paz del olivo con el fi n de que esta bestia por él ungida sea de inmediato liberada del decaimiento, la enfermedad, el dolor, la rab…

Cortó en seco. Se levantó y balbuceó una oración.

Cerró tras de sí la puerta. T odo pasó en un segundo.

Debía hablar con sor M aite, no podía esperar más; quería hablarle de las hierbas, cambiarlas de lugar, de orden, de dosis, mezclarlas de otro modo, pedirle que las machacara más, o menos, o en otro ángulo, o que le dejara hacerlo a él, machacarlas, machacarlas, machacarlas, pensó para sí, estrujarlas dentro del mortero hasta romper el mortero, estrujar el mortero hasta adentrarlo, machacar la brecha, estrujarla bien dentro, aplastarla, aplastar el mortero en el mortero, como hacen, se decía, los hombres de Gabaón pueblo, los pescadores, a los que, cuando se escapaba del colegio, observaba a veces en su bar celeste, tan poco romano, sin mezclarse con ellos por pura vergüenza.

Cobarde.

Cobarde no es quien piensa, cobarde es quien piensa y no dice. Y añadía: no decir nada ahora es poder decirlo luego. Y así.

Las baldosas del suelo se deslizaban borrosas al paso con sus dos siglos de grietas encima, manchas secretas, bultos de enfermedades mal curadas, dos colores, blanco y negro, fundidos por la prisa en un gris nuevo.

Debía decirle a sor M aite que nada estaba funcionando, que nada iba a funcionar, que todo estaba resuelto y todo era distinto ahora, que ya nada valía y todo valía, quería confesarle, ¡a ella!

, que muy pronto se sabría que se bebía el vino de la misa, porque el padre A lén, a quien todo se le alcanzaba, iba a notarlo, y que…

Alzó la vista.

Un niño de cinco años lo aguardaba en el pasillo. Le tendía la mano, manso.

Salcedo le sujetó los dedos y ambos caminaron juntos con pasos cortos para acomodar el ritmo a las piernitas del niño, dos alambres clavados en el centro de los pantalones cortos. Las monjas se cruzaban con ellos sin prestarles atención.

El padre Salcedo y el niño hablaron de la vida y de la muerte, de ese modo inconsecuente que sólo los viejos amigos conocen, o quienes acaban de encontrarse, no hay término medio en eso.

Una lagartija de jardín se detuvo en la pared para mirarlos, antes de seguir la caza.

El niño le contó al cura que se sentía bien en Gabaón, dadas las circunstancias, que estaba adaptándose al colegio lo mejor que podía, aunque los otros niños hacían ruido y echaba de menos a su madre.

Estaba determinado a esforzarse. Salcedo le preguntó si su madre estaba muerta, y el niño, casi ofendido, le contestó que claro.

Salcedo le preguntó si estaba muerto él, re fi riéndose al niño, que no supo qué contestarle.

Siguieron caminando juntos.

El cura le confesó que él también estaba un poco muerto, y que él también echaba de menos a su madre, y que a él tampoco le importaría volver a verla, regresar a casa, ayudarla en la tienda, aunque también le tenía algo de miedo, porque ella estaba viva, eso seguro, y porque a veces se notaba un poco enamorado de ella y, aunque había pensado, igual que Solitude, en marcharse, no tenía adónde ir, salvo a su cuarto de siempre, a la cama infantil, no quería ver mundo.

Pero, claro, no iba a dejar a A lén solo.

El niño se mordía el labio y lo entendía todo.

Salcedo detuvo el paso, que no habría encontrado fi n si no, tan largo era Gabaón, más grande por dentro que por fuera, y se inclinó ante el niño (no se puso en cuclillas para no faltarle al respeto).

¿Puedo contarte algo?, le preguntó. Las dos siluetas formaban un triángulo que la bóveda, altísima, acogía como en un fresco. Las monjas, de marrón y blanco, quedaron congeladas en el sitio. T ambién parecían pintadas.

Salcedo volvió a preguntar: ¿puedo contarte algo? El niño asintió con seriedad de niño. Salcedo le susurró lo que nadie más pudo oír, aunque la lagartija —más bien un eslizón— tenía los ojos clavados en sus labios.

El niño no se asustó, asintió sólo. Sus ojos anochecían. M e llaman ya, dijo excusándose.

El padre Salcedo necesitó toda la voluntad del mundo para dejarlo ir. El niño se perdió en las sombras del pasillo.

El padre abrió los ojos, ahogándose, y respiró otra vez, parpadeó rápido y exhaló un largo río.

Separó la cara del suelo de la capilla, en el que llevaba más de media hora desplomado.

Se palpó el rostro, rojo por la humedad y el frío del mármol y el furor que le brotaba desde niño en forma de rosácea.

Se incorporó como mejor pudo sujetándose los riñones.

Se aseguró una vez más de que no hubiera nadie cerca. Recogió la pertiguería. Enderezó el mantel. A lineó las bandejas. A pagó la luz.

Recitó una breve oración para agradecerle a Dios el día.

Cerró tras de sí la puerta.

Y se fue en busca M aite, quien, según aseguraban las hermanas, se había hecho un despacho diminuto dentro del invernadero.