Hija del cielo Capítulo X
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Capítulo X

X

Aquel amanecer fue como tantos. El sol vigilaba la costa desde el fl anco más próximo de la montaña, entre las ramas de las encinas viejas —tan apretadas allí como en las fragas—, y decidía detenerse sobre el cortado, a saber si por pereza o a la espera de acontecimientos.

El mar se descomponía en bruma, como si la salida del sol tuviera como único propósito agitar el paisaje: millones de gotas murmuradoras formaban bancos traslúcidos que se alargaban en cabellos largos o se amontonaban sobre el agua como gorros de lana, mientras el sol se decidía al fi n a remontar el bosquecillo del otro lado de la loma y calentaba los pastizales, desbaratando así la niebla.

El camino de las nubes no era, sin embargo, el natural.

Si la brisa soplaba hacia poniente para refrescar las calas del Brazo de M erindad, las nubes se dirigían al saliente para reunirse con el sol, tal vez para hostigarlo.

El día se oscureció en vez de aclarar, como es costumbre en el norte, aunque nunca contra el viento.

Los cabreros alzaban la vista: hay cosas a las que ni ellos, que aceptan sin discutirla la verdad del cielo, llegan a hacerse.

La sombra de una nube solitaria se deslizó sobre la hierba y remontó las colinas suaves para cambiarles la piel y ondular el pastar de los rebaños, deshecho ya en algarabía.

Hasta apagar el fulgor de Gabaón, muro exterior incluido.

Un tocado cubría ahora el salto dejando al pueblo tranquilo, sólo al colegio afectaba, a gran altura y con puntería.

Allí se detuvo.

Nada sabía la niña de cuanto pasaba fuera, postrada como estaba en su cuarto ciego, desde cuya butaca el padre A lén la oía respirar desde hacía rato.

—No estás dormida —le dijo.

—Y qué —contestó ella. A brió los ojos. Su expresión no era desa fi ante, más bien relajada y mansa—. Y qué si no estoy dormida.

—Y qué si no estoy dormida, padre —la corrigió él.

—Y qué si no estoy dormida, padre.

De noche dormía en el suelo, pero cada amanecer, o cuando ella creía que amanecía, devolvía el colchón a su lugar, como A lén le había pedido.

El padre A lén se recostó contra el respaldo, se dejó caer suavemente. Tenía el tiempo de su lado.

—No sé qué hacer contigo, niña.

—Normal. —La niña sonrió.

—¿Cómo has dormido?

—Muy bien.

—Muy bien, padre.

—Muy bien, padre. —La niña sacudía el cuerpo: lo ponía rígido y lo hundía en el colchón, lo ponía rígido y lo hundía en el colchón, encantada con la blandura, tan diferente al heno de Orate—. He dormido muy bien, padre. Duermo mejor cada noche. No sé cuánto, padre, mucho.

—Me dice el padre Salcedo…

—¿Quién es el padre, padre?

El padre A lén la ignoró.

—Me dice el padre Salcedo que ya no te agitas tanto. M e dice que duermes del tirón. Que no mueves un dedo.

—El padre Salcedo no sabe dónde tiene la nariz, padre. —La niña rio con alegría—. El padre Salcedo me mira desde la puerta y me mira y me mira todo lo que quiere y más, y luego me vuelve a mirar —parecía una canción infantil—, pero no sabe lo que hace. A l padre Salcedo, padre, no le sale nada.

El padre A lén asintió, porque era cierto que a Salcedo no le salía nada. Salcedo llevaba su propia nube encima.

—El padre Salcedo está haciéndose —explicó A lén—. Pasa una mala racha.

—¿Qué mala racha es esa?

—La juventud.

La niña volvió a reír, esta vez sin malicia.

—¿No te gusta el padre Salcedo, niña?

—Sí que me gusta, me gusta su cara colorada, me gusta que le quedaría corto todo. M e gustan todos, padre. Y las monjas. M e gustan todas. Y la comida. —El padre A lén la escrutaba—. ¿Por qué nunca me cuenta cuentos, padre?

—¿Quieres que te cuente un cuento, niña?

—No. Pero madre me les contaba.

Alén levantó una ceja.

—¿Te contaba cuentos tu madre?

—No. —La niña dio una palmada—. Qué va a contarme, padre, lo decía por decir. Lo decía por verle la cara.

—¿Qué cara he puesto, niña?

—Ninguna.

—Ninguna, padre.

—Ninguna, padre.

—¿Qué crees que signi fi ca?

—Que le doy miedo, padre. Signi fi ca que ha hecho así —se puso seria de golpe— para que no se le notaría lo que piensa. Signi fi ca que es muy listo, padre, signi fi ca muchas cosas. —La niña se divertía—. ¿Quiere que le cuente un cuento, padre?

—¿Te apetece a ti contármelo?

—No me haga nudos, padre. ¿Quiere el cuento o no?

—¿Quieres contármelo tú?

—Sí que quiero.

—Sí que quiero, padre.

—Sí que quiero, padre. Pues verá. —La niña se incorporó, con las piernas bien cruzadas; tiró distraída de las mangas—.

Pues verá, padre —se corrigió antes de que le dijeran nada—, érase una vez una niña que vivía en una cabaña en un país que siempre era de día, ¿no?

Pues un día la niña salió de casa y dijo: estoy harta de vivir en un país que siempre es de día y nunca de noche, estoy harta de vivir en un país que siempre es de día y nunca de noche, ojalá sería de noche a veces y no siempre de día, dijo, y es una cosa muy rara de decir, si se para una a pensarlo, yo no la he dicho nunca, padre, ¿cómo iba a saber la niña que nunca es de noche si siempre es de día, digo yo?

No puede saber lo que es la noche, ¿no?, que yo de tonta no tengo un pelo. Pero la niña, padre, lo sabía.

—¿Y eso qué signi fi ca, niña?

—Pues signi fi ca, padre, que hay cosas que se saben. ¿Le ha gustado el cuento?

—No me ha parecido un cuento. M e ha parecido el principio de un cuento.

—Muy listo, padre, muy listo, usted tampoco tiene un pelo de tonto.

Sigo. —La niña se limpió los mocos con la manga—.

Sigo, ¿no? Pues sigo. —La niña tiró del camisón y se descubrió, impúdica, las piernas.

Se sonó con fuerza—. Pues verá, padre. La cosa es que la niña… ¿Se imagina que ahora le mato, padre?

—¿Cómo?

—Sigo. La cosa es que la niña se subió a una montaña muy alta y se puso a gritar desde arriba.

Y menudas cosas decía la niña, padre, tenía que oírla; que si por qué no es de noche nunca, que si por qué no es de noche nunca, que si a mí me vendría mejor que sería de noche.

Pero con palabrotas, ¿sabe? De las gordas, padre.

M enuda montó, padre, menuda escandalera.

¿Y para qué? Pues para que la oiría, pues no sé, padre, el sol sería, ¿no?

O Dios, a lo mejor. O alguien. —La niña cambió de cara—. Padre…

—¿Qué?

—¿Quiere que le cuente un cuento?

—¿No es lo que estabas haciendo?

—Pero otro.

—Este está bien.

—Sigo, entonces. —La niña se concentró—.

La cosa es que el sol no oía nada porque, como siempre era de noche, pues el sol no se dormía y andaba todo el día cansado.

Y la luna no sé lo que haría, aunque igual no hacía nada o igual hasta no había.

Igual en ese país no había luna, ¿no?, no sé, padre.

A sí que el sol, que estaba sordo como una tapia a lo mejor de tanto brillar sin que nadie le diría nada, y a lo mejor ciego como una lombriz de tanto brillar sin que nadie le diría nada, y a lo mejor mudo como alguna cosa que sería muda de tanto brillar sin que nadie le diría nada, no sé si me explico, pues resulta que no decía nada tampoco, pero nada de nada, padre, porque para qué, ¿no?

A sí que la niña se iba enfadando con el sol, se iba enfadando con el sol, se iba enfadando con el sol, y al fi nal, ¡pimba!

, cogió una piedra del suelo y ¿sabe lo que hizo?

—Sabe lo que hizo, padre.

—¿Sabe lo que hizo, padre?

—¿Rompió el sol?

La niña se echó a reír como ante la idea más tonta del mundo.

—¿Para qué va a romper el sol?

—Para qué va a romper el sol, padre.

—¿Para qué va a romper el sol, padre, si al sol le da todo igual?

Lo que hizo la niña fue coger la piedra y empezar a darse bien fuerte en la cabeza, ¡pumba!

, ¡pumba!, ¡pumba!, bien fuerte se daba, así, gritando, como si le estaría abriendo la cabeza a otra persona, ¿sabe, padre?

Y , entonces, ¿sabe lo que le salió de la cabeza, padre?

—¿El qué?

—Adivine.

—Adivine, padre.

—Adivine, padre.

—¿Qué tengo que adivinar?

—Tiene que adivinar, padre, lo que le salió de la cabeza.

—¿La luna?

—¿La luna, padre? Qué tontería. M ejor le digo tres cosas. —Alén no replicó—. La luna. Una fl or grande. Sangre. O mejor —recti fi có la niña—: una fl or grande y preciosa.

—¿Una fl or grande y preciosa?

—No. Sangre. Sangre, padre. ¿Qué va a salirle? Un chorro de sangre bien gordo que le salía bien salido de la frente y no paraba de salirle y bajaba por el monte como si sería un río. ¿Y sabe qué formaba el río, padre?

—¿Qué?

—Nada, padre, porque no era un río. La sangre iba haciendo charcos normales que se secaban normal y dejaban la sangre seca luego, normal todo, manchando bien manchadas las piedras, ahí mismo, bastante cerca de la niña, no se crea.

Y la niña, claro, pues se cayó de rodillas como si no sabía ni dónde estaba, como mareada se cayó la niña, como si se preguntaría qué había hecho el sol con ella, como si no sería culpa suya, aunque el sol no había hecho nada; estar nada más, se lo digo yo.

Y luego miró con los ojos así, como si serían huevos cocidos, sin levantar la cabeza ni nada, como por dentro de la cabeza, como cuando se te pone la mirada esa, y luego se cayó de cara, ¡pataplaf!

, que ni puso los brazos ni nada, y ¡pumba!

, se quedó seca. ¿Le ha gustado el cuento, padre?

—Esta vez pronunció padre con una cadencia especial; el gesto era inocente—. ¿Padre?

—¿Sí?

—¿Le ha gustado el cuento?

—No.

—Pues a mí sí.

La niña se dejó caer de espaldas y se cubrió la cara con la sábana. Y empezó a llorar.

El padre A lén ni se inmutó. Dejó que la niña fi ngiera. Nunca, desde la juventud, le habían conmovido las lágrimas de las mujeres, o muy pocas veces.

La niña asomó medio rostro.

—Padre…

—¿Qué?

—¿Le parezco guapa, padre?

—No.

—Ni a mí. —Luego añadió, mirando al techo—: Pero un día me voy a tragar un pájaro y voy a ser guapísima. —Y volvió a perderse entre las sábanas.

El padre A lén emitió un gruñido y se levantó (a partir de cierta edad, nadie se mueve sin hacer ruido); posó la mirada en la niña. A veces se sentía fuerte y a veces no, las estaciones tenían mucho que ver en eso.

Nada en aquella habitación lo concernía. En realidad, no miraba a la niña, ni siquiera su bulto enmarañado, que se in fl aba y desin fl aba. M iraba, solamente. Contuvo un suspiro maquinal; no quería mostrarse vulnerable ni se sentía en realidad así.

Observó en la pared la sombra de los barrotes cruzados; luego, la puerta misma, a la que se dirigió despacio. La niña reía de nuevo desde el interior de su crisálida.

El padre golpeó la puerta y alguien hizo girar la llave. Clac, clac. A unque parecía vieja y robusta, la cerradura era nueva. A lén cruzó el dintel y devolvió el batiente al sitio; reclamó la llave. La hizo sonar dos veces. Clac, clac.

—Adiós, niña —susurró casi, ya desde el pasillo.

Alén se alejaba del cuarto como si nada hubiera pasado, o como si todo fuera a pasar. Sintió el impulso de silbar, pero se contuvo a tiempo. Silbar era para la primavera.