Capítulo IX
IX
Mi cuarto nuevo me gusta porque me gusta mucho mi cuarto, por eso voy a escaparme, porque no me gusta que las cosas me gusten enseguida, no sé por qué, me gustan más las cosas que no me gustan mucho al principio pero que, como quiero que me gusten, pues dale que te pego, dale que te pego, al fi nal me gustan, como por ejemplo el anís, que antes no me entraba y ahora mira, porque si al fi nal te gusta es que te tenía que gustar, no es sólo suerte, o que te lo habrían dicho, como lo de este cuarto, patapam, que me ha gustado a la primera y, entonces, pues patapam, mira tú. Pues ya no me gusta.
Este cuarto tiene: cuatro paredes, dos largas y dos cortas, una cama con un colchón que me dejan tirar al suelo si quiero, como en Orate, y al principio no me dejaban y menudas montaba.
Sigo: una silla para cuando vienen a verme, que ya sé perfectamente que no es silla, que es otra cosa, y un cruci fi jo.
Y ya. A ntes había también una mesilla, pero me hice un corte con el borde, queriendo, digo, aquí en la muñeca y ¡zas!
, qué gusto me dio. Y primero rasparon la mesilla para que estaría redonda, así con lija, y la raspó el cura joven que se llama Salcedo, que se está quedando calvo y tiene la cara así roja y va con ropa de cura, con el vestido y todo, y con lo del cuello, vamos, y ya sé perfectamente que no se dice vestido, y se le nota que es cura porque pone la boca pequeña, como apretada la pone, boca de piñón, se dice, y porque baja la cabeza mucho, como si no te quiere mirar y de repente te mira todo lo que no te ha mirado antes, que es como si le vienen ideas.
Y a lo primero dejó las esquinas redondas, no sé si lo he dicho ya, para que no me cortaría, porque no tiene un pelo de tonto, pero lo hizo como sin querer, o como sin saber, que a veces casi es lo mismo, y luego había muchos pelos de madera, que ya sé que no se dice así, que lo dejó muy mal todo, que lo hizo como corriendo, como si se creería que le voy a hacer algo o algo.
Y entonces me dijo un refrán que parecía un refrán muy bueno pero que se notaba mucho que se lo estaba inventando.
Y entonces aproveché que no miraba para clavarme las astillas un poco, que se dice astillas, que acabo de acordarme, astillas, así, como pasando la cara por el borde, para que le echarían la bronca.
Y luego tuve un vacío, así de golpe, por el dolor sería, y por lo visto le dije de todo al padre Salcedo, durante el vacío, digo, cosas que no se dicen y al padre Salcedo menos y al padre A lén tampoco, aunque también se las dije, pero luego.
Y entonces el cura joven, que se llama padre Salcedo, no sé si lo he dicho ya, salió corriendo corriendo para llamar al jefe del perro, que se llama Félix, no el perro, digo, el que guarda el colegio, que el perro se llama Lacruá y los nombres son importantes y hay que llamar a las cosas por su nombre y a los perros lo mismo.
Y luego Félix ya sí que dejó los bordes bien porque él sí que sabe hacer las cosas, que lo hizo todo en un minuto, pimpam, y Félix le decía rebajar, ahora la rebajo bien, decía, y la rebajó muy bien, la mesa, digo, que quedó tan suave que daba gusto pasar los dedos.
Y entonces me arrimé a las patas y me enganché la pierna porque quise, y, ¡claca!
, me cogí la piel con un tornillo y entonces ya era todo muy tremendo y eran como de metal las patas, con tornillos y todo, no sé si lo he dicho ya, y me sacaron la mesilla fuera, que, total, no la usaba, que para qué iba a usar la mesilla yo, si en Orate bebes si quieres antes de acostarte y ya.
Y ahora, si tengo sed, pues tengo que gritar un poco, pero cuando tenía mesilla también, porque tampoco me dejaban vaso, por mi bien, o cuando tengo pis, que tengo que gritar lo mismo, aunque a veces me lo hago encima pero entonces la madre superiora, que no sé si es la madre superiora, la vieja, digo, si ve que está todo lleno de pis va y me da una torta con razón, una bofetada de las buenas, que no la pongo yo un pero.
Y a veces, si agarro y grito, viene alguien corriendo y ya, y a veces no, y, si me muero de sed, pues es más fácil tener vacíos, no sé por qué, porque me dan más con sed, con sed es como que se me sale el alma a por el vaso y entonces me viene más fácil el vacío.
Y ahora, por ejemplo, estoy pensando mucho en escaparme, de la habitación, digo, a la habitación de al lado por lo menos, sólo que no sé bien cómo, porque, como no hay ventana, pues a saber qué hago, igual me escapo por la puerta, que está cerrada siempre, que no es como la de la enfermería, que aquí no se fí an de nadie.
A ver qué idea se me ocurre. Por eso el padre A lén me ha puesto en este cuarto, me parece, como si sería un sótano pero para arriba, para que no me comería las hortensias del patio, que en la enfermería me las comía, y para que no saltaría a las rocas, que este sótano es altísimo, que el padre A lén me conoce, te lo digo yo, perfectamente me conoce, y yo igual, y no se fí a un pelo y no me quita el ojo de encima y hace bien, aunque, cuando vienen los vacíos, el que manda es el Hombre Guapo y a mí que me registren, que para qué va a querer saltar el Hombre Guapo, con lo bien que se lo pasa conmigo.
Y a mí lo que me gustaría es andar por las paredes, tiqui, tiqui, aunque no me sale siempre, y menos cuando empiezo desde arriba, desde la cama, digo, que, no sé si lo he dicho ya, pero ahora tiene patas blandas, como con toallas y eso.
Por mi bien. Y un día voy a tener una idea y voy a escaparme a lo loco con cualquier cosa que haiga, por ejemplo el cruci fi jo, que, no sé si lo he dicho ya, pero hay un cruci fi jo puesto, en la pared, digo, igual que en la enfermería, y está así como inclinado para que me miraría bien, y a veces le miro yo para ver la cara que tiene, y entre el cruci fi jo, la cama, la puerta, la silla y todo, que ya sé perfectamente que no se dice silla, porque es blanda, voy a hacerme una escapada de padre y muy señor mío, te lo digo yo, de tomo y lomo voy a hacerme la escapada, que no es que no me gusta estar, que aquí estoy que ni pintada, que aquí corre el fresco y todo, lo que pasa es que, si te encierran, pues será para que te escaparías, digo yo, porque, si no, te pondrían en sitios más grandes, que, cuando un sitio es grande, si te fi jas, te dan menos ganas de irte.
O a veces no te dan ni ganas. Y yo creo que podría correr en redondeles, por lo menos eso, o a lo mejor fuera del cuarto, porque este cuarto es chiquitujo y salen pocos redondeles, o en el pasillo mejor, con redondeles más grandes, y entonces, pumba, a lo mejor ya no tenía tantas ideas.
Y a veces me dejan un libro y a veces no, según si digo por favor, aunque ya no me apetecen, porque al principio les pedía siempre y siempre me dejaban la Biblia, y, como le hacía dibujos, porque antes me daban ceras, pues empezaron a dejármelos con los dibujos ya puestos, para que no enredaría, de niñas santas y eso, niñas a manos llenas, y también me les quitaron todos, a ver quién entiende eso, y me puse a gritar a lo loco como si tenía pis, pero nada, porque a mí me gusta leer, un poco, vamos, sin pasarse, y, como en Orate no hay libros, que para qué va a haber libros si allí es tonto todo el mundo, pues me les dejaba don A nselmo pero de uno en uno, por si me les comía o algo, y una vez me leí un libro que iba de una niña que llevaba mala pues, no sé, la intemerata, que no sé a santo de qué estaba mala la niña, como si eso iría a alguna parte, que ya te digo yo que no, que estar mala no sirve. No sé lo que estaba diciendo.
Ah, sí. Y una vez un niño se asomó a la ventanita que hay puesta justo en la puerta, la de la habitación, digo, que no sé si lo he dicho ya pero la puerta tiene una ventana; ventanita, vamos; que no da a la calle ni nada, un cuadraduco así como en forma de ventana, con una cruz de hierro y todo, igual que en los castillos, para que no pasarían los pájaros.
Y a veces, si no me atan, me quedo como agarrada a la cruz, como si quería salir del cuarto, porque soy una teatrera.
Y entonces un día vi a un niño asomado al otro lado, en el pasillo, digo, subido a otro niño, o a lo mejor a una silla mismo, aunque seguro que era a otro niño.
Y el niño me miraba así, como se mira un jabalí, como si le daba miedo que le haría algo justo cuando parpadea, porque ese niño, te lo digo yo, no tiene un pelo de tonto.
Y yo le miraba y le miraba sin querer darle pena ni nada.
Y entonces resulta que al fi nal el momento duró mucho y no se acababa nunca, que duró muchísimo, no me digas por qué, mirándonos así los dos, hasta que el niño empezó a sangrar y a sangrar, por la nariz, digo, y por las lágrimas un poco, y se puso a temblar y todo y yo creo que era también por el niño de debajo, que a lo mejor se estaba cansando, porque a veces, cuando pienso mucho, a la gente la sangra la nariz. Eso también te lo digo.
Y no sé si el niño se caería o a lo mejor es que saltó, pero la cabeza le desapareció de golpe, ¡zas!
, como si se la habían cortado. Y entonces oí la voz del Hombre Guapo, que me sonaba como donde los huesos, que a veces me duelen mucho, y, cuando me dan vacíos, pues me da igual todo el mundo, pero no la voz, a la voz hay que oírla siempre, un buen rato por lo menos, y, si oigo la voz dentro, eso es que ya viene lo bueno, porque, no sé si lo he dicho ya, pero a veces se hace de noche aunque a lo mejor es de noche ya, y me dice la voz: no te fí es de nadie, rata, no te fí es de nadie nunca.
Porque la voz me llama rata. No te fí es, que aquí son todos como son y a ti eso no te conviene, rata.
Y yo no sé qué signi fi ca, pero hay cosas, creo yo, que van como directas al pecho; sin pasar por la cabeza, digo.
Y luego me dijo la voz: tengo ideas para ti, rata, ya verás qué ideas más buenas.
Y a mí me parecía bien que tenía ideas para mí y que me llamaría rata, porque no me lo decía mal, que me lo decía bien.
Y luego me dice: rata, no tienes que comerte a los niños.
A sí, sin venir a cuento. Como si los niños serían helechos.
Y entonces es cuando vi que estaba dormida del todo.
Y o, digo. Y de repente no sabía si había visto al niño o no, porque a veces pasa eso, que el colegio se llena de niños y son niños que no se ven, pero bueno, igual es porque no hay ventanas, que las ventanas ayudan a ver las cosas, las de dentro no, las de fuera, porque la ventana de la puerta servirá de mucho, no te digo yo que no, pero no para ver las cosas, ni para saber la hora, que la luz del pasillo es como de bombilla normal, igual que la del cuarto, así, amarilla, y, como dentro no hay sol, pues puedo imaginarme si quiero que es la hora que me da la gana, porque en el campo o en el hospital o en el Sotovelo o donde sea, pues sabes la hora si quieres, pero si yo ahora voy y me fí o y me imagino que es de día porque está encendida la bombilla y me imagino que es noche porque me la apagan, si quieren van a poder hacer que los días durarían lo que ellos dicen.
Y yo no me fí o ni de don A nselmo; ni de don A nselmo me fí o.
Y a veces hago lo contrario, que muchas veces digo en alto que es de día sólo para fabricar el tiempo.
Porque eso es lo que yo querría. M andar, como los planetas, sobre el tiempo.