Capítulo VI
V I
A mí el colegio me parece bien, no te digo yo que no, pero no el mío, este de aquí, aunque el de Orate también, que no es colegio colegio porque para ir al colegio colegio hay que ir a Eresma, que allí por lo menos hay dos y los dos son para los ricos, el de Orate es más escuela y estamos allí todos juntos, yo, que tengo trece años pero antes tenía doce y antes menos, y luego están los pequeños, que tienen seis años o así y nueve años y siete, pero a esos les da clase la maestra, doña Pili, que es muy paciente muy paciente, tanto que a veces no hace falta.
Y luego estamos los mayores, aunque yo no soy mayor del todo, los hay más mayores todavía, que estamos con don A nselmo, que es el maestro también y el marido de doña Pili, que es la maestra también.
Y don A nselmo es menos paciente que doña Pili, te lo digo yo, aunque la que pega es ella, o la que pegaba, porque ahora a mí ya no me pegan, don A nselmo tampoco, que una vez me quiso pegar y al fi nal acabó, no me digas cómo, contra la pizarra, después de saltar para atrás, digo, no me digas cómo, porque no había saltado ni nada, era más como que le habían disparado con la escopeta y por eso me miraba con susto.
Y luego se cayó al suelo, pero ya cuando se paró el viento, y luego me señalaba, pero se guardó el dedo y yo le pedí perdón porque me había dado como pena ver que se hacía pequeño, pero eso fue una vez sólo, porque a mí la escuela me gusta y me gusta sentarme en el pupitre y atender a las lecciones, por lo menos en general, sin enredar ni nada, porque la mayor parte del tiempo nadie salta para atrás. M uy enfadada tengo que estar.
Y me gustan mucho los números, las letras, todo, y me gustan mucho los países, las capitales, los ríos, y me gustan las montañas, será porque en Orate no hay, aunque está el otero, que yo creo que no es montaña.
Y me gusta estudiar en general y me quedo con bastante, que yo tonta no soy, yo de tonta no tengo un pelo, que para algunas cosas soy muy lista, te lo digo yo, más que el hambre, que me lo dice mi madre siempre, eres más lista que el hambre, para lo que quieres, dice, y es verdad que soy más lista de lo que muchos se piensan, y hasta más que los muy listos, como por ejemplo M arinieves, que es una niña que será todo lo lista que quieras pero un día le arañé la cara y a ver qué me dices tú ahora.
O como el hijo del alcalde, Y oryo, que en verdad se llama Jorge pero le llamamos Y oryo por culpa de uno que escribió un libro que tiene don A nselmo en clase, uno que cuenta la vida de los pintores de Italia, que resulta que se llama Y oryo y claro, como don A nselmo nos dijo que Y oryo quiere decir Jorge, pues nos echemos a reír todos y empecemos a llamarle Y oryo, Y oryo esto, Y oryo lo otro, que, si te fi jas bien, se parece un poco a yoyó, y así se le quedó el nombre, que es listísimo, decía, no te extrañe que hasta más que M arinieves, que, no sé si lo he dicho ya, pero es listísima, y tienen los dos mejor letra que yo y no se les emborrona la tinta y se aprenden los verbos y todo, y los animales y las plantas, y hacen las cuentas bien siempre, pero yo les engañaba fácil porque a veces me quedaba mirando la pared con cara de triste y enseguida venían ellos y me preguntaban qué me pasaba y al fi nal, patapum, acababa con un regaliz en la mano, o con un cromo de animales de los que hay sólo cinco en el mundo, para que me alegraría rápido, y yo creo que eso es de ser lista, si lo piensas, porque aún no les daba miedo, que aún no era como luego, y, si acabas con un cromo en el bolsillo, pues por algo será, digo yo, será porque tienes cabeza, será porque te las apañas, digo yo, sobre todo si luego resulta que también te salen bien las cuentas. A unque te cuesten un poco.
Y este colegio de aquí, el de alrededor, digo, es distinto, te lo digo yo.
Este es colegio colegio, que me di cuenta enseguida.
M e di cuenta yo sola mientras andaba por los pasillos, que son más altos que una casa, y he visto una clase muy buena porque me metieron con los niños, que qué chi fl adura, a quién se le ocurre, y, claro, tuvieron que sacarme volando, pero volando tuvieron que sacarme, que los niños son más pequeños que las niñas y les hacía hacer de todo.
Y también he visto otras clases, pero al pasar sólo, iguales todas.
Y he visto la enfermería, o bastante, porque en la enfermería me tiré dos semanas por lo menos, aunque no estaba enferma ni nada, es sólo que me dejaban, que primero vivía donde las monjas, donde dormían ellas, digo, en una cama pequeña que sobraba o algo que hacía muchísimo ruido, junto a sor Carmen, una vieja que a veces me recordaba a doña Pili y un poco a mi madre y un poco a todas las madres del mundo, pero en viejo, y un día la dijo a sor A driana que se quitaba de monja si hacía falta pero que hay cosas que no tenía por qué ver.
A sí que entonces me pusieron con sor Y olanda, que es mucho más joven que ella, que es muy buena conmigo, sor Y olanda, digo, muy paciente, y enseguida la dijeron que era mejor que volvería a dormir sola porque la estaba fascinando, la dijeron, te está fascinando la niña.
Y luego me pusieron con sor Rosario, que esa sí que es vieja vieja, vieja viejísima, más que sor Carmen, te lo digo yo, y hasta más que la madre superiora, que a lo mejor no es la madre superiora.
Y sor Rosario parece una nuez de tan viejísima que es, que ni oía ni veía ni torta ni se movía ni nada la pobre, y se llevaba unos sustos morrocotudos cuando se despertaba de golpe y, patapam, me encontraba allí de frente, con la nariz pegada a la suya, qué risa, subida a la cama y todo, patapam, aunque a veces tenía que estarme quieta hasta que se despertaría, contándola las arrugas, y entonces aprovechaba y la respiraba el alma de la boca.
Y un día me llevaron a la enfermería, que no sé si lo he dicho ya, pero he estado en la enfermería, para que viviría allí tranquila, sin enredar ni nada, y para que dejaría a sor Rosario en paz, que casi se muere la pobre, no sé si lo he dicho ya.
Y al principio no me ataban ni nada, a la cama, digo, que podía saltar y todo, y al fi nal me ataban ya un poco, pero muy fl ojito, y el padre Solitude se pasaba a verme si podía, guapo y todo, o a pedir bicarbonato, o a lo que fuera ido, que qué guapo el padre Solitude, qué triste y qué guapo a la vez, igual es un poco lo mismo. Qué pena que se marcha tanto.
Y tuvimos una conversación cautivadora, me dijo, que yo no había tenido una conversación cautivadora nunca, así que Solitude me decía cosas muy cautivadoras, que viajar es muy bonito, me decía, ver el mundo en general, porque era muy bonito, decía, no estar quieto, pero me lo decía de una forma cautivadora, te lo digo yo, y a ver si un día hay suerte y me porto bien con todos y me curo muy pronto para ver el mundo, a lo mejor con él y todo, me decía, que ojalá, y para conocer mucha gente, me dijo, aunque a mí me da igual la gente, pero eso no se lo dije.
Y me preguntó por el hospital de M adrid, que, si lo piensas bien, es como la enfermería pero en grande, y me preguntó por el jefe del hospital, que por lo visto es amigo suyo, y a mí me dio, no sé por qué, por decirle mentiras, y le dije, porque a veces estoy un poco loca, que allí me pegaban mucho, porque a veces me pasa eso, que me da por mentirle a la gente a ver qué cara pone, pero creo que no se lo creyó, porque ni cambió de cara ni nada, qué listo.
Y luego me dijo que el padre A lén te va ayudar, ya lo verás, que yo no sabía todavía quién era el padre A lén, pero luego sí, y me dijo que igual me ayudaba más luego, cuando estés más blanda, dijo, cuando estés más cansada, porque el padre A lén, me dijo, sabe muchas cosas.
Y me entró la curiosidad pero ya no pude preguntarle más porque resulta que se tiene que ir ya, del colegio, digo, no de la enfermería, aunque de la enfermería también, porque por lo visto se está yendo cada dos por tres, no sé si lo he dicho ya, cada dos por tres se está yendo, que por lo visto tiene una maleta que no deshace ni nada y al colegio viene por venir, porque le aburre muchísimo, bastante me aguantan las monjas, dijo, y luego me dijo que menos mal que son ellas las que hacen las cosas que importan porque él no sabe tratar con niños ni le interesan ni nada, que están todavía sin hacer, que a él no le gustan ni los perros, dijo, que no sé a santo de qué se pone a hablar de perros, que no pensaba tener perros ni nada, dijo, ni a la de tres, dijo, aunque le pagarían, aunque se lo mandaría el padre A lén, que no sé a santo de qué iba a mandarle el padre A lén nada.
Y resulta, me dijo también, que con quien sí se lleva bien es con el perro del colegio, mira tú, el del guardés, pero me lo dijo ya en la puerta, ya casi a punto de irse, como si se acordaría de algo.
Y resulta que el perro ni es del colegio ni nada, que es del guardés sólo, que yo no había oído la palabra nunca, guardés, guardés, guardés, será que guarda las cosas, aunque también es el señor que está por fuera, donde los setos y eso, por fuera del colegio, digo, y por dentro cuando hay que arreglar cosas, aunque las arreglan más las monjas, y qué guapo el padre Solitude, te lo digo yo, que se queda una tonta mirándole.
Y entonces resulta que el perro, que es lo que estaba diciendo, se llama Lacruá, Lacrúa se llama, y resulta que es mastín, que se lo pregunté a una monja porque en Orate no hay, que en Orate sólo hay galgos, muertos de hambre todos, y resulta que Lacruá sí le gusta a Solitude, que creo que lo he dicho ya, o por lo menos más que otros perros.
Y luego me dijo que tengo que ser muy buena y portarme muy bien con las monjas, que aquí son buenas todas, dijo, que están aquí para ayudarte y para rezar por el mundo, desde muy temprano, dijo, y me dijo que si un día me vuelvo buena, pues que mejor para todos y que entonces a lo mejor quiero ser igual que ellas y hacerme monja y todo.
Y a mí me pareció muy buena idea porque a veces me quedo mirando a las monjas y me parece que tienen ideas muy buenas y me gustan mucho los vestidos, que ya sé que no son vestidos, que lo sé perfectamente, que yo tonta no soy.
Y un día la voy a coger el vestido a una y ya verás, que me le voy a poner encima muy bien puesto y, si no me le da ella, pues igual se le cojo y ya está, y me pongo a mandar a los niños como si sería una monja, hasta que me harían caso, o igual me voy al jardín, que me han dicho las monjas que ahí fuera hay uno lleno de fl ores, o igual me voy al mar y ya está, que está debajo justo, ya lo he dicho, debajo de un monte o así, y a veces me imagino que estoy abajo del barranco y todo y me veo allí tan ancha, como vestida de monja, y me parece que es un poco como estar dentro de un cuadro, justo enfrente del mar, digo, aunque no puedo verlo bien porque los cuadros se ven mejor por fuera.
Y estoy pensando justo ahora que tiene que ser muy bonito estar dentro de un cuadro, y a lo mejor la pido a la monja que se colocaría donde yo para ponerme más lejos y ver el cuadro desde lejos, y digo yo que a la monja la parecerá normal, porque las monjas se hacen favores, no hay más que verlas, y, como sería monja también yo, pues eso.
A unque también se enfadan a veces. M enudas son.
Y lo que de verdad me gustaría, no sé si lo he dicho ya, es ver el mar por dentro. Para hacerme una idea.