Hija del cielo Capítulo V
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Capítulo V

V

La decisión de encerrar a la niña fue en realidad de sor A driana, en quien A lén delegaba la intendencia.

El médico no dijo nada, sólo se encogió de hombros y pidió que retiraran del cuarto los objetos contundentes, que suelen ser los caros, aunque iba a hacerse daño igual, decía, sobre todo si quería, que es lo que les pasa a las niñas, que muchas veces quieren.

El padre A lén, por descontado, eligió el piso y la habitación. A llí la encerraron.

Cuando llevaron a la niña a la capital, seis meses antes, los médicos no supieron qué hacer con ella, ni los del alma ni los otros.

La observaban nada más, nadie quería admitir que estaba endemoniada, la ciencia no contempla los milagros, pre fi ere quitarles a todos un trocito de cerebro, preguntarles impertinencias, probar con la electricidad; aunque, en sitios así, en cuanto alguien baja la palanca, parecen endemoniados todos.

No le encontraron nada.

La trasladaron al pabellón sur y la metieron en agua fría.

Y luego en agua caliente. Y luego en fría otra vez, y hasta en hielo.

Pero la niña salía hecha una rosa y agradecida por el viaje, así que nadie sabía si la cosa funcionaba o no.

No es que la niña hiciera cosas raras, es que a veces no era ella, las hiciera o no.

Cuando se abalanzó sobre el primer guarda, muchos llevaban tiempo oliéndoselo. Eligió al más bajito, por probarse. A l fi nal el guarda pudo conservar la oreja.

Después atacó a Hipolitón, tal lo llamaban los compañeros, uno de los más callados, que habría preferido que lo llamaran Hipoquemo, su nombre natural.

La cosa no salió bien: Hipolitón la esquivó, y ella, contumaz por genes, volvió a por más, con resultados parecidos: un manojo de trofeos, muchos en forma de porra, que empezaban malvas y en dos días verdeaban.

La tuvieron atada un tiempo. No he sido yo, decía la niña, yo no quería, no estaba; por si acaso un día sí, le replicaban siempre.

M e he despertado en el suelo, volvía a decir ella, sin sensación de mí (la niña a veces parecía santa T eresa), no era yo; pues para cuando seas, zanjaba cualquiera con bata, blanca o gris, la misma autoridad daba allí un fonendoscopio que un mocho.

Pero cuando se hartaron de verdad de ella fue cuando empezó a convencer a las internas de que hicieran cosas.

A una la puso a rezar hasta que recuperara el juicio, padrenuestros, rosarios. El caso es que lo recuperó. A l director no le hizo gracia.

A otra la puso a gritar. Le hacía andar por los pasillos chillándoles a todas: ¡no estáis locas, no estáis locas!

, lo que a veces era cierto y a veces no.

La pobre aclaraba después que venía de otro tiempo para anunciar el fi n del mundo, que este año caía en jueves, y que estaba muy afectada por el cambio horario.

Si la niña le daba permiso, seguía gritando en su cuarto hasta que alguien le ponía la mordaza.

A otra la hizo vomitar sobre la mesa del comedor y devolverlo todo al sitio, mientras ella misma se daba con la frente, tan contenta, contra la pared del otro extremo. Por aprovechar el milagro.

Un día se hizo amiga de otra niña que en realidad tenía treinta y pico y se fi ngía moza —lo que no es infrecuente— y que, si estaba allí, era por su marido, que la había acusado de adúltera, aunque empujado por la familia, es decir: por la madre.

A l hombre, a quien llamaban el T orrijo, no le importaba tanto que la mujer se viera con otros si luego no se sabía, él mismo tiraba a social y era de mentalidad progresista (indiferente y laxa); los dos alargaban la relación por el método ordinario de no hacerse preguntas.

La suegra tenía por santo al hijo, y a la nuera —que no podía ser tan mala si lo cuidaba tan bien— por enfermita, con el cerebro de lado, como a naciente y al bies; si sentía esos furores, decía, por algo sería, por algo que se le hubiera metido dentro y que había, claro, que sacarle.

M ás de un mes llevaba la pobre en el Hospital Bernabé, el mejor para la cabeza de todo M adrid; a la fuerza, se entiende; porque Evaristo Zumárraga —Sensacional Zumárraga para los pares y a la sazón director del centro— ni sabía bien qué hacerle ni creía que debiera estar allí, sin dejar de escuchar por ello al delegado provincial, buen amigo de la familia, quien le explicó en términos muy claros que la clausura se ajustaba a las circunstancias.

La cosa es que la niña convenció a la amiga de ser gallina, y esta, aunque huevos no ponía, cacareaba y se movía como si le faltara un segundo de cada tres, correteaba entre las mesas y se subía a las más, estimulada por el loquerío, que parecía disfrutar de lo lindo.

(La mujer, eso es lo raro, sólo se sentía así cuando la niña se lo pedía).

Hasta que el jolgorio acabó cuando la loca se tiró al jardín, de cabeza y por lo recto, dicen, desde el ventanal grande de la segunda planta, para aterrizar en un fl anco de lo que allí llaman La Selva, de la que aún apuró a picotazos algunas bayas maduras justo antes de desmayarse.

Son dos pisos nada más, le había dicho la niña, ya verás qué bien, un vuelo corto.

Y aunque el aleteo funcionó bien los primeros metros, se torció en los que cuentan.

Sensacional Zumárraga se deshizo en disculpas con el delegado provincial, que a su vez se deshizo en disculpas con la gallina, viva de milagro.

Y con la familia política, sumida desde entonces en el remordimiento, al punto de permitir a la infeliz regresar a casa, atada en corto, eso sí, primero por el propio yeso y luego por tantos ojos como le pusieron encima. La mujer no volvió a ser la misma.

Así fue como la niña dio de cara en Gabaón, por si el Señor tenía para ella mejores ideas que Paracelso, sólo porque Sensacional Zumárraga conocía al padre Solitude, un cura de belleza inconcebible que caminaba tanto por el mundo que miraba mejor que nadie y que algo vio en ella.

La criatura llegó al colegio en un coche seminuevo al cargo provisional de una monjita de veinte que ni para conducir se quitaba el tocado, y menos mal, porque, hechizada, se cuenta, por la niña, estampó el coche contra un árbol justo antes de que Gabaón llegara a asomar al otro lado de la loma.

Sin que eso le impidiera plantarse, avanzada ya la cena, en mitad del refectorio, cojeando ella, dando saltitos la niña, que llevaba el corazón lleno de empeños y lucía fresca y sana como una lechuga.