Hija del cielo Capítulo VII
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Capítulo VII

VII

La hermana A driana, que llegaba a los sitios un centímetro después que sus enormes gafas, ni era la de más edad ni en rigor la priora de la orden jacobina; sí la de más autoridad, por mucho que el padre A lén luciera la única cresta posible en aquella asimetría insolente: así eran Gabaón y el mundo, sujetos a igual latido.

Ordenar el gineceo fue fácil, A lén nada pintaba allí.

Según la jerarquía, sor M aite, aun siendo más joven que A driana, habría estado por encima, como lo habría estado Humilde, que tenía media cara descolgada y era casi igual de vieja, y tan callada, como sor Rosario: nadie la oyó decir nunca más palabra que gracias, y eso si le arrimaban una yesca con la que encenderse el puro, su único vicio.

La hermana A driana y sus gafas encarnaban los valores que a M aite —sobrada de temeridad— y a Humilde —tirando a huérfana— le faltaban.

A sí que mandaba A driana y ya está. Y la hermana M aite, si priora no iba a ser, podía cuidar sus hierbas, que es lo que de verdad le gustaba y lo que le daba fama de maga.

La hermana A driana era la única que había nacido en Gabaón; Gabaón pueblo, se entiende. De niña, vivió en persona el delirio del A lén joven, embriagada de su ímpetu, aún descontrolado.

Alén quiso levantar una fuente en honor a san M iguel A rcángel, con cuatro titanes alrededor, uno por viento.

Los adoquines de la calle ancha son aún los que pusiera A driana con su hermana Ángeles, que se murió al cumplir los doce de una fi ebre insólita con el ánimo sereno y la sonrisa puesta.

La fuente no cupo por fi n, como no cupo san M iguel ni cupo la hermana.

La tarde en que Ángeles murió, nació a decir de muchos la verdadera A driana, aunque ella misma no lo supiera.

Adriana era de naturaleza aérea y empuje práctico; simpatizaba con los atardeceres y el silbar del viento, pero hacía el pan en casa: como allí los carros no llegaban, cada cual se buscó la vida a la muerte del obrador, y eso incluía a A driana, cuyas hogazas, planas al principio, le subían más que a nadie para pasmo de locales y fuereños, que peregrinaban hasta el pueblo sólo por conocerla, o para pedirle pan prestado, aunque fuera del viejo. Para torrijas.

Adriana se perdía en el bosque, entre robles y hayedos, o entre los avellanos y los fresnos.

A llí oía mejor a Dios, que nunca llegó a hablarle tan claro como a su hermana, aunque no le importara (Adriana no creía que mereciera más, como casi nadie en Gabaón pueblo, las expectativas siempre a un palmo de lo que alcanzara la vista).

Pronto empezó a rondar con otras niñas el colegio, no tanto por los niños, que también, cuanto por el padre A lén. A lgo sentía en él, más que por él, algo de lo que ni él mismo tenía noticia. El disgusto de A driana dobló al de Alén cuando la diócesis le canceló el plan de la Roma chica.

Se hacía la encontradiza en las fragas (en Gabaón hay dos, una al este y otra al oeste), o lo observaba de lejos cuando él se bañaba en el mar, desnudo siempre, sin sentir más deseo por él que el natural entre a fi nes.

Lo notaba incompleto, no desarraigado, de ardor desnortado pero inextinguible.

Fue la primera en ver en él lo que los demás verían luego.

A llí, oculta entre los juncos, se propuso servirlo por siempre.

El resto fue natural y llevó años. Si A lén le revolvía el pelo y la hacía volver a casa, también condescendía con que le llevara algo de pan o le hiciera los recados.

A veces la llamaba A riadna y ella se llenaba de bombillas: A riadna, A riadna, A riadna.

Nunca necesitaron cruzar más de tres frases.

El padre la tomó bajo el ala casi sin proponérselo, sin reprenderla ni ahogarla.

A cambio, ella creció lista y recta sin solicitarle nada ni quejarse.

Luego A driana se fue a Erecia, para formarse —en Gabaón no se podía si eras chica—, y luego a A guajaez, de novicia, que es donde se puso las gafas, ya con las jacobinas —militares, muy mandonas—, que habían servido en Gabaón desde la fundación misma y eran las menos católicas de las hospitalarias.

A llí se ordenó con gozo como habría querido hacer su hermana, aunque se le olvidaba el gozo en cuanto se acordaba de la hermana.

Después regresó a Gabaón colegio, a lo más bajo del escalafón: la parte del escalafón que ocupaban todas.

Limpiaba los cuartos de los curas (muchos más entonces, ya está dicho), fregaba los pasillos, enseñaba labores.

A ún no le dejaban atender el huerto y menos el invernadero, sobre el que poco después reinaría sor M aite.

Reunió en torno a sí a las más jóvenes. Su actitud sólo le procuró deberes, sin olvidar la entrega que les debía a Dios y a A lén, a quienes no confundía entre sí ni descuidaba.

Nunca tuvieron A lén y ella nada que reprocharse, ni recelo ni deshonra.

Lealtad y silencio sólo. No es que ella lo idealizara, pero era causa y motor de su segunda vida, una inteligencia masculina que complementaba bien sus intuiciones, más mundanas.

Lo secundaría en cuanto dispusiera sin que él dispusiera nada nunca. T al vez por eso.

Ella ni siquiera pestañeó cuando él empezó a alterar la misa, los preceptos regulares, las oraciones, por mejor adaptarlos, decía, al magnetismo del sitio, tan diferente al vaticano.

A lén no se oponía a la autoridad, pero sembraba pequeños cambios a los que seguían otros, tan leves como los primeros, que a nadie parecían importar y que sólo con los años devenían profundos, cuando ya no había forma de notarlos.

El obispo se dejaba caer a veces, para echar un ojo, decía (para comer urogallo con crema de cebolla y patatas con fi tadas), o por alguna indisposición que las hierbas de M aite supieran aliviar.

Si atendía a la misa luego era medio acurrucado y con un cuarto de litro de licor café dentro; toda palabra distinta le parecía la misma; y si algo oía entre la bruma que escapara a la ortodoxia, como mucho farfullaba: más o menos, más o menos.

Gabaón se libraba de la pureza y el obispo de la indigestión, y, para lo que no alcanzara el rito, estaban las hierbas.

M ás cerca quedaba Gabaón que la farmacia.

Aquello fue hacía mucho. A lén vivía encaramado a su mejor versión por haberlo decidido así A driana, quien recién cumplía los cincuenta y siete, aunque parecieran más, y tenía esa forma de decir Jesús —eses sólo— que sólo las monjas dominan.

Jacobina ella, observante él, A driana y A lén se aliaban más allá de los sentidos en un pacto que a nadie equivocaba ya y que sólo aquella niña de fuego parecía capaz de alterar.