Capítulo III
III
Los pasos del padre A lén, arrastrados y suaves en su arrastrar, no delataban edad, ni corporeidad siquiera, y eran en muchos aspectos los de un espectro, sin que eso tuviera nada de particular; el padre A lén era un fantasma para muchas cosas, salvo para las que cuentan.
Como el calzado apenas le sonaba, nadie se atrevía a saludarlo y los niños se le hacían a un lado como si fueran el m ar Rojo.
El padre A lén no era un hombre culto, o no particularmente, su sabiduría era del tipo natural, había sido albañil antes que fraile y aun después un rato, y, entre una cosa y otra, se pasó dos años en Roma, estudiando.
Nada tuvo que ver en la construcción de Gabaón, fundado hacía dos siglos ya, sí en la de aquel suelo cruzado de líneas blancas para las carreras y el fútbol que borraba un poco cada día mientras los niños se le apartaban.
Hacía más de medio siglo que inventara un tipo de cemento que no quiso patentar, o que no le dejaron patentar, no está claro.
Los superiores le dijeron que era cura: eres cura, A lén, recuérdalo, los curas no patentamos.
Le dijeron que se debían a lo que se debían: nos debemos a lo que nos debemos.
Que estudiara, que aprendiera lo que había que aprender y atendiera a los niños, que eran lo primero; si quieres patentar ideas, le decían, haberte pedido inventor, o haberte quedado en tu pueblo, que era V alceña, al otro lado del país, en el sur del sur y al sur de Ojácar, justo antes de llegar al Delta.
Pero que, como se había pedido cura, pues eso.
El padre A lén afirmaba que su invento era tan duro como el granito mismo: un poco de clínker molido y un poco de sílice puestos a gritar a más de mil grados, con una parte de yeso que no desvelaba a nadie.
El padre A lén no creía que hubiera tanta distancia entre educar a un niño y hacer suelos, todo es cuestión de proporciones, decía, al principio somos todos blandos y luego nos endurecemos, la clave es aprovechar el instante en que todo es posible.
El padre A lén era un sabio, pero no se le notaba hasta pasado un tiempo.
Alén aprendió en Ojácar las primeras letras, y luego se fue a Gaiena.
Y luego a Roma. En Roma había sido muy feliz, en un edi fi cio muy estrecho de la plaza Navona que hacía casi esquina y casi cha fl án, junto a la calle A gonale.
A llí fue pobre como una rata, como todos los estudiantes, y se murió de calor y de frío, muchas veces a la vez.
A veces los futuros curas —españoles todos— robaban salchichones de las tiendas.
Por puro respeto al lugar, los llamaban salami.
Después se confesaban. A llí se aprendió la Biblia entera, de cabo a rabo, y allí se le olvidó lo que no importa y se le quedó lo que vale: un sentido de lo bueno y de lo malo que la Biblia explica muy bien, también un sentido del drama (a veces canturreaba mientras leía) y un gusto por lo antiguo que, rebasados los ochenta, no se le había pasado. En Roma había aprendido mucho.
Cuando lo devolvieron a España, cayó en Gabaón lleno de ideas, empeñado en convertir el pueblo en una pequeña Roma.
Hizo dibujos y planos de lo más detallado, dispuesto a darles a las paredes una mano de ocre, salmón, amarillo suave, y a adoquinar las calles, y a poner aquí y allá fachadas con frontones curvos, cornisas, medallones (Roma es barroca, decía, más que antigua).
Hasta en el colmado de M arica Suz plantó un pórtico que no le dejaron acabar: ni había dinero para el mármol ni ganas de obtenerlo, sí un estupor general que zarandeó bien el árbol y puso el pueblo a respirar, algo es algo, porque muchas cosas sí se hicieron.
Del adoquinado se encargó él mismo, con arena a fi lada y virutas de piedra.
Los vecinos colaboraban. A lén les pedía que caminaran y ellos caminaban, para pulirlo bien: que brille mucho, les decía.
Que cambiaran de ruta si hacía falta, de costumbres, de sentido.
Y eso hacían. A quello mejoró la aldea, que por mudar de piel mudó también el ánimo y desde entonces re fl ejaba un poco más el cielo.
Los coches botaban más, pero, como allí no había, no era un inconveniente.
Y las calles ya no se embarraban. Eso era mucho.
El padre A lén ahorraba un poco para comprar ropa buena, como hacen los italianos siempre, hasta los pobres.
Se paseaba por el pueblo hecho un pincel, con traje negro (o gris pizarra visto de cerca), alzacuello almidonado, gafas de sol de marca.
Y un maletín de cuero para meter los planos y la funda de las gafas.
Y un paraguas negro. Y un rosario de hilo oscuro enredado de nudos franciscanos que le habían regalado en Roma y que guardaba como recuerdo.
En Roma es así todo, decía, y es verdad que era así: en Roma los curas pueden ser actores de cine si quieren, y hasta directores, y las monjas pueden echar a volar convertidas en palomas blancas en cuanto se levanta algo de viento.
En Roma hay monjas con hábitos tan amplios, con velos tan tenues e inconsútiles y escapularios tan mullidos y suaves y cogullas tan acogedoras y tocas tan algodonosas, tan llenas de picos y valles, que apetece acampar en ellas; por eso las monjas de Gabaón —que por A lén remedaban a las romanas— siguen siendo las mejores del país, y por eso el padre A lén adquirió ascendiente tan pronto, antes en el pueblo que en el colegio, como una sombra callada que no dejó de crecer y que ni los más recalcitrantes ignoran hoy.
Luego el colegio fue hacia arriba y el pueblo abajo, a saber por qué. No se puede estar a todo. En cuanto supo que la Roma chica no iba a ser, A lén se dedicó en cuerpo y alma al colegio.
Primero amplió el lado sur. Luego añadió unos establos que, por falta de caballos, acabaron de almacén con forma de establo, con amarres, bebedero, canal para el estiércol, sala de ordeño (el padre sabía hasta donde sabía), bien ventilado todo por la fuga del techo.
Quiso también hacer piscina, pero las monjas se le pusieron de manos.
T apó el hueco a regañadientes. No se entiende la paciencia que tuvo con él la diócesis: como lo habían mandado fuera, tocaba defender la inversión.
L es cogió el gusto a los niños, eso también, a empujarlos aquí o allá con suavidad; a veces sólo hay que esperar, hay frutas que maduran tarde.
Más cosas.
Como el primer androceo —bullente un día— se había quedado en cuadro, tocó cerrar el seminario; en Gabaón sólo las monjas brillaban, para satisfacción de A lén, quien recordaba muy bien su juventud primera; sus impulsos, más que sus deseos.
Recordaba a la bailarina de la que se enamoró en la plaza Farnese de Roma, frente a la iglesia de Santa Brígida, y de la que huyó un día sembrándolo todo de pistas sólo para estar seguro de que, si ella no lo perseguía, era porque no quería, no porque no supiera cómo.
Desde entonces con fi aba en las mujeres, en su crueldad sencilla, en su indiferencia, como descon fi aba del hombre, de sus vanidades tontas, que reconocía en sí y combatía a ratos, a veces hablando con Dios, a veces con baños de mar, muy temprano, a veces a base de ayunos que llegaban a durarle dos semanas.
Por eso el padre A lén pasaba tanto tiempo con aquella criatura del cuarto piso, a la que temía tanto y adoraba tan mal, o a la que temía siempre y adoraba a veces, fascinado como estaba por su autoridad infantil, como un entomólogo frente la majestad y belleza del ciervo volador.
El padre A lén era un hombre abrumado de estímulos.