Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 1
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Tisaanah

El aire me azotó el pecho inesperadamente.

Abrí de golpe los ojos a una oscuridad absoluta.

El sudor me pegaba el pelo al cuello y las sábanas toscas a la piel.

El bombeo de la sangre resonando en mis oídos ahogaba los sonidos del barco: el crujido de la madera, la agitación del mar, la respiración tranquila de los pasajeros que me rodeaban...

— Viene algo...

Aquel susurro me rondaba la mente y me inundaba de un pánico sin rumbo.

Cada vez que parpadeaba, los recuerdos de Reshaye me asaltaban: un destello de pelo dorado, una sala llena de blanco, blanco, blanco, y la abrumadora sensación de que había algo invisible, oculto más allá del horizonte, queriendo atraparme.

Atraparnos.

Me incorporé despacio. Al ponerme en pie, procuré transmitirle a Reshaye mi calma, o al menos toda la calma posible.

Debía moverme muy despacio para no despertar a nadie.

El barco era grande, pero llevaba tantos pasajeros que habíamos tenido que prescindir de camas propiamente dichas y extender jergones por el suelo, de forma que estaban unos pegados a los otros.

A fin de cuentas, la hacienda de Esmaris Mikov era más bien una ciudad, y aquella ciudad había albergado cerca de un millar de esclavos: soldados, criados, doncellas, adiestradores de caballos, granjeros, artesanos y cocineros.

Y bailarinas, claro, como lo había sido yo en su día.

Algunos habían decidido quedarse en Threll para reunirse con su familia o para instalarse en la hacienda Mikov, que se encontraba ya, oficialmente, bajo el liderazgo de las Órdenes.

Pero la mayoría había preferido ir con nosotros a Ara, un país donde podían ser libres, sí, aunque ahora fuese el que me tenía atada a mí.

Cuando lo pensé, Reshaye se deslizó por el fondo de mi mente. Aquel pequeño movimiento bastó para tensarme.

Miré al suelo en busca de un camino que estuviera despejado.

A un lado, tenía a Serel roncando flojito.

Aun ahora, más de una semana después, al mirarlo sentía en el pecho una extraña punzada de incredulidad.

De vez en cuando debía resistir la tentación de agarrarlo para asegurarme de que era de verdad.

Hacía tiempo que había dejado de creer en los dioses.

Ya vivía mi vida bajo los dictados de tantos hombres mortales que no me consolaba nada pensar que los inmortales pudieran tirar de los hilos también.

Sin embargo, si alguna vez algo me había parecido una intervención divina, era que mi amigo volviera a estar junto a mí.

El jergón que tenía al otro lado estaba vacío.

Pasé de puntillas entre los cuerpos dormidos y subí con sigilo por la escalerilla de madera, que crujía.

Un bofetón de aire frío me recibió en cubierta y el cielo se abrió sobre mí como un manto de terciopelo.

Dando tumbos, me acerqué a la borda y me asomé.

Una fuerte ráfaga me heló el sudor de la piel, pero aún tenía el corazón desbocado.

— Era un sueño —le susurré a Reshaye—. Estás a salvo. No es real.

Un susurro furioso me acarició los pensamientos.

— Siempre es real, de un modo u otro, en este mundo o en el siguiente, aquí o en lo que acecha por debajo.

Una respiración sin pulmones me erizó el vello de la nuca y sentí la inquietud de Reshaye, su miedo, cuando alcé la vista por encima del horizonte.

— Algo...

Sostuve la mirada sobre la costura que unía los mundos, donde el cielo se fundía con el mar. El interés de Reshaye se volcaba allí y se extendía a lo lejos, ansioso, explorando.

Me asomé más por la borda.

Ni siquiera sabía lo que buscaba, pero era como si algo me arrastrase hacia delante, algo que, de haber podido llegar lo bastante lejos, habría sido capaz de ver...

Una mano tiró fuerte de mí. Me bamboleé y solté un pequeño gruñido al chocar de espaldas con una figura que conocía bien. Un par de brazos me envolvieron.

—Demasiado fría para bañarse —me susurró una voz, tan cerca de mi oreja que me puso la piel de gallina. Lo remató un roce de labios angustiosamente breve.

Reshaye se escabulló, sin mediar palabra, al fondo de mi mente.

—No me iba a caer.

—Por si acaso. Si no recuerdo mal, tampoco eres una gran nadadora.

—Pshh —contesté, y luego le pasé un dedo por las costillas a mi captor. Tal y como sabía que ocurriría, se le escapó una risa mal disimulada y me soltó.

Al volverme, vi a Max dedicándome una sonrisa tensa de medio lado, el izquierdo, claro, como si intentase, en vano, parecer enfadado.

Era una de esas sonrisas que yo le devolvía sin pensarlo.

—Abusas del poder que te he otorgado aprovechándote así de mis debilidades —me dijo.

Me encogí de hombros.

—No pretenderás que me resista a todas las tentaciones...

Llevábamos una semana en constante y angustiosa proximidad, pero apenas nos habíamos tocado.

A fin de cuentas, no teníamos intimidad para nada más, aunque yo jamás iba a reconocer en voz alta la vergonzosa cantidad de tiempo que mi mente dedicaba a pensar en todo lo que haríamos cuando la tuviéramos.

La oreja aún me latía de su calor. Le dediqué una sonrisa pícara, dispuesta para otra réplica, pero de pronto se mostró serio, preocupado.

—¿Pesadillas? —me preguntó en voz baja.

—Parecen muy reales.

—Así es.

Claro. Max, precisamente, lo sabía bien.

Me tendió la mano y yo enarqué las cejas.

—¿Qué?

Resopló.

—Venga ya, Tisaanah...

En el fondo, no quería enseñárselo, darle otro motivo de preocupación, menos aún sabiendo a cuánto estaba renunciando por estar allí conmigo. Puse la mano en la suya, con la palma para arriba, y la estudiamos juntos.

Las venas de la muñeca y el antebrazo, que antes apenas se entreveían bajo los fragmentos claros de mi piel albina, se habían oscurecido hasta casi ennegrecerse.

Max frunció el ceño.

—Ya hay muchas cosas de Reshaye que no entendemos —murmuré—. A lo mejor no es más que otra extraña incógnita.

—No me gustan las incógnitas.

Casi me dio la risa. «Pues te fastidias, porque estamos rodeados de ellas».

Me miró a los ojos y las palabras murieron en mi garganta.

Sus ojos se veían despiadados y brillantes bajo la luz de la luna, el recordatorio definitivo de aquello de lo que era capaz la cosa que acechaba en mi interior.

Todavía recordaba con intensidad aquellos párpados traslúcidos retirándose y dejando al descubierto una mirada oscura y resuelta, y aquel cuerpo desplegándose en llamas.

Hermoso. Aterrador.

Me miré la mano una vez más, luego me encogí de hombros y la bajé.

—De todas formas, esta tendría que ser la menor de nuestras preocupaciones —dije, volviéndome a mirar el mar, en dirección a Ara.

No sabía lo que nos aguardaba allí. Al abandonar la hacienda Mikov, durante unos días gozosos el subidón de la victoria había eclipsado todo lo demás, pero luego las pesadillas se habían vuelto más vivas, las costas de Ara habían empezado a verse más cerca y yo notaba las cadenas de las Órdenes cada vez más tensas.

Al fin y al cabo, había hecho un pacto. Las Órdenes me otorgaban el poder necesario para acabar con los señores threllianos y salvar a las personas a las que había dejado allí. A cambio, había vuelto a esclavizarme. Solo que ahora esgrimiría la muerte en vez de toques de luz y palabras bonitas.

Se me hizo un nudo en el estómago solo de pensarlo. Lo que Max recordaba de la destrucción de Sarlazai aún estaba grabado en su retina. Yo no quería repetir una desolación de esas clase.

—Yo creo que tengo la capacidad mental necesaria para preocuparme de todo por igual —masculló Max. Le cogí la mano. Sus dedos se acomodaron en torno a los míos de forma instintiva, con ternura y familiaridad.

—¿Qué crees que nos vamos a encontrar... cuando volvamos?

Guardó silencio un buen rato.

—A mí me parece que eso no tiene sentido —dijo por fin—.

Creo que Nura está demasiado callada y que es raro que las Órdenes hayan decidido implicar a Sesri en todo esto.

Y también me parece que están desesperados, y eso es lo que más miedo me da, porque no sé el motivo.

Ignoro qué nos vamos a encontrar al llegar a casa, pero estoy seguro de que no me va a gustar.

«Cuando volvamos —me había dicho Nura—, espero que estés preparada para luchar como una jabata».

No me quedaba otra que estar preparada. Estaba rodeada de recordatorios de todo lo que dependía de mí.

Hacía ocho años, mi madre me había besado en la frente y me había enviado, a mí, su única hija, a un destino tan horrendo como incierto.

Solo para que pudiera tener una oportunidad de sobrevivir, ¡de vivir!

Y aquella era mi única oportunidad de conseguir que mi vida fuese digna de todas las que había visto extinguirse.

Ya no iba a haber más niñas pequeñas arrancadas de su madre en plena noche, ni más madres que muriesen de extenuación en las minas.

No había sacrificio lo bastante grande para eso.

Levanté la vista hacia Max, hacia su mirada perdida. El remordimiento y el afecto se me enredaron en el pecho, el uno alimentándose del otro.

Max ya había hecho muchos sacrificios, más de los que nadie debería sufrir jamás.

—Yo lo entendería —dije en voz baja.

Me miró.

—¿Ajá?

—Que entendería que no puedas hacerlo, que no puedas estar en otra guerra. Lo entendería.

Se le ensombreció el semblante, como si algo doloroso lo desgarrara por dentro, y luego ablandó el gesto.

—Si tú puedes, yo también. —Levantó la mano para acariciarme la mejilla y después dijo con voz más suave—: Me da igual en lo que nos metamos. No lo vas a hacer sola.

¡Por los dioses! Me di la vuelta hacia el mar porque, de pronto, verlo a él, ver cómo me miraba me sobrepasaba. Y, por un instante, Max hizo que todo pareciera superable.

Pero entonces la voz de Reshaye se desplegó en mi cabeza como una hebra de humo en la oscuridad.

— Él tiene razón —me susurró—. Tú nunca estás sola.