Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) EPÍLOGO
98%

EPÍLOGO

EPÍLOGO

Aquello, se dijo Zeryth, era una verdadera lástima.

Frunció el ceño, pensativo, y se inclinó hacia delante en el sillón. Dotando a su voz de una preocupación bienintencionada, dijo:

—Mi reina, sigo sin entender este cambio de opinión.

La reina Sesri estaba sentada enfrente de él, con las manos cogidas delicadamente en el regazo y una profusión de terciopelo y ondulaciones rubias que le caían en cascada por los hombros.

Se encontraban en una de las salas de reuniones privadas de la reina, un pequeño cuarto que, aun así, estaba decorado con opulencia.

El sillón de Sesri se hallaba algo elevado, de forma que miraba a Zeryth desde arriba a pesar de lo menuda que era.

Desde luego, una princesa sí parecía, había que reconocerlo. Quizá algún día llegara a parecer una reina, aunque puede que aún le quedara por lo menos un decenio para no desentonar sentada en el trono.

—Ya te he expuesto mis razones —le dijo ella con arrogancia—. ¿Tan raro te parece que haya reconsiderado si combatir la sangre con sangre es el planteamiento más acertado?

Sonaba segura de sí misma, o al menos sus palabras lo parecían aunque le temblase un poco la voz, pero lo que revelaba de verdad su vacilación era el modo en que miraba de reojo a Tare después de cada frase.

Su asesor valtaino estaba sentado a su lado, tan inquietantemente callado como de costumbre, con una cortina de pelo liso platino enmarcándole el rostro.

Una monada.

—La casa de Laurel no te es leal —dijo Zeryth—. Lord Laurel es un conocido rebelde conspirador.

Sesri miró a Tare, que asintió.

—Lo es —confirmó ella, y frunció el ceño—. Quizá haya otra forma.

—La fuerza bruta es la única forma, mi reina, de lidiar con esas cosas —contestó con una sonrisa reconfortante—. Si bien es del todo admirable que tengas un corazón tan benévolo, igual que tu padre.

Como era de esperar, la mención del difunto rey entristeció el semblante de Sesri, que se miró las manos, de nuevo ceñuda.

Zeryth aprovechó la ocasión para lanzarle una miradita a Tare, enarcando las cejas; el asesor le respondió con un gesto impasible, sin revelar, como era habitual, expresión alguna. Sin embargo, se volvió hacia ella.

—No hay alternativa, mi reina —le dijo con ternura.

Sesri lo valoró un momento y luego negó con la cabeza.

—Tiene que haberla. No quiero hacer sufrir a mi pueblo de ese modo. Todo esto ha llegado demasiado lejos.

Ajá. Interesante.

No era la primera vez que Sesri manifestaba ese tipo de sentimientos, pero nunca se había enrocado de aquel modo, y menos después de que se le mencionase a su padre o de que Tare la presionara.

Zeryth lanzó a Tare otra mirada insidiosa.

—Sesri —le dijo este en tono suplicante—, te ruego que consideres la propuesta del archicomandante.

—Ya lo he hecho. No voy a atacar a los Laurel. Habrá que hacer otra cosa.

Volvió a negar con la cabeza, ahora más rotundamente.

No iba a cambiar de parecer, pero a Zeryth le daba igual. El momento era propicio, ideal, incluso. De hecho, habría mentido si hubiera dicho que, en el fondo, no estaba deseando que aquello ocurriese.

—Muy bien, mi reina —terció Zeryth, poniéndose en pie, e hizo una reverencia—. Las Órdenes, como es lógico, apoyan cualquier medida que desees tomar. Comenzaré a trabajar en algún plan alternativo.

Se retiró y Tare lo siguió para acompañarlo fuera del palacio.

Los dos valtainos recorrieron los pasillos en silencio, los pasos de Zeryth resonando con la fuerza de un alto mando y los de Tare tan ligeros que casi ni se oían.

Mientras avanzaban, el archicomandante lo examinaba todo, reparando en los mosaicos y las filigranas de oro que forraban las paredes.

Muchísimo oro. Personalmente, prefería el platino, que era algo más elegante y estaba infravalorado.

—Doy por hecho que hay un entendimiento entre nosotros, ¿no es así, Tare?

—Dale tiempo.

—No disponemos de tiempo y, aunque así fuera, no hay razón para perderlo.

Silencio.

—¿No sería preferible esperar a que vuelva Nura?

A Zeryth casi le dio la risa. Ay, Tare, qué tierno, qué ingenuo.

Pues no, claro que no era preferible. En realidad, el hecho de que Nura no hubiese vuelto aún le parecía una gran ventaja.

—Ella lo comprenderá —dijo, y le dedicó a Tare una sonrisa segura y radiante.

En circunstancias normales, Zeryth habría usado un estratagrama para volver a las torres.

A pie, el trayecto era de casi media hora y el archicomandante rara vez estaba dispuesto a perder semejante cantidad de tiempo.

Pero hacía un día estupendo: fresco y despejado, con una brisa marina particularmente salobre, así que optó por ir andando. Podía permitirse aquel rato extra.

A fin de cuentas, la jornada estaba saliendo redonda.

Esa mañana había recibido una carta de Nura en la que le detallaba los acontecimientos —bastante emocionantes, por lo visto— que habían tenido lugar en la hacienda Mikov.

Tisaanah había resultado ser tan poderosa como él esperaba, tanto, de hecho, que hasta se alegraba de que la joven le hubiese propuesto un pacto de sangre.

Zeryth solía evitar meterse en esos jardines, pero, después de lo que había visto en Threll, de pronto le aliviaba sobremanera que aquel pacto impidiera a Tisaanah actuar contra él.

Sin embargo, era lo de Maxantarius lo que de verdad le fascinaba.

Él no había querido implicarlo en todo aquello.

Era demasiado impredecible, albergaba una aversión descarada hacia las Órdenes y, lo más importante de todo, la idea de pasar tanto tiempo en su presencia le apetecía tanto como sacarse ambos ojos de una puñalada y comérselos después.

De verdad que no alcanzaba a comprender por qué Nura había decidido llevar a Tisaanah a casa de Max, precisamente.

Además, cuando la joven había demostrado de sobra su valía, él se había opuesto con rotundidad a que Max siguiera implicado, salvo que hubiese una buena garantía.

No estaba dispuesto a dejarse apuñalar por la espalda, y menos aún por el capullo de Maxantarius Farlione.

Iba a ser de lo más indigno perder una disputa que duraba ya diez años, amén de la indignidad considerable de perder la vida.

Pero entonces, la noche del baile, Nura había vuelto a la torre y había señalado que ya tenían su garantía: Tisaanah.

«Si la tienes a ella —le había dicho—, lo tienes a él. Max funciona así. Y a ella la tenemos bien sujeta».

Su planteamiento era tan frío que Zeryth tuvo que admirarlo.

Y, por mucho que le doliera reconocerlo, ella tenía toda la razón. Al final, Maxantarius estaba resultando ser una buena inversión. Todas las piezas iban encajando.

Ahora ya no tenía una, sino dos armas tremendamente poderosas a su disposición.

Por fin había afianzado de verdad su posición en Threll, algo que llevaba años codiciando.

Ara estaba dividida por una soberana muy impopular y, mientras, los señores que tenían el poder iban siendo reemplazados poco a poco por aliados de las Órdenes.

Y lo mejor de todo: su mano derecha, arisca y de poco fiar, iba a permanecer en alta mar al menos cinco días más.

Nura siempre había sido una aliada imprescindible en su plan.

Era una mujer brillante y lo odiaba, una combinación que hacía que le ilusionara particularmente poner en marcha todo aquello mientras ella y sus puñales ocultos estaban cruzando el océano.

Llegó a las torres y se dirigió canturreando a su despacho. Dedicó un momento a contemplar el mar, más hermoso que nunca a la sombra de la tormenta que se avecinaba. Luego se sentó a su escritorio y escribió una carta a su querida segunda al mando:

«Cuando recibas la presente, Sesri estará muerta...».