80
Max
Cinco putos días en tierra y se me había olvidado que yo no estaba hecho para aquello.
Apenas nos habíamos alejado de la orilla y ya estaba vomitando.
O a lo mejor no era más que mi reacción física al regreso a Ara, que no me apetecía en absoluto, sobre todo porque no tenía ni idea de qué nos esperaba allí.
Me aparté de la borda y, al darme la vuelta, exploré con la vista la cubierta, atestada de gente, y aquellas velas como espigas.
Habíamos tenido que fletar una embarcación mayor para poder llevarnos a todas aquellas personas a Ara.
Casi todos los antiguos esclavos habían preferido quedarse en Threll, pero muchos quisieron acompañarnos.
Los vi moverse de aquí para allá, asomándose entusiasmados a babor y estribor, señalando, riendo.
Tisaanah me había explicado que, posiblemente, la mayoría no había visto nunca el mar y, la verdad, me enternecía su ilusión, aunque por otro lado me dieran ganas de decirles: «Dentro de un par de horas, veréis lo que os gusta echar hasta los higadillos».
—Eres famoso —me dijo Nura, de pronto a mi lado, con el sigilo de una aparición; luego señaló sonriente y sorprendida a un grupo que estaba al otro lado de la cubierta.
Le seguí la mirada y suspiré.
El mar no era el único objeto de admiración de los antiguos esclavos. Aquellos rostros se volvían constantemente y nos lanzaban miradas curiosas y maravilladas a Tisaanah y a mí. Esos disimulaban en cuanto detectaban que yo los miraba.
—Menudo espectáculo montasteis los dos. Seguro que ninguno había visto nada semejante en su vida. —Me miró—. Yo tampoco.
—Tú no lo viste.
—Me han contado lo suficiente: «¡Una gran serpiente de fuego!». Interesante —dijo, gesticulando y fingiéndose perpleja.
—Exageran.
—Puede, pero conseguiste usar la magia aunque te hubieran dado chryxalis. Y te enfrentaste a Reshaye. Por eso sé que, cuenten lo que cuenten, en ese salón de baile ocurrió algo extraordinario.
—Lo único extraordinario que ocurrió allí fue que todo el mundo consiguió salir vivo.
Soltó una risita desganada.
—Coincido contigo: eso es extraordinario.
Localicé a Tisaanah, que estaba en la proa, con el cuerpo pegado a la borda y la cabeza bien alta, como si se arrojase contra la brisa del mar. Verdaderamente extraordinario.
Nura me siguió la mirada.
—¿Sabes...? Quiero que seas feliz, Max.
Lo dijo en voz baja, casi para sus adentros. La afirmación me pareció tan chocante, tan impropia de ella, que no me quedó otra que girarme bruscamente a mirarla.
Resoplé.
—¿Qué pasa, que de pronto estás desesperada por que te perdone?
—No hace falta que me creas —me miró muy seria—, pero es la verdad. Y seguirá siéndolo, pase lo que pase cuando lleguemos a casa.
La forma en que dijo aquel «pase lo que pase cuando lleguemos a casa» me inquietó de repente; sin embargo, antes de que me diera tiempo a preguntarle qué había querido decir con eso, ya se había marchado, se había disuelto en la multitud como una sombra más.
Aun así, mientras me asomaba de nuevo por la borda, seguí rumiando aquellas palabras.
Localicé de nuevo a Tisaanah con la vista.
Continuaba en el mismo sitio, asomada a la proa, contemplando la orilla.
Decidí acercarme, pero luego me detuve. Me detuve y me quedé observándola, enmarcada entre el cielo y el mar, con las colinas de Threll al fondo.
Hacía menos de un año, me dejaron en mi cabaña a una joven, vestida con una prenda absurda, que se negaba a marcharse.
Y ahora todo era absolutamente distinto.
Todas mis certezas se habían trastocado, algunas se habían volatilizado y otras nuevas ocupaban su lugar.
Y, por primera vez en muchísimo tiempo, algo del todo nuevo había empezado a crecer entre esas certezas, algo más difícil de ver, pero más fuerte, más arriesgado, más hermoso: la posibilidad.
Me metí las manos en los bolsillos, levanté el rostro a la caricia fresca de la brisa marina y me quedé allí un poco más.
Tisaanah
Me agarré a la borda y exploré por última vez la lejana costa de Threll.
Hacía unas horas, había visto desmoronarse ante mis ojos la hacienda Mikov mientras usábamos el estratagrama para marcharnos. El sitio que me había roto y me había convertido en quien era, y que yo, a cambio, había roto también, quedaba convertido en humo en mi presencia.
Pensé que ese instante me provocaría algún sentimiento más desgarrador, pero no fue así.
La ola no me alcanzó hasta ese momento, cuando, a bordo de una embarcación repleta de antiguos esclavos rumbo a una nueva vida, me despedí en un susurro de Threll, tal vez para siempre.
Quizá no había sentido nada al decirle adiós a la ciudad de Esmaris porque nunca había sido un hogar, solo una cárcel.
En cambio, desde el barco, adivinaba, muy a lo lejos, las praderas ondulantes. Sentía la llamada difusa de mi hogar, de mi madre y el olor salino de su piel, fresco y reconfortante en sus abrazos. Dolía despedirse de eso.
Me miré las manos, la piel de dos tonos apretando la madera húmeda de la barandilla.
Me sentía distinta.
No había vuelto a oír la voz de Reshaye, pero me lo notaba dentro, como si me corriera por las venas.
Su poder estaba ahí, sin duda, aunque no me hablara.
Desde que había despertado, había pensado mucho en aquella visión, la había repasado despacio.
Además, se lo había contado todo a Max. Ninguno de los dos entendía del todo qué había hecho yo, si es que había hecho algo.
A lo mejor no era más que una ensoñación, una visión, como las pesadillas que Reshaye me provocaba.
Pero a mí me parecía más real que eso.
Doblé los dedos y me llevé la mano al corazón, buscando asidero en el pulso leve que latía bajo mi piel.
Oí acercarse unos pasos cuya cadencia me era familiar. Max se apoyó en la borda, a mi lado.
—La última vez que me despedí de estas playas —mascullé— pensé que sería un milagro si conseguía llegar al otro lado viva.
—Al menos podemos alegrarnos de que las circunstancias sean distintas ahora.
—Y estaba sola.
Estaba tan sola...
No aparté la vista de la orilla, pero noté que su mirada me recorría la piel como una caricia.
—Me alegro de que esas circunstancias sean distintas ahora.
Deslicé la mano sobre la suya y sus dedos se recolocaron con naturalidad para acomodar los míos.
Hacía siete meses, me encontraba en la cubierta de un barco mucho más pequeño y sucio, con la sangre chorreándome por la espalda y repitiéndome mentalmente tres frases desesperadas.
El fantasma de aquella chica aún vivía dentro de mí, en alguna parte.
Tenía lo que hacía falta para sobrevivir y lo que hacía falta para vivir.
Contaba con habilidades como maga, perfeccionadas con meses de implacable fuerza bruta e instrucción del mejor maestro de Ara.
Me corría por las venas una sangre que podía destruir, crear, reconstruir.
Era capaz no solo de mirar a la gente, sino de verla y de llevar sus historias conmigo.
Y lo más valioso de todo: tenía personas a las que proteger y un amor que ardía por todas ellas como una llama imposible de apagar en lo más hondo de mi pecho.
—Aún no hemos terminado —susurré.
Ni siquiera me di cuenta de que lo había dicho en voz alta hasta que noté que Max me presionaba los dedos con los suyos.
—Apenas hemos empezado —dijo, y asomó a mis labios una sonrisa.
Mientras la costa threlliana iba alejándose cada vez más, yo susurraba para mis adentros, como había hecho hacía siete meses: «Me llamo Tisaanah.
Soy una mujer libre y, pese a todo, esclava.
Aunque estoy hecha de fragmentos de muchas cosas, soy un todo solo de mí misma.
No soy hija de ningún mundo y a la vez soy hija de todos los mundos. Y aún no he terminado».