79
Tisaanah
Cuando volví a mi cuarto, Nura me estaba esperando, con la mano en el pomo de la puerta.
—Estás levantada. Venía a verte. —Me miró de arriba abajo, fría, analítica, como si me inspeccionara en busca de posibles daños—. ¿Recuperada?
Me encogí de hombros.
—Más o menos.
—Bien, porque no podemos quedarnos aquí más tiempo.
Se miró la mano y vi que sostenía un sobre arrugado. Tamborileó con los dedos en el borde del pergamino.
—¿Hay noticias de Ara? —pregunté.
—Estamos en guerra —contestó—. Siempre va a haber noticias.
Eso me aclaraba la duda. Estaba más antipática de lo normal, lo que significaba que sí, había noticias, y no eran buenas.
—Nos vamos a primera hora de la mañana. No podemos perder más tiempo. Además, a este paso, vamos a pasar aquí más días de los que te prometimos. Así que espabila.
Su brusquedad me chocaba, sobre todo teniendo en cuenta que ni la había visto ni había hablado con ella desde antes de entrar en la hacienda Mikov, pero me limité a asentir con la cabeza aunque la idea de volver a la guerra hiciese que me sudaran las manos.
—Vale, estaré lista. —Ya se marchaba, pero la llamé—: Nura... —Se detuvo, giró la cabeza—. He estado pensando en la fiesta...
—¿Qué pasa con la fiesta?
—Ahzeen y Zeryth ya se conocían de antes y creo que es evidente que no se separaron en buenos términos.
«Resulta que no es muy amable», me había dicho Zeryth de Ahzeen en una ocasión, hacía ya una eternidad. Y algo más que el deseo de demostrar su poder había instado a Ahzeen a atacarnos como lo había hecho. Era presuntuoso y arrogante, sí, pero no rematadamente imbécil.
—Es evidente, sí —respondió con un resoplido.
—Zeryth nos trajo aquí a sabiendas de que Ahzeen era hostil a las Órdenes, a él. Creo que sabía que era muy posible que las cosas terminaran en violencia. —La miré fijamente—. ¿Lo sabías tú?
Lejos de esquivar mi mirada, la sostuvo y, aunque no contestó, me bastó con su sonrisa desdeñosa. No, a ella la había pillado tan de improviso como a nosotros. También a ella le había tendido una trampa, igual que a los demás.
—¿Y por qué? —quise saber—. ¿Por qué ha hecho algo así?
—Ya te advertí de cómo es.
Poseer o destruir. O eres un instrumento o eres una amenaza, y en aquel caso éramos las dos cosas. Sabía que yo, con Reshaye, saldría viva de aquello, pero le daba igual que los demás sobrevivieran o no.
Pero...
—Tiene que haber algo más —dije.
—Él tiene sus objetivos y es lo único que le importa.
—¿Y qué objetivos son esos?
Nura apretó los labios y no me pasó inadvertida la forma en que estrujaba la carta que llevaba en la mano. Se volvió del todo para mirarme de frente.
—Cuando volvamos —dijo en voz baja—, espero que estés preparada para luchar como una jabata.
Casi me dio la risa.
Pensé en Max, en Serel, en los refugiados threllianos que nos acompañarían a Ara, en todas esas almas valiosísimas a las que debía proteger.
Llevaba luchando como una jabata desde que me habían encadenado a aquel carromato hacía un montón de años, completamente sola.
Y desde mucho antes de eso, cuando había huido de un hogar en ruinas que ya no existía.
Había nacido luchando. No iba a parar ahora, claro que no, y menos aún con todo lo que tenía que perder.
Dediqué una sonrisa pequeña y serena a Nura, sin apenas alterarme.
—Uy, sí —contesté—. Sé que todavía nos quedan muchas batallas por ganar.
Puede que solo imaginara la sonrisa que le rozó los ojos, pero se dio la vuelta demasiado rápido para que me diera tiempo a confirmarlo.
Esa noche, Serel y yo la pasamos tumbados en el suelo de mi alcoba, como lo habíamos hecho cientos de veces a lo largo de los años.
Reímos y lloramos juntos, y luego volvimos a reír y lloramos de nuevo.
Sentí con él su dolor cuando me habló de las guerras a las que lo habían mandado a luchar, de cómo la hacienda se había sumido en el caos y la paranoia tras mi partida.
Él me cogió la mano mientras le hablaba de mi instrucción, de las batallas, del pacto que había hecho.
Se le iluminó la cara de asombro y confusión cuando le hablé de Reshaye —de la manera más vaga posible— y me hizo preguntas que ni yo sabía bien cómo responder.
Le hablé también de Max, aunque omití algunos detalles sobre la naturaleza de nuestra relación. No sé por qué, aún quería guardarme en el pecho aquellos momentos solo para mí.
Pero nuestra conversación derivó en otras cosas, ajenas a nuestras tristes historias.
Era lo que siempre me había encantado de Serel: sabía encontrarle el gozo y la belleza a todo.
Podía hablarme de las bajas de una batalla cruenta y, acto seguido, explayarse alegre sobre lo maravilloso que era volver con sus amigos.
Una vez me contó que su abuelo solía decir que todos los momentos de la vida eran como una moneda, con su cara oscura y su cara luminosa, y que, aunque cayeran al suelo con uno de los dos lados hacia arriba, el otro seguía debajo, pero escondido.
Serel siempre veía las dos caras de la moneda, incluso cuando el destino no le regalaba más que oscuridad.
Al final, cuando ya era tan tarde que casi había amanecido, le pregunté:
—¿Vuelves a Ara con nosotros o te quedas aquí?
No lo dudó.
—Voy a Ara, por supuesto. Necesito un cambio de aires.
Solté un suspiro de alivio y enseguida me sentí egoísta. Ara estaba en guerra. Al menos Threll ahora se encontraba bajo la jurisdicción de las Órdenes. Por absurdo que pareciese, quizá era el sitio más seguro para él.
Cuando le dije lo que pensaba, resopló.
—Por favor... No te vas a librar de mí tan fácilmente, Tisaanah —me dijo, con una sonrisita y un guiño tan suyos que me dejó sin respiración.
Por un momento, me quedé sin palabras.
¿Cuántas veces había soñado con volver a verlo? ¿Y cuántas había estado convencida de que eso no ocurriría?
—No te haces una idea de lo mucho que te he echado de menos —susurré, combatiendo el nudo que se me había hecho en la garganta.
Sonrió y dijo:
—Pues la verdad es que sí.
— Visto...
Ya era tarde cuando la oí, aquella voz. La voz. Abrí los ojos a la oscuridad, a la imagen antigua y familiar de la amplia extensión blanca de los techos threllianos.
A mi lado, percibía la respiración discreta y lenta de Serel, los latidos de mi propio corazón alborotado.
Por un instante, se hizo un silencio absoluto, o quizá lo imaginé.
Y luego allí estaba otra vez: una voz, distinta de la de antes, de una forma que me costaba describir, más cercana y a la vez más lejana.
— Me has visto.
La sentí más que oírla. Se acompasaba a mi respiración, al latido de mi corazón.
— Sí —musité.
Noté que se agitaba en mi interior, un estremecimiento entre el suspiro, la carcajada y el llanto. Todo me parecía mucho más cercano que antes, un poder que me corría por la sangre.
— Nuestra historia no está completa, Hija de Todos los Mundos.
Una caricia se marchitó en mi mente y se dibujó en mis labios una sonrisa. No hacía mucho, me habría asustado.
Ya no.
— Bien —susurré—. Aún no he decidido cómo quiero terminarla.
Y me pareció que se reía mientras se retiraba, reptando, a la oscuridad.