78 #2
—No podía, porque había hecho un pacto de sangre con las Órdenes.
Mientras Zeryth actuase en su nombre, no podía hacerle daño, al menos no intencionadamente.
Solo que el puesto de archicomandante estaba muy disputado y no le hacía gracia pensar en cómo podía afectarle en esa lucha el hecho de que yo tuviese a Reshaye de mi parte.
—Qué mierda de nadería: Zeryth Aldris, eternamente preocupado por su propia posición incluso cuando estaba muriendo gente de verdad—. Y Nura... no estaba para debates.
Nunca iba a entender eso del todo. Conocía a Nura desde que éramos críos, pero ni siquiera entonces la vi llorar.
No sucedió hasta el día del funeral de mi familia, mientras yo veía arder a lo lejos las piras de sus cadáveres.
Fue la única que me vio, la única que se escondió conmigo en las sombras, con las mejillas empapadas de lágrimas.
Fingí que no me había dado cuenta y me marché antes de que pudiera abordarme, pero al día siguiente, cuando volví a presentarme en las torres al borde de la histeria, exigiendo que me sacaran de dentro a Reshaye, Nura no dijo ni una palabra.
—Solo que, como todo, no era tan fácil —proseguí—.
Ya habían sacado a Reshaye de muchos cuerpos, pero eran cuerpos que lo rechazaban, es decir, él quería salir tanto como ellos querían que se marchara.
En mi caso, Reshaye no tenía ningunas ganas de irse.
Pasé horas sangrando en aquella losa mientras intentaban separarnos; entretanto, Reshaye y yo seguíamos librando aquellas batallas absurdas en mi cabeza.
No quería soltarme, pero yo no estaba dispuesto a dejar que me retuviera.
Aún me estremecía cuando pensaba en ello, en la forma en que Reshaye se había aferrado a mí como un amante desesperado.
Tisaanah se había arrimado más, tenía el cuerpo pegado al mío y mi brazo cogido con ambas manos, y por un instante caí en la cuenta de lo mucho que agradecía aquella alternativa.
—Al final, la cosa se puso tan fea que me dijeron que, si seguían insistiendo, probablemente aquello terminara matándome.
Yo les dije que, por mí, bien. —Suspiré y dediqué un instante a anclarme en la mirada atenta de Tisaanah—.
Y morí, durante unos minutos, lo justo para que no fuese definitivo.
Mientras me lo arrancaban de dentro, fue como si me clavase sus garras para recuperarme.
— ¿Tantas ganas tienes de librarte de mí que prefieres morir a quedarte aquí conmigo? —me había dicho furioso.
—¿Reshaye te salvó? —me susurró Tisaanah.
Bueno, salvar sonaba a superioridad moral.
—Por despecho, me maldijo con una vida que yo no quería. Me retuvo mientras me lo arrancaban de las venas, pero me mantuvo vivo haciéndome un... regalito.
— Nuestras historias están unidas para siempre, Maxantarius. La tuya no ha terminado aún y no puedes deshacerte de las páginas ya escritas. Lo llevas grabado a fuego en el alma y ahora lo llevarás también en el cuerpo.
Lo último que recordaba de aquellos días borrosos era el dolor insufrible que experimenté cuando por fin me lo arrancaron de dentro y su último susurro agónico.
— Disfruta del regalo que te he hecho. Siempre te perseguirá lo que más temes.
—Pasé días inconsciente —continué—. Cuando volví a abrir los ojos, solo Sammerin estaba allí. Casi convierto la casa en cenizas y ni siquiera estaba lo bastante en mis cabales como para entender que ya no soñaba, hasta que empezó a gritarme que saliera del trance.
Tisaanah frunció el ceño. Con un dedo, me acarició el rabillo del ojo, siguiendo su contorno.
—Tienes otro párpado...
—Ya —dije pestañeando, de pronto perturbado por la fina membrana que me cubría los globos oculares, cerrada, siempre cerrada—.
Ese día tardé más de la cuenta en entender que estaba ahí y que, al cerrarlo, podía cerrar también el pozo de magia que me transformaba.
—Solté un pequeño bufido—. ¿Tú sabías que las serpientes tienen ese tipo de párpados?
Para ser una criatura incapaz de comprender los matices de la emoción humana, Reshaye, desde luego, era muy dado a la justicia poética, ¿no te parece?
—Entonces, cuando está abierto...
—Ya lo has visto.
Un poco de vergüenza tiñó aquellas palabras.
Había pasado casi diez años empeñado en ignorar esa parte de mí.
Era un recordatorio de que Reshaye había ganado, de que me había cambiado para siempre y me había convertido en algo que ya no era del todo humano.
Cuando vivía en mi mente, podía decirme a mí mismo que era cosa del monstruo, no mía, pero, con su último desaire, me había convertido en otro.
Y, en el fondo, me fastidiaba que ella lo viera.
—No me lo habías dicho —murmuró.
—No se lo había contado a nadie, salvo a Sammerin, que tampoco se habría enterado si yo hubiera podido evitarlo. Quedó claro desde el principio que no podía controlarlo. Además, cualquier cosa que venga de Reshaye... no es de fiar. No tenía previsto volver a usarlo, ni siquiera pensar en ello.
Miré de reojo a Tisaanah, encogiéndome anticipadamente por la expresión que pudiera encontrarme en su semblante, pero la vi solo pensativa, triste.
—Pero esta vez sí...
—Porque tú me necesitabas.
Me abrazó fuerte y enterró la cara en mi hombro.
—Y lo has controlado.
Sí, eso era algo que todavía me alucinaba. No estaba preparado para abordar la posibilidad de utilizar esa cosa.
—Y tú también —le dije.
Había conseguido lo que yo jamás había logrado: reencauzar a Reshaye cuando estaba al borde de una crisis. ¡Y gracias a los Ascendidos!
Entrelazamos los dedos.
—Lo has hecho perfecto —masculló.
Y nos quedamos allí tumbados otro rato, permitiéndonos el lujo de ignorar las sombras de monstruos derrotados que se cernían sobre nosotros.